32%. Partida 1. Preparación. 32% de Oxígeno.

Vamos a realizar la preparación de la partida 1 al juego 32% en esta primera sesión, antes de jugar.

Si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va el juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va esto, y si quieres descargarte directamente las instrucciones, puedes hacer clic aquí.

No voy a dar un nombre a mi personaje. Nadie va a hablar con él. Está solo. No lo necesita.

Descripción del mundo

Voy a tirar dos dados para ver las características del mundo en el que despierto.

Me salen un 3 y un 6, lo que quiere decir que el planeta está lleno de ruido (Se escuchan zumbidos, aullidos, movimientos de la tierra o sonidos desconocidos) y que el sol nunca se pone (La luz es constante, lo que puede hacer difícil medir el tiempo y descansar). Lo segundo me da un poco igual, porque yo duermo en cualquier lado, pero lo primero sí que me fastidia mucho mucho.

El despertar

Despiertas en un planeta extraño, bajo un cielo iluminado por un enorme sol. El tiempo aquí es extraño. No hay sombras alargándose ni colores cálidos en el horizonte, solo un resplandor continuo que te impide saber cuánto tiempo ha pasado desde que abriste los ojos. ¿Cuánto llevas despierto? ¿Horas? ¿Minutos? Tu cuerpo está cansado, pero el ambiente no da ninguna pista de si ha llegado la noche.

Pero lo más inquietante es el ruido. Nunca hay silencio. El aire vibra con un murmullo incesante: zumbidos de insectos, aullidos de criaturas desconocidas, incluso la misma tierra emite un bajo retumbar, como si algo dentro del planeta se estuviese moviendo…

El suelo donde te encuentras está cubierto de restos metálicos retorcidos: los escombros de tu nave espacial. No hay mucho que puedas recuperar. Tu traje, aunque resistente, te dice la dura verdad con un indicador parpadeante: 32% de batería restante. Siete días. Tal vez menos si las condiciones no son favorables.

A tu alrededor se extiende un bosque alienígena de árboles delgados y alargados, cuyas copas parecen alcanzar el cielo infinito. Sus hojas no son verdes, sino de un tono plateado o azul profundo, reflejando la luz como si fueran de metal líquido. Algunas brillan levemente, otras parecen absorber la luz por completo. El suelo está cubierto por una vegetación densa y húmeda que emite un leve fulgor al ser tocada, como si respondiera a tu presencia.

Mientras exploras, sientes que el planeta es demasiado vivo. Como si te observara. Como si supiera que estás aquí.

Preparación de la partida 1 al 32%. Despertando.

En medio de la espesura, casi enterrado entre las raíces de una planta alta, algo te llama la atención. Un objeto que te resulta familiar. Tus manos, enguantadas en el traje espacial, apartan la tierra húmeda y pegajosa. Algo cruje levemente bajo tus dedos. Al principio, piensas que es una roca, una raíz, un fragmento más del caos en el que despertaste. Pero cuando tiras con más fuerza y sacas el objeto a la luz, el aire en tus pulmones se congela.

Es una fotografía.

La imagen está desgastada, con bordes arrugados y manchas de tierra oscura adheridas a la superficie, pero la reconoces al instante. Tus hijos. Están allí, con sus sonrisas radiantes, los ojos llenos de esa chispa de vida que conoces tan bien. Y junto a ellos, acurrucados en el sofá, están tus gatos, ajenos a todo, cómodos, seguros. En casa.

Tu pecho se oprime.

No sabes cuánto tiempo pasas mirándola, con los dedos temblorosos. El ruido del planeta, ese constante zumbido, los crujidos del suelo, los murmullos de criaturas invisibles, se desvanecen. Por primera vez desde que abriste los ojos en este mundo extraño, todo lo demás desaparece.

Los echas de menos.

Una punzada de dolor atraviesa tu pecho. No es miedo. No es angustia. Es algo más profundo, más crudo. Una certeza demoledora: no estás con ellos. Estás aquí, solo, en un planeta donde el sol no se pone y la tierra parece susurrar en un idioma que no entiendes.

¿Los volverás a ver? Tal vez sí. Tal vez no.

Pero por ahora, lo único que puedes hacer es sostener la foto con fuerza, como si al hacerlo pudieras sentir el calor de sus abrazos, el ronroneo de los gatos en tu regazo, la risa de tus hijos en el aire. Como si pudieras cerrar los ojos y estar allí, aunque solo fuera por un momento.

Pero cuando los abres de nuevo… sigues en este mundo.

El ruido regresa. La luz sigue sin cambiar.

Y estás solo.

Y con esto ya tenemos el mundo, nuestra introducción y creo que un firme propósito de volver a casa con mis dos hijos…

Además, el mundo que me ha tocado es un asco total, así es que quiero volver a casa sí o sí. Eso del ruido… demasiado bicho suelto para mi gusto.

¡Ya os iré contando mis días por estos parajes inóspitos!

Hasta luego, gente!

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