Her Odyssey. Partida 1. Día 44. Una mirada vacía.

Seguimos con la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 44.

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Estadísticas iniciales

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad5Días favorables26
Rapidez2Días desfavorables17
Fortaleza3Esperanza13

El desafío de las cartas

K de Corazones

Los corazones sugieren tierras de cultivo, prados, páramos. Una clave. Curiosidad. Consecuencias tardías. Un ejército. Una trampa. Una acusación. Un mal funcionamiento. Un reflejo del amor perdido del vagabundo..

Como el valor es 13, el desafío es extremo.

Desarrollo

Saria se despertó con un sobresalto. A su lado, Veyne también se removió, parpadeando con el ceño fruncido. Cuando miró al camastro de Aren… ya no estaba acostado. Estaba sentado en en el catre, con la espalda recta, los ojos abiertos y vidriosos, clavados en un punto indefinido en la pared.

—Aren…

Él no respondió. Veyne se frotó el rostro con frustración.

—Mierda…

Saria se inclinó hacia él, con el corazón latiéndole en la garganta.

—Aren, ¿me oyes?

Nada. Era como si estuviera atrapado en algún lugar lejos de allí, como los otros naúfrags. Saria le tocó el rostro con suavidad. Su piel ya no estaba helada, pero tampoco tenía calor. Era como si su mente no estuviese en este mundo.

Veyne se pasó una mano por el cabello, desesperado.

—No podemos haberlo recuperado solo para perderlo de otra manera.

Saria apretó los dientes.

—No. No lo vamos a perder.

Saria y Veyne intentaron todo, desde lo más normal a lo más desesperado. Lo llamaron por su nombre, lo sacudieron, lo zarandearon con fuerza, incluso lo abofetearon. Pero nada, Aren no estaba allí. Su cuerpo seguía en el catre, pero su mente estaba en otro lugar.

Saria se arrodilló frente a él, sosteniéndole el rostro con ambas manos.

—¡Aren! ¡Mírame! ¡Soy yo! — lo llamó Saria medio sollozando.

Aren ni siquiera parpadeó. Veyne maldijo por lo bajo, desesperado.

—¡Por los dioses, haz algo, maldita sea!

Pero nada funcionaba. No había nada que hacer. Había que asumir que Aren, aunque físicamente estuviese con ellos, no volvería nunca.

Entonces Kaelthar gruñó desde su rincón. Con un movimiento tan rápido que apenas pudieron reaccionar, saltó sobre Aren y le hundió los dientes en el brazo. No fue un mordisco para desgarrar ni para matar, pero sí lo suficientemente fuerte como para hacerle sangrar.

Aren se movió. Su cuerpo se sacudió con violencia y su boca se abrió de golpe en un grito ahogado. Y sus ojos, por primera vez, volvieron a la vida.

—¡Kaelthar, estate quieto, que me haces daño! — El grito rompió el aire pesado del camarote.

Por un segundo, nadie supo cómo reaccionar. Saria parpadeó, y Veyne se quedó congelado, con la boca entreabierta. Kaelthar soltó el brazo de Aren con un gruñido satisfecho y se apartó, como si su trabajo estuviera hecho. Y entonces todo estalló en un un torbellino de risas, abrazos y lágrimas.

Saria se lanzó sobre Aren, abrazándolo con todas sus fuerzas.

—¡Maldito seas, Aren! ¡No vuelvas a hacerme esto!

Él jadeó, sorprendido, pero sin fuerzas para resistirse. Veyne, en lugar de hablar, le dio un puñetazo en el hombro sano.

—Eres un imbécil.

Aren se quejó, pero luego soltó una risa ronca y cansada.

—Me alegra ver que me echasteis de menos.

Saria se apartó lo justo para verlo bien. Sus ojos ya no estaban vacíos. Aren había vuelto.

Cuando ya todos comenzaron a calmarse, y mientras Saria, sentada a su lado, le vendaba la herida, Aren se dejó caer contra el catre, agotado pero consciente.

—Ahora que has vuelto del otro lado… ¿vas a decirnos qué demonios pasó?— preguntó por fin Veyne.

—Aren… ¿cómo terminaste en el mar? — le dijo suavemente Saria.

Aren pasó una mano temblorosa por su rostro y sus ojos se nublaron por un instante recordando… Y entonces, comenzó a hablar.

—Después de que Veyne consiguiese escapar, me llevaron a un barco-prisión. Había más prisioneros, marineros, exploradores… gente que había estado husmeando en los lugares equivocados.

—¿Un barco-prisión? — Saria frunció el ceño.

—Sí. Algo grande. Armado.— Aren asintió. —Nos dijeron que íbamos a ser interrogados en Puerto Goldran, pero nunca llegamos.

Saria apretó los labios.

—¿Por qué?

Aren cerró los ojos un segundo, como si tratara de ordenar sus pensamientos.

—No fuimos directamente a Puerto Goldran, no sé exactamente por qué, pero entramos en mar abierto, y en ese lugar, no éramos los únicos que estábamos en ese mar. — Saria y Veyne se miraron de inmediato. — Fuimos atacados.

Veyne soltó una maldición.

—¿Piratas?

—No. —Aren negó con la cabeza—. Algo peor.

—Aren… ¿qué viste? — preguntó Saria arrastrando las palabras.

—El agua se levantó como si tuviera vida propia.— Aren tragó saliva al recordar —Los soldados no pudieron reaccionar. Algo se movía debajo de nosotros, algo grande, inmenso, y entonces el barco comenzó a hundirse.

Veyne frunció el ceño.

—¿Hundirse cómo? ¿Se abrió un agujero?

—No. — Aren sacudió la cabeza mientras intentaba encontrar las palabras — Se lo llevaron hacia abajo.

—¿Quién? — preguntó Saria.

—No lo sé. No lo vi.— Aren apretó los puños sobre sus rodillas. —Pero cuando caímos al agua… oí las voces.

—¿Qué voces?— Saria estaba visiblemente nerviosa.

Aren volvió a mirarlos, y en su mirada había algo oscuro, algo que aún no lo había abandonado del todo.

—Las de los que ya estaban allí abajo.— El silencio se hizo patente en el pequeño camarote. Al cabo de unos minutos, Aren continuó su historia — Floté hasta que nos encontrasteis, pero todo fue como un sueño. Aquellas voces permanecían en nuestra mente, llenándolo todo. Solo Kaelthar ha conseguido hacerlas retroceder un poco, pero no puedo despistarme, o volverán…

El silencio se alargó demasiado, hasta que Edric apareció en la puerta del camarote.

Aren le relató de nuevo la historia mientras Edric y los demás escuchaban en silencio. Cuando Aren terminó, Edric se quedó de brazos cruzados, mirando el suelo del camarote, pensativo.

—Di algo, Edric. — le pidió Saria observando su reacción con atención.

—Algo ya sabíamos, pero esto es peor de lo que pensábamos. — repuso Edric, levantando la mirada lentamente.

Veyne resopló, apoyándose contra la pared.

—No jodas.

Pero Edric no estaba para bromas. Su mirada se perdió en el pequeño mapa que llevaba enrollado en su cinturón.

—Si lo que dice Aren es cierto, y no soy yo quién para dudar de ello, hay algo allí abajo, algo que no deja que la gente se acerque.

—Y sin embargo, nos estamos acercando.— dijo Saria.

—Sí. — Asintió Edric. — Y no sabemos si eso es una buena o una mala noticia.

Veyne frunció el ceño.

—¿Y ahora qué? — dijo Veyne — ¿Nos volvemos?

—¡No!— exclamó inmediatamente Saria mirándolo fijamente.

—Sabía que ibas a decir eso.— respondió Veyne en tono burlón.

Edric sonrió levemente, pero luego su expresión volvió a ensombrecerse.

—Al menos, ahora sabemos que tenemos que estar preparados antes de seguir adelante. Esto no es solo un viaje peligroso, sino que puede convertirse en un camino sin retorno.

—Lo sé — dijo Saria manteniéndole la mirada — Pero si no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará, y si alguien equivocado accede a ese lugar y despierta lo que duerme en el fondo, no habrá un mundo al que volver.

Edric se quedó en silencio un momento más.

—Entonces sigamos adelante.— dijo al fin asintiendo lentamente.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

El barco se deslizó por las aguas tranquilas, avanzando sin oposición, siguiendo la silueta de la Ciudad Hundida. De alguna forma, el mar los estaba dejando pasar, lo cual era cuanto menos inquietante. En la cubierta, los marineros rescatados seguían sin despertar. Sus mentes se mantenían es ese limbo extraño de los recuerdos, mientras sus cuerpos se extenuaban por momentos: no dormían ni comían, pero tampoco morían del todo, hasta que finalmente comenzaron a hacerlo. Uno a uno fueron apagándose, en silencio. Simplemnete, dejaban de existir.

Los marineros del barco se negaban a tocarlos. Los miraban con miedo, con desconfianza, diciendo sus oraciones en voz baja cuando era necesario deshacerse de un nuevo cadáver. Nadie quería pensar en qué les había pasado realmente.

Saria miraba la escena en silencio.

Cuando el sol comenzó a descender en el horizonte, todo el barco se sumió en un extraño letargo. Los marineros trabajaban en silencio, casi sin hablar, evitando mirar hacia los últimos rescatados. Incluso Edric, por primera vez en días, no tenía bromas ni comentarios ingeniosos.

Pronto la noche se cernió sobre el mar como un manto oscuro, envolviendo el barco en un silencio denso, casi sofocante. Incluso el viento dejó de soplar, dejando las velas lánguidas. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo infinito. Todo en calma, en silencio, en mitad del mar bajo un cielo estrellado.

Y entonces, sin avisar, el mar cobró vida. Desde la superficie del océano, una lengua de agua se alzó lentamente, como si el mar mismo estuviera exhalando un suspiro. Adoptó una figura humanoide translúcida, sin bordes definidos, alta como una torre, con contornos que fluyen y cambian como las olas. Sus rasgos eran suaves, casi etéreos, su “rostro” una superficie ondulante en calma, como un estanque al atardecer. Luz azulada y blanca palpitaba desde su interior, como si el corazón del mar latiera en su pecho. Comenzó a moverse con elegancia, como una danza lenta arrastrada por la corriente. A su alrededor, el agua parecía reverenciarlo, formando espirales que flotaban a su paso.

El ser se colocó justo frente a la proa. Los marineros retrocedieron de inmediato, algunos sacando sus armas, otros murmurando plegarias, porque lo que emergió no era de carne ni hueso. Era agua misma. Cuando habló, su voz resonó en el aire como un eco del mar mismo.

—¿Dónde está la Guardiana?

Edric, que había sido llamado por su contramaestre cuando la figura comenzó a emerger, fue inmediatamente a buscar a Saria a su camarote, la despertó y la hizo subir a cubierta. Veyne y Kaelthar subieron con ella. Incluso Aren, aunque llegó algo más tarde, consiguió llegar a la parte superior para no perderse nada. Edric miró a Saria de reojo, su expresión tensa.

Cuando Saria llegó a la proa del barco, dio un paso adelante para distinguirse de los demás. El ser de agua centró su mirada espectral hacia ella.

Tirada de dados

—Eres tú.— Su voz resonó de nuevo, envolviendo el aire como un eco de las profundidades.

—Soy yo. —Su voz fue firme, aunque sentía el corazón martilleándole en el pecho—. Soy la que buscas.

El ser de agua se inclinó levemente hacia ella, observándola con detenimiento. El océano pareció oscurecerse a su alrededor.

—Has venido al lugar donde dormimos.

—¿Quién eres?— preguntó Saria.

El ser no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, su voz sonó como olas rompiéndose contra la roca.

—Somos los que recordamos, los que jamás partieron, los guardianes de lo que yace bajo el mar.

—¿El Durmiente? — se oyó susurrar a Edric.

Los ojos del ser brillaron con más intensidad.

—Él ha comenzado a soñar de nuevo, y tú, Guardiana, has traído la llave.

Veyne dio un paso adelante, con la mano en la empuñadura de su arma.

—¿Qué quieres de ella?

El ser giró la cabeza lentamente hacia él.

—No es lo que yo quiero, es lo que ya ha comenzado, y tú, protector, no puedes hacer nada por evitarlo. Ya es tarde para retroceder. El camino está abierto y Él os ha visto.

El agua se alzó de golpe, una ola espectral que cubrió la proa del barco y cayó sobre todos los que allí se encontraban. Cuando se disipó, el ser había desaparecido, pero el océano ya no estaba en calma; algo se movía en las profundidades, y ese algo los estaba esperando.

Los marineros se miraban entre sí, inquietos, con miedo reflejado en sus rostros curtidos por el mar.

—¡Maldito seas, Edric! —escupió uno de los marineros—. Nos has traído a una tumba de la que no saldremos.

Otros asintieron, murmurando entre dientes, algunos haciendo gestos de protección.

—No debimos venir aquí.

—El mar no nos quiere aquí.

—¡Estamos condenados!

Edric levantó las manos con su sonrisa característica… pero esta vez, su tono era menos despreocupado.

—Caballeros, caballeros… calma. ¿Acaso alguno es capaz de nadar hasta la costa más cercana? — Los marineros callaron. No había costa cercana. Edric cruzó los brazos, mirándolos con su típica arrogancia. —Así que, en lugar de quejarse, les sugiero que se preparen, porque nos guste o no… ya hemos sido vistos.

Los marineros gruñeron, pero sabían que tenía razón. Escapar o retroceder no eran ahora mismo opciones.

Las aguas, antes tranquilas, ahora se agitaban con corrientes impredecibles. Saria se apoyó en la borda, observando el horizonte, y entonces, lo vio. A lo lejos, algo emergía del agua. No era una ola o un pez, era algo mucho, mucho más grande que no debería estar allí.

Veyne se acercó a Saria, con el ceño fruncido.

—¿Lo has visto?

Saria asintió lentamente.

—Sí.

—Entonces no estamos solos.

La ciudad hundida había subido a la superficie. Entre las olas, las ruinas de una civilización perdida se alzaban en la superficie, como si el océano las hubiera escupido de sus entrañas después de siglos de olvido. Las murallas destruidas no flotaban por su cuenta y los pilares resquebrajados se mecían con el vaivén del agua. La ciudad no era estática, sino que se movía a merced del oleaje.

Veyne maldecía entre dientes, los nudillos blancos de apretar la empuñadura de su espada.

—Esto no es posible.

Edric, que apareció tras ellos, soltó una risa seca, sin humor.

—Pues lo estamos viendo.

Los marineros se aferraron a las cuerdas del barco, algunos cayendo de rodillas.

—Dioses, nos condenamos.

—¡El mar nos ha traicionado!

La perla latía en el bolsillo de Saria, vibrando al mismo ritmo que las olas mecían a la ciudad. La Ciudad Hundida estaba expuesta después de cientos de años sumergida. El viento trajo consigo un sonido, un murmullo profundo desde el interior de la ciudad.

El Durmiente estaba abriendo los ojos.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Estadísticas finales

Tiradas de dados: 13. Puntuación Omén: 13. Día favorable.

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad4Días favorables27
Rapidez2Días desfavorables17
Fortaleza1Esperanza13

¿Y estos jinetes que la buscan? No hay duda que iban tras de ella… ¿y la visión del anciano de la perla?

Hasta luego, gente!

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