El amanecer trajo consigo un día despejado. El mar reflejaba la luz con un resplandor dorado, y la brisa salada se colaba entre las calles del pueblo, mezclándose con el aroma del pescado fresco y la madera mojada de los muelles. Saria, Veyne y Aren decidieron aprovechar el día sin prisas, explorando la ciudad y sus alrededores tranquilamente. Caminaron por la orilla del mar, dejando que las olas mojara sus botas. Recorrieron el mercado, donde los mercaderes locales vendían mariscos, especias traídas de otros puertos y ropa de lino sencilla. Se detuvieron en la plaza, donde los niños jugaban entre barriles apilados y los ancianos observaban la vida pasar.