Qué bonita noche hemos pasado y qué dispuestos estamos a viajar en esta tercera aventura con el NoteQuest en nuestra Partida 1. Dejaré de avanzar cuando considere que he jugado una aventura completa, independientemente de los días transcurridos.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va.
Si te quieres hacer con este juego, puedes ir a este enlace, que es su página oficial, donde te puedes descargar la versión básica, que incluye las expediciones a las mazmorras y es gratuita, o este enlace, que es la versión expandida, tiene un coste bastante bajo, e incluye las reglas para viajar por el mundo, además de ir a las mazmorras. Todo está en inglés o portugués, aunque por la web puedes encontrar versiones traducidas al castellano.
Y ahora, vamos a ir hacia una cripta a las afueras de una ciudad humana. Algo de grima me da, pero habrá que ir…
Personaje


Nombre: Pizca
Raza: Persona Gato. (Ventaja: puedo vender cosas en el pueblo al doble de su precio).
Clase: Escolar +0 (Comienzas el juego con 3 conjuros básicos aleatorios)
Arma: Daga 1d6 – 1 de daño.
Encantamientos:
– Rayo Frío causa 4 de daño a un monstruo y no puede atacar en el siguiente turno.
– Rayo causa 6 de daño a un monstruo.
– Bola de Fuego causa 5 de daño a todos los monstruos en la misma sala.
– 3 Pergaminos mágico básico (un solo uso).
Estadísticas:
– HP: 18
– Antorchas: 10
– Provisiones: 16
– Monedas: 3
Equipo:
– 2 Pociones de salud
– 1 Silbato para duendes
Compañeros:
– Brinco: HP 2. Daño 3.
– Sombra: HP2. Daño 3.
– Trueno: HP 3. Daño 3.
Rumbo a la ciudad de Valdora
El viaje fue breve. En apenas una jornada, Pizca y sus tres leales perros alcanzaron los alrededores de Valdoria, la orgullosa ciudad humana de altas torres y tejados rojizos que destacaban como brasas encendidas en el horizonte.
Pero antes de llegar a sus puertas, algo llamó la atención de la gata escolar. A la derecha del camino, se extendía una vasta necrópolis, una auténtica “mini-ciudad” de piedra gris y mausoleos sombríos. Sus avenidas de tumbas parecían repetirse hasta perderse en la bruma, y las estatuas quebradas vigilaban en silencio a los vivos.
Era lógico que aquel cementerio fuese tan grande. Valdoria había sido sitiada incontables veces por ejércitos humanos, bestiales y monstruosos, y cada enfrentamiento había dejado tras de sí incontables bajas. Aquella tierra estaba empapada de recuerdos de sangre y acero.
Pizca ajustó el morral al hombro y acarició la cabeza de Trueno, que gruñó en dirección a las lápidas.
El hambre comenzaba a morder en su estómago, así es que pararon un momento para comer antes de seguir su camino.
Provisiones -1 = 15
La Cripta de Valdora.
El sol todavía brillaba en lo alto, pero al entrar en el cementerio parecía que la luz se atenuaba. No había ni un alma, ni siquiera un jardinero o un visitante doliente. Solo el murmullo del viento arrastrando hojas secas entre las tumbas y el ladrido ocasional de un perro lejano que nunca llegaba a mostrarse.
Los tres compañeros de Pizca, Brinco, Trueno y Sombra, estaban tensos. Sus orejas se alzaban, los hocicos olfateaban el aire pesado y sus pasos se volvían inseguros. Algo en aquel lugar no era natural.
Tras recorrer mausoleos con puertas podridas y lápidas desgastadas por el tiempo, Pizca dio con un pequeño panteón aislado. Su fachada, casi devorada por telarañas, mostraba inscripciones que el paso de los siglos había convertido en jeroglíficos ilegibles. Apenas podían adivinarse nombres olvidados, letras borradas por la lluvia y la intemperie.
Empujó con cautela la puerta de madera carcomida. Cedió con un lamento, y un olor a polvo y encierro inundó el aire. Dentro, las sombras dominaban. Una escalera de piedra estrecha descendía hacia lo profundo, marcada por la humedad que se filtraba en las paredes.
La antorcha chisporroteó al prenderse, lanzando un resplandor tembloroso contra las paredes húmedas. Con la antorcha en alto, Pizca descendió peldaño a peldaño, los perros siguiéndola de cerca, sus uñas resonando contra la piedra. Al llegar al final, se alzaba una puerta maciza, cerrada, que parecía custodiar los secretos de aquel sepulcro.
Antorchas – 1 = 9
Entrando en la cripta
Con un crujido grave, la puerta cedió y reveló lo que había más allá: un pasillo estrecho y alargado, apenas más ancho que los hombros de Pizca.
Las paredes eran de piedra rugosa, ennegrecida por la humedad que rezumaba en goterones lentos. Aquí y allá, la roca estaba cubierta por líquenes verdosos y manchas oscuras que sugerían siglos de abandono. El techo, bajo y arqueado, estaba reforzado con vigas de madera que en algunos puntos parecían a punto de rendirse bajo el peso del tiempo.
El aire era denso, cargado de un olor a moho y hueso antiguo. El agua caía en intervalos regulares, dejando un eco metálico que multiplicaba la sensación de soledad.
Avanzando unos pasos, el pasillo mostraba dos interrupciones: dos puertas pesadas, una a cada lado, enfrentadas casi simétricamente. La de la derecha estaba hecha de madera oscura reforzada con hierro oxidado, mientras que la de la izquierda parecía algo más ligera, aunque cubierta de arañazos que la recorrían de arriba abajo, como si algo hubiese intentado salir… o entrar.
Los perros se tensaron, gruñendo bajo, sus miradas alternando entre ambas entradas. Pizca, antorcha en alto y daga en mano, decidió dirigirse hacia la derecha en primer lugar.
El ala este de la cripta
Con un leve empujón, la puerta crujió y se abrió hacia adentro, dejando escapar un soplo de aire frío y estancado. La antorcha iluminó una pequeña habitación rectangular, de techo bajo y paredes desnudas, donde el polvo flotaba como una neblina dorada en la luz temblorosa.
En los rincones, alineados sin orden aparente, descansaban varios ataúdes de madera oscura, algunos intactos, otros carcomidos por el paso de los años. Las tapas agrietadas mostraban astillas y marcas de insectos; la madera olía a humedad y podredumbre.
No había más mobiliario, ni ofrendas, ni símbolos religiosos. Solo silencio, y esa pesada sensación de que aquellos ataúdes estaban demasiado bien colocados para tratarse de un simple abandono.
Al fondo, casi devorada por las sombras, se alzaba otra puerta de madera, cerrada pero sin cerrojo a la vista.
Los perros se acercaron a los ataúdes, olfateando con cautela, orejas gachas y colas tiesas, como si temieran que algo pudiera moverse en su interior.
Pizca tragó saliva, avanzando lentamente entre los féretros, con la antorcha en una mano y la daga en la otra, mientras el silencio del lugar parecía hacerse aún más espeso.
La segunda sala del este
Con pasos cautelosos, Pizca cruzó la estancia de los ataúdes hasta alcanzar la puerta del fondo. La madera estaba hinchada por la humedad, pero tras un breve forcejeo, cedió con un quejido grave.
La nueva habitación era más amplia, pero el aire en su interior resultaba opresivo. El suelo y los rincones estaban cubiertos de huesos humanos, dispersos sin orden: calaveras con cuencas vacías que parecían mirarla, costillas quebradas, fémures y espinas dorsales enmarañadas en un caos silencioso. En algunos lugares, los huesos formaban montículos, como si hubiesen sido arrojados allí sin ningún respeto.
Las paredes desnudas mostraban manchas oscuras de humedad y musgo, y el eco de las gotas que caían desde el techo resonaba en el silencio como un reloj siniestro. El olor era fuerte, mezcla de polvo viejo y hueso húmedo.
Los perros se detuvieron en la entrada, gruñendo bajo y con el pelo erizado. Sus orejas giraban hacia todos lados, atentos a cualquier movimiento.
La tenue luz de la antorcha dibujaba sombras inquietantes sobre las calaveras. Tal vez hubiera algo más en esta sala, un pasaje escondido, una trampilla disimulada entre tanto hueso, pero a simple vista, no había más.
Explorando el ala oeste
Con el ceño fruncido por la decepción, Pizca volvió sobre sus pasos hasta el pasillo principal. La otra puerta aguardaba silenciosa, cubierta por una fina película de polvo. No había cerradura alguna, y con un simple empuje cedió, revelando una sala amplia, mucho mayor que las anteriores.
En el centro, como si hubiera sido erigida para dominar el lugar, se alzaba una estatua rota. La figura representaba a una mujer de porte solemne, aunque apenas quedaba algo reconocible en ella. La cabeza había desaparecido, el brazo derecho yacía hecho pedazos a un costado, y la superficie estaba marcada por grietas y musgo que le daban un aspecto espectral. Aun así, se intuía que alguna vez había sido una noble, tal vez alguien que había caído en el olvido de la historia.
Antes de que pudiera examinarla con calma, una sombra se deslizó detrás de la estatua. Con un chillido gutural y un hedor insoportable, un Ghoul emergió, los ojos apagados brillando de hambre eterna. Sus garras se alzaron hacia Pizca, pero no tuvo oportunidad de atacar: los tres perros saltaron a una, desgarrándolo y haciéndolo pedazos en cuestión de segundos. El monstruo cayó al suelo en un charco de sangre oscura, retorciéndose hasta quedar inmóvil.
El silencio volvió. Pizca se permitió un momento para observar de nuevo la estatua, preguntándose quién habría sido aquella mujer olvidada. ¿Una gobernante? ¿Una guerrera? Quizá la mismísima señora de la cripta. Ahora, apenas era un recuerdo roto, oculto bajo tierra.
Sacudiéndose las dudas, Pizca se dirigió con paso firme hacia la puerta de la derecha, al fondo de la sala. El metal de la empuñadura estaba frío, y el eco de sus movimientos resonaba por la vasta sala.
Al fondo a la derecha
La puerta cedió con suavidad, y al otro lado apareció una estancia de tamaño medio, el aire cargado de polvo y un olor a humedad rancia. En el centro, un gran féretro de piedra, cerrado y solemne, dominaba el lugar.
Pero antes de que Pizca pudiera dar un paso más, tres figuras fúngicas emergieron de las sombras, avanzando con torpeza, sus cuerpos blandos y deformes cubiertos de moho. Los fungoides extendieron sus brazos espantosos, interponiéndose como guardianes frente al ataúd.
Un gruñido resonó en la sala cuando dos de los perros se lanzaron contra el primero, derribándolo y destrozándolo en un instante. El segundo avanzó hacia Pizca, pero la joven ya había desenvainado su daga, atacando con precisión junto a su tercer compañero peludo: entre ambos, lo abatieron rápidamente.
El último fungoide, sin embargo, alcanzó a Sombra y a Pizca, hiriéndolos con su contacto corrupto. Un alarido escapó de los labios de la chica, y Sombra gimió de dolor. No obstante, tanto Sombra como Trueno contraatacaron al unísono, acabando con la criatura en una nube de esporas que flotó brevemente antes de disiparse en el aire pesado.
Cansada por la refriega, Pizca se acercó a los seres caídos y rebuscó entre sus cuerpos, encontrando una moneda, una llave y una joya algo común, de unas 4 monedas de valor. Luego, con cautela, avanzó hacia el féretro central. Apoyó las manos sobre la fría piedra y, tras un esfuerzo, levantó la pesada tapa. Dentro, no había cuerpo alguno. Solo un cofre de metal reluciente, que parecía intacto tras años de encierro.
Sin esperar, introdujo la punta de su daga bajo la tapa y forzó la cerradura. El sonido metálico resonó como un eco triunfante. Al abrirlo, descubrió en su interior un pergamino mágico de uso único, las runas inscritas en él brillando tenuemente a la luz de la antorcha. No era un tesoro legendario, pero sin duda podía ser de gran ayuda en los momentos más oscuros.
Con un suspiro de alivio y la adrenalina aún en el cuerpo, Pizca guardó el pergamino entre sus pertenencias, lanzando una última mirada al féretro vacío.
Vamos al fondo a la izquierda
Regresaste a la gran sala de la estatua rota y avanzaste hacia la única puerta que quedaba cerrada. Con un empujón decidido, la hoja de madera se abrió sin resistencia, como si hubiera estado esperando. Al otro lado, una amplia sala se extendía ante ti, las paredes desnudas recubiertas de humedad y el suelo cubierto de montones de huesos humanos dispersos. Cráneos vacíos y fémures quebrados formaban pequeños montículos, testigos mudos de tragedias pasadas. El aire estaba más frío, y un silencio opresivo se cernía sobre el lugar.
Diste un paso adentro con cautela, iluminando con tu antorcha los rincones polvorientos. Fue entonces cuando lo notaste: un movimiento repentino en lo alto. Una sombra enorme se deslizó desde el techo, descendiendo con la rapidez de un depredador. Una araña gigantesca, con ojos brillantes y colmillos húmedos, cayó justo frente a vosotros, dispuesta a atraparos en su tela mortal.
Tus tres perros reaccionaron con instinto felino, esquivando de un salto las patas afiladas de la criatura. Entre gruñidos y mordiscos, se lanzaron contra su cuerpo velludo. Tú misma, sin pensarlo dos veces, alzaste tu daga y, con un grito que rompió el silencio de la cripta, asestaste un tajo certero en su abdomen. La hoja atravesó la carne blanda, y la araña soltó un chillido espantoso antes de desplomarse, convulsionando.
El eco de su muerte resonó durante largos segundos, hasta extinguirse entre los huesos de la sala. A primera vista, no había nada más allí.
En busca de pasajes secretos
Con todas las estancias recorridas, llegó el momento de registrar con paciencia cada rincón, por si los viejos muertos aún guardaban secretos.
Comenzaste por la gran sala de la araña. Avanzaste entre huesos esparcidos, golpeando piedras, moviendo cráneos, palpando paredes húmedas en busca de hendiduras. Nada. Solo silencio y polvo.
Antorchas -1 = 8
Regresaste entonces a la sala de la estatua rota, aquella figura de piedra que parecía observarte con su rostro desgastado. Recorriste la base de la escultura, inspeccionaste grietas y suelos levantados… pero tampoco allí descubriste nada.
Antorchas -1 = 7
Sin rendirte, volviste a la primera sala que visitaste, donde reposaban viejos ataúdes. Con manos firmes comenzaste a examinar uno a uno. Y entonces, en el fondo de un ataúd medio carcomido, tu búsqueda dio fruto: una Armadura de la Reina Araña. Su superficie era oscura, brillante, y parecía haber sido forjada para resistir venenos y artes funestas. Lo mejor de todo: encajaba en tu cuerpo como si hubiera estado esperándote desde siglos atrás. Con ella, el efecto paralizante de las criaturas ya no podría alcanzarte.
Antorchas -1 = 6
Por último, revisaste la sala de los huesos en la que apenas habías encontrado nada antes. Rasgaste telas de araña, removiste piedras, examinaste grietas en el muro… pero todo fue inútil. Otro fracaso.
Antorchas -1 = 5

Balance
Tampoco fue para tanto lo que Pizca encontró en esta aventura:
- Una Armadura de la Reina Araña
- Una moneda
- 1 joya de valor 4 monedas
- Una llave
- Un pergamino mágico de un solo uso
A cambio, cinco antorchas fueron consumidas, dos heridas fueron causadas, y la clara sensación de no haber podido desentrañar todos los secretos de la mazmorra, ya que no había llegado a utilizar la llave encontrada.
La aventura no fue un desastre, pero tampoco una victoria rotunda. La armadura era un hallazgo único, pero el resto del botín parecía pobre en comparación con los riesgos.
Descanso y decisiones
Pizca no sentía ganas de mezclarse con la gente ni de escuchar el bullicio de Valdoria. Tras tantas horas entre ataúdes y huesos, la idea de una taberna llena de voces le resultaba insoportable. Así que, con un gesto decidido a sus perros, tomó el camino hacia el este, lejos de la ciudad y sus muros.
Caminaron en silencio mientras el sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas. El aire fresco de la tarde ayudó a despejar el olor a humedad y muerte que todavía parecía pegado a su piel. Brinco trotaba delante, marcando el ritmo; Sombra se mantenía cerca de su costado; y Trueno, siempre alerta, olfateaba cada arbusto.
Cuando la oscuridad empezó a apoderarse del mundo, Pizca encontró un claro junto a un grupo de piedras que ofrecían algo de abrigo contra el viento. Allí extendió una manta sencilla sobre la hierba, encendió un pequeño fuego con ramas secas y dejó que la luz cálida sustituyera a las sombras del recuerdo.
Los tres peludos se acurrucaron a su alrededor, disfrutando del calor y del silencio de la llanura nocturna. Encima, una luna tímida asomaba entre las nubes, y alguna estrella aislada parpadeaba, como queriendo hacer guardia junto a ellos.
Pizca se tumbó con la armadura recién ganada todavía sobre su cuerpo, notando su peso protector. Cerró los ojos y respiró hondo. Mañana, los caminos del oeste se abrirían ante ellos.

Esta mazmorra ha sido un mojón, la verdad. Todavía no he encontrado en ningún sitio un pasaje secreto, y tengo muchas muchas ganas. A ver si encontramos alguna otra cosita mejor en los próximos días.
Hasta luego, gente!
NoteQuest. Partida 1. Segunda aventura
El viaje hacia Lindarë fue largo. Durante dos días, Pizca y sus tres leales perros avanzaron por senderos envueltos en brumas matinales y praderas teñidas de dorado. Las provisiones menguaron y, cada noche, el grupo se acurrucaba junto al fuego, bajo un manto de estrellas.
NoteQuest. Partida 1. Cuarta aventura
Tras una noche de descanso reparador y sin incidentes, los cuatro viajeros emprendieron rumbo hacia las vastas llanuras del oeste. La brisa fresca acariciaba la hierba ondulante, y el horizonte se extendía sin fin bajo un cielo despejado. La paz en aquellos parajes era absoluta, tanto que hasta los perros de Pizca trotaron sin mostrar el menor signo de alerta.


