Her Odyssey. Partida 1. Día 23. La Verdad Revelada.

Continuemos la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 23.

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Estadísticas iniciales

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad2Días favorables13
Rapidez2Días desfavorables9
Fortaleza1

El desafío de las cartas

8 de Tréboles

Los tréboles están asociados con entornos hostiles o inciertos: tierras baldías, montañas, mares, además de maldiciones, cambios repentinos en el terreno, crímenes, umbrales, extraños necesitados, idiomas desconocidos y desastres naturales.

Como el valor es 8, el desafío es medio – alto.

Desarrollo

Al amanecer, Saria despertó con una sensación extraña en el pecho. El fuego en la chimenea aún ardía en brasas, pero la habitación se sentía fría. Afuera, el cielo estaba cubierto por densas nubes, presagiando un clima difícil.

Tras un rápido desayuno y una despedida cálida de los ancianos, el grupo retomó el camino. Aren parecía más animado después de haber encontrado un refugio en el que no lo veían como un traidor. Veyne bromeaba con él, y hasta Kaelthar parecía más relajado.

Sin embargo, la tranquilidad no duró mucho.

Apenas llevaban unas horas caminando cuando el clima cambió de golpe. Un viento gélido comenzó a soplar, arrastrando consigo una bruma espesa que cubría el paisaje.

—Esto no es normal —murmuró Aren, mirando a su alrededor con el ceño fruncido.

La visibilidad se reducía con cada paso. Los árboles se volvían sombras borrosas entre la niebla, y el sendero que habían seguido desaparecía bajo una capa de humedad que se filtraba entre sus botas.

—¿Alguien más siente que estamos dando vueltas en círculos? —preguntó Veyne con una risa nerviosa.

Saria apretó la mandíbula. Se detuvo un momento, tratando de orientarse, pero la niebla densa no le permitía ver más allá de unos pocos metros.

—Kaelthar, ¿puedes guiarnos? —preguntó, colocando una mano en el pelaje del lobo.

La criatura levantó la cabeza y olfateó el aire, pero gruñó suavemente, inquieto.

—No le gusta esto… —dijo Saria en voz baja—. No podemos seguir así.

Antes de que pudieran tomar una decisión, el suelo bajo sus pies cambió. El suelo de tierra firme y piedras dio paso a algo blando y húmedo.

—¿Qué es esto…? —Aren levantó el pie y lo encontró cubierto de barro espeso.

De pronto, un sonido inquietante rompió el silencio: el croar lejano de ranas, el zumbido de insectos, y el chapoteo de algo moviéndose en el agua.

—No… —murmuró Veyne—. No me digas que…

Saria dio un paso adelante y observó lo que los rodeaba.

El sendero los había llevado directo a un pantano.

Tirada de dados

Saria avanzó con cuidado, tanteando el suelo con cada paso. El barro pegajoso se adhería a sus botas, y en más de una ocasión sintió que el terreno cedía bajo sus pies.

—Cuidado —advirtió Aren—. Esto puede tragarnos si damos un paso en falso.

Kaelthar avanzó primero, oliendo el aire y buscando un camino más firme. Con su guía, lograron moverse con relativa seguridad… pero no sin dificultades.

El pantano era traicionero. Cada paso era un desafío, y en más de una ocasión Veyne o Aren tuvieron que sostenerse mutuamente para no caer en pozas ocultas de agua estancada.

—Esto es una pesadilla —bufó Veyne—. ¿Cómo terminamos aquí?

Saria frunció el ceño. No tenía respuesta para eso.

El aire era denso y húmedo, cargado con el olor putrefacto de la vegetación en descomposición. A su alrededor, el pantano parecía murmurar con cada movimiento. Las ramas retorcidas de los árboles se alzaban como garras, cubiertas de musgo y enredaderas colgantes que parecían moverse con vida propia.

Saria resopló, limpiando el sudor de su frente. Habían estado avanzando durante horas sin encontrar un camino claro de salida. Kaelthar lideraba el grupo, sus orejas girando de un lado a otro, alerta ante cualquier peligro oculto entre la bruma espesa que se aferraba al suelo como un velo fantasmal.

—No me gusta este sitio —murmuró Veyne, apartando con fastidio una telaraña de su camino.

—A mí tampoco —admitió Aren, su mirada recorriendo los alrededores con creciente inquietud—. Pero lo que más me preocupa es que no estamos solos.

Saria se detuvo en seco.

—¿Qué quieres decir?

Aren señaló con la cabeza un conjunto de huellas en el barro. No eran suyas. Eran recientes.

—Alguien ha pasado por aquí antes que nosotros. Y por el tamaño de las pisadas… no estaban solos.

Saria sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Podrían ser de la Orden?

—Podrían —dijo Aren, con voz tensa.

Kaelthar gruñó suavemente, su lomo erizándose. No necesitaba hablar para que Saria comprendiera lo que quería decir. Había algo más en este pantano.

—No podemos seguir vagando sin rumbo —dijo Veyne—. Tenemos que encontrar tierra firme.

—O una salida —añadió Saria, con la mandíbula apretada.

Kaelthar movió la cabeza bruscamente y empezó a caminar con más decisión, como si hubiera encontrado algo. Saria no dudó en seguirlo, haciendo un gesto rápido a los demás para que la imitaran.

—Creo que ha encontrado algo —dijo con un hilo de esperanza en la voz.

El lodo comenzó a ceder, y poco a poco, el suelo se volvió más firme. Habían encontrado una salida.

Pero justo cuando pensaban que estaban a salvo, un sonido extraño resonó en la bruma. Un grito. Un grito humano. Saria intercambió una mirada con Veyne y Aren.

—Alguien está en peligro —dijo Veyne.

El grito se alzó de nuevo, más desesperado esta vez. Un eco rasgó la neblina como un lamento de muerte, reverberando en el agua estancada. No había tiempo para dudar.

—Vamos —ordenó Saria, echando a correr en la dirección del sonido.

Kaelthar fue el primero en reaccionar, avanzando con zancadas poderosas, sus patas apenas haciendo ruido en el lodo traicionero. Veyne y Aren lo siguieron de cerca, todos moviéndose tan rápido como el pantano se lo permitía. La neblina se volvió más espesa. Entre los árboles, el grito resonó de nuevo. El sonido era inconfundible.

Veyne y Aren intercambiaron miradas rápidas antes de que Saria reaccionara.

—¡Viene de ahí! —señaló en dirección a una parte más oscura del pantano, donde los árboles crecían más juntos y la niebla era más espesa.

Sin dudarlo, se lanzó al frente, con Kaelthar siguiéndola de cerca, sus zancadas seguras a pesar del terreno fangoso. Aren y Veyne la siguieron de inmediato, sus pasos chapoteando en el agua poco profunda.

El grito volvió a sonar, más desgarrador, y luego se cortó abruptamente. El silencio que siguió fue inquietante. Solo el croar de los sapos y el zumbido de los insectos llenaban el aire espeso y húmedo. Se movieron con precaución, siguiendo el rastro de ramas rotas y huellas en el lodo. Hasta que, finalmente, la vieron.

Una mujer estaba atrapada en el agua hasta la cintura, inmóvil, con los ojos abiertos como platos y el terror marcado en su rostro.

—¡No me puedo mover! —susurró con voz ahogada.

Saria sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando bajó la mirada. Lysandre estaba atrapada en el fango, sus brazos extendidos hacia ellos en un gesto de desesperación. Su cabello enmarañado caía sobre su rostro pálido y sudoroso, y su vestimenta estaba empapada de barro. Sus ojos, grandes y temblorosos, reflejaban un miedo tan genuino que incluso Saria sintió una punzada de compasión.

—¡Ayudadme, por favor! ¡No puedo salir! —suplicó, su voz quebrada por el pánico.

Veyne apretó los dientes.

—¿Tú otra vez? —murmuró con evidente desconfianza.

—¡Por favor, no tengo fuerzas! —sollozó Lysandre, extendiendo una mano temblorosa hacia Saria—. Si no me ayudáis, me hundiré…

Saria sintió la perla en su bolsillo vibrar levemente, como una advertencia. Pero la imagen de la mujer, tan vulnerable y frágil, hacía difícil ignorarla. Kaelthar gruñó bajo, los pelos de su lomo erizándose. Aren frunció el ceño, observando la escena con escepticismo.

—Este pantano es extraño —murmuró—. No deberíamos demorarnos aquí.

Pero Lysandre jadeó, con lágrimas corriendo por sus mejillas, su expresión suplicante.

—Saria… por favor…

Algo en su interior le gritaba que no se acercara, pero la pobre Lysandre…

Y entonces, todo cambió. La niebla pareció espesarse de golpe, el aire se volvió aún más pesado, y el latido de la perla en su bolsillo se aceleró. El rostro de Lysandre cambió sutilmente. Sus labios, antes temblorosos, se curvaron en una leve sonrisa. Sus ojos, tan llenos de miedo, ahora brillaban con un fulgor extraño, hipnótico.

—Gracias por venir… —susurró, y su voz se tornó melosa, envolvente, como la miel atrapando a una mosca—. Sabía que vendrías.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Saria sintió un mareo repentino, sus piernas temblaron. Su cuerpo se sentía más pesado de lo normal, como si algo invisible estuviera drenando su energía. Veyne sectambaleó a su lado y Aren parpadeó con fuerza, como si la niebla estuviera afectando su percepción.

—¿Qué… qué está pasando? —susurró Veyne con la voz pastosa.

La carcajada de Lysandre fue suave y melódica, pero había algo en ella que helaba la sangre.

—Tenéis almas fuertes… especialmente tú, Saria… —susurró—. Me alimentaré bien esta noche.

Saria sintió el terror puro al comprender lo que estaba ocurriendo. Lysandre no era una viajera desamparada. Era un súcubo hambriento, y los había atraído a su red.

Kaelthar reaccionó primero, lanzando un gruñido feroz mientras se erizaba de pies a cabeza. Saria sintió el poder latente en la perla palpitar con intensidad, una vibración que parecía querer despertarla de aquel trance letárgico. Debían actuar, y debían hacerlo rápido.

—¡No la miréis a los ojos! —gritó, recordando viejas historias sobre criaturas que cazaban con la seducción y la manipulación mental.

Veyne y Aren se sacudieron, retrocediendo torpemente mientras la niebla seguía espesándose. Lysandre se enderezó con una elegancia sobrenatural, su cuerpo aún cubierto de lodo pero su porte inquebrantable, como si no necesitara siquiera moverse para sostener su dominio sobre ellos.

—Oh, querida… —dijo con una sonrisa pérfida, dando un paso hacia Saria—. Pero si apenas hemos empezado a jugar.

Con un chasquido de sus dedos, la tierra bajo ellos pareció ceder un poco más. El pantano los estaba tragando.

—¡Corre! —rugió Aren, sacando su arma.

Pero Saria no estaba lista para huir.

—¡Kaelthar! — murmuró Saria con las pocas fuerzas que aun le quedaban.

La bestia saltó hacia adelante, sus colmillos brillando bajo la tenue luz del pantano.

Saria sacó la perla de su bolsillo, sin ningún motivo, solo por instinto. Sintió la energía de la perla arremolinarse en su palma como un fuego interno, pulsando en su piel como si quisiera liberar algo más poderoso.

Saria abrió la mano, dejando la perla a la vista. Lysandre siseó entre dientes, su figura aún envuelta en la espesa bruma. La perla comenzó a brillar en su plama, debilitando a Lysandre, haciéndola retroceder.

Kaelthar avanzó con un rugido ensordecedor, su pelaje erizado y su mirada feroz. La bestia no tenía miedo, ni siquiera ante el súcubo, cuya sonrisa encantadora se había torcido en una mueca de furia. Se lanzó sobre ella, pero justo cuando estuvo a punto de alcanzarla, Lysandre se movió con una velocidad imposible. En un parpadeo, ya no estaba atrapada en el fango; estaba de pie sobre una raíz ennegrecida, con una postura grácil y felina.

—Eres un juguete interesante, guardiana —susurró con voz seductora, sus ojos centelleando con un brillo carmesí—. Pero estás agotando mi paciencia.

Con un movimiento fluido de sus manos, la niebla pareció compactarse en gruesas hebras oscuras, envolviendo a Saria y a los demás en un abrazo gélido. La presión sobre sus cuerpos aumentó; Veyne cayó de rodillas, sus manos aferrándose al suelo lodoso como si tratara de anclarse a algo real. Aren soltó un gruñido ahogado, tratando de moverse pero con sus extremidades pesadas como plomo.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Saria, sin embargo, se obligó a mantenerse en pie. La perla vibraba con más fuerza, una respuesta instintiva a la amenaza que los rodeaba. Sabía que tenía que hacer algo antes de que la criatura los devorara por completo.

—No caeremos en tus redes —jadeó, sintiendo cómo la energía de la perla subía por su brazo—. ¡Tienes que largarte de aquí!

Lysandre rió, inclinando la cabeza como si la respuesta le divirtiera.

—¿Y qué harás, guardiana? ¿Ordenarme que me vaya? —La burla en su voz era palpable—. No puedes luchar contra lo que no comprendes.

Saria frunció el ceño. Quizás tenía razón. No comprendía del todo la perla ni el poder que esta contenía… pero sí sabía que era un arma.

Apretó la piedra con ambas manos y se concentró. De algún modo, la perla reaccionó a su voluntad. La luz que desprendía se intensificó, pero no solo en un resplandor difuso, sino en una ola radiante que emanó de su cuerpo y se expandió a su alrededor como una explosión silenciosa.

El aire vibró con la onda de luz. La niebla que los mantenía atrapados se disipó con un gemido etéreo, como si una fuerza invisible la hubiera arrancado de la realidad. Lysandre lanzó un grito agudo, llevándose las manos al rostro mientras la luz la impactaba de lleno. Su cuerpo tembló, su piel resquebrajándose como si la luz estuviera quemándola desde dentro.

Kaelthar aprovechó el momento. Se lanzó contra el súcubo con un rugido ensordecedor, y esta vez su embestida dio en el blanco. Lysandre fue derribada al suelo con brutalidad, su cuerpo hundiéndose en el lodo con un sonido húmedo.

Saria no perdió tiempo. Se giró hacia Veyne y Aren, que ahora recuperaban el aliento.

—¡Tenemos que salir de aquí, ahora!

Veyne asintió con rapidez, aún tambaleándose. Aren lanzó una última mirada a la criatura que aún se revolvía en el suelo, sus facciones deformándose en una grotesca mezcla de belleza y horror.

—Esto no ha terminado… —gruñó Lysandre con voz entrecortada, sus ojos brillando con un odio antinatural—. Me alimentaré de vosotros… algún día.

Kaelthar los guió fuera del pantano, su olfato y su instinto ayudándolos a encontrar terreno más firme. Con cada paso, la bruma maldita quedaba atrás, y con ella, la amenaza del súcubo que había intentado atraparlos en su hechizo mortal.

Cuando finalmente se detuvieron, el sol ya comenzaba a descender en el horizonte. Saria sintió que sus piernas apenas la sostenían. Se dejó caer sobre una roca, respirando con dificultad, mientras Veyne y Aren hacían lo mismo.

—¿Alguien más siente que ha envejecido diez años en una sola tarde? —murmuró Veyne, su tono cansado pero con un leve dejo de humor.

Aren pasó una mano por su rostro y resopló.

—Preferiría enfrentarme a veinte soldados de la Orden antes que volver a ese maldito pantano.

Lysandre no había muerto. Y aunque habían escapado, ella seguía ahí afuera.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Estadísticas finales

Tiradas de dados: 5. Puntuación Omén: 8. Día desfavorable.

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad2Días favorables13
Rapidez3Días desfavorables10
Fortaleza2

Si es que la moza no era normal desde un principio… Era de esperar que algo así pasase…

Hasta luego, gente!

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