La Isla de los Gatos. Partida 1

Esta es la primera partida (Partida 1) que os cuento de mis juegos en solitario a La Isla de los Gatos. En ella, solo incluiré el juego base.

Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va. Y si quieres ir a la página oficial del juego, aquí tienes su enlace.

Y ahora, vamos con la preparación de la partida.

Los capitanes

Este es nuestro personaje: Mira Lune, capitana del Buen Augurio. Sus manos están curtidas por el mar, pero su mirada… esa mezcla de ternura y decisión firme deja claro que Mira no abandona a nadie, ni siquiera a los más ariscos felinos de la isla.
Su barco, El Buen Augurio, está lleno de mantas, cajas de pescado seco y pequeñas camas improvisadas. Cada gato salvado encontrará allí un rincón seguro.

Lysandra es la hermana mayor de Mira, una navegante brillante y fría como el acero de su timón. Dice que su objetivo también es salvar gatos, pero a su manera: solo los más bellos y útiles, dejando atrás a los enfermos o viejos. En su barco, El Espejo del Alba, no hay mantas ni caricias, solo jaulas ordenadas.

Nadie sabe qué es exactamente, pero todos coinciden en lo mismo: donde aparece su navío, el Devoraalmas, la vida desaparece. no busca oro ni gloria. Busca «purificar» el mundo de lo que considera salvaje o caótico: las islas llenas de magia, los animales que desafían la razón, los bosques que no obedecen mapas.Y entre todo eso, la Isla de los Gatos es su próxima víctima.Para él, la belleza está en el orden, y nada es más desordenado que los gatos libres de la isla.

El encuentro

Hace diez años, Mira y Lysandra no eran capitanas rivales, sino aprendices en el mismo barco mercante, El Horizonte Rojo, que surcaba las rutas entre las Islas del Viento.

Ambas compartían camarote, sueños y un gato callejero llamado Pirujo, su primer rescate conjunto.

Una noche, el horizonte se oscureció bajo una sombra imposible que avanzaba sobre el mar. El Devoraalmas se acercaba, implacable, hacia su embarcación. Las olas se levantaron como muros, y un silencio antinatural envolvió el barco.

Del navío oscuro surgió una figura alta, inmóvil en la proa: Lord Vesh. No gritó ni exigió rendición. Simplemente extendió una mano y pronunció una palabra que nadie entendió.

Las velas del Horizonte Rojo se encendieron en llamas verdes mientras Mira y Lysandra se lanzaban al agua. Al amanecer, solo ellas y Pirujo flotaban entre restos carbonizados.

Desde entonces, sus caminos se bifurcaron: Mira, marcada por el miedo y la compasión, juró dedicar su vida a salvar todo lo que Vesh destruyera, comenzando por los gatos de la isla. Lysandra, en cambio, vio en ese horror una lección: el mundo pertenece a los fuertes y ordenados. Para ella, Vesh no es un monstruo, sino una fuerza inevitable que conviene imitar o, al menos, no contrariar.

Preparación

Colocamos el tablero de isla, con cuatro gatos a cada lado, los tesoros y los Oxah debajo, las cartas de la hermanita y mi tablero de jugador. He escogido el tablero de dragones. ¿Por qué? Porque cualquier cosa con dragones siempre es bien. Además, ¡las ilustraciones de los peces-dragón son preciosas!

Y ya podemos dar comienzo a la partida.

Primer día de rescate

El amanecer cubre la Isla de los Gatos con un velo dorado. Las gaviotas vuelan bajo y las olas rompen con suavidad.

Mira Lune salta del bote con su cesta vacía. Entre los helechos, oye un maullido suave, un destello azul moviéndose entre la maleza. Avanza con cuidado y encuentra dos gatos de pelaje zafiro, sus ojos como pequeñas lunas. Son nerviosos, pero se dejan envolver en su manta.

—Tranquilos, pequeños… ya no estáis solos.

Junto a las raíces de un árbol roto, una luz brilla: un cofre antiguo, con relieves de peces y caracolas. Al abrirlo, un fulgor cálido ilumina su rostro: un tesoro de la isla, escondido por manos olvidadas.

Mientras tanto, al otro lado del acantilado, el aire se enfría.

Lysandra Lune, impecable en su abrigo blanco, observa desde la cubierta del Espejo del Alba.

—Los azules… siempre los azules. —murmura, viendo a su hermana en la distancia—. No puede evitarlo.

Ella avanza hacia otra zona, donde el sol tiñe las rocas de cobre. Allí, entre un nido de ramas, rescata un gatito rojo, diminuto, con una mancha blanca en la frente. Sus ojos se suavizan un instante, recordando a Pirujo, aquel gato que compartieron en su niñez. Pero el gesto se borra pronto.
Más adelante, un gato amarillo se cruza en su camino: ágil, hermoso, casi dorado. Lysandra sonríe satisfecha.

Entre los escombros del antiguo muelle, encuentra también dos cofres ornamentados con conchas y monedas: tesoros comunes, pero valiosos.

El sol se pone, y los barcos se mecen en el oleaje alejados de la isla, cargados con ronroneos. Ambas hermanas miran al horizonte, sabiendo que la batalla apenas comienza.

Segundo día de rescate

El amanecer cubre la Isla de los Gatos con un velo dorado. Las gaviotas vuelan bajo y las olas rompen con suavidad.

Mira Lune salta del bote con su cesta vacía. Entre los helechos, oye un maullido suave, un destello azul moviéndose entre la maleza. Avanza con cuidado y encuentra dos gatos de pelaje zafiro, sus ojos como pequeñas lunas. Son nerviosos, pero se dejan envolver en su manta.

—Tranquilos, pequeños… ya no estáis solos.

Junto a las raíces de un árbol roto, una luz brilla: un cofre antiguo, con relieves de peces y caracolas. Al abrirlo, un fulgor cálido ilumina su rostro: un tesoro de la isla, escondido por manos olvidadas.

Mientras tanto, al otro lado del acantilado, el aire se enfría.

Lysandra Lune, impecable en su abrigo blanco, observa desde la cubierta del Espejo del Alba.

—Los azules… siempre los azules. —murmura, viendo a su hermana en la distancia—. No puede evitarlo.

Ella avanza hacia otra zona, donde el sol tiñe las rocas de cobre. Allí, entre un nido de ramas, rescata un gatito rojo, diminuto, con una mancha blanca en la frente. Sus ojos se suavizan un instante, recordando a Pirujo, aquel gato que compartieron en su niñez. Pero el gesto se borra pronto.
Más adelante, un gato amarillo se cruza en su camino: ágil, hermoso, casi dorado. Lysandra sonríe satisfecha.

Entre los escombros del antiguo muelle, encuentra también dos cofres ornamentados con conchas y monedas: tesoros comunes, pero valiosos.

El sol se pone, y los barcos se mecen en el oleaje alejados de la isla, cargados con ronroneos. Ambas hermanas miran al horizonte, sabiendo que la batalla apenas comienza.

Tercer día de rescate

El amanecer trajo calma al mar, pero no al corazón de Mira. El aire olía a mango y lluvia, y la isla parecía más viva que nunca.
Las olas rozaban la orilla con un rumor constante, llamandola por su nombre.

Esa mañana, la fortuna volvió a sonreírle: entre los arbustos junto a la cala oriental encontró un gato dorado, brillante como el sol del mediodía. Caminaba con tal elegancia que parecía saber a quién pertenecía. Poco después, entre los troncos cubiertos de líquenes, un gato verde apareció, saltando entre ramas con una energía casi traviesa. Le bastó una mirada para decidir seguirla hasta el barco.

Juntos caminaron hasta la balsa, y cuando el remo tocó el agua, los dos gatos se acurrucaron sobre sus rodillas. El ronroneo de ambos se mezcló con el canto de los pájaros. Mira sonrió, exhausta pero feliz. Ese día, además, halló dos nuevos tesoros: una pequeña estatua de jade y una botella antigua con símbolos grabados. Ninguno de gran valor, pero sí con historia, y eso bastaba para ella.

En el Buen Augurio, los gatos dormían en cada rincón, cómodos y tranquilos.

A lo lejos, Lysandra Lune observaba desde la cubierta del Espejo del Alba. El sol reflejaba su figura como una línea de fuego sobre el mar. Esa jornada fue de abundancia: dos gatos morados, uno dorado y uno rojo, todos capturados con precisión casi militar. Pero entre los arbustos del norte encontró algo distinto: un gato salvaje, enorme, de pelaje enmarañado y ojos como antorchas.

Intentó domesticarlo, pero el animal se negó a dejarse encerrar, y al final, por la fuerza, el animal fue enjaulado antes de llegar al barco.

Esa noche, mientras el viento movía las velas, las dos hermanas miraron el mismo horizonte desde barcos distintos. Y entre ambas, la isla seguía guardando sus secretos.

Cuarto día de rescate

Mira despertó antes del alba. El aire era distinto: más pesado, cargado de un silencio que parecía venir del mar.

Al asomarse por la borda, vio cómo una fina neblina que no olía a lluvia, sino a hierro y ceniza, cubría el horizonte. Lord Vesh se acercaba.

—Todavía hay camas vacías —susurró, mirando el arco central de su barco, donde quedaban huecos con mantas pero sin gatos—. No puedo dejarlos aquí…

Ese día, sin embargo, la suerte no le ofreció consuelo. Entre helechos y troncos, solo logró rescatar un gato verde y otro dorado, ambos hermosos pero solitarios. Se le escaparon varios maullidos entre los árboles, y cada uno le dolió como una despedida.

En cambio, el destino le entregó tesoros: dos cofres comunes y uno especial, un relicario con forma de espiral marina que brillaba con una luz interior, suave y constante.

El viento empezó a girar. El mar ya no estaba tranquilo.

Lysandra, en cambio, parecía florecer ante la tensión. Sus movimientos eran exactos, casi coreografiados. Ese día capturó un gato verde y uno azul, ambos de porte majestuoso, y un gato salvaje que le presentó batalla con uñas, colmillos y un rugido que resonó por toda la playa.

La tripulación tardó horas en controlarlo, y cuando por fin lo encerraron, Lysandra lo observó largo rato a través de los barrotes. El animal la miró con furia y orgullo, y ella, con una sonrisa apenas visible, murmuró:

—Tienes fuego en la mirada. Pagarán caro por ti.

Al caer la tarde, la bruma se espesó.

Desde ambos barcos, las hermanas vieron luces extrañas titilar en el horizonte, y sobre el murmullo de las olas, el eco distante de un tambor.

El Devoraalmas estaba a menos de dos días.

Quinto (y último) día de rescate

Mira Lune no durmió.

El viento había cambiado, y con él, el color del amanecer. El cielo no era azul, sino un gris pálido atravesado por líneas verdes que parecían heridas en el horizonte. El Devoraalmas ya estaba cerca; su rumor metálico llegaba en ráfagas, como el retumbar de un corazón de hierro bajo el agua.

Sin perder tiempo, Mira bajó a la isla antes de que su tripulación despertara. El aire olía a ceniza. Los árboles se inclinaban con un gemido largo, como si también supieran lo que se avecinaba. Corrió por los senderos ya conocidos, llamando con voz dulce a los gatos que aún quedaban.

Ese día, el destino fue generoso, aunque no tanto como su esperanza:
rescató un gato esmeralda, de mirada sabia y tranquila, y uno rojo, pequeño y dulce, que se le subió al hombro y no quiso bajarse más. Ambos la siguieron sin miedo, dóciles y agradecidos.

Entre las ruinas descubrió dos tesoros menores en cajas desgastadas por la humedad, y tres especiales, brillando entre la maleza: una concha iridiscente, una joya tallada con runas y una campana diminuta, de sonido puro como el cristal. Mira la sostuvo contra el pecho y supo que su tiempo en la isla había terminado.

Al otro extremo, Lysandra Lune no desperdiciaba un solo segundo. Su método era rápido, eficiente, sin espacio para la ternura. Ese día capturó cinco gatos: uno rojo, uno verde, uno dorado, uno morado y un salvaje, todos atrapados con redes y jaulas que resonaban con maullidos. Incluso así, logró obtener un tesoro pequeño y uno especial, que guardó sin emoción.

Desde la cubierta del Espejo del Alba, observó cómo su hermana corría aún por la orilla, con el cielo tornándose verde y negro detrás. Por un segundo, dudó, pero luego se dio la vuelta.

Cuando cayó la noche, el mar se encendió de luces fantasmales. El Devoraalmas emergió de la bruma como una montaña viva, hecho de madera, hierro y cadenas. Sus velas ardían con fuego verdoso, y su sombra cubría la isla entera. Nadie oyó gritos; solo el rugido del viento.

Detrás de las hermanas, que navegaban rumbo al continente, la Isla de los Gatos ardía en silencio, iluminada por la ira de Vesh.

Pero en el interior de los barcos, decenas de ronroneos suaves tejían una melodía más fuerte que cualquier destrucción.

Puntuación

Y ahora evaluaremos qué tal lo han hecho las hermanas.

Mira se lleva 8 puntos por los gatos de la familia azul, 11 por los de la verde y 8 por los de la naranja. Total 27 puntos.

Lysandra se lleva en esta categoría un total de 35 puntos.

Mira suma 12 puntos más por tesoros especiales. Total 39 puntos.

En cuanto a las lecciones, Mira suma 31 puntos mas, y Lysandra 12.

Mira no tiene ratas en su barco, por lo que no le restan puntos, pero tiene 5 habitaciones no completadas, por lo que se le restan 25 puntos. En total le quedan 45 puntos, mientras Lysadra suma un total de 59 puntos.

La hermana se lleva toda la fama.

Bueno, pues finalmente la hermana ha ganado.

No he jugado demasiado bien…. primero, he obviado los gustos de la hermana por los gatos, y he cogido dos azules del tirón nada más empezar. Mal.

Luego, tampoco he recordado que dejar habitaciones vacías penalizaba una barbaridad, y me han quitado 25 puntos del total de la puntuación que he hecho. Fatal.

Para la siguiente partida, tendré que tener más cuidado con estos detalles…

Hasta luego, gente!

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