Tricube Tales. Ecos Bajo Brackhirst.

Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va el sistema del (Tricube Tales) juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va esto.

Hoy vamos a jugar una partida a la «Academia de Secretos Monstruosos». Si te quieres descargar esta aventura, puedes hacerlo de forma gratuita en este enlace, aunque si te gusta… ¡vuelve y cómprala, que está muy baratita!

Ambientación

¡Bienvenidos a la Academia Brackhirst, una escuela privada para estudiantes «especiales» con talentos inusuales! Desde brujas y magos hasta vampiros, hombres lobo y hadas, todo tipo de criaturas sobrenaturales envían a sus hijos a estudiar a esta ilustre institución académica. El mundo exterior desconoce la existencia de la magia y lo sobrenatural, pero incluso los monstruos necesitan aprender en algún lugar, y la academia lleva siglos prestándoles sus servicios. El programa de estudios abarca una amplia gama de materias, preparando a los estudiantes para lo que les depare el futuro.

Sois un grupo de estudiantes con talento mágico que acaban de llegar a Brackhirst, donde debereis aprender a sortear los peligros mundanos del instituto y los místicos del mundo sobrenatural.

Descripción del personaje

Rasgo: Ágil
Concepto: animadora
Ventaja: Hada
Peculiaridad: Es bastante cortante cuando no le cae bien la gente. Carece de diplomacia.
Nombre: Sidgrasil.
Karma: 3
Resolución: 3

¿Qué peculiaridad tiene la academia Brackhist? (Tirada de dado: 1)
A esta escuela solamente suelen asistir brujas y magos, así es que tú, como hada, está sun poco fuera de lugar. En tu grupo también están una sirena y un hombre lobo, todos marginados y dados de lado por el resto de estudiantes, ya que no os consideran monstruos.

Escenario inicial

(Tirada de dado: 3 - 6 - 1)

Se han cometido varios asesinatos de mundanos últimamente en zonas cercanas a la academia. Los humanos encontrados no tenían sangre en el cuerpo, se la habían drenado. La primera y más obvia hipótesis es que un vampiro (o varios) descontrolado está rondando por la zona.

No hay vampiros entre el alumnado o el profesorado de Brackhist, por lo que el culpable no se encuentra dentro de la academia. Siempre que el responsable sea un vampiro, claro. Pero las familias que tienen ahí a sus hijos se están poniendo nerviosas.

Hay muchas cámaras secretas, con entradas desconocidas por todas partes, ya que la academia fue antes la sede de un aquelarre de brujas que escondía sus secretos esparcidos por todas partes y fue exterminado antes de que los fundadores de la academia llegasen ahí. Una posibilidad es que algo haya despertado een alguna de esas cámaras y sea el responsable de los desafortunados sucesos.

Para acceder a esas cámaras, además de descubrir su paradero, se necesitan conjuros de niveles elevados, e incluso prohibidos porque atentan directamente a la privacidad de las personas o actos de nigromancia…

Desarrollo

Escena 1

6 de Corazones
Prueba normal de fuerza

Mi nombre es Sidgrasil. Soy un hada del Bosque de los Susurros de 113 añitos que está estudiando en la academia Brackhirst.

Este es mi segundo curso, pero la cosa no parece haber mejorado nada desde el año pasado. Esta academia está llena de brujos y magos de familias con una gran tradición mágica, y a los que no venimos de ahí nos miran con mala cara.

El año pasado acabamos juntándonos un grupo curioso: una sirena, un hombre-lobo y una bruja a la que todo el mundo da de lado.

Como puedo volar, soy animadora. ¡Soy única haciendo piruetas! Bueno, eso y que nadie tiene una especial predilección por vestirse de animadora y bailar en público. Por aquí la gente es bastante sosa en cuanto a pasárselo bien se refiere y tienen unas ideas de diversión un poco raritas.

Si os estáis preguntado por qué llegué aquí si todo es tan chungo para mí… bueno, es una larga historia. Podemos resumirla en que en mi anerior escuela tuve algunos problemillas sin importancia y me expulsaron. A raiz de eso, mis padres consideraron que lo mejor sería traerme a un sitio más estricto (y aburrido) para que no pudiese liarla demasiado. ¡Y aquí estoy!

La gente me dice que soy un poco fría en el trato, ¡pero es que estos magos no ven más alla de sus grimorios y sus encantamientos! Son soporíferamente aburridos. Menos mal que Saphire (la sirena), Juarnol (el hombre lobo) y Martesa (la bruja) son algo más abiertos de mente, y al menos puedo divertirme un poco con ellos. Bueno, Martesa es un poco sosa también, pero la chica lo intenta y cada vez descubre más su lado travieso.

Martesa se unió a la pandilla porque el año pasado un grupo de brujas la tenía acorralada en un pasillo, haciéndola llorar simplemente por la forma en que se había peinado, o más bien, por la forma en la que no se había peinado (es un poco despistada con su aspecto físico). Juarnol y yo pasábamos por allí, y nos dio tanta pena que espantamos a esas víboras y la consolamos. Desde entonces empezó a seguirnos a todas horas. Al final, un día, le dijimos que se uniera a nosotros sin problema. Con el tiempo, descubrimos que tiene un sentido del humor muy muy sutil, que le cuesta mucho trabajo mostrar en público, pero que ahí está, muy muy en el fondo.

Este curso las cosas no pintan nada bien. Todo comenzó con normalidad, pero a la vuelta de las vacaciones de invierno, la academia había cambiado sus normas completamente. Las salidas de los alumnos a los pueblos de alrededor eran mucho más restrictivas, prohibiendo la salida del recinto después de las clases como norma general.

Como Saphire no volvía nunca a casa durante las vacaciones de invierno, nos contó que el cambio de normas fue consecuencia de las muertes ocurridas durante ese periodo. Varias personas de las localidades vecinas habían sido encontradas sin vida en sus casas. Hasta aquí todo normal. La gente se muere. Lo sorprendente en estos casos ra que no tenían nada de sangre en sus venas. No parecía que tuviesen ninguna herida ni hendidura, ni parecía que habían forcejeado. Simplemente habían muerto plácidamente y la sangre se había evaporado de sus cuerpos.

Tras esto, la dirección de la academia, que había recibido numerosos mensajes de las familias, había cambiado su política para intentar proteger a sus alumnos y poder retomar las clases con normalidad.

En pocas semanas, los pasillos se llenaron de rumores: una familia de vampiros se había mudado a la zona, una secta que praticaba rituales satánicos había establecido su sede en un pueblo cercano, un súcubo era el nuevo profesor de Histira de la Magia… y así mil y una hipótesis, a cual más disparatada, circulaba de boca en boca.

Una tarde, mientras preparábamos un examen de alquimia en la habitación de Juarnol, Martesa tuvo una gran idea: ¿y si intentábamos nosotros buscar al culpable? Tenía pinta de que debía de tratarse de alguien perteneciente a la comunidad mágica, o al menos conocimientos mágicos, asi es que quizás podríamos encontrarlo valiéndonos de nuestros conocimientos. Con lo aburridas que eran últimamente nuestras tardes, a todos nos pareció una idea genial.

Comenzaríamos buscando información en la biblioteca sobre qué razas se alimentaban de sangre. Los vampiros eran la opción más obvia, aunque normalmente solían ser más discretos, mucho más discretos, y casi nunca mataban su fuente de alimento. La usaban, digamos, como si estuviesen ordeñando una vaca.

Encontramos varios candidatos más: una estirge, una lamia, un upior, un draugr… Había muchas opciones y ninguna pista que nos pudiese llevar a una u a otra con cierta certeza.

Seguramente, si tuviésemos un hechizo apropiado podríamos detectar algo más. Pero los hechizos más poderosos se guardan en ul ala privada de la biblioteca, cerrada con llave. Solo se le permite el acceso a profesores y a algunos alumnos de último curso que justifican la necesidad de acceder allí.

Siempre podemos tratar de forzar la cerradura…

🎲🎲 Tirada de fuerza normal: 1- 2. Fallo.

Nos escabullimos hacia el ala prohibida y controlamos que nadie se acercase a nuestra posición. Intentamos abrir la cerradura con todas nuestras fuerzas y recursos, pero no conseguimos abrirla. Seguramente tendría algún mecanismo mágico adicional que desconocíamos.

Tendríamos que encontrar otra forma de obtener información.

Escena 2

K de Corazones
Avanzar en la trama principal
2 de Tréboles
Prueba fácil de agilidad

Después del fallido intento de entrar al ala privada de la biblioteca, el grupo se vuelve a reunir en su zona habitual de la biblioteca. Sidgrasil, que está totalmente aburrida, decide dar un paseo. Al pasar por una de las ventanas de un pasillo, ve la torre más alta del instituto y decide que va a echar un vistazo. La torre es el antiguo observatorio astronómico de la academia, clausurado desde hace años por “razones estructurales”. Lo típico: vigas torcidas, escaleras de caracol que crujen, y según algunos alumnos de primer año, «una sombra que habla sola».

Dentro, el polvo lo cubre todo… excepto un telescopio de latón pulido, que apunta directamente hacia una ventana circular. A su lado, colgado de una percha, hay un sombrero de mago puntiagudo y una túnica ceremonial con un escudo antiguo que no tienen nada que ver con el escudo del colegio. Es como si alguien lo hubiese usado… anoche mismo.

Al mirar por el telescopio, ve… una figura encapuchada que se adentra en el Bosque de las Campanas, justo fuera de los límites del colegio. ¡Y lleva puesta la misma túnica que está en la sala! La figura parece dirigirse hacia una grieta en el terreno, una que, según los planos antiguos, conecta con las catacumbas de Brackhirst: un sitio sellado desde hace décadas.

Sidgrasil se emociona: ¡ahí podría haber una entrada a las cámaras perdidas!

Pero justo cuando va a salir volando para avisar a los demás, el sombrero cobra vida y salta sobre ella, envolviéndola con una tela mágica que intenta aprisionarla en el aire como si fuera un hechizo de invisibilidad descontrolado.

🎲🎲🎲 Tirada fácil de agilidad: 5 – 2 – 4. ¡Éxito absoluto!

Sidgrasil reacciona en el último instante. Con un movimiento elegante y una voltereta aérea impulsada por sus alas brillantes, esquiva el sombrero encantado y se libera de la tela mágica que también trataba de enredarse en sus tobillos. La tela cae al suelo con un suspiro mágico, como si hubiera fracasado en su propósito y ahora estuviera… decepcionada.

Pero entonces, al mirar hacia la percha de donde había caído el sombrero… la túnica ceremonial ya no está. Sidgrasil parpadea. El perchero está vacío, la túnica que antes estaba colgada, que tenía un escudo antiguo bordado, los ribetes brillantes, los símbolos que ahora recuerda bien, ha desaparecido sin dejar rastro.

Desciende de la torre a toda velocidad, con el corazón latiéndole como un tambor de guerra. La noche se ha espesado, y la bruma del Bosque de las Campanas empieza a subir como si algo la llamara desde lo profundo.

Sus amigos siguen en el mismo sitio, en la biblioteca. Juarnol se está comiendo una barrita de carne seca con cara de resignación; Saphire se ha hecho una coleta con algas azules, inquieta. Martesa está sentada con las piernas cruzadas, hojeando su grimorio con una pluma temblorosa.

Cuando Sidgrasil aparece de vuelta, su expresión lo dice todo. Se detiene en seco delante de ellos, aún sin aliento, y por un momento solo hay silencio.

—No os vais a creer lo que he visto.

Martesa levanta la mirada, Juarnol se endereza, y Saphire, simplemente, asiente con gravedad.

Sidgrasil les cuenta todo: su escapada a la torre, el telescopio y la figura con la túnica ceremonial. También les cuenta el episodio del sobrero encantado que intentó atraparla, y la desaparición de la túnica en la que estaba bordada aquel símbolo extraño.

—No parece que tu descripción de la túnica se corresponda con una túnica del uniforme —murmura Martesa pensativa—. Parece más bien que perteneciese al antiguo aquelarre…

Saphire las observa con una mezcla de asombro y temor.

—Si la túnica desapareció sin dejar rastro, puede que haya sido transportada… ¿O que ni siquiera estuviese del todo aquí?

Martesa, normalmente prudente, lanza una mirada fugaz hacia su grimorio.

—Eso suena a magia de fase o de eco espectral. Cosas que deberían estar muy por encima de nosotros…

Juarnol se cruza de brazos.

—Sea lo que sea, no me gusta. Si alguien usa ropa del aquelarre y se pasea por el bosque, no está recogiendo flores precisamente.

El silencio se extiende sobre el grupo mientras intercambia miradas nerviosas. El misterio se está poniendo serio.

Martesa cierra su libro.

—Entonces hay que seguir. Pero no podemos hacerlo sin prepararnos.

Saphire se pone en pie.

—Podríamos revisar los viejos almacenes bajo el ala de Astronomía. Allí guardaban objetos perdidos y confiscados. Tal vez haya algo útil.

Juarnol sonríe con colmillos.

—O alguna pista olvidada.

Sidgrasil toma aire y asiente.

—Vamos a por ello. Pero nada de pistolas. — le advierte a Juarnol antes incluso de dar el primer paso.

Escena 3

8 de Diamantes
Prueba sencilla de astucia

Tras su conversación en la biblioteca, el grupo se cuela en el pasillo restringido que lleva a los almacenes bajo el ala de Astronomía, oficialmente clausurados desde hace al menos veinte años. El acceso está cerrado por una verja metálica oxidada y un letrero escrito a mano que dice “NO ENTRAR. PELIGRO DE COLAPSO”, lo cual, por supuesto, solo hace que sea aún más tentador.

Gracias a los encantos menores de Martesa y a las garras de Juarnol, logran abrir el candado sin hacer demasiado ruido.

El almacén es oscuro, huele a humedad, y el aire está lleno de polvo mágico en suspensión. Hay estanterías medio caídas, pergaminos enrollados, calderos olvidados… y al fondo, una pequeña lápida de piedra sobresale del suelo como si algo estuviera enterrado allí dentro del colegio. No hay nombre tallado, pero sí un símbolo apenas visible: el mismo que Sidgrasil vio bordado en la túnica desaparecida.

—¿Qué demonios hace una lápida aquí abajo? —susurra Saphire.

Martesa se acerca con cuidado, y justo cuando va a tocar la piedra, una energía se libera en el aire. No es peligrosa… pero sí profundamente inquietante.

A su alrededor, comienzan a resonar ecos. No palabras. Pensamientos perdidos, gritos lejanos, imágenes fragmentadas que se cuelan en la mente de todos: una persona de túnica antigua, rodeada de otros brujos, gritando mientras una entidad translúcida emerge de su frente. No es sangre lo que chorrea, sino luz.

La imagen se desvanece como un sueño olvidado. Silencio.

—Creo… —dice Martesa, jadeando— que alguien selló un recuerdo aquí. Y lo que vimos… no fue una muerte, sino un ritual de separación, de extracción de algo muy poderoso.

Juarnol, más práctico, señala un pequeño hueco a un lado de la lápida.

—Chicos… ¿veis eso? Parece un compartimento oculto.

Dentro encuentran una caja de madera sellada con cera, tallada con símbolos antiguos del aquelarre. Para abrirla sin romperla, requieren precisión y algo de maña.

Sidgrasil toma la caja en sus pequeñas manos y comienza a manipularla para abrirla.

Frunce el ceño con determinación y comienza a manipular los sellos con una de sus horquillas encantadas para el pelo. La cera parece ceder, los símbolos parpadean… todo parece ir bien. Pero justo cuando intenta levantar la tapa con un giro final elegante, algo se atasca.

—Solo un poco más… —murmura con una sonrisita confiada.

¡CRACK…!

La caja se parte por la mitad con un chasquido seco, liberando un chorro de vapor violáceo que se escurre entre sus dedos como si escapara algo vivo. El contenido cae al suelo: un papel húmedo y casi ilegible, y lo que parece un vial roto que huele fuertemente a flores… y a muerte.

—¡Ahhh! ¡Me… me quema! —grita Sidgrasil, cayendo de espaldas.

Saphire se lanza a sujetarla.

Juarnol, el más sensible a olores y toxinas, empieza a temblar.

—Eso no era perfume. Huele… huele a sangre vacía… —balbucea—. No, a cuando no queda alma. Huele a vacío.

Saphire mira el suelo.

—¿Eso era importante?

Martesa se encoge de hombros con una mueca, mientras recoge con sumo cuidado los restos del papel, intentando salvar lo que pueda del texto con un hechizo de conservación.

—Aun así… —dice en voz baja— esto confirma algo: alguien trató de sellar algo aquí abajo. Algo demasiado poderoso como para dejarlo suelto, y ahora nos ha marcado.

Sidgrasil yacía en el suelo, con las alas extendidas como hojas marchitas. Sus manos temblaban. Donde el líquido púrpura la había alcanzado, la piel brillaba como cristal agrietado, y una red de filamentos morados se ramificaba por debajo de la superficie, como si algo estuviera creciendo allí, lento pero decidido.

Intentó levantarse y falló. No gritó de nuevo. No hacía falta. El dolor estaba en su rostro, en la forma en que cerraba los ojos como si eso pudiera apagar lo que sentía.

—No puedo tocar magia —susurró, más para sí misma que para los demás—. Siento como si la magia me evitara. Como si mis dedos la repelieran.

Saphire le ofreció su abrigo, sin palabras. Martesa apenas pudo sostenerle las manos el tiempo suficiente para aplicar un encantamiento básico de alivio. Nada más complejo parecía funcionar.

Juarnol no habló mucho durante el camino de regreso. Caminaba tenso, con los músculos de la espalda apretados y los ojos desenfocados. A medio camino hacia la biblioteca, se detuvo a mirar la luna, y Saphire notó que sus pupilas estaban más dilatadas de lo normal, como si ya no distinguiera bien entre la realidad y las sombras que lo seguían.

—Huele distinto —murmuró—. Como cuando un cadáver sigue de pie pero ya no respira.

Esa noche, cuando por fin se encerró en su cuarto, no pudo dormir. Los sueños fueron viscosos, húmedos, llenos de túneles estrechos y voces que le hablaban desde detrás de la piedra. Una figura con túnica, sin rostro, le susurraba su nombre.

Esa mismo noche, Martesa fue guardó los fragmentos del pergamino dañado en una caja de cristal que cerró con doble sello, y escribió durante horas en su grimorio sin emitir sonido alguno.

Algo en ella se había encendido, una chispa de comprensión.

Saphire cuidó de todos. La que obligó a Juarnol a acostarse. La que cerró la trampilla del pasillo una vez que salieron.

Pero esa noche, sola en su cama, tampoco pudo dormir. No lo dijo al día siguiente, pero había escuchado su nombre. Dos veces. Y no estaba dormida.

Escena 4

J de Diamantes
Avanzar en trama secundaria
2 de Tréboles
Prueba difícil de agilidad

Esa noche, Martesa no puede dormir.

La visión del sello roto en el almacén, los vapores, las marcas que ahora Sidgrasil lleva como tatuajes vivos… algo se ha activado dentro de ella. Decide no esperar al grupo. Coge su grimorio y baja sola a la Sala de Expedientes Históricos, justo al lado del despacho de profesores.

Los archivadores metálicos están oxidados, pero siguen conteniendo documentos de décadas pasadas: fichas de estudiantes, sanciones, antiguos comunicados. Sabe lo que busca, o al menos, cree que lo sabrá cuando lo vea.

Pero no está sola.

Desde un ventanuco interior, ve la luz de una lámpara encendida. Al otro lado del vidrio, el profesor Aldren, el más viejo de todos los docentes de Brackhirst que imparte «Lenguas Muertas y Runas Obsoletas», está dando clase… ¡a nadie!

Habla con voz pausada, en un idioma que no figura en ningún libro moderno. Cada frase que pronuncia parece formar símbolos flotantes sobre el escritorio, símbolos que se introducen en un grimorio abierto frente a él.

Martesa contiene el aliento. Está encantando un libro… con conocimiento prohibido y en pleno colegio. Parece que no es consciente de que alguien lo está observando.

En ese momento, pisa una baldosa floja.

CRACK.

Aldren levanta la vista. No hay nadie en su clase, así es que se levanta, cierra el grimorio, toma una pequeña daga ritual que estaba escondida bajo una hoja de pergamino y empieza a caminar hacia la puerta.

Martesa debe huir antes de que Aldren la descubra. Tiene que esquivar estanterías, cerrar archivadores en silencio, y llegar al pasillo sin ser vista.

Martesa da un paso atrás, intenta cerrar el archivador sin hacer ruido, pero sus dedos tiemblan. El metal cruje con un chirrido agudo que retumba en toda la sala.

Al otro lado del vidrio, el profesor Aldren se detiene en seco. No parece sorprendido. Solo sonríe.

—Ah… ahí estás.

La luz del aula se apaga de golpe, y cuando Martesa gira para correr, una ráfaga de aire helado le corta el paso. No es magia común. Antes de que pueda moverse, la voz de Aldren aparece a su espalda, sin que haya abierto puerta alguna:

—Algunos secretos eligen ser encontrados. Tú no deberías haber escuchado esa lección, Martesa.

Ella gira, con el corazón en la garganta. Pero Aldren ya no parece un profesor cansado. Su sombra es más alta. Su rostro… tiene grietas. En su mano lleva el grimorio, cerrado… pero aún humeante, y en la otra, una de las páginas que Martesa dejó caer del archivador, marcada con el símbolo del aquelarre antiguo.

Martesa no puede moverse. El grimorio humeante se abre solo en la mano del maestro y de sus páginas, algo se agita, algo que quiere salir.

—¿Sabes qué era Brackhirst antes de ser una academia? —susurra Aldren, su voz ahora doble, como un eco invertido—. Un umbral. Un sello. Un nido de magia viva. Y tú, pequeña Martesa la vas hacer respirar otra vez.

La hoja caída del archivador, la que había tocado sin darse cuenta, se consume en el aire, y un símbolo idéntico al que Sidgrasil vio en la túnica brilla sobre el pecho de Martesa, hundiéndose en su piel. Ella grita, porque algo que está cambiando en su interior.

—Tú serás la nueva Custodia. Como lo fue Lirena, antes de ser traicionada. Como lo fue Eldhar, antes de sellarse bajo la piedra. No podrás huir de esto. Y tus amigos pronto descubrirán que no pueden salvarte de lo que ahora eres.

Con un gesto, la devuelve a la entrada de la sala. Todo ha vuelto a la normalidad.

Todo menos Martesa. Cuando el símbolo del antiguo aquelarre entró en su pecho y se hundió como tinta bajo la piel, algo entró dentro de ella. Una presencia, una seegunda conciencia.

Aldren la mira. Ya no sonríe. Sus ojos son pozos secos.

—No puedes deshacerlo —dice—. Ahora habitas al Eco. Y el Eco… te habita.

Ella cae de rodillas. No siente dolor, pero sí un hueco exacto entre su esternón y su estómago, como si alguien le hubiese extirpado algo importante para hacerle sitio a otra cosa.

Cuando vuelve a alzar la vista, Aldren ya no está. Pero sí su grimorio. Martesa se acerca el grimorio y al avanzar las manos para cogerlo, se queda mirándolas. No están diferentes, pero al tocarlas, nota que su piel está más fría, y cuando las coloca sobre el grimorio que encontró, las páginas se abren solas por un capítulo específico: El Eco Viviente. Custodios y portadores.

Lee una línea.

“No habla. No exige. Solo espera. Si intentas sellarlo, te envolverá. No intentes usarlo, o te quebrará. Si lo aceptas, caminará contigo.”

Cierra el libro y vuelve a su cuarto. Esconde el grimorio bajo la cama y se mete en ella. Tensa. En silencio.

Esa noche, no sueña nada, pero cuando despierta al amanecer, su sombra está de pie junto a la cama, mirando hacia la ventana. La sombra, parece girarse y al ver que ella está despierta, vuelve a su sitio.

Escena 5

7 de Tréboles
Prueba difícil de fuerza

La muerte había vuelto a visitar la zona. Dos días atrás, había aparecido otra víctima en uno de los pueblos cercanos: una mujer joven, encontrada tendida en su cama, sin una sola gota de sangre en el cuerpo. No había señales de lucha ni ventanas rotas. Solo una mirada de terror congelada en su rostro.

La dirección de Brackhirst había convocado una reunión de emergencia esa misma tarde del Consejo de Dirección. Las familias empezaban a amenazar y algunos exigían cerrar la academia temporalmente. Otros demandaban investigación inmediata.

Pero lo que más inquietante era la actitud de los profesores: demasiado tranquilos. Saphire iba muy a menudo a la sala de profesores para colaborar con tareas como voluntaria, y sabía de primera mano que no había nada de inquietud entre ellos. No se estaban ni siquiera planteando medidas especiales de seguridad añadida.

Lo único que repetían incansablemente era «Estamos investigando.», “No hay peligro para los alumnos.”, “Confíen en nosotros.”…

Mentiras.

Saphire no dejaba de intentar escuchar todo lo que se decía, y así, gracias a un comentario fugaz de un bibliotecario cansado, tenían una nueva pista. Este bibliotecario mencionó de pasada que la verdadera historia del colegio no estaba en los libros modernos, sino en los archivos sellados del ala administrativa vieja, y en especial, en los registros anteriores a la fundación oficial de Brackhirst, antes de que fuera una academia.

La vieja ala administrativa estaba al borde del olvido, con pasillos húmedos, cristales rotos y techos agrietados. La puerta al Archivo de Registros Antiguos estaba sellada, oxidada pero obstinadamente cerrada. Sidgrasil, ya mejor de sus heridas, y Saphire forcejeaban con el marco, buscando alguna manera de forzarlo sin usar magia que pudiera delatar su posición.

Juarnol da un paso adelante y apoyó las garras en el acero oxidado y empezó a tirar con todas sus fuerzas, intentando arrancar las bisagras con pura brutalidad. La compuerta chilló como si estuviera viva, resistiéndose, pero Juarnol siguió y siguió, y finalmente, con un rugido seco, arrancó la puerta de su marco con una fuerza brutal. La compuerta cayó hacia dentro, golpeando el suelo con un estruendo apagado por el polvo y la humedad acumulada.

Sidgrasil, Martesa y Saphire se lanzaron hacia el interior. Juarnol fue el último en cruzar, empujando la hoja de metal rota para bloquear parcialmente la entrada.

El aire en el archivo era frío y seco, cargado de polvo antiguo y olor metálico.

Ante ellos se extendía una sala alargada, bordeada de archivadores altos, tan viejos que algunas puertas colgaban de las bisagras. Había también mesas cubiertas de documentos, pilas de libros desordenados, y en una esquina, lo que parecía ser un terminal de comunicaciones roto, de esos usados antes de que la magia de mensaje instantáneo reemplazara los móviles comunes.

Un móvil olvidado descansaba junto a una pila de legajos. La pantalla agrietada, en modo silencioso, titilaba suavemente con una notificación no leída.
Sidgrasil lo cogió con dos dedos, como si temiera que le mordiera.

—¿Un móvil…? —susurró—. ¿Quién demonios ha estado aquí hace poco?

El registro del móvil era simple: una sola llamada entrante de un número desconocido. Duración 0 segundos.

Nada más.

Saphire lo apagó con rapidez, lanzando una mirada nerviosa hacia la oscuridad más allá de las estanterías. Mientras tanto, Martesa, guiada por un impulso que apenas entendía, se acercó a una de las mesas donde reposaba un libro abierto. No era exactamente un grimorio. Era un registro de personal, con anotaciones en tinta desvaída, algunas tachadas con símbolos mágicos. Pasó las páginas rápidamente, hasta que un nombre la detuvo:

Aldren Vaesen — Departamento de Custodias Arcanas.
Nota: Transferido desde la Custodia de Eldhar, bajo la supervisión del Primer Eco.
Sello de riesgo: Nivel A. Acceso restringido.

Martesa sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Eco. Custodia. Eldhar. Palabras que ahora ardían en su sangre, aunque no había dicho nada al grupo.

Sidgrasil, que se asomó para ver, frunció el ceño.

—¿Qué demonios es «Custodia Arcana»? Nunca oí hablar de eso.

Martesa tragó saliva.

—Algo viejo —murmuró—. Muy viejo.

No dijo más.

Juarnol, husmeando cerca de un archivador derrumbado, encontró algo extraño entre los escombros: una tarjeta de identificación, partida en dos.

La limpió con la manga y leyó en voz alta:

Lirena Dalthorn — Directora de Custodias Arcanas, Sección 2.

Al reverso, una advertencia:

«Autorización para mantener y proteger sellos vivientes. Peligro de disolución física. Protocolos de contención extremos requeridos.»

Saphire frunció el ceño.

—¿Sellos vivientes…? ¿Eso suena a personas, no a puertas.

—O a algo que no quieren que salga —gruñó Juarnol, guardándose la tarjeta.

Antes de que puedan seguir investigando, un zumbido bajo reverberó en el suelo, haciendo vibrar las estanterías oxidadas. Las luces de emergencia parpadearon una, dos veces… y luego se apagaron. Oscuridad. Solo la tenue luz mágica que flotaba sobre el grimorio abierto de Martesa iluminaba sus rostros.

—¿Lo habéis sentido? —murmuró Saphire, apenas un suspiro de voz.

Juarnol olfateó el aire, el pelaje de su nuca erizándose como una advertencia animal.

—No es un profesor. —gruñó—. No huele… a vida.

Martesa cerró el registro de golpe. Su instinto, el mismo que la había guiado hasta allí, gritaba: debían irse.

Saphire se agachó, con la espalda contra una estantería medio vencida.

—Tenemos que movernos. —susurró—. Hay otra salida, seguro. Las bibliotecas antiguas siempre tenían rutas de evacuación mágicas, ¿no?

Juarnol mostró los colmillos en un gruñido bajo.

—¿Y si no hay? ¿Y si acabamos en una ratonera? Prefiero plantarle cara a lo que sea eso, antes que morir acorralados como ratones.

Sidgrasil flotó en el aire, visiblemente inquieta, mirando en todas direcciones.

—Si corremos a ciegas, nos perderemos. —dijo—. Y si luchamos, podría matarnos. ¿Y si nos ocultamos? Puedo encantar un rincón. Nos volvemos parte de las sombras.

Martesa cerró los ojos un instante, como si escuchara un consejo inaudible. Cuando los abrió, sus pupilas parecían más profundas que antes.

—Sea lo que sea… nos busca. Y no creo que nos localice a través de su vista.

Todos guardaron silencio un instante, sintiendo el temblor, el roce, el pulso ominoso acercándose. Desde el pasillo que habían dejado atrás, algo avanzaba… despacio, como tanteando el aire, como oliendo su miedo.

—¡Escondámonos! —susurró Sidgrasil, desesperada.

No hubo tiempo para dudar.

Saphire alzó una mano y, con un hechizo menor de camuflaje, cubrió a todos con un velo translúcido. Juarnol movió una estantería caída para hacer sombra. Sidgrasil se ocultó entre las vigas del techo, suspendida como un pequeño fantasma. Martesa dudó un instante, pero siguió al grupo, encogiéndose entre archivadores oxidados.

Desde el pasillo apareció una figura alta, encorvada, envuelta en harapos flotantes, sin rostro visible bajo la capucha deshilachada. Sus pies no tocaban el suelo. Cada vez que se movía, dejaba tras de sí un susurro sordo, como hojas secas frotándose. Se detuvo en mitad de la sala. La criatura giró la cabeza, o lo que fuese aquello, directamente hacia el escondite de Martesa.

El grupo contuvo la respiración. Saphire apretó la mano contra su boca mientras Juarnol flexionó los músculos, preparado para saltar.

La criatura alzó una mano cadavérica. Martesa sintió un tirón en el pecho, donde el sello invisible del Eco ardía como un corazón oculto.

Y entonces, la criatura se arrodilló ante ella. Con movimientos lentos, rituales, inclinó la cabeza hasta casi tocar el suelo, en una reverencia antigua, servida y sumisa. Y entonces, con una voz sepulcral, dijo «La Custodia ha regresado. El Guardián se somete.»

Martesa, con el rostro pálido como el mármol, solo pudo mirarlo fijamente. No era un enemigo, sino un siervo. Muy desagradable, eso sí, pero no les haría daño a ella ni a ninguno de sus amigos. Y ahora esperaba sus órdenes.

Sidgrasil, Saphire y Juarnol intercambiaron miradas horrorizadas, sin intender lo que estaba pasando.

El momento se estiró como una cuerda a punto de romperse. Finalmente, como un susurro arrastrado por el viento, la criatura se incorporó lentamente y se deslizó hacia una de las paredes del archivo. Extendió su mano huesuda hacia un rincón de la piedra vieja, muy lentamente, y un portal rúnico se abrió, mostrando un pasaje oculto hacia el interior profundo de la academia. La criatura permaneció de pie junto a la pared, inmóvil como una estatua olvidada por el tiempo.

«La Custodia debe seguir. El camino se abre.» El sonido de la voz de la criatura volvió a retumbar por la polvorienta sala.

El Eco dentro de Martesa entendió, aunque ella misma aún no lo hiciera del todo. El guardián había abierto un paso reservado solo para ella.

Poco a poco, uno a uno, los amigos comenzaron a salir de sus escondites. Sidgrasil fue la primera, batiendo suavemente sus alas, con la mirada alerta. Saphire, seria y silenciosa, deslizó su cuerpo entre las estanterías, lista para invocar una defensa si era necesario. Y Juarnol se incorporó con un gruñido bajo, manteniéndose entre Martesa y la criatura, en actitud protectora.

—Martesa… —susurró Saphire —, ¿por qué esa cosa… se arrodilló ante ti?

Martesa se tomó un segundo de más en responder. Finalmente, bajó la mirada, fingiendo sorpresa, fingiendo inocencia.

—No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Quizá confundió mi magia con la de alguien más. Quizá es un residuo de algún viejo encantamiento del archivo…

—Sea como sea… nos ha dejado un camino, ¿no? — dijo Sidgrasil con una sonrisa temblorosa.

Saphire asintió. Juarnol murmuró algo que sonó vagamente a «más nos vale no arrepentirnos».

Y así, el grupo decidió cruzar juntos el paso abierto.

Escena 6

5 de Picas
Prueba sencilla de fuerza

El portal se cerró a sus espaldas con un sonido de succión sorda, dejando al grupo atrapado en la penumbra de un corredor que no existía en ningún mapa conocido de Brackhirst. Las paredes eran de piedra negra, cubiertas de musgo pálido que latía levemente al ritmo de su respiración. El aire estaba denso y cargado de magia antigua, casi tangible, como un velo húmedo sobre su piel.

Caminaron en silencio.

Martesa iba en medio, ligeramente apartada, con los dedos crispados alrededor del grimorio escondido bajo su capa. Nadie mencionaba lo que había ocurrido en el archivo. Pero todos lo tenían en la cabeza.

Tras varios minutos de avance, llegaron a una cámara circular. En el centro, sobre un altar agrietado, reposaba un sombrero de mago: raído, cubierto de polvo… pero que emitía un tenue resplandor azul desde las runas bordadas en su interior.

—¿Un sombrero…? —susurró Sidgrasil, extrañamente inquieta.

En la pared opuesta, oculta bajo un enrejado de raíces petrificadas, descubrieron un pequeño armario ritual empotrado en la piedra. Dentro del armario, visible tras el cristal polvoriento, un frasco de vidrio lleno de un líquido violeta fosforescente pulsaba débilmente. Cada vez que latía, el aire en la cámara vibraba, como si un músculo invisible se tensara.

Juarnol intentó abrir la puerta del armario, pero estaba sellada mágicamente y atascada por siglos de abandono.

Sidgrasil, volando en círculos, olfateó el peligro.

—Ese líquido… —murmuró, recordando las quemaduras que había sufrido en sus manos.

Martesa no dijo nada, pero el Eco en su interior despertó, latiendo al mismo ritmo que el frasco. Era importante. Era necesario.

Juarnol, confiando en su fuerza, se plantó frente al armario.

—Dejadme a mí.

Debía forzar la puerta cerrada para alcanzar el frasco antes de que la vibración mágica atrajera… otras cosas.

Juarnol apoyó ambas manos en la puerta del armario ritual. Gruñó bajo, como una bestia contenida y con un crujido seco, rompió el sello mágico y arrancó la puerta de su marco oxidado, arrojándola a un lado como si fuera papel mojado.

El frasco vibró violentamente durante un instante, pero Juarnol, rápido, lo cogió entre sus manos antes de que pudiera caer. El líquido violeta se arremolinó dentro.

Martesa sintió un escalofrío subirle por la columna vertebral. El Eco en su interior pulsó con fuerza, reclamando la proximidad del frasco. Por un segundo, su sombra en la pared pareció alargarse sola, como si intentara tocarlo, pero Martesa contuvo el impulso. No era el momento… todavía.

Juarnol guardó el frasco de líquido violeta con sumo cuidado, y en ese mismo momento, el altar donde reposaba el sombrero de mago comenzó a vibrar suavemente, casi imperceptible. Y con un chasquido sutil se abrió. De su interior emergió lentamente un rollo de pergamino sellado, cubierto de símbolos idénticos a los que Martesa había visto en sus recientes pesadillas: espirales, ojos cerrados, cicatrices.

Saphire se adelantó para cogerlo, pero Martesa la detuvo con una mano temblorosa.

—Déjame a mí.

Cuando sus dedos rozaron el pergamino, una onda de magia fría recorrió la sala. El pergamino se desenrolló solo, revelando un mapa antiguo de Brackhirst y sus alrededores lleno de marcas, marcas en rojo. Cada punto rojo era una de las casas donde habían ocurrido los asesinatos. Cada línea que unía los puntos convergía hacia la academia.

Sidgrasil tragó saliva.

—¿Y si todo esto ha sido para atraernos aquí?

Saphire cerró el puño.

—No. No nos van a usar como peones.

Juarnol soltó un gruñido bajo.

—Sea quien sea, o lo que sea… lo destruiremos.

Martesa no dijo nada. El Eco en su interior palpitaba como un tambor de guerra, queriendo despertarse.

Escena 7

9 de Corazones
Prueba sencilla de astucia

Los pasos resonaban huecos en el pasadizo. Más allá del portal abierto por la criatura, el grupo emergió en un salón olvidado bajo los cimientos mismos de Brackhirst. Un lugar más antiguo que la academia, más antiguo incluso que el aquelarre que una vez dominó la colina.

Era un salón circular, de piedra negra pulida que parecía beber la luz, con el techo tan alto que se perdía en sombras densas. El suelo estaba cubierto por un gran círculo rúnico, desgastado y agrietado en algunos puntos, pero aún vivo, todavía respirando.

En el centro de ese círculo, flotaban tres objetos:

Una bola de cristal, agrietada, destilando niebla plateada en espirales lentas, como suspiros de un sueño a punto de romperse.

Un reloj de arena, atrapado en una paradoja, la arena cayendo hacia arriba y hacia abajo a la vez, como si el tiempo mismo estuviera luchando contra sí mismo.

Una vela, encendida, pero con la llama girando hacia el suelo, como una lágrima inversa.

Y alrededor… Susurros. Susurros de voces seductoras y susurrantes que los impelían a moverse, a fallar, a dudar.

El Eco Viviente palpitaba dentro de Martesa como un niño no nacido, empujando, gimiendo, luchando por salir. Cada empujón del Eco en Martesa era marcado por el ritmo del reloj y un estremecimiento en el círculo rúnico. La bola de cristal cada vez se agrietaba más. Si no actuaban pronto, todo se rompería.

Dentro de Martesa, el Eco murmuraba:

“Rompe las ataduras. Déjame ser.”

Pero también, en un rincón más pequeño de su ser, escuchaba su propia voz:

“Protege. Salva. Contén.”

El Eco latía dentro de ella. Su respiración se volvió entrecortada y el sudor perló su frente. La fuerza que la había mantenido erguida hasta ese momento se quebró y Martesa cayó de rodillas sobre las runas vivas, su cuerpo temblando. Todos se acercaron a ella inmediatamente, y Saphire se agachó a su lado, tocándole el hombro:

—¿Martesa? —susurró Sidgrasil—. ¿Qué te pasa?

Martesa abrió los ojos, y en su mirada todos vieron algo más, algo antiguo e inmenso. Las palabras se derramaron de sus labios como veneno liberado de una herida.

—Yo… Yo soy la Custodia. El Eco Viviente está dentro de mí. Cuando nos escondimos en el archivo… Aldren… me marcó. Desde entonces… no estoy sola.— y entre sollozos, consiguió explicárselo todo al grupo rápidamente.—No sabía cómo decíroslo. No sabía cómo pedir ayuda. Tenía miedo de que… de que ya no confiarais en mí.— Sus manos temblaban sobre las piedras frías. —Y ahora… —miró alrededor, las lágrimas resbalando— Ahora todo depende de mí. Y no sé si puedo.

Saphire, la más pragmática, fue la primera en hablar.

—Tendrías que habérnoslo dicho antes, tonta.

Sidgrasil, con las alas temblorosas, sonrió a pesar de todo.

—Pero… lo has hecho ahora. Y no pienso dejarte sola.

Juarnol gruñó como un trueno contenido.

—No importa lo que lleves dentro, Martesa. Eres nuestra amiga. Lucharemos contigo.

Y uno a uno, se agacharon junto a ella, abrazándose.

Pero la arena del reloj seguía cayendo y la bola de cristal vibraba como un corazón a punto de romperse. La llama de la vela amenazaba con extinguirse sola y el tiempo apremiaba.

Martesa cerró los ojos. Respiró hondo, sintiendo a sus amigos, su calor, su fe en ella.

Abrió los ojos, se puso en pie y comenzó a ejecutar las acciones que algo dentro de ella le fue susurrando. Su parte de Custodio.

Primero, conectó la bola de cristal al círculo rúnico, hundiendo sus manos en las grietas vivas del altar. Un chorro de energía azul y plateada salió disparado, envolviendo las runas, restaurándolas, haciendo que la piedra sangrara luz. Luego, contó los granos de arena cayendo del reloj, esperando el momento exacto en que ambos flujos, el que iba hacia arriba y el que iba hacia abajo, se equilibraran. Cuando llegó el instante perfecto, giró el reloj un cuarto de vuelta, y el tiempo se congeló.

Solo quedaba la vela. La llama invertida parpadeó, resistiéndose, retorciéndose como un ser vivo. Un latido. Dos. Tres. ¡Ahora! Martesa tomó la llama entre su dedo índice y el pulgar, y la llama se extinguió.

El Eco rugió en su interior. Un grito de mil voces que casi le hizo perder la consciencia. Pero el círculo rúnico se cerró. El Eco, atrapado de nuevo, extinguió su grito y se hundió en el núcleo de su alma, quieto, adormecido. Sellado por ahora.
Adormecido.

Martesa cayó de rodillas, agotada pero viva. Sidgrasil corrió a abrazarla. Juarnol aulló mirando al techo para liberar toda la tensión acumulada, y Saphire simplemente rió, una risa temblorosa y rota.

Habían ganado.

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos. Las muertes cesaron y las clases siguieron como siempre. Las familias se tranquilizaron, y tras varios meses sin incidentes, todo volvió a la normalidad.

También en las aldeas cercanas, la vida volvió poco a poco a su curso normal. Aunque en los días de tormenta, si uno se detenía a escuchar con suficiente paciencia, podía oír un eco débil bajo la tierra. Dormido. Esperando.

El grupo sabía que bajo la piel de Martesa, algo seguía respirando en sueños, atrapado gracias a su valor y su fe mutua.

Por ahora, Brackhirst y sus alrededores estaban a salvo.

Epílogo de los personajes:

  • Martesa cambió. En su mirada había una gravedad que no existía antes, y aunque reía junto a Sidgrasil, Saphire y Juarnol, nunca más reiría del todo igual. En su pecho, la marca invisible del Eco seguía latiendo, débil, dormida, pero nunca muerta. Martesa se prometió a sí misma que nunca permitiría que el Eco saliese al mundo.
  • Sidgrasil volvió a las animaciones, a los entrenamientos acrobáticos, a hacer pequeñas travesuras en los pasillos. A veces, sus alas temblaban al recordar el salón oscuro, el Eco latiendo como un segundo corazón. Pero nunca dejó de volar.
  • Saphire se volvió aún más pragmática. Organizó turnos de vigilancia improvisados en las zonas abandonadas de la academia. Cuando se encontraba sola, recordaba la mirada de Martesa en aquel momento final. La fe que había depositado en ella. Y sabía que lo volvería a hacer, una y otra vez.
  • Juarnol se volvió el corazón de acero del grupo, el que mantenía la calma cuando otros dudaban. Cuando alguno de sus amigos temblaba, él gruñía suavemente, como recordándoles: «Seguimos aquí, juntos. Y mientras estemos juntos, seremos fuertes.»

Hasta luego, gente!

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