Seguimos con la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 45.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 4 | Días favorables | 27 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 17 |
| Fortaleza | 1 | Esperanza | 13 |
El desafío de las cartas

Pues ya es el fin de la partida.
El viaje de nuestra protagonista llega a su fin. Ya no importan las estadísticas ni los números ni las tiradas. Todo acaba hoy.
Desarrollo
Saria miró al cielo. La luna pendía en lo alto, bañando las ruinas emergidas en un resplandor pálido, casi irreal. Era medianoche. El destino los había guiado hasta este momento y la ciudad los estaba esperando.
Avanzaron con el barco hasta la costa de la ciudad. Frente al barco, las ruinas se alzaban desafiantes.
Torres inclinadas cubiertas de algas y pasillos por largo tiempo sumergidos, grandes templos de piedra cubiertos de vegetación marina, cada vez más ajada. Era un paisaje de muerte y olvido.
Saria fue la primera de desembarcar, seguida de cerca por Veyne, que llevaba la mano sobre su arma. Aren, con pasos inestables, tampoco tenía intención de quedarse atrás, y ayudado por Kaelthar, también salió del barco.
Edric se quedó quieto por un momento. Su sonrisa arrogante había desaparecido. Por un instante, parecía estar considerando si realmente quería estar aquí, pero solo un instante, porque inmediatamente su sonrisa reapareció mientras exclamaba

—¡Demonios! No sería una aventura si no hubiera una posibilidad de morir en ella.
Y con eso, descendió con ellos.
Solo dos marineros fueron lo suficientemente valientes (o avariciosos) como para seguirlos. El resto se quedó atrás, negándose a pisar una ciudad que debería estar en el fondo del mar. Se quedaron en cubierta, encomendando sus almas a los dioses, murmurando oraciones en las que suplicaban al mar que los dejase volver a casa.
Nada más pisar la costa, Saria se dio la vuelta y les gritó:
—Dejad las armas aquí.
Veyne se giró hacia ella con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—No podemos entrar armados.
Edric bufó, incrédulo.
—¿Perdón?
Saria mantuvo la mirada firme.
—Las armas comunes no están permitidas en esta ciudad.
—Es una provocación.
Los marineros se miraron entre sí, inseguros.
Aren cerró los ojos un momento, tomando aire, y luego soltó su espada al suelo. Veyne, aunque disgustado, sacó su daga y la dejó caer con un sonido metálico. Edric exhaló pesadamente, como si estuviera a punto de hacer una locura.
—Espero que sepas lo que estás haciendo, Saria.

Y con una reverencia burlona, dejó su espada sobre la arena mojada.
Saria sí llevaba un arma, la que le pertenecía por derecho y que había sido forjada en esta ciudad. La sintió latir contra su piel, como si reconociese que estaba volviendo a casa.
Desarmados, cruzaron el umbral de las ruinas. El silencio los envolvió, un silencio que parecía estar escuchándolos, los estaba probando. Y entonces, algo en las sombras se movió. Un susurró rozó sus oidos, no un viento ni un eco, sino voces, como si la ciudad fuera consciente de que había llegado y los estuviera llamando aún más adentro.
Y entonces… las sombras comenzaron a moverse. No eran figuras sólidas ni cuerpos de carne y hueso, eran ecos. Los ecos eran siluetas espectrales deslizándose entre las ruinas. Sus formas eran vagamente humanas, pero alargadas e irreales, sin rostro reconocible. Y sus voces… sus voces susurraban. No eran gritos, ni lamentos ni palabras en una lengua desconocida. Era una sola palabra, un solo nombre: Saria.
—¿Lo estáis escuchando? —preguntó Edric, su tono entre la incredulidad y la incomodidad.
Aren asintió lentamente, sus ojos aún vidriosos por lo que había vivido en el naufragio.
—Sí… La están llamando.
Veyne deslizó una mano hacia su cadera por instinto, buscando un arma que ya no llevaba.
—No me gusta esto.
Kaelthar gruñó bajo, con los músculos tensos. Saria, en cambio, no apartó la mirada de las figuras. La estaban llamando a ella, los guardianes de la ciudad, almas que nunca habían abandonado su deber. Ella era también una guardiana, y traía consigo la llave. Ellos sabían que había llegado su momento. La nueva guardiana había llegado.
—Sigamos adelante.— pidió Saria.
Y nadie protestó.
Los susurros de las sombras seguían llamando a Saria mientras avanzaban más adentro en la Ciudad Hundida. Entonces, el murmullo de voces antiguas se quebró con un sonido diferente, un sonido de metal contra piedra con pasos firmes y pesados, órdenes murmuradas en voz baja, pero humana.
Saria se detuvo en seco.
—¿Escucháis eso?— murmuró Veyne. Aren asintió, llevando la mano al cinto donde solía estar su espada. Edric murmuró una maldición.
Desde un callejón en ruinas, a lo lejos, se vislumbraron las primeras figuras. Eran soldados, con el emblema de la Orden del Mar grabado en el pecho. Avanzaban por las ruinas, inspeccionando con cautela cada estructura, cada callejón, cada fragmento de piedra cubierta de algas.
Saria se mantuvo agazapada tras una columna resquebrajada, con los demás a su lado. No parecían hostiles, sino que estaban explorando, lo cual era igual de malo. Si la Orden había llegado hasta allí sabían más de lo que le hubiera gustado.
Edric se inclinó levemente hacia Saria, susurrando casi sin mover los labios.
—No han desenfundado sus armas.
Saria asintió con lentitud.
—Pero si nos ven, no dudarán en hacerlo.— Murmuró Veyne.
Aren estrechó los ojos, observando los uniformes.
—Están en formación de reconocimiento. No buscan pelea… pero están buscando algo.
Saria mantuvo la vista fija en el grupo. Los soldados parecían tensos, no como guerreros en combate, sino como hombres que no quieren estar donde están. Uno de ellos se estremeció y se persignó, murmurando algo, como si él también escuchara los susurros en el viento.
Las figuras espectrales continuaban moviéndose entre los edificios. No atacaban ni se acercaban, pero tampoco los estaban ignorando. Era como si los estuviesen midiendo, vigilando.
—Dime que tienes un plan.— le susurró Veyne.
Saria desenfundó su daga, la reliquia que le pertenecía por derecho, mostrándola en su mano.
— ¡No! — gritó Veyne intentando sujetarla.
Pero ya era demasiado tarde. Saria dio un paso adelante antes de que ninguno de su grupo consiguiese sujetarla, mostrándose ante el grupo de soldados, en el filo de su daga reflejándose la pálida luna como un faro entre las sombras. Los soldados de la Orden del Mar la vieron de inmediato.
—¡Es la Guardiana! — gritó uno de ellos.
Las espadas salieron de sus vainas en un solo movimiento, y en el instante en que sus filos se elevaron, las sombras se movieron hacia ellos. Salieron de todas partes, desde los callejones oscuros, desde los rincones de piedra cubiertos de algas, desde cada grieta de la ciudad olvidada. Los Guardianes de la Ciudad Hundida atacaron.
Duró un instante, un solo latido del universo. No hubo gritos, ni sangre ni resistencia. Las sombras se abalanzaron sobre los soldados con una rapidez imposible, pero no los mataron, los vaciaron. Saria lo vio todo, con los ojos bien abiertos, incapaz de apartar la mirada.
Veyne dio un paso atrás, horrorizado. Edric soltó un susurro entre dientes.
—Dioses…
Uno de los marineros se apartó de la escena para vomitar en una esquina.

Cuando las sombras se disiparon no quedó nada. Ni cuerpos, ni armas, ni rastro alguno de que esos hombres hubieran existido alguna vez.
Saria tragó saliva. Ella no los había condenado, se habían condenado ellos solos al entrar en la ciudad armados… pero no podía dejar de sentirse algo culpable pensando en la familia de esos pobres soldados.
Veyne murmuró en voz baja.
—Espero que no nos pase lo mismo.
Saria lo miró con una sonrisa tranquilizadora en los labios.
Las sombras volvieron a moverse, formando un camino entre las ruinas, invitándolos a seguir hacia adelante.
—Sigamos.— dijo Saria, y comenzó a andar por el camino. — Han sido las armas – continuó – ya os avisé que no estaban permitidas.
La ciudad muerta se abrió ante ellos, y las sombras los guiaron con sigilo y propósito. A cada paso, las ruinas parecían volverse más antiguas, más imponentes, más llenas de ecos de una historia que no había desaparecido del todo. Y entonces llegaron al templo.

Era un coloso de piedra oscura y coral petrificado, cubierto de algas secas y caracolas incrustadas en sus muros. Las columnas, altísimas y desgastadas por el tiempo, tenían grabados tan erosionados que apenas se distinguían las figuras que una vez las decoraron: hombres inclinándose ante las aguas, criaturas emergiendo del océano, con formas humanas y monstruosas al mismo tiempo y una gran entidad con múltiples ojos, dormida en el fondo del mar.
Las puertas del templo eran inmensas, hechas de piedra negra que parecían absorber los rayos de luna. Pero no estaban cerradas, solo entornadas.
—¿Qué es este sitio?— preguntó Veyne mirando las inscripciones con una ceja levantada.
Edric exhaló despacio, sin ocultar su asombro.
—Un templo, claramente.
—Pero no uno cualquiera —murmuró Aren, con la mirada clavada en las estatuas erosionadas—. Es un lugar de culto… para algo que no debería ser adorado.
— Es el Templo de las Mareas Perdidas — susurró Saria más para sí que para el resto.
El sonido de las olas golpeó las paredes del templo, como si el mar respondiera a su presencia.
Saria entró, y los demás la siguieron. El aire dentro del templo era denso, como si el lugar hubiera permanecido sellado por siglos. Las paredes, cubiertas de inscripciones erosionadas, parecían vibrar con la tenue luz azulada que se filtraba desde el altar al fondo de la sala. Dos figuras estaban allí, inclinadas sobre el altar de piedra oscura, inspeccionándolo con cautela.
Saria se llevó la mano al bolsillo y cogió la perla. La sujetó entre el pulgar y el índice, sintiendo su peso, su latido tenue contra su piel. En cuanto la sacó y la alzó, el templo reaccionó. Las inscripciones de las paredes comenzaron a brillar con una luz azul verdosa, las columnas exhalaron una niebla marina, como si hubieran estado esperando este momento y antorchas ocultas cobraron vida con fuego azul pálido, proyectando sombras fantasmales en los muros. La penumbra desapareció en un instante. El templo había despertado.
Ahora se distinguía claramente a las sombras que había en el altar. No eran sombras, eran intrusos, que se giraron bruscamente al iluminarse el interior. Uno de ellos, alto y envuelto en una capa de viaje húmeda, alzó la mano hacia su cinto, pero al ver la perla en las manos de Saria, se detuvo en seco. El otro, de porte más imponente, se quedó totalmente petrificado.
Los espectros que los habían guiado hasta allí se movieron entre las sombras del templo, pero no atacaron, como si estuviesen esperando, esperando o decidiendo quién tenía más derecho a estar allí.
Edric susurró en voz baja, sin apartar la vista de los extraños.
—Parece que no somos los únicos que vinimos por respuestas.
Aren se tensó.
—Pero nosotros somos los únicos que trajimos la llave.
Saria dio un paso al frente, mientras las llamas azuladas parpadearon en las antorchas, proyectando sombras alargadas en las paredes.
— ¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí? ¡Yo soy la Guardiana y tengo la llave! — les gritó Saria.
Los dos extraños parecieron reaccionar a su voz y comenzaron a bajar sus capuchas. En ese momento el mundo pareció detenerse por completo.
Saria sintió que el aire le abandonaba los pulmones. Veyne apretó la mandíbula, sus nudillos tensos. Edric se quedó completamente inmóvil, con una mirada entre incredulidad y terror. Aren dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos. Porque allí, frente a ellos, en la luz del altar estaban Dagon y Lysandre.
Dagon los observó con su porte sereno, sus ojos oscuros clavados en Saria como si el tiempo no hubiera pasado. Había algo indescifrable en su expresión´. ¿Satisfacción? ¿Curiosidad? ¿Tal vez incluso orgullo?
Pero Lysandre… Lysandre sonrió, y su sonrisa era veneno puro.
—¿Qué es esto? —susurró, con una risa suave—. ¿El destino nos ha reunido de nuevo?
Veyne escupió al suelo, su cuerpo temblando de rabia contenida.
—No es el destino. Es una maldita desgracia.
Dagon miró la perla en la mano de Saria.
—Sabía que vendrías.— le dijo como si no hubiese nadie más en la sala.
Saria apretó la perla con más fuerza.
—Tienes un talento especial para la traición, Dagon. Pero al menos no eres un mentiroso.
Dagon esbozó una sonrisa suave.

—Yo nunca te mentí.
La furia de Saria ardió en su interior como una llamarada.
—¡Me usaste! Me hiciste creer que me amabas, que éramos iguales… y todo era una mentira.
—Oh, querida, sigues igual de intensa. — Intervino Lysandre soltando una risa cantarina mientras apoyaba suavemente una mano en el hombro de Dagon — Pero dime, ¿realmente te mintió? O es que no quisiste ver la verdad hasta que fue demasiado tarde?
Saria mantuvo la mirada fija en Dagon, esperando su respuesta, mientras el eco de la risa de Lysandre reverberaba en las paredes del templo. Él se limitó a bajar la mirada, sin altanería, sin la frialdad de un estratega que ha planeado todo desde el principio, sino con vergüenza.
—¿Por qué, Dagon? — Le preguntó Saria dando un paso adelante con la voz rota. —¿Por qué traicionaste a tu pueblo? A la humanidad entera, a todo lo que alguna vez protegimos.
Dagon cerró los ojos un momento, como si quisiera apartarse de la realidad. Pero antes de que pudiera decir nada, Lysandre volvió a reír con una carcajada plena, casi histérica, como si no pudiera contenerse.
—¡Oh, Saria, Saria, Saria! —canturreó, llevándose una mano al pecho como si el espectáculo la divirtiera. —¿De verdad crees que él es el gran villano en todo esto?
—Él lidera la Orden. — dijo Saria sin apartar la mirada de Dagon.
Lysandre negó con la cabeza, su cabello oscuro cayendo en suaves ondas sobre su rostro.
—No, querida. Yo lidero la Orden.
Edric maldijo en voz baja.
Veyne soltó un gruñido y dio un paso adelante.
—¡Mentira! — dijo Veyne dando un paso adelante — Dagon es el Capitán General de la Orden del Mar, todos lo sabemos.
Lysandre se inclinó levemente, apoyando un dedo en su barbilla con una sonrisa encantadora.
—¿Y desde cuándo los rangos militares importan, cariño? Lo que importa es quien da las órdenes…
Veyne se quedó helado, porque sabía que ella tenía razón. El poder real siempre estaba detrás del trono, y Lysandre era la verdadera titiritera. Dagon seguía en silencio, sin desmentir ni una coma de lo que Lysandre había dicho.
—Encandilar a los hombres nunca ha sido difícil para mí. —continuó Lysandre, inspeccionando sus uñas como si aquello no fuera nada. —Pero Dagon… oh, él fue un placer. Toda esa ira contenida, esa devoción, esa nobleza mal dirigida… Solo tuve que darle un propósito.
Lysandre lo poseía, ahora estaba claro. Desde el momento en que Dagon pisó tierra firme después de su vida en el mar, Lysandre lo encontró. Y desde entonces, le perteneció.
Dagon finalmente levantó la mirada, y en sus ojos… Saria vio algo que nunca había esperado ver: miedo. Tenía miedo de Lysandre, porque sabía que ya no era dueño de su destino.
Lysandre sonrió, despacio, con la satisfacción de una cazadora que ha atrapado a su presa, y con un simple gesto, Dagon obedeció. Saria vio cómo se acercaba a Lysandre, cómo la tomaba entre sus brazos con la misma seguridad con la que, en otro tiempo, la había tomado a ella, y cómo la besaba. Tenía la mirada clavada en Saria mientras besaba a Dagon, alimentándose de su dolor. No era un beso de amor, era de posesión, una clara declaración de guerra.
Veyne apretó los puños, conteniéndose de no hacer algo estúpido, mientras Aren no apartó la mirada de Saria, preocupado por lo que veía en su rostro. Saria había soportado muchas cosas, pero esto… esto era el colmo. Algo en su interior se quebró, algo que Lysandre había querido romper desde el principio. Pero Lysandre no entendía una cosa, algo intrínseco al ser humano: el mar puede ser manso, el mar puede ser paciente, pero cuando decide desatarse, no hay poder en la tierra que lo contenga.
Saria exhaló lentamente, y cuando habló, todos sus compañeros retrocedieron asustados.
—Dagon.

El beso se rompió. Dagon parpadeó un segundo, como si su mente volviera de un abismo oscuro. Saria lo miraba fijamente, sin apartar la vista de él, como si todo lo demás no estuviese a su alrededor.
—Dime la verdad.— dijo avanzando un paso. No era una súplica, ni rencoroso. Era una simple orden.
Dagon parpadeó. Por un instante pareció confundido, como si acabara de despertar de un sueño demasiado profundo, y su mirada se encontró con la de Saria, y por un momento dejó de ser el alto mando de la Orden del Mar, el traidor, era simplemente Dagon, el hombre al que ella amó una vez.
Su expresión se quebró.
—Saria… —su voz sonó más humana, más rota, más real que nunca.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Lysandre chasqueó los dedos. El sonido fue un latigazo en el aire, y Dagon se tensó de inmediato. Su expresión volvió a endurecerse, y la sombra de la sumisión cubrió de nuevo sus ojos como una ola oscura, arrastrado nuevamente por la marea.
Saria sintió la furia subirle por la garganta. Dagon ya no tenía voluntad propia. Lysandre lo había atrapado, encadenado y vaciado de sí mismo.
Y aún así, Saria lo miró con desafío.
—¿Vas a dejar que ella hable por ti?
Dagon se estremeció, cerrando los puños con fuerza, como si intentara luchar contra algo dentro de él.
Pero Lysandre solo sonrió.
—No seas cruel, querida. Dagon ya hizo su elección hace mucho tiempo.
Saria apretó los dientes.
—No. No eligió. Tú lo encadenaste.
Lysandre ladeó la cabeza, con una sonrisa felina.
—¿Y qué importa? Al final, el resultado es el mismo.
Saria dio un paso más.
—Dagon. — esta vez si fue una súplica.
Dagon estaba completamente inmóvil, luchando por sobrevivir entre dos mares, y era su última oportunidad de elegir entre la oscuridad de Lysandre y la verdad de Saria. El tiempo corría en su contra.
Y entonces todo se precipitó. Dagon Sacó una daga de su cinturón, las llamas azules se elevaron como una marea enloquecida, las inscripciones en las paredes brillaron con una luz espectral… y la daga de Dagon encontró su objetivo. Se hundió en la carne de Lysandre con un sonido seco y cruel.
Los labios de Lysandre se entreabrieron en un jadeo ahogado. Sus ojos, tan llenos de confianza, de control, de victoria inquebrantable, se llenaron de incredulidad.
—Tú… —susurró, mirando a Dagon como si no pudiera comprender lo que acababa de pasar.
Pero Dagon no titubeó. Por primera vez en años, había hecho una elección, y había elegido a Saria.
Las sombras del templo reaccionaron de inmediato, como si hubieran estado esperando, abalanzándose primero sobre Lysandre primero, devorándola en un remolino de oscuridad. Su boca se abrió en un grito sin sonido y su silueta se perdió en el abismo, consumida sin dejar rastro.
Y luego, las sombras fueron por Dagon. Saria, sin poder hacer nada salvo derramar lágrimas incontroladas, vio cómo las tinieblas lo rodeaban, como, por un instante, sus ojos volvieron a ser los de antes. Dagon no intentó escapar, no gritó ni luchó. Sola la miró una última vez y luego desapareció consumido por las sombras, como si nunca hubiese existido.
—¡NOOOOOOOO!— El grito de Saria desgarró el aire.

Las llamas parpadearon violentamente un última vez, y luego, el silencio.
Saria se quedó de pie en medio de las ruinas, con el rostro bañado en lágrimas y el corazón roto.
Veyne, Aren y Edric la miraban en silencio. Kaelthar se acercó a ella y se apretó contra su cuerpo, ofreciéndole su calor.
Por primera vez, Saria no sabía si podía seguir adelante. Parte de ella se había precipitado en ese abismo oscuro donde Dagon había desaparecido. No conseguía apartar la mirada del lugar donde Dagon había desaparecido.

Y entonces, un latido resonó en el templo, de un lugar profundo. Los fuegos azules titilaron violentamente. Las inscripciones en las paredes se iluminaron con un brillo enfermizo, y el altar, cubierto con la sangre aún caliente de Lysandre, vibró. Las sombras estaban a la espera de lo que iba a suceder, expectantes, porque la sangre de una nueva víctima había sido derramada sobre el altar, porque el último sacrificio había sido hecho, y el durmiente abrió los ojos.
El suelo tembló bajo sus pies, y el altar se partió en dos con un estruendo ensordecedor. Desde las grietas en la piedra, un líquido comenzó a brotar. No era agua, era negro, espeso, oscuro… vivo.
Un rugido que no era de este mundo resonó en toda la ciudad. Era el sonido de algo que jamás debió ser despertado.
Veyne se tambaleó, con los ojos abiertos de par en par.
—¡¿Qué demonios es eso?!
Aren tiró de Saria con urgencia.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Saria sentía la perla en su mano, sentía como la llamaba, y sabía la verdad. No había escapatoria. Habían venido a la Ciudad Hundida para evitar este momento y había fallado. El Durmiente había despertado, y el mundo iba a pagar el precio de su error.
El líquido negro seguía brotando del altar destruido, como si el mismo mar estuviera desangrándose. Algo pugnaba por salir de entre las rocas, algo que no pertenecía ni a este mundo ni al anterior.
Saria se irguió, con la perla ardiendo en su mano. Sabía lo que tenía que hacer, la perla se lo había dicho, le había mostrado su destino, y no estaba dispuesta a huir.
Se dio la vuelta y le dijo:
— Debéis iros, no tenéis mucho tiempo.— Su voz era firme, sin rastro de miedo.
Los dos marineros no lo dudaron, corrieron hacia la salida sin mirar atrás.
—¡Saria, no seas estúpida! ¡No puedes enfrentarte sola a esto! — respondió Aren.
Pero Saria le sostuvo la mirada con una calma inquebrantable.
—No estoy sola.— y sonrió, acariciando el pelaje de Kaelthar. Él no la abandonaría.
Veyne, sin dudarlo, dio un paso al frente, hasta situarse junto a ella.
—Si crees que voy a dejarte aquí, estás más loca de lo que pensaba.
Saria respiró hondo, pero le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza. Luego miró hacia Aren, Edric y los dos marineros.
—Daos prisa, salid de aquí cuanto antes.
Aren se quedó mirándola con desesperación, pero sabía que no podía cambiar su decisión. Se acercó a los tres y les dio un abrazo, luego se giró y saló del templo sin mirar atrás.
—Eres la persona más terca que he conocido.— le dijo Edric —Y me alegro de haberlo hecho.— Le lanzó un beso de despedida con la mano mientras salía de la estructura.
En ese mismo instante, algo emergió de las sombras. El líquido explotó como una ola de corrupción, salpicándolo todo. Y entonces lo vieron. El Durmiente había despertado. El templo vibró con su presencia y la perla ardió en la mano de Saria.
Tentáculos de sombra y corrupción se deslizaron por las ruinas, retorciéndose en el aire como si el mismísimo océano estuviera retorciéndose de dolor, y entonces, una masa de carne con múltiples ojos, profundos como el abismo, emergió, clavando sus miradas en Saria. La reconocieron. Ella era la Guardiana, tenía la llave.
La perla latía en su mano, más fuerte que nunca. Su luz traspasaba la carne, como energía pura.
Saria se giró hacia Veyne. Él no preguntó nada, no cuestionó nada, porque ya lo sabía, sabía terminara como terminara, lo harían juntos. Se acercó a ella y le tendió la mano. Kaelthar aulló, acercándose más a Saria y a Veyne, su silueta vibrando con la magia que los envolvía. El líquido negro ya llegaba hasta sus pies mientras el Durmiente salía completamente del altar y el líquido negro salía como un surtidor, como si hubiesen descorchado una botella de un vino espumoso.
— Es la hora. — dijo Saria. Veyne asintió, apretando con más fuerza su mano. Kaelthar guardó silencio.
Y Saria cerró los ojos y dejó que la perla los consumiera. Un resplandor cegador envolvió el templo entero. La piel de ambos se volvió translúcida, como si se estuvieran desvaneciendo en la misma esencia del océano. Kaelthar dio un último rugido antes de ser envuelto en la energía sagrada.
Las ruinas se estremecieron.
El Durmiente rugió en frustración, pero ya era demasiado tarde. La Guardiana y sus protectores lo había vuelto a encadenar con su sacrificio.

Desde la cubierta del barco, Aren y Edric vieron cómo las ruinas desaparecían en el agua. No quedó nada. Solo un mar en calma, en silencio, y una nueva historia para contar a los niños junto al calor de un fuego.
Aren cerró los ojos, sin poder respirar.
—Se han ido.
Edric miró el horizonte, con el semblante más serio que nunca.
—No. Siguen allí. Para siempre. Han encontrado un hogar en el fondo del océano, ni vivos ni muertos, solo eternos. Los Guardianes de la Ciudad Hundida para que nadie volviera a liberar lo que nunca debía despertar. Juntos, para siempre.

Epílogo
El mar está en calma.
Han pasado semanas desde que la Ciudad Hundida volvió a sumergirse en las profundidades, sellada por el sacrificio de tres almas valientes. En la costa de Bahía del Alba, las aguas ya no susurran nombres perdidos ni devuelven miradas desde el abismo. Solo el romper de las olas acompaña a los vivos.
Aren camina solo por la playa al amanecer. Lleva el abrigo de Saria, demasiado grande para él, pero cálido como un recuerdo. Ahora se dedica a recorrer las costas, los puertos, y las aldeas compartiendo la historia de los Guardianes de la Ciudad Hundida. Pero no lo hace desde un escenario, ni busca gloria: escribe, documenta, esconde pergaminos en botellas, los lanza al mar, y deja otros en cuevas, en cofres olvidados, en bibliotecas silenciosas.
Algunos lo llaman «el testigo del fin».
Ha aprendido a leer mapas antiguos, a copiar símbolos arcanos, a entender los susurros del agua. Su meta no es solo contar lo que ocurrió, sino evitar que vuelva a pasar. A su manera, se ha convertido en un nuevo tipo de guardián: el guardián de la historia.
Y aunque aún sueña con los ojos de Saria bajo el agua, ha aprendido a caminar sin ella.
Por su parte, Edric sigue siendo un mercader, aunque ya no trafica solo con objetos valiosos o rutas marítimas. Ahora comercia con conocimiento, recorriendo ciudades y fortalezas en busca de libros antiguos, artefactos mágicos, mapas perdidos, y cualquier cosa que pueda ayudar a prevenir otro despertar como el del Durmiente.
Ha creado una red discreta de informantes y sabios, una especie de hermandad informal dedicada a vigilar ruinas, templos sumergidos y leyendas antiguas. Algunos lo llaman loco. Otros, visionario. Él solo responde con una copa de vino y una media sonrisa.
A veces, cuando las noches son muy silenciosas, escribe cartas que nunca envía. Firmadas solo con una palabra: “Gracias”.
Aren lo visita de vez en cuando. No lo dice en voz alta, pero Edric cuida del chico como si fuese un hermano menor o el hijo que nunca tuvo. Y cuando nadie lo ve, Edric se detiene en la playa y murmura hacia las olas: «Tú lo hiciste, Guardiana. Yo solo sigo tus pasos.”
Nadie volvió a ver la silueta de Kaelthar entre los bosques, ni el cabello rojizo de Saria ondear al viento, ni la mirada firme de Veyne encarar al destino. Pero en las noches sin luna, algunos dicen ver una luz bajo el agua, y escuchar una canción lejana, profunda como los sueños olvidados.
Y en el fondo del océano, muy lejos, tres siluetas flotan entre ruinas antiguas. No están muertos. Solo son eternos.
Guardianes para siempre.
¿Y ahora qué hago yo sin Saria? Ha sido un viaje muy emocionante y cargado de emociones. Espero que os haya gustado tanto como a mí.
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Una vagabunda en busca de su hogar.
Una persona que vagabundea por el mundo en busca de su hogar. Tiene un pasado y espera un futuro. ¿Lo…