Seguimos con la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 40.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 5 | Días favorables | 22 |
| Rapidez | 4 | Días desfavorables | 17 |
| Fortaleza | 3 | Esperanza | 13 |
El desafío de las cartas

Los tréboles sugieren tierras baldías, montañas, mar. Una maldición. Un cambio repentino de terreno. Un crimen. Un umbral. Codicia. Un extraño necesitado. Un idioma desconocido. Un desastre natural.
Como el valor es 12, el desafío es bastante alto.
Desarrollo
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando se pusieron en marcha. Veyne todavía estaba débil, así que viajó sobre Kaelthar, dejando que la bestia hiciera el esfuerzo por él.
Saria caminaba a su lado, su mente fija en lo que vendría después: llegarían a la costa, buscarían un barco y navegarían hace la Ciudad Hundida.
El aroma a sal y pescado seco llegó antes que la vista del pueblo. Cuando llegaron a la cima de una colina, a lo lejos, vieron la aldea costera. Un pueblo de pescadores, con sus cabañas de madera junto a la playa, sus barcas ancladas en la orilla y las redes extendidas secándose al sol. Era lo suficientemente grande como para encontrar un transporte, y lo suficientemente pequeña como para que no se hiciesen demasiadas preguntas.
Kaelthar gruñó bajo, olfateando el aire. Saria apoyó una mano en su pelaje.
—Quédate fuera del pueblo. No queremos llamar la atención.
Kaelthar le dio un restregón de cariño con resignación y se apartó hacia la maleza.
—Hora de encontrar un barco. — le dijo Saria mirando a Veyne con una sonrisa.
—O al menos un lugar donde tomar un maldito trago.— le respondió él.
Cuando Saria y Veyne pusieron pie en la aldea, el lugar se sintió casi fantasmal. El sonido de las olas era lo único que rompía el silencio. Pero entonces, una voz los llamó.
—Bienvenidos a Bahía del Alba.
Saria y Veyne se giraron. En el umbral de una de las casas, una anciana los observaba con una mirada aguda y sabia. Su cabello era blanco como la espuma del mar. Su piel, ajada por los años y la brisa salada. Pero su postura era firme. Y su voz…
—Soy la mujer sabia de la aldea. —Sus ojos recorrieron a Veyne con calma—. Y veo que uno de vosotros necesita curación.
—Bah, no es para tanto… — repuso Veyne quitándole hierro al asunto.
—Pasad a mi casa, por favor. — dijo la anciana sonriendo.
Saria y Veyne se intercambiaron una mirada. La oferta parecía sincera, así es que ambos hicieron un pequeño asentimiento con la cabeza y aceptaron la invitación.
La casa de la anciana era modesta, hecha de madera desgastada pero bien cuidada. El interior estaba caldeado por un fuego pequeño que ardía en una pequeña chimenea de piedra, y olía a hierbas secas, sal marina y humo de leña. En un lateral, había frascos de vidrio perfectamente alineados en estantes, llenos de polvos, raíces y líquidos de colores inciertos. Y en el centro, una mesa baja con un mortero y una variedad de hierbas esparcidas sobre ella ocupaban la mayor parte del espacio.
La anciana se movió con agilidad a pesar de su edad, recogiendo ingredientes de los estantes mientras hablaba sin pausa.
—Últimamente pasan cosas raras. —Su tono era casual, como si hablara del clima—. El mar está inquieto.
—¿Inquieto? —preguntó Saria con cautela.
La anciana asintió mientras trituraba las hierbas con el mortero.
—Los peces se han vuelto escasos. Las aguas, demasiado frías para la época.— continuó la anciana asintiendo mientras trituraba las hierbas con el mortero — Sé que parece normal para un pueblo pesquero, pero no es normal cuando el mar habla.
—¿Habla? — preguntó con cierto deje de incredulidad Saria.
La anciana les lanzó una mirada como si eso fuera evidente.
—El mar siempre habla. Solo hay que saber escuchar.— La anciana continuó triturando las hierbas y parloteando sin mirarlos. —Y últimamente… su voz está cambiando.
Silencio. Solo el crepitar de las llamas en la chimenea irrumpía suavemente.
—¿Cómo está cambiando? — por fin, Saria se atrevió a preguntar.
La anciana se detuvo.
—Se ha vuelto… más profunda. — dijo la anciana mirando a Saria directamente a los ojos. — Más oscura, más antigua.
Saria se mantuvo en silencio, limitándose a observar. Las personas como ella hablaban cuando querían, no cuando se les pedía. Veyne también se quedó quieto, aunque la impaciencia en su expresión era evidente. La anciana continuó trabajando, triturando las hierbas con movimientos expertos y murmurando para sí misma de vez en cuando. El sonido del mortero llenó la habitación con un ritmo constante.
—La gente del pueblo tiene miedo. — volvió a hablar la anciana tras un tiempo.
Saria no se sorprendió.
—¿Por qué?

No respondió de inmediato. Tomó un frasco con un líquido oscuro y lo vertió en la mezcla. Un olor fuerte a hierbas y mar impregnó la estancia.
—Hace unas semanas, una barca regresó vacía.— Silencio — Sin pescadores. Sin señales de lucha. Sin sangre. Solo… vacía. — De nuevo silencio — Algunos dicen que los hombres saltaron al mar por voluntad propia. — La anciana continuó mezclando, sin dejar de hablar. —Otros dicen que alguien o algo los llamó desde el agua.
Veyne se cruzó de brazos.
—¿Y tú qué crees?
La anciana sonrió levemente.
—Yo solo escucho. Y el mar ha cambiado.
Todo volvió a quedar en silencio salvo por el constante repiqueteo del mortero. Saria sintió su estómago encogerse. La anciana finalmente dejó el mortero a un lado y tomó un paño limpio.
—Terminamos.
Saria parpadeó, estaba perdida en sus pensamientos. Algo real estaba pasando en estas aguas, y la Ciudad Hundida se supone que estaba ahí, por lo que iban directos hacia el núcleo… La anciana se acercó a Veyne con la pasta de hierbas en la mano.
—Esto te ayudará con la herida. Te arderá, pero al menos vivirás para quejarte.
—Maravilloso. — soltó Veyne.
—En nuestros viajes… hemos oído rumores. — Saria sabía que era arriesgado preguntar, pero debían obtener información.
La anciana levantó la mirada mientras untaba la pasta de hierbas en la herida de Veyne.
—¿Rumores?
—Sobre una ciudad hundida.— dijo Saria asintiendo. — —Dicen que está… despertando.
La anciana se quedó un momento quieta, y luego, suspirando, le respondió.
—Si eso es cierto… —sus dedos siguieron trabajando, presionando la mezcla en la piel de Veyne, ignorando su mueca de dolor—, entonces no traerá más que desgracia.
—¿Sabes algo sobre ella? — siguió preguntando Saria.
La anciana apretó los labios.
—Todos los que vivimos junto al mar sabemos algo. Nos enseñan desde niños que hay lugares en los que el agua es más oscura. Lugares donde no debemos ir.— La anciana terminó de vendar el brazo de Veyne y finalmente la miró directamente. —Se dice que lo que duerme en el fondo no quiere ser despertado.
—Pero ya está ocurriendo —dijo Saria en voz baja.
—Si la ciudad realmente está despertando…— dijo apesadumbrada la anciana — Entonces es demasiado tarde para detenerlo.
El fuego en la chimenea parpadeó con fuerza.
—Si el mar ha cambiado tanto… ¿significa que hay rutas que ya no son seguras? — Saria siguió preguntando. No quería parecer demasiado obvia, así es que se apoyó en la mesa con aire pensativo, como si todo se le estuviese ocurriendo sobre la marcha, como si su cabeza no hubiese ya estudiado mil y una posibilidades.
La anciana hizo una pausa. Luego, lentamente, comenzó a limpiar los restos de hierbas de sus manos.
—Todas las rutas llevan al mar, pero no todas llevan de vuelta.— dijo la anciana mientras seguía eliminando resos de hierba de sus manos.
—¿Cómo saben qué rutas evitar? — esta vez fue Veyne el que preguntó con genuino interés.
—Porque aquellos que las toman… no regresan.
—Bueno, eso no es muy alentador. — susurró Veyne.
—¿Esperabas que lo fuera? — rió la anciana.
—¿Y las rutas que sí son seguras? — se interesó Saria.
La anciana se detuvo un momento antes de responder.
—Los pescadores evitan ir demasiado lejos. Nadie se aventura más allá de los acantilados del sur. Allí, las corrientes han cambiado y el agua es más oscura.

Saria se inclinó un poco más, con aire casual.
—Si alguien quisiera explorar esas aguas… ¿Cómo lo haría?
Haremos una tirada de fortaleza para intentar convencer a la anciana de que los siga ayudando y le cuente todo lo que sabe
Tirada de dados: 2, 3 y 4.
¡Éxito absoluto!
La anciana no respondió de inmediato. Pero después de un momento, exhaló con cansancio y recogió una taza de barro.
—Si buscáis un barco… no lo encontraréis aquí. — Saria y Veyne se miraron con preocupación en sus rostros. La anciana tomó un sorbo de su bebida y luego los miró con una seriedad casi paternal. —Si realmente queréis llegar al corazón del océano… debéis encontrar a los que no temen zarpar.
—¿Quiénes son esos que no temen zarpar?— preguntó Saria.
La anciana sonrió con aire misterioso, como si disfrutara de su curiosidad.
—Hay una taberna en el siguiente puerto, Bahía de los Condenados.
—Bueno, con ese nombre seguro que los mejores hombres de mar están allí. — sonrió Veyne.
La anciana ignoró su sarcasmo.
—Los que navegan esas aguas… no son hombres comunes. Son mercenarios, contrabandistas… gente sin futuro que no teme perder su vida en el mar a cambio de algo valioso.
—Pero navegan.— dijo Saria apretando los labios.
—Y eso es lo que necesitáis, ¿no?
Veyne se cruzó de brazos.
—¿Y qué precio piden? Los piratas no trabajan gratis.
La anciana soltó una risa baja.
—El oro compra barcos. Pero a algunos marineros… hay que ofrecerles algo más.— La anciana se levantó y recogió unas telas de un baúl. —Si vais a Bahía de los Condenados, será mejor que no os veáis demasiado… respetables.
—Dudo que sea un problema.— dijo Veyne soltando una carcajada.
Saria no sonrió.
La anciana los observó en silencio un momento más, luego suspiró y se inclinó sobre su mesa.
—Es tarde para partir. Quedaos esta noche.
A Saria le sorprendió el ofrecimiento, ya que las gentes del mar no solían ser generosas con los forasteros. Quizás la anciana, sabiendo a lo que se iban a enfrentar, quería darles un último momento de traquilidad, antes de que el océano los reclamase como suyos.
—No voy a rechazar una cama si la ofreces, anciana.— dijo apresuradamente Veyne.
Ella le lanzó una mirada severa, pero con una sonrisa oculta.
—Tendréis que conformaros con mantas en el suelo.
—Mejor que dormir con Kaelthar encima.— Le susurró Veyne a Saria.
Saria sonrió levemente.
—Gracias.
La anciana no respondió enseguida.
—Mañana os encamináis a un puerto que no es para cualquiera.
—Lo sabemos —dijo Saria con firmeza.
—Entonces dormid. Puede que esta sea la última noche de descanso que tengáis.

El mar rugía en la distancia, llamándolos.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 12. Puntuación Omén: 12. Día favorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 5 | Días favorables | 23 |
| Rapidez | 4 | Días desfavorables | 17 |
| Fortaleza | 2 | Esperanza | 13 |
Ya tenemos el siguiente objetivo en nuestro viaje. Parece que la cosa comienza a coger forma.
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Partida 1. Día 39. El precio de la lealtad.
El amanecer trajo consigo el peso de la realidad. No tenía margen de error. Debía entrar en Velmanar cono una…