Seguimos con la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 42.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va el juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va esto. Si prefieres ir directamente a la página oficial del juego, puedes hacer clic aquí (página en inglés).
Si no es el caso, gracias por regresar y leer esta historia.
Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 5 | Días favorables | 24 |
| Rapidez | 4 | Días desfavorables | 17 |
| Fortaleza | 2 | Esperanza | 13 |
El desafío de las cartas

Los diamantes sugieren pueblos, ciudades. Una enfermedad. Una vivienda abandonada. Un falso amigo. Un espejismo o ilusión. Desconfianza. Rumores y mentiras. Un accidente. Una revelación.
Como el valor es 2, el desafío es bajo.
Desarrollo
El sol del mediodía bañaba la costa con su luz abrasadora cuando Saria, Veyne y Kaelthar llegaron a su destino. Frente a ellos, la Bahía de los Condenados se extendía como una cicatriz en la tierra. Era una ciudad grande y bulliciosa, pero sucia. Las calles eran un caos de tablones de madera carcomida y calles de arena pisoteada. Las casas se alzaban unas sobre otras, improvisadas, construidas con más desesperación que técnica. Un laberinto de callejones oscuros, pasarelas de madera tambaleantes y muelles repletos de barcos en peor estado que las casas.

Saria, Veyne y Kaelthar avanzaron por sus calles, quedando claro desde el primer momento que allí nadie juzgaba a nadie. Incluso con su imponente tamaño y su pelaje oscuro, Kaelthar no llamaba tanto la atención como esperaban. Las personas se apartaban ligeramente a su paso, sí, y algunos lanzaban miradas curiosas o desconfiadas, pero nadie dijo nada, ya que, seguramente, todos habían visto cosas peores. O tal vez ya estaban demasiado muertos por dentro como para sorprenderse de nada.
A cada paso, se veían peleas. Dos hombres rodando por el suelo e intercambiando puñetazos con los nudillos ensangrentados. En un rincón, un grupo apostaba a los dados, maldiciendo a gritos cuando perdían. En otro, una mujer con más cicatrices que dientes empujaba un cuchillo contra la garganta de un borracho. Y en cada esquina, prostitutas con vestidos deshilachados ofrecían sus servicios con descaro. El hedor a ron barato, sudor y pescado en descomposición lo impregnaba todo.
Veyne sonrió, divertido.
—Bueno, parece que ni siquiera nuestro peludo amigo es lo más raro de este sitio.
No sabían a priori si eso era algo bueno o malo, pero lo que sí estaba claro era que nadie se iba a molestar en detenerlos, y eso les daba libertad de movimientos.
Veyne miró alrededor con una media sonrisa.
—Es asqueroso.
—Pero también es perfecto.— Saria asintió lentamente. — Deberíamos buscar una taberna junto a muelle.
Veyne asintió.
—Sí. Ahí encontraremos a los que navegan sin hacer preguntas.
Saria miró el muelle, los barcos podridos y las velas rasgadas. Si querían llegar a la Ciudad Hundida necesitaban un barco, y seguramente estaría allí. Caminaron con cautela a lo largo del muelle, observando los barcos con atención. Las embarcaciones eran tan diversas como su tripulación. Algunas parecían apenas mantenerse a flote, con velas raídas y maderas podridas que crujían con cada ola. Otras, en cambio, se veían demasiado limpias, demasiado bien cuidadas para un puerto como este.
Las tripulaciones tampoco inspiraban confianza. Desde bravucones con cicatrices, pasando por asesinos potenciales con miradas vacías, a piratas con sonrisas llenas de dientes dorados. Cada uno parecía más peligroso que el anterior. Cuanto más miraban… menos claro tenían a quién debían elegir. Era imposible saber en quién confiar en un lugar como este.
Cuando ya estaban a punto de abandonar el muelle para buscar información en otro lado, una voz familiar les hizo detenerse en seco.
—¡Vaya, vaya, vaya!
Saria giró la cabeza de golpe. Edric, de pie en la pasarela de un barco atracado, con su sonrisa arrogante de siempre y los brazos cruzados con aire despreocupado.
—¿Qué hace una dama como tú en un lugar como este, Saria? — ella parpadeó, aún incrédula, lo que hizo que Edric sonriese más ampliamente mientras apoyaba un codo en la barandilla del barco. —No puedo decidir si soy muy afortunado o increíblemente desafortunado.
—Déjame adivinar: escapaste otra vez.— dijo Veyne con los brazos cruzados al pecho.
Edric rió con diversión.
—Y esta vez, fue una auténtica hazaña heroica. — Saltó de la pasarela con gracia y caminó hacia ellos con su andar despreocupado. —Lysandre no es fácil de engañar, pero resulta que soy más resbaladizo de lo que pensaba.
—Así que Lysandre sigue detrás tuya… — continuó Saria.
—¿Cuándo no? —respondió Edric, encogiéndose de hombros—. Pero eso no es importante. — Su sonrisa se suavizó cuando los miró de verdad. —En serio, me alegro de veros.
— Nosotros no teníamos tan claro que hubieras sobrevivido.— dijo Veyne.
Edric hizo una mueca.
—Sí, tampoco estaba seguro yo mismo. ¡Y tengo buenas noticias para vosotros!
—¿Qué has hecho ahora?— preguntó Saria con suspicacia.
Edric sonrió con astucia.
—Estaba buscando una tripulación que me ayudara a encontrar la Ciudad Hundida.
—¿Tú también?— Saria y Veyne se miraron al hablar a la vez.
—Bueno, cuando os esfumásteis, no tenía mucho más que hacer. — Edric se giró y señaló con un gesto teatral al navío detrás de él.
Veyne frunció el ceño.
—¿Es tuyo… o pertenece a alguien que está buscándote en este momento?
Edric puso una mano en su pecho, fingiendo ofensa.
—¡Veyne, me ofendes!
—Eso no responde a mi pregunta.
Edric sonrió con diversión.
—Bueno, digamos que su dueño original ya no lo necesita.
Saria se pasó una mano por el rostro.
—Dioses…
Pero no podía negar que tener a Edric de su lado y un barco listo para zarpar les facilitaba mucho las cosas, y si había alguien que podía moverse en este puerto sin levantar demasiadas sospechas, era él.
—Así que decidme, ¿sigue en pie nuestro trato? ¿embarcaréis conmigo? — preguntó Edric mirándolos con una sonrisa traviesa.
Saria sopesó sus opciones. Podrían seguir buscando otra tripulación, arriesgarse con algún capitán desconocido… pero si algo había aprendido en este viaje es que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer… Le tendió la mano a Edric.
—Zarparemos contigo.
Edric sonrió con satisfacción y estrechó su mano sin dudar.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Espero no arrepentirme.— le dijo Saria.
Edric le dio una palmada en el hombro.
—Si lo haces, será demasiado tarde para entonces.
—¿Cuándo partimos?— cambió de tema Saria mirando el barcon con atención.
—Esta misma noche.— dijo Edric haciendo un gesto hacia la tripulación, que ya estaba cargando provisiones.
Al menos no tendrían que buscar alojamiento, ni quedarse demasiado tiempo en la Bahía de los Condenados. Cuanto antes estuvieran en el mar, mejor.
Edric hizo un gesto con la cabeza hacia la pasarela del barco.
—Suban a bordo y acomódense. Va a ser un viaje interesante.
—Conociéndote, eso me preocupa.— farfulló Veyne.
Edric rió y se giró hacia la tripulación para dar órdenes.
El barco tenía vida propia. Desde el momento en que Saria, Veyne y Kaelthar pusieron pie en la cubierta, fueron recibidos con una mezcla de curiosidad y camaradería. Los marineros no eran todos rufianes curtidos ni piratas de mala muerte. Algunos sí tenían la mirada fría de mercenarios experimentados, pero entre ellos también había jóvenes de brazos fuertes y ojos llenos de determinación, curtidos por el duro trabajo del mar. Ni todos eran asesinos ni todos eran criminales, pero todos estaban ahí por la misma razón: el oro, la aventura o el simple hecho de no tener otro lugar al que ir. Cuando los vieron caminar junto a Edric, les dieron un par de saludos con la cabeza. Si venían con el capitán, eran bienvenidos.
—No me malinterpretes, pero… ¿cuánto te costó todo esto? — le preguntó Veyne con una ceja levantada.
—¿Cuánto cuesta la verdadera aventura, amigo? — le respondió Edric con una carcajada.
—Traducción: no quieres decirlo.— dijo Veyne.
—Traducción: no es asunto tuyo.— sonrió Edric.
—Mientras nadie nos esté buscando para cobrarse deudas, no me importa.— sentenció Saria.
Edric le guiñó un ojo.
—Sabes que nunca me dejo atrapar.
—Dos veces en un mes ya lo han conseguido…— se mofó Veyne.
Edric ignoró el comentario y les hizo un gesto.
—Venid. Os mostraré la ruta.
Se dirigieron al camarote del capitán, donde la luz de los faroles iluminaba un gran mapa desplegado sobre una mesa. Las rutas estaban marcadas con tinta y anotaciones rápidas en los márgenes.
Saria se inclinó sobre el mapa, estudiando el trayecto.
—¿Cuál es el plan?
Edric apuntó con el dedo un punto en el mapa.
—Zarparemos hacia el sur. La mayoría de las rutas mercantes evitan esta zona por las corrientes peligrosas.
—¿Corrientes peligrosas? —preguntó Veyne con sospecha.
—No te preocupes —respondió Edric con aire despreocupado—. Solo han hundido un par de barcos en los últimos meses.
—¡Genial!— exclamó Saria.
—Después de eso, seguiremos las indicaciones que obtuve en Velmanar.— continuó Edric.
—¿Indicaciones?— Saria levantó la cabeza inmediatamente para mirarlo.
—Oh, querida Saria. ¿Creías que no había hecho mi tarea mientras ustedes huían de la Orden? — Edric sonrió con misterio y dramatismo, apoyándose en la mesa con aire satisfecho —Pagué bien por la información. Y me aseguré de que quien la vendiera no tuviera razones para engañarme.
Saria frunció el ceño.
—¿Y qué dicen esas indicaciones?
Edric se enderezó, con una chispa en los ojos.
—Que la Ciudad Hundida no está donde todos creen.
—¿Qué significa eso? — dijo Saria.
Edric se inclinó hacia el mapa y sonrió.
—Que si seguimos el camino correcto… no solo encontraremos ruinas. Encontraremos algo que todavía vive.
Saria apoyó las manos en la mesa y lo miró fijamente.
—Explica eso mejor.
Veyne asintió, cruzándose de brazos.
—Sí, porque “algo que todavía vive” no es precisamente reconfortante.
Edric sonrió con aire juguetón, pero su mirada tenía un brillo calculador.
—Bien, bien. Lo contaré.— Tomó una pluma y la deslizó por el mapa, marcando con un gesto amplio la zona que todos conocían como el supuesto lugar de la Ciudad Hundida. —Aquí es donde la mayoría de los mapas la ubican, ¿correcto?— Saria asintió. —Sí. Pero la mayoría de los mapas antiguos son incompletos o contradictorios, y eso es porque la Ciudad Hundida no se encuentra exactamente aquí. — Deslizó la pluma un poco más al este, hacia un área de mar abierto sin ninguna referencia clara. —Aquí es donde deberíamos buscar.
Veyne frunció el ceño.
—¿Y por qué no hay nada ahí?
Edric sonrió de lado.
—Porque la ciudad se mueve.
—Eso no tiene sentido.— dijo Saria.
—¿Seguro? —Edric la miró con una chispa de emoción—. ¿Qué pasaría si la ciudad no estuviera simplemente hundida, sino atrapada en algo que la desplaza con las mareas?
Veyne se enderezó, más alerta.
—¿Como una corriente?
Edric sacudió la cabeza.
—No. Algo más antiguo. Algo más vivo.
—Habla claro, Edric.— pidió Saria un poco brusca.
Él se inclinó sobre el mapa y bajó la voz.
—Dicen que la ciudad no está en el fondo del mar… sino en el lomo de algo que duerme.
Veyne se quedó completamente inmóvil.
—No. Eso es imposible.

Edric se encogió de hombros.
—Quizás. Pero según las historias, la Ciudad Hundida fue tragada, pero no destruida.
Saria recordó las visiones, los susurros en sus sueños, las advertencias de la anciana. Y entonces las palabras de Edric cobraron sentido.
—El Durmiente.
Edric se enderezó, sonriendo.
—Exacto.
Saria pasó una mano por su rostro.
—Demonios…
Veyne exhaló con incredulidad.
—Espera, espera. ¿Estás diciendo que la ciudad está sobre el lomo de una criatura gigante que duerme en el fondo del mar?
Edric asintió con satisfacción.
—Es lo que dicen los mapas más antiguos.
—¿Y quién te vendió esa información? —preguntó Saria con suspicacia.
Edric sonrió con astucia.
—Alguien que ya no necesitaba el oro.
Saria se quedó en silencio, con la mirada clavada en el mapa. De repente, todo cobraba sentido y apunta a lo mismo: la Ciudad Hundida nunca estuvo simplemente sumergida, sino que había sido devorada.
Veyne la miró con el ceño fruncido.
—Saria… ¿estás bien?
Ella no respondió de inmediato. Sus pensamientos giraban como un torbellino, recomponiendo los fragmentos de información, los rumores, las historias sueltas.
—Si esto es cierto…— su voz era apenas un susurro. —Si la ciudad está sobre algo que duerme…— Se giró bruscamente hacia Edric.—¿Cómo sabemos que sigue dormido?
Edric sonrió con la emoción de quien ama una buena historia.
—No lo sabemos. ¡He ahí la diversión!
Saria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Porque ¿y si lo que dormía ya estaba despertando? La ciudad, las desapariciones, el cambio en el mar… quizás no eran solo señales, sino advertencias.
Veyne exhaló pesadamente y se dejó caer en un sillón.
—Esto es una locura.
Edric se apoyó en la mesa, sonriendo con astucia.
—Claro que lo es. Por eso vale la pena.
Saria piensa con rapidez en sus opciones. ¿Viajará con Edric?
Tirada de dados: 2, 2, 3 y 4.
¡Éxito absoluto!
Saria tomó aire y apartó la mirada del mapa. Las piezas seguían encajando, pero eso solo hacía que todo fuera peor. No más preguntas. No más dudas. Era hora de partir.
—Zarpamos esta noche.
Edric sonrió con satisfacción.
—Esa es la actitud.
Veyne se frotó la cara con las manos y suspiró.
—Dioses, espero no estar cometiendo el peor error de mi vida.
Edric le dio una palmada en el hombro.
—Muy tarde para arrepentirse, amigo.
Antes de la medianoche, el barco estaba listo para zarpar. Los marineros terminaron de cargar las provisiones. Las amarras se soltaron. El viento sopló fuerte desde el este, como si el mar mismo los llamara.
Saria subió a cubierta y miró el horizonte. La Bahía de los Condenados quedaba atrás. Y el océano se abría ante ellos. Kaelthar gruñó suavemente a su lado, inmóvil como una estatua. Veyne se apoyó en la barandilla del barco, mirando las olas con una mezcla de emoción y resignación.
Edric, con una sonrisa confiada, dio la orden final.
—¡Levad anclas! ¡Rumbo a lo desconocido!
Y con eso, la travesía comenzó.
El barco se balanceaba con fuerza mientras cortaba las aguas oscuras del océano. Para Saria, el vaivén era familiar, no exactamente cómodo, pero manejable. Para Veyne, en cambio era un infierno. Toda la noche había estado pálido, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, el movimiento del barco lo sacudía como si quisiera arrancarlo de la cama. En un momento de desesperación, salió a cubierta en plena noche, buscando aire y Saria lo siguió, divertida. Lo encontró apoyado en la barandilla, sujetándose con ambas manos, respirando hondo como si tratara de convencer a su estómago de no traicionarlo.

—¿Cómo va eso? —preguntó con una sonrisa burlona.
Veyne le lanzó una mirada asesina.
—Me muero.
Saria se cruzó de brazos y se apoyó junto a él.
—No creo que sea para tanto.
Veyne murmuró una maldición y cerró los ojos.
—El mundo entero se está moviendo.
—Bienvenido al mar.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?— bufó Veyne.
Saria se encogió de hombros.
—Talento natural.
La verdad era que no era la mejor navegante, pero había pasado suficiente tiempo en barcos para acostumbrarse. Veyne, en cambio, parecía un niño perdido en mitad de una tormenta. Y era bastante cómico. Un hombre tan duro y fuerte derrotado por las olas.
—Eres adorable —dijo, sonriendo.
Veyne levantó la cabeza con una expresión asesina.
—No. No lo soy.
—Lo eres.
—Si sigues hablando, vomitaré sobre ti solo por venganza.
Saria soltó una carcajada.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 11. Puntuación Omén: 2. Día favorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 5 | Días favorables | 25 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 17 |
| Fortaleza | 2 | Esperanza | 13 |
¿Y estos jinetes que la buscan? No hay duda que iban tras de ella… ¿y la visión del anciano de la perla?
Hasta luego, gente!
No Posts Found