Her Odyssey. Partida 1. Día 32. El benefactor.

Seguimos con la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 32.

Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va el juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va esto. Si prefieres ir directamente a la página oficial del juego, puedes hacer clic aquí (página en inglés).

Si no es el caso, gracias por regresar y leer esta historia.

Estadísticas iniciales

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad4Días favorables19
Rapidez2Días desfavorables12
Fortaleza3Esperanza13

El desafío de las cartas

5 de Corazones

Los corazones sugieren tierras de cultivo, prados, páramos. Una clave. Curiosidad. Consecuencias tardías. Un ejército. Una trampa. Una acusación. Un mal funcionamiento. Un reflejo del amor perdido del vagabundo.

Como el valor es 5, el desafío es medio – bajo.

Desarrollo

La luz del alba trajo consigo el sonido de las olas rompiendo contra la orilla y el crujido de la brisa marina entre las palmas. La noche había pasado sin incidentes, pero para Veyne y Saria, las cosas habían cambiado. Veyne no se separaba de ella. Desde el momento en que despertaron, su mirada la seguía con una intensidad suave pero inconfundible. Cada gesto suyo tenía una familiaridad que antes no estaba allí. Se inclinó más de la cuenta cuando le pasó su espada. Rozó su mano innecesariamente cuando le dio un trozo de pan. Incluso cuando caminaban junto a Aren y Kaelthar, se mantuvo cerca, su hombro rozando el de ella de vez en cuando.

Saria, en cambio, actuaba como si nada hubiese pasado. Se centró en el viaje, en las provisiones, en la vigilancia. En cualquier cosa menos en la forma en que Veyne la miraba.

Aren, por supuesto, lo notó.

—Bueno, tú estás de buen humor —le murmuró a Veyne con una sonrisa socarrona mientras descendían hacia el pueblo.

—Solo descansé bien —respondió Veyne con indiferencia, pero su sonrisa traicionó sus palabras.

Saria, sin voltear, puso los ojos en blanco.

El pueblo costero era funcional. Casas de madera y piedra, techos de paja reforzados con barro y algas secas. Pequeñas barcas amarradas en la orilla, redes colgadas a secar en postes de madera. Parecía un sitio normal, algo silencioso pero normal. Los pocos habitantes que vieron estaban ocupados con sus tareas. Nadie los saludó, pero tampoco los evitaron.

Kaelthar, como ya estaba acostumbrado a hacer, se quedó atrás. Era demasiado grande, demasiado salvaje a los ojos de los habitantes del asentamiento. Si lo veían, habría pánico, preguntas, problemas que no necesitaban. Se quedó oculto entre los matorrales cercanos a la costa, observando desde las sombras mientras su manada humana entraba en el poblado.

Y entonces Saria vio una marca grabada en el dintel de una casa. A simple vista, parecía un símbolo decorativo, algo que un viajero sin conocimiento podría ignorar, pero ellos sabían demasiado bien lo que era. La marca de la Orden del Mar.

Veyne notó su expresión y se acercó más.

—¿Qué pasa?

Saria no apartó la mirada del símbolo. Era una de sus marcas de vigilancia.

—Este pueblo no es tan pacífico como parece.

Aren, que ya estaba observando los alrededores con desconfianza, frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

Saria se inclinó hacia él, manteniendo la voz baja.

—Porque la Orden del Mar ha estado aquí. Y puede que sigan aquí.

—¿Estamos en problemas?

Saria apretó la mandíbula.

—Aún no. Pero si ellos saben quién soy… lo estaremos.

Aren, que había estado observando el pueblo en silencio, habló en voz baja.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos mantenemos al margen o buscamos respuestas?

Saria miró a su alrededor. El pueblo parecía normal. Los pescadores limpiaban sus redes, los niños jugaban cerca de los muelles, y los mercaderes atendían sus puestos con la indiferencia de la rutina.

—Nos movemos con cautela. Actuamos como viajeros normales.— dijo Saria tomando aire.

Veyne asintió, pero no se alejó de ella. Su cercanía era más evidente que nunca.

Saria pasó una mano por su cabello, deshaciéndolo un poco más para darle un aire aún más desamparado. Su ropa, que alguna vez pudo haber parecido digna de una joven noble, ahora estaba sucia, rota y manchada por el viaje. Era la imagen perfecta de una dama desafortunada, justo lo que necesitaban para ganarse la confianza de los lugareños.

Entraron a la taberna con paso firme pero sin parecer amenazantes. El lugar era modesto, con mesas de madera gastadas, un mostrador viejo y el aroma a sal, pescado y cerveza rancia impregnando el aire.

Varias miradas se volvieron hacia ellos. Los forasteros siempre llamaban la atención en un pueblo pequeño, por ahora todo normal. Se acercó al mostrador con Veyne y Aren siguiéndola de cerca.

El tabernero era un hombre robusto, con un delantal manchado y ojos afilados de quien ha visto demasiadas cosas en su vida.

—Vaya, vaya… —murmuró, mirándola de arriba abajo—. No todos los días vemos a una joven bien vestida entrar a este sitio en ese estado.

Saria suspiró, con un toque de dramatismo perfectamente calculado.

—Fui asaltada.

El murmullo en la taberna se hizo más bajo.

Tirada de dados

—Malditos maleantes —continuó, pasándose una mano por la frente como si estuviera agotada—. Atacaron mi carruaje en el camino. Me robaron todo lo que tenía y me dejaron con lo puesto.

El tabernero chasqueó la lengua.

—¿Y esos dos? —Señaló a Veyne y Aren con un gesto de la cabeza.

Veyne, con su mejor sonrisa encantadora, intervino.

—Unos buenos hombres que se la encontraron desamparada en el camino. Decidimos escoltarla por caballerosidad.

El tabernero los miró con recelo, pero no vio razones para dudar demasiado. Los forasteros con mala suerte eran comunes en caminos peligrosos.

—Hmph. —Se rascó la barba—. Tendreis que pagar si quieres quedarros. Pero quizás podamos encontrar algo de ropa más cómoda para ti, señorita.

Justo lo que Saria esperaba.

—Sería un gran alivio —dijo con una sonrisa forzada—. Solo quiero descansar y reponer fuerzas antes de continuar mi viaje.

—¡Y por supuesto que pagaremos el alojamiento! — dijo con teatralidad Veyne. — Necesitamos descansar en una buena cama antes de continuar el viaje.

El tabernero asintió y le indicó que tomara asiento.

Mientras Saria caminaba hacia la mesa que les había indicado el tabernero, Saria se dio cuenta de que había un hombre solitario en una esquina, bebiendo en silencio, que no les quitaba el ojo de encima. No de forma abierta ni descarada… pero con demasiada atención. No tenía aspecto de ser del pueblo, era alguien de fuera. Saria bajó la mirada como si no lo hubiera notado, pero su mente ya estaba pensando lo peor.

Poco después, el tabernero se acercó a la mesa y le dio a Saria un fajo de ropa que decía que era de su mujer. Últimamente había puesto unos kilos y se le había quedado pequeña. Le dijo a Saria que podía cambiarse en una de las habitaciones de la plata de arriba. Saria subió las escaleras de madera con paso tranquilo, sintiendo el peso de la situación sobre sus hombros. Habían conseguido ropa, y alojamiento momentáneo, pero la verdadera cuestión era cómo iban a pagar por ello. No tenían dinero.

En cuanto llegó a la habitación, cerró la puerta y exhaló despacio. El cuarto era modesto pero limpio, con una cama de madera, un pequeño escritorio y una ventana que daba a la costa.

Abrió el hatillo que le había dado el tabernero: un par de prendas gastadas pero funcionales, ropa más sencilla, adecuada para una viajera sin riquezas. Perfecto.

Se quitó la chaqueta destrozada y la camisa rasgada con un suspiro. No solo estaban sucias, sino que eran un recordatorio de todo lo que habían pasado en los últimos días.

Mientras se vestía con las prendas nuevas, su mente trabajaba rápido. ¿Cómo conseguirían dinero? Robar no era su estilo, pero no podían permitirse quedarse sin recursos. Tal vez podían negociar algo… ofrecer algún servicio a la posada, encontrar algún trabajo rápido en el pueblo. O, si las cosas se complicaban… podían buscar la forma de salir antes de que les pidieran pagar.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Mientras Saria se cambiaba arriba, Veyne y Aren permanecieron en la mesa, bebiendo con calma. Veyne fingía estar relajado, pero el hombre de la esquina también llamó su atención.

—Nos está observando —murmuró, bebiendo un sorbo de su jarra.

Aren, con su estilo más despreocupado, se encogió de hombros y bebió también.

—Tal vez le parecemos interesantes. ¿Quién no querría mirar a dos tipos atractivos como nosotros?

Veyne puso los ojos en blanco.

—En serio, Aren. Ese tipo no es un simple pescador.

Aren bajó la jarra y apoyó el codo en la barra.

—Lo sé. ¿Y qué propones?

Veyne hizo girar su jarra entre los dedos.

—Esperemos. Si hace un movimiento sospechoso, actuamos.

Aren sonrió con diversión.

—¿Y si solo quiere compañía?

Veyne bufó.

—Si quiere compañía, que se pague otra ronda.

El hombre en la esquina no había tocado su bebida en varios minutos. Seguía sentado, observándolos.

Saria descendió las escaleras con calma, ajustando la ropa sencilla que le habían dado. Se sentía extraña sin su atuendo habitual, pero al menos ahora parecía una viajera común y no una noble caída en desgracia. Eso haría que llamar la atención fuera más difícil… en teoría.

Cuando llegó a la planta baja, Veyne fue el primero en verla. Su mirada la recorrió con una intensidad que casi la hizo titubear. No con sorpresa, sino con algo más… algo que no iba a comentar en voz alta en ese momento. Aren, en cambio, sonrió con diversión.

—Mira, al fin pareces una de nosotros.

Saria se dejó caer en la silla frente a ellos, ignorándolo.

—¿Alguna novedad?

Veyne inclinó levemente la cabeza hacia la esquina.

—Hay un hombre que nos está observando. No ha bebido ni una gota de su jarra desde que llegamos.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Saria no giró la cabeza de inmediato. No quería delatar que ya se habían dado cuenta de su vigilancia. Tomó la jarra de Veyne y bebió un sorbo, disimulando mientras echaba una mirada rápida. Ahí estaba. El hombre mantenía la misma postura relajada.

Saria dejó la jarra sobre la mesa y cruzó los brazos.

—Tenemos tres opciones —dijo en voz baja—. O lo ignoramos hasta que haga algo, o nos acercamos nosotros primero… o le tendemos una trampa.

Veyne sonrió con ese aire confiado que siempre tenía en situaciones peligrosas.

—Sabes que me encanta la tercera opción.

Aren suspiró, apoyándose en el respaldo de su silla.

—O podríamos simplemente invitarlo a beber con nosotros y ver qué dice.

Saria arqueó una ceja.

—¿Y si es de la Orden del Mar?

Aren sonrió.

—Entonces lo emborrachamos y le sacamos información.

Veyne se rió por lo bajo.

—Aunque también podrías ir a ver si está prendado de ti y por eso no deja de mirarte – continuó Aren con una sonrisa socarrona. Saria entrecerró los ojos, mirando a Aren y Veyne con sospecha.

—¿Me estás proponiendo que flirtee con él? —preguntó, cruzándose de brazos.

Aren levantó las manos con una sonrisa inocente.

—No tiene que ser nada comprometedor. Solo lo suficiente para que él decida acercarse a nosotros.

Veyne apoyó un codo en la mesa, su expresión divertida.

—Si nos acercamos directamente, podría ponerse a la defensiva. Pero si cree que tiene una oportunidad… quizás baje la guardia.

Saria exhaló lentamente, evaluando la situación. No era mala idea.

—Y para que funcione… —murmuró Aren, mirando a Veyne con una sonrisa cómplice—, tú y yo podemos simular una discusión.

Saria arqueó una ceja.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti, obviamente —respondió Aren con naturalidad—. Podemos fingir que yo soy un patán que te trató mal, tú te indignas, te levantas ofendida y te alejas… y ahí entra él.

Saria miró a Veyne, esperando su reacción. Veyne sonrió con un brillo peligroso en los ojos.

—Me gusta. Pero… —se inclinó un poco hacia Saria—, si este tipo se sobrepasa, dejádmelo a mí.

Saria sintió un ligero escalofrío ante el tono en su voz. Había un matiz de territorialidad en Veyne que no había visto antes. Pero no era el momento para pensar en eso.

—De acuerdo. Hagámoslo rápido.

Aren se aclaró la garganta y cambió por completo su expresión. Su sonrisa divertida desapareció, y en su lugar apareció una actitud altanera y despreocupada. Perfecto para el papel de un hombre insensible.

—Saria, por favor —dijo en voz alta, mirando al techo con exageración—. No sé por qué te molestas tanto.

Saria se levantó de golpe, como si realmente estuviera furiosa.

—¡Porque eres un imbécil, Aren! ¡No puedo creer que hayas dicho eso!

Varias personas en la taberna giraron la cabeza hacia ellos. Veyne se llevó la jarra a los labios para ocultar una sonrisa. Era un buen espectáculo.

—Oh, vamos —continuó Aren, con un tono arrogante—, siempre te pones así por nada.

Saria apretó los puños y, con una actuación impecable, pareció contener el deseo de abofetearlo.

—No quiero volver a hablar contigo.

Y con eso, giró sobre sus talones y salió furiosa hacia otra mesa, lo suficientemente cerca del desconocido.

El anzuelo estaba lanzado. El hombre había estado observando todo, como el resto de las personas que había en ese momento allí. Saria, fingiendo que ignoraba a sus compañeros, se sentó con los brazos cruzados, suspirando con frustración. Y entonces, esperó.

Fue una espera corta. El hombre su tomó su tiempo, pero no mucho, y finalmente se acercó. No con ansiedad, ni con la urgencia de un hombre desesperado por compañía. Sino con la tranquilidad calculada de alguien que sabía cómo moverse en situaciones así. Un jugador paciente.

—¿Puedo sentarme? —preguntó con voz calma.

Saria lo miró de reojo, como si apenas se diera cuenta de su presencia. No demasiado interesada, pero tampoco rechazándolo de inmediato.

—Depende —respondió, con un toque de frialdad—. ¿Me vas a decir algo irritante también? Porque ya tuve suficiente por hoy.

El hombre dejó escapar una leve risa y levantó las manos en un gesto pacífico.

—No tengo intención de molestarte. Solo pensé que quizás… —hizo una pausa y señaló hacia el bar—. Podría invitarte una bebida.

Saria hizo una pausa deliberada, como si estuviera considerando la oferta. Levantó la vista abanicando sus pestañas y estudió su rostro. Era fuerte, curtido por el viento del mar. Su cabello era oscuro, con algunos mechones grises en las sienes. No era viejo, pero tampoco era un joven impetuoso.

—Está bien —dijo finalmente, inclinándose levemente hacia atrás en su silla—. Pero solo porque necesito algo fuerte después de lo que acabo de escuchar.

El hombre sonrió, asintió con la cabeza y se volvió hacia el tabernero.

—Un trago para la dama. Y otro para mí.

El tabernero colocó dos jarras en la mesa con un golpe seco, la espuma rebosando ligeramente por los bordes. El hombre tomó la suya con calma, pero no bebió de inmediato. Saria tampoco. Era un juego de paciencia.

El hombre apoyó un codo sobre la mesa y la miró con una leve sonrisa, la de alguien que sabía moverse en las conversaciones sin prisa, sin presión.

—No suelo ver muchas caras nuevas por aquí —comentó con tono relajado—. Menos aún de una dama con un porte como el tuyo.

Saria soltó un leve resoplido, fingiendo desinterés.

—Si me hubieras visto hace una semana, no dirías eso. Los caminos no son amables.

El hombre asintió lentamente.

—Eso lo sé bien.

Saria lo estudió con atención. No sonaba como un simple aldeano. Hablaba con la seguridad de alguien que había visto mucho más allá de este pequeño poblado pesquero.

—¿También has tenido problemas en el camino? —preguntó ella, inclinando apenas la cabeza.

El hombre sonrió con suavidad, como si la pregunta le divirtiera.

—Digamos que he tenido mi ración de mala suerte. Pero la diferencia es que yo siempre voy preparado.

Saria se permitió un leve arqueo de ceja.

—¿Y qué clase de hombre va tan preparado como para no tener problemas?

El hombre giró levemente su jarra entre los dedos, como si estuviera decidiendo qué decir.

—Uno que prefiere observar antes de actuar.

Saria bebió un sorbo de su jarra y lo miró de reojo.

—¿Eso significa que también me estabas observando a mí?

El hombre no negó nada. Ni siquiera intentó fingir sorpresa.

—Digamos que… me intrigas.

Saria dejó su jarra sobre la mesa y fingió un suspiro cansado.

—Entonces dime, misterioso desconocido… ¿Qué es lo que te intriga tanto de una mujer que solo intenta llegar a la próxima posada sin que la maten en el camino?

El hombre sonrió, pero no contestó de inmediato. Tomó su jarra y bebió un trago pausado, sin apartar la vista de Saria. No tenía prisa.

Cuando la dejó sobre la mesa, sonrió con calma, como si estuviera disfrutando de una conversación inofensiva. Pero Saria sabía leer entre líneas.

—No me malinterpretes —dijo con un tono ligero—, pero no pareces una simple viajera.

Saria alzó una ceja, fingiendo curiosidad.

—¿Ah, no?

El hombre apoyó un brazo en la mesa, relajado.

—Los caminos están llenos de comerciantes, soldados, peregrinos… y tú no encajas del todo en ninguno de ellos.

Saria soltó una leve risa, tomando su jarra.

—Eso es porque fui asaltada y me quedé con lo puesto. ¿Cómo esperas que parezca algo si no tengo nada?

El hombre ladeó la cabeza.

—Tal vez. Pero hay algo en tu manera de hablar, de moverte… de observar. —Sus dedos trazaron el borde de su jarra mientras hablaba—. Las personas que han vivido demasiado aprenden a mirar de otra manera.

—Eso suena como si estuvieras acostumbrado a analizar a la gente —dijo, inclinándose apenas sobre la mesa—. ¿Un hábito de viajero, quizás?

—Digamos que tengo mis razones para querer saber con quién estoy hablando.— dijo el hombre sonriendo.

Saria fingió una expresión escéptica.

—Entonces, dime algo. Si no soy una simple viajera… qué crees que soy?

El hombre la observó un momento. Luego, con un tono casual pero con un brillo peligroso en los ojos, murmuró:

—Alguien con una historia interesante.

Saria sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la mirada. Bebió otro trago con calma y apoyó la jarra sobre la mesa.

—¿Sabes? Tú también pareces alguien con una historia interesante.

El hombre sonrió de lado.

—Tal vez. Pero las mejores historias no se cuentan en una sola noche.

Saria sonrió también, pero en su interior veía claramente cómo el hombre estaba tanteándola.

El hombre dejó su jarra sobre la mesa con un golpe seco. Saria notó un cambio en su expresión. Ya no sonreía con ese aire misterioso. Su paciencia se había agotado. Bien por ella.

—Está bien —dijo con un suspiro—. Dejemos de lado el jueguito.

Se inclinó ligeramente hacia ella, pero sin hostilidad. Solo con una franqueza repentina, como si hubiera decidido que ya no valía la pena seguir tanteando el terreno.

—Mi nombre es Edric Velhart.

Saria no reaccionó, pero el nombre sonaba vagamente familiar.

—Supongo que no te dice nada, ¿verdad? —continuó Edric—. No me sorprende. A pesar de que mi familia maneja una de las redes comerciales más grandes de estas tierras, no somos conocidos fuera del mundo de los mercaderes. Y yo… —sonrió con ironía— soy el hijo que lo heredó todo sin mover un dedo.

Saria parpadeó, ligeramente desconcertada por su honestidad repentina.

—Como puedes imaginar, no tengo que trabajar para vivir.— continuó Edrica antes de que pudiera decir algo. — Podría quedarme en mis propiedades, jugando a ser un noble aburrido… pero preferí otra cosa. — Se inclinó un poco más, su voz bajando apenas, pero sin perder intensidad. —Prefiero gastar mi tiempo investigando la historia. Los misterios. Los secretos enterrados.— Saria permaneció en silencio. —Y hace tiempo, encontré algo interesante. Una ciudad hundida en el mar.

Esta vez Saria no pudo disimular su sorpresa. Edric sonrió al ver su reacción.

—Ah… veo que has oído de ella.

—Tal vez — dijo Saria recuperando un poco la compostura —. Pero dudo que haya muchas referencias confiables sobre un lugar así.

—No las hay —admitió Edric, encogiéndose de hombros—. Todo lo que he encontrado son fragmentos, menciones vagas en manuscritos antiguos, relatos de marineros medio locos… pero todas coinciden en dos cosas. Tesoros… y peligro.

Saria apretó los labios. Edric estaba emocionado hablando de aventura, no le importaba para nada la riqueza.

—He estado buscando gente que esté dispuesta a viajar conmigo. Pero aquí… —hizo un gesto con la mano, señalando la taberna— todos son pescadores. No quieren oír nada al respecto.— Edric frunció el ceño y su tono se volvió más serio.—Hace unos días, pasaron por aquí unos soldados. Dijeron pertenecer a la Orden del Mar.

—¿Hablaste con ellos?— preguntó Saria en el tono más despreocupado que pudo.

Edric negó con la cabeza.

—Parecían peligrosos. Demasiado interesados en el pueblo, en quién entraba y salía. Me pareció mala idea proponerles nada. Y ahora, llegan ustedes. Una noble caída en desgracia y dos tipos que claramente saben más de lo que dicen.

Se inclinó en la mesa, mirándolos con expectación.

—Así que dime, Saria… ¿estás interesada en la Ciudad Hundida?

Saria tomó su jarra y bebió un trago pausado. No apartó la mirada de Edric. La mentira sobre su supuesto linaje noble había servido para entrar al pueblo sin levantar sospechas… pero no iba a servir con él.

—Te diré algo, Edric —dijo, apoyando la jarra sobre la mesa y cruzando los brazos—. No soy una noble.

—¡Oh, que sorpresa! — exclamó Edric sin ninguna convinción y con una sonrisa en los labios, dejando claro que no lo había engañado en ningún momento —, ¿qué eres?

Saria se inclinó apenas sobre la mesa.

—Alguien que ha pasado demasiadas noches bajo el cielo abierto y que, en este momento, no tiene un solo cobre en los bolsillos.

Edric no pareció sorprendido.

—¿Y la posada? ¿La comida?

Saria sonrió con un aire de desafío.

—Si estás tan interesado en que hablemos de la Ciudad Hundida, quizá podrías considerar correr con nuestros gastos.

Edric dejó escapar una risa baja, sin apartar su mirada de la suya.

—Así que quieres que yo pague por la comida y el alojamiento. ¿Y qué gano a cambio?

Saria se inclinó aún más, su tono bajando apenas, volviéndose más serio.

—La oportunidad de hablar con gente que sabe más de lo que un montón de pescadores supersticiosos pueden decirte.

Edric tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo.

—Interesante. —Su sonrisa no desapareció, pero su mirada cambió. Ya no estaba jugando. Ahora estaba negociando.

Saria no apartó la mirada.

Edric finalmente suspiró, como si acabara de tomar una decisión.

—Está bien. —Levantó una mano y llamó al tabernero—. Pagaré por sus habitaciones y su cena.

El tabernero asintió sin hacer preguntas. El dinero hablaba más fuerte que la desconfianza. Cuando la transacción estuvo hecha, Edric volvió a mirarla con expectación.

—Ahora que ya no tienes que preocuparte por dónde dormir… Hablemos de negocios. Pero no aquí, voy a pedir una habitación privada. Dile a tus amigos que nos acompañen, por favor.

El tabernero los condujo por un estrecho pasillo hasta una habitación en el segundo piso de la posada. Era más espaciosa que la de Saria, con una mesa de madera en el centro, varias sillas, y una pequeña ventana que daba al mar. Edric esperó a que todos entraran antes de cerrar la puerta con un seguro discreto. Era un hombre acostumbrado a tratar asuntos importantes con discreción.

—Pongámonos cómodos —dijo con una sonrisa, llamando a un mozo y pidiendo más bebida.

Cuando el muchacho trajo la jarra y dejó varias copas sobre la mesa, Edric sirvió para todos, sin apurarse. Era un gesto simbólico: compartir una bebida como prueba de confianza. Veyne tomó su copa sin problema. Aren también.Saria, aunque más cautelosa, no rechazó la invitación.

Edric se apoyó en el respaldo de su silla y los miró con calma.

—Bien. —Su tono era relajado, pero sus ojos eran incisivos—. Ya les ofrecí hospitalidad. Ahora quiero sinceridad.

Saria y Veyne intercambiaron una mirada rápida.

—Cuenten su historia —continuó Edric, girando su copa entre los dedos—. Y no me tomen por tonto. Sé que no son simples viajeros con mala suerte.

Aren se rió entre dientes y le dio un sorbo a su bebida.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

—Esa parte es cierta. Nuestra suerte es pésima.

Saria inhaló profundamente. Si querían mantener su interés en ellos, necesitaban ser inteligentes con la información que compartían. Nada sobre la perla. Nada sobre Kaelthar. Ella y Veyne comenzaron a contar su versión de la historia con cuidado. Hablaron de cómo habían estado viajando juntos durante un tiempo, cómo habían oído rumores sobre la Ciudad Hundida y su historia oscura. Mencionaron que habían tenido encuentros con gente peligrosa, incluso con los enmascarados que los atacaron hace unos días.

Edric no los interrumpió. Escuchó con interés. Pero cuando Veyne mencionó a la Orden del Mar, su expresión cambió sutilmente.

—¿La Orden? —repitió Edric, entrecerrando los ojos—. Así que no fui el único que se topó con ellos.

Saria asintió lentamente.

—Nos hemos cruzado con ellos más de una vez. Y cada vez que aparecen, hay problemas.

Edric tomó un sorbo de su copa, pensativo.

—También han estado aquí. Pero no parecían soldados ordinarios.

—No lo son —dijo Veyne con seriedad—. No buscan justicia ni equilibrio. Están buscando algo.

Edric dejó su copa sobre la mesa y los miró fijamente.

—¿Y ustedes? ¿También están buscando algo?

Saria sostuvo su mirada.

—Estamos buscando respuestas.

Edric sonrió levemente.

—Qué coincidencia. Yo también.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Ahora que sabemos que ambos estamos interesados en la Ciudad Hundida… ¿qué tal si nos ayudamos mutuamente?

Saria no se apresuró en responder. Había aprendido que los acuerdos apresurados podían convertirse en trampas. Veyne, con su típica actitud relajada, apoyó un codo sobre la mesa y sonrió con calma.

—Antes de que digamos que sí, queremos saber cuáles son exactamente tus planes.

Edric asintió, como si esperara esa pregunta.

—Por supuesto. No soy tan ingenuo como para lanzarme al mar con solo un mapa y un deseo.— Le dio un trago pausado a su copa antes de hablar.— Mi intención es partir en una embarcación bien equipada. Un barco con suficiente provisión de comida, agua y equipo para una exploración. He estado haciendo arreglos con algunos comerciantes en una ciudad cercana.

Saria frunció el ceño.

—¿Cómo de confiables son esos comerciantes?

Edric sonrió.

—Digamos que el oro compra la lealtad temporal… pero la información compra la lealtad permanente.

Aren soltó una risa breve.

—¿Y qué les ofreciste?

—Rumores, rutas comerciales, algunas reliquias que mi familia acumuló a lo largo de los años. Nada que me haga falta, pero lo suficiente para comprar un viaje discreto.

—Bien. Tienes barco y suministros. ¿Qué hay de la tripulación?— preguntó Veyne.

Edric suspiró, inclinándose hacia atrás en su silla.

—Ese es el problema. Los marineros comunes no quieren oír nada sobre la Ciudad Hundida. Dicen que el mar allí está maldito, que nadie regresa. Los pocos que han aceptado venir lo hacen por una paga generosa, no por lealtad.

—Entonces, lo que necesitas… es gente que realmente quiera llegar allí.— dijo Saria con cautela.

Edric la miró con una sonrisa calculadora.

—Exactamente. Y ahí es donde entran ustedes.

Saria apoyó las manos en la mesa, mirando a Edric con seriedad.

—Si vamos contigo, queremos asegurarnos de que no nos vas a dejar varados en mitad del mar si algo sale mal.

—No soy un traidor, Saria. Si navegamos juntos, navegamos juntos hasta el final.— dijo levantando las manos en un gesto defensivo.

Aren bebió un sorbo de su copa y le lanzó una mirada inquisitiva.

—¿Y cuál es tu objetivo real?

Edric sonrió con un destello de emoción en los ojos.

—Descubrir la verdad sobre la Ciudad Hundida. Y, si los rumores son ciertos… reclamar lo que yace en el fondo del mar.

Veyne tamborileó los dedos sobre la mesa.

—No estás considerando el riesgo de que algo más esté esperándonos ahí abajo.

Edric sostuvo su mirada.

—Todo lo valioso en la historia ha estado protegido por algo.

Saria miró a Edric con cautela. Si iban a aceptar su propuesta, necesitaban saber cuánto tiempo tenían.

—¿Cuándo partiríamos?

Edric apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—Necesito quedarme un par de días más aquí. Tengo algunos negocios que cerrar con ciertos mercaderes antes de irme.

Veyne arqueó una ceja.

—¿Negocios importantes?

Edric sonrió con calma.

—Siempre. Pero nada que deba preocuparles.

Aren cruzó los brazos y suspiró.

—Entonces, ¿cuál es el plan después de eso?

Edric tomó su copa y la giró entre los dedos antes de responder.

—En tres días, partiremos hacia la ciudad de Velmanar.

Saria frunció el ceño.

—¿Velmanar?

Edric asintió.

—Una ciudad portuaria bastante más grande que esta. Es un punto clave de comercio, y también donde tengo un barco listo para zarpar.

—¿El barco ya está listo?— preguntó Veyne.

—Casi —respondió Edric—. Solo necesito reunir a la tripulación adecuada antes de partir.

—¿Y qué hacemos nosotros mientras tanto?- dijo Saria.

Edric sonrió.

—Son libres de hacer lo que quieran. Pueden quedarse aquí y descansar, pueden explorar… pero en tres días, cuando yo parta, si quieren venir conmigo, más vale que estén listos.

Saria intercambió una última mirada con Veyne y Aren. La oferta era buena. Demasiado buena para rechazarla: un barco, suministros, un destino claro… No confiaban del todo en Edric, pero por ahora, sus objetivos coincidían.

Saria apoyó una mano sobre la mesa y asintió.

—De acuerdo. Nos quedaremos en el pueblo y partiremos contigo a Velmanar en tres días.

Edric sonrió, satisfecho.

—Sabia decisión.

Aren estiró los brazos con una expresión más relajada.

—Bueno, eso significa que tenemos tres días para descansar y gastar tu dinero en buena comida y bebida.

Edric rió entre dientes.

—Dentro de lo razonable.

Veyne se sirvió otro poco de la jarra.

—Tienes un trato, Edric. Pero recuerda algo… si nos traicionas, el oro no será suficiente para salvarte.

La sonrisa del mercader no desapareció, pero su mirada se afiló un poco.

—No tengo intenciones de traicionar a mis mejores aliados en esta empresa.

Con el trato sellado, el grupo ahora tenía tres días para quedarse en el pueblo, reponer fuerzas y prepararse para la travesía.

El sol se había puesto cuando salieron de la habitación privada y regresaron a la taberna. El ambiente seguía tranquilo. Aren pidió más comida. Si alguien iba a pagar, él no iba a desaprovecharlo. Veyne se apoyó contra la barra, observando a los pescadores y mercaderes con más atención. Quizás había algo útil que aprender sobre el pueblo antes de marcharse. Saria tomó asiento cerca de la ventana, mirando el mar. El destino estaba sellado.

En tres días, zarparían hacia Velmanar. Y después… la Ciudad Hundida.

Estadísticas finales

Tiradas de dados: 8. Puntuación Omén: 5. Día favorable.

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad3Días favorables20
Rapidez2Días desfavorables12
Fortaleza3Esperanza13

Un golpe de buena suerte, ya era hora.

Hasta luego, gente!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *