Her Odyssey. Partida 1. Día 33. Paseos y susurros.

El amanecer trajo consigo un día despejado. El mar reflejaba la luz con un resplandor dorado, y la brisa salada se colaba entre las calles del pueblo, mezclándose con el aroma del pescado fresco y la madera mojada de los muelles. Saria, Veyne y Aren decidieron aprovechar el día sin prisas, explorando la ciudad y sus alrededores tranquilamente. Caminaron por la orilla del mar, dejando que las olas mojara sus botas. Recorrieron el mercado, donde los mercaderes locales vendían mariscos, especias traídas de otros puertos y ropa de lino sencilla. Se detuvieron en la plaza, donde los niños jugaban entre barriles apilados y los ancianos observaban la vida pasar.

Her Odyssey. Partida 1. Día 32. El benefactor.

La luz del alba trajo consigo el sonido de las olas rompiendo contra la orilla y el crujido de la brisa marina entre las palmas. La noche había pasado sin incidentes, pero para Veyne y Saria, las cosas habían cambiado. Veyne no se separaba de ella. Desde el momento en que despertaron, su mirada la seguía con una intensidad suave pero inconfundible. Cada gesto suyo tenía una familiaridad que antes no estaba allí. Se inclinó más de la cuenta cuando le pasó su espada. Rozó su mano innecesariamente cuando le dio un trozo de pan. Incluso cuando caminaban junto a Aren y Kaelthar, se mantuvo cerca, su hombro rozando el de ella de vez en cuando.

Her Odyssey. Partida 1. Día 31. El Durmiente.

La primera luz del sol se filtró a través de las rocas que protegían su improvisado campamento. La brisa marina era fresca, calmada. El sonido de las olas rompiendo contra la costa llenaba el aire, como si el mundo despertara con tranquilidad. Pero en el interior del refugio, la tensión era palpable. El extraño herido había despertado. Sus ojos oscuros recorrieron el campamento con un brillo febril, hasta que finalmente se posaron en Saria. Y en cuanto la vio, murmuró esa palabra de nuevo.

Her Odyssey. Partida 1. Día 30. Antes del mar.

La primera luz del amanecer filtró su resplandor anaranjado entre los árboles. El fuego se había reducido a brasas humeantes, y el aire tenía el fresco aroma del mar cercano. Saria fue la primera en despertar. No habían tenido interrupciones. La noche transcurrió tranquila, algo que no habían experimentado en mucho tiempo. Kaelthar se desperezó y sacudió la nieve de su pelaje antes de dar una vuelta alrededor del campamento, asegurándose de que todo estaba en orden. Nada los había seguido. Aren dormía profundamente, envuelto en su abrigo remendado, pero al notar el movimiento, gruñó algo ininteligible antes de abrir los ojos.

Her Odyssey. Partida 1. Día 29. Ni bestia, ni hombre.

El viento aullaba con una ferocidad implacable, sacudiendo el viejo puesto de vigilancia como si intentara arrancarlo de la ladera de la montaña. El crujir de la madera y el ulular del vendaval eran los únicos sonidos que rompían el silencio de la madrugada. Saria despertó sobresaltada, con el eco de una pesadilla aún en su mente. Sus dedos buscaron a tientas su espada antes de que su conciencia terminara de anclarse a la realidad. Afuera, la tormenta continuaba su asedio sobre la montaña, y en el interior del refugio la oscuridad era apenas disipada por las brasas moribundas de la hoguera.

Her Odyssey. Partida 1. Día 28. Ecos en la tormenta.

El viento azotaba la costa con una ferocidad inusual. Las olas se rompían contra las rocas, lanzando espuma y sal en todas direcciones. El cielo, oscurecido por nubes pesadas, prometía tormenta. Saria, Veyne y Aren avanzaban con cautela, sabiendo que no podían arriesgarse a quedar atrapados en medio de aquella furia natural. Kaelthar caminaba a su lado, su pelaje erizado, inquieto.

Her Odyssey. Partida 1. Día 25. Nada más importó.

El traqueteo del carromato hacía que cada pequeña piedra en el camino se sintiera como un golpe seco contra la madera. Saria no recordaba haber dormido, aunque debía haberlo hecho en algún momento, pues el amanecer la sorprendió con los ojos hinchados y el cuerpo entumecido. La jaula en la que estaban encerrados sobre la parte superior del carromato era estrecha y fría, con barrotes gruesos que les impedían cualquier movimiento brusco.

Her Odyssey. Partida 1. Día 22. La Tormenta.

El aire helado les azotó el rostro en cuanto salieron de la cueva. Al cabo de unas horas, lo que al principio había sido solo una ligera ventisca ahora se había transformado en una tormenta de nieve que cubría la tierra con un manto blanco y cegador. La temperatura había descendido de manera drástica, y el viento silbaba entre las rocas y los árboles desnudos, llevándose consigo cualquier rastro de calor.