Saria fue la primera en despertar a la mañana siguiente. A su lado, Veyne todavía dormía, el cansancio de los últimos días reflejado en su rostro. Kaelthar, por su parte, estaba inquieto, sus orejas erguidas y sus ojos fijos en la salida de la cueva. Se incorporó lentamente, tratando de no hacer ruido, y entrecerró los ojos en la penumbra. Algo se movía entre las sombras, algo que respiraba. No estaba solos.