Continuemos la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 22.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 3 | Días favorables | 12 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 9 |
| Fortaleza | 1 |
El desafío de las cartas

Las picas sugieren bosques, acantilados, desiertos. Un cambio repentino en el clima. Restos. Una emboscada. Un juramento. Un malentendido. Dudas y desesperación. Una extraña bestia. Un enfrentamiento con la sombra del vagabundo.
Como el valor es 4 el desafío es pequeño.
Desarrollo
El aire helado les azotó el rostro en cuanto salieron de la cueva. Al cabo de unas horas, lo que al principio había sido solo una ligera ventisca ahora se había transformado en una tormenta de nieve que cubría la tierra con un manto blanco y cegador. La temperatura había descendido de manera drástica, y el viento silbaba entre las rocas y los árboles desnudos, llevándose consigo cualquier rastro de calor.
Saria entrecerró los ojos, cubriéndose la cara con la bufanda que se había apretado al cuello. Kaelthar caminaba junto a ella, con el pelaje erizado, golpeado por la tormenta pero firme en su paso. Aren y Veyne también avanzaban con dificultad, sus capas pesadas ya empezaban a empaparse con la nieve acumulada.
—Si seguimos así… vamos a terminar congelados —gruñó Veyne, su voz apenas audible entre el rugido del viento.
Aren, que hasta ahora había permanecido en silencio, inspeccionó el terreno con la mirada.
—No podemos parar aquí. Si nos quedamos quietos, nos congelaremos aún más rápido.

Saria asintió, frotándose los brazos en un intento inútil de conservar el calor. Sabía que Aren tenía razón. El movimiento era lo único que los mantenía despiertos y conscientes, pero cada paso era más difícil que el anterior.
La nieve comenzaba a subir de altura, y sus botas estaban empapadas. Cada vez que hundían el pie, tenían que hacer un esfuerzo extra para sacarlo, y sus cuerpos ya estaban comenzando a resentirse. Kaelthar avanzaba con relativa facilidad gracias a su tamaño y fuerza, pero cada cierto tiempo se detenía y miraba hacia atrás, asegurándose de que su protegida seguía tras él. Saria acarició su lomo, agradeciendo su lealtad silenciosa.
—Tenemos que encontrar refugio —dijo, su voz firme pero con un ligero temblor.
Aren señaló hacia el horizonte, donde entre la bruma blanquecina de la tormenta se veía una formación rocosa.
—Allí. Podría haber alguna cueva o al menos algo que nos cubra del viento.
Sin una mejor opción, se encaminaron hacia las rocas, luchando contra la nieve y el cansancio. Cada paso era un suplicio. La tormenta parecía querer tragárselos, y a medida que avanzaban, el agotamiento se hacía cada vez más evidente en sus rostros.
La travesía, que debería haber tomado minutos, se extendió hasta lo insoportable. Sus músculos ardían, sus extremidades comenzaban a entumecerse, y la sensación de frío les calaba hasta los huesos.
Cuando finalmente llegaron a las rocas, encontraron una hendidura en la piedra, lo suficientemente profunda como para ofrecer algo de resguardo. No era una cueva, pero serviría.
Aren encendió un pequeño fuego con los materiales secos que llevaban en sus bolsas, y todos se apretujaron alrededor de las llamas, intentando absorber el poco calor que proporcionaban.
Saria se dejó caer contra la pared rocosa, sintiendo el peso del cansancio en cada fibra de su cuerpo.
El crepitar de las llamas fue lo único que rompió el pesado silencio en su improvisado refugio. La tormenta seguía rugiendo afuera, golpeando la roca con ráfagas de viento gélido y acumulando nieve en la entrada de la hendidura. A pesar de la protección que ofrecía el pequeño hueco en la montaña, el frío se filtraba por cada grieta, calando en sus huesos.
Saria estiró las manos hacia el fuego, intentando recuperar algo de calor. Su ropa aún estaba húmeda y sus músculos dolían por la caminata agotadora. Veyne, sentado a su lado, frotaba sus brazos con fuerza, tratando de entrar en calor. Aren mantenía la mirada fija en las llamas, su rostro impasible pero con signos evidentes de agotamiento.
Kaelthar estaba echado junto a Saria, su gran cuerpo protegiéndola de parte del frío. De vez en cuando, su lomo se sacudía, dejando escapar restos de nieve atrapada en su grueso pelaje.
—Esta tormenta no va a calmarse pronto —murmuró Aren, con la mirada aún clavada en el fuego.
Saria asintió, mordiéndose el labio.
—Si seguimos en estas condiciones, no duraremos mucho más. Necesitamos calor… y comida caliente.
Veyne, que parecía estar medio dormido por el agotamiento, alzó la vista de golpe.
—¿Queda algo de las provisiones que compraste en el pueblo?
Saria revisó su bolsa. Solo quedaba un poco de carne seca.
—Tenemos algo —dijo, sacando los ingredientes—. Pero no es suficiente para todos si seguimos así varios días.
Vamos a hacer una tirada de vitalidad para ver si podemos resistir el clima y seguir adelante.
Tirada de dados:1, 3 y 4.
¡Éxito absoluto!
El grupo sale de su improvisado escondrijo, intentando encontrar otro lugar con un poco más de protección que esa brecha en la falda de la montaña. Logran avanzar, pero la nieve y el viento les obligan a hacer pausas constantes. El frío se vuelve cada vez más insoportable, y sus cuerpos empiezan a resentirse.
Aren es el primero en mostrar signos de agotamiento.
—No siento las manos… —gruñe, frotándoselas con fuerza.
Si siguen adelante sin descanso, acabarán desfalleciendo antes de llegar a un lugar seguro.
—Tenemos que encontrar refugio.- exclama Saria, haciéndose oir por encima del aullar del viento.
—¿Dónde? —pregunta Veyne, mirando a su alrededor. El paisaje es un mar blanco sin formas distinguibles.
Saria entorna los ojos y escanea los alrededores. Allí, a lo lejos, entre la ventisca, una silueta oscura se perfila en la nieve.
—Ahí, parece una cabaña.
Saria, Veyne, Aren y Kaelthar llegaron a la cabaña a duras penas, cubiertos de nieve y con las ropas empapadas por la humedad gélida.
Veyne golpeó la puerta con fuerza.
—¡¿Hay alguien dentro?!
Silencio.
Por un momento, pensaron que la cabaña estaba vacía. Veyne estaba a punto de intentar forzar la puerta, cuando un crujido de madera en el interior les indicó que había alguien. La puerta se abrió lentamente, revelando un rostro anciano y arrugado. Una mujer de cabello blanco y mirada aguda los observó con desconfianza, su mano apretada con fuerza alrededor de un bastón nudoso.
—¿Quiénes sois? —preguntó con suspicacia.
Saria vio otra figura en el interior. Un hombre de edad similar, con la espalda encorvada, pero con ojos brillantes y astutos, los miraba desde la penumbra de la cabaña.
Los ancianos no parecían temerosos, pero cuando vieron a Aren, sus facciones se volvieron duras de repente.
—¡Tú! — gritó el anciano levantando un dedo acusador y señalando a Aren. — ¡Maldito tú y todos los tuyos! No queremos saber nada de la Orden en esta casa, una casa decente. ¡Largaos ahora mismo de aquí!
—No soy vuestro enemigo —dijo Aren con la cabeza gacha —. Soy un desertor de la Orden.
El cambio en la expresión del anciano fue inmediata. Ambos intercambiaron una mirada rápida, y el hombre suspiró, apartándose para dejarlos pasar.
—Entra, entonces. Si te han dado caza, al menos no morirás congelado en nuestra puerta.
El grupo entró en la cabaña, agradecidos por el calor del fuego encendido en la chimenea.
La estancia era modesta pero acogedora, con estanterías repletas de libros antiguos y artefactos extraños esparcidos por la sala. No parecía el hogar de unos simples campesinos.

Los ancianos les sirvieron té caliente y, cuando todos estuvieron sentados, la mujer habló primero.
—Nos llamamos Maeve y Thorian.
—Y no sois bienvenidos aquí —añadió Thorian con franqueza—, pero si la nieve os ha traído hasta nosotros, supongo que tiene sus razones.
Saria levantó una ceja.
—No es común encontrarse con gente que hable de la nieve como si tuviera voluntad propia.
—Maeve esbozó una sonrisa ladeada.
—No es común encontrar bestias míticas en la puerta de tu casa, pero aquí estamos.— Saria se sorprendió. La pareja había visto a Kaelthar, pero no se había asustado lo más mínimo… — ¡Haced pasar a esa pobre criatura, que se tiene que estar helando ahí fuera!
Saria fue hacia la puerta principal y, abriéndola, llamó a Kaelthar. Al principio, la bestia no quería entrar, pero Saria le explicó que eran amigos y que no pasaba nada. Al entrar, se fue justo delante del fuego del hogar y se echó en el suelo. Los ancianos lo miraron con una mezcla de fascinación y curiosidad, pero sin miedo.
—Impresionante —murmuró Thorian, apoyándose en su bastón para acercarse un poco a él y mirarlo más de cerca —. Hacía mucho que no veía algo tan… genuino.
—¿No os asusta? — preguntó Saria sorprendida.
—Hemos visto cosas peores, niña. — respondió Maeve mientras un recuerdo acudía a su mente y una mirada de añoranza recorría sus ojos.
—¿Quiénes sois realmente?
—Somos historiadores… o lo éramos. También estudiamos la magia antigua, aunque en estos tiempos eso ya no se considera un oficio respetable —dijo Thorian, con una sonrisa amarga.
Saria nunca había creído demasiado en la magia. Siempre había pensado que los relatos sobre brujos y conjuros eran más mitos que realidades. Pero desde que tenía la perla… sus creencias habían comenzado a tambalearse. Maeve notó su expresión y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Dime, muchacha… ¿cuánto sabes sobre la magia?
—Sé que es una herramienta peligrosa en manos equivocadas.— respondió Saria tragando saliva.
Thorian soltó una risa seca.
—Buena respuesta. Pero dime… ¿cuánto has visto con tus propios ojos?
Saria no tenía una respuesta sencilla para esa pregunta. Permaneció en silencio un instante. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de la cabaña. Finalmente, decidió hablar.
—He visto cosas que desafían la lógica —admitió—. Pero aún no estoy segura de si llamarlo magia.
Maeve entrecerró los ojos, analizándola.
—La magia no es solo hechizos y palabras susurradas —dijo con voz pausada—. Es conocimiento. Es poder.
Thorian asintió lentamente.
—Pero el conocimiento mal usado puede ser tan destructivo como cualquier arma. Y ahora veo que estás cargando con algo peligroso.— . Maeve se cruzó de brazos. —Si tienes una reliquia de los antiguos, sería prudente aprender más sobre ella. Porque dudo que sea solo un objeto.
Veyne intervino entonces, apoyando un codo en la mesa de madera.
—Hablasteis de magia antigua… y de haber visto cosas peores que Kaelthar. ¿Qué sabéis sobre criaturas como él?
Los ancianos intercambiaron una mirada. Thorian fue quien respondió.
—Las bestias míticas han existido siempre. Pero… en los últimos siglos, han desaparecido poco a poco. Algunas fueron cazadas, otras simplemente se desvanecieron.
Maeve se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Hay quienes creen que los guardianes de antaño sellaron su esencia en reliquias…
Saria sintió un nudo en la garganta, mientras miraba de reojo a Kaelthar.
—¿Quieres decir que…?
Thorian sonrió con un destello de misterio en los ojos.
—No puedo asegurarlo. Pero no sería la primera vez que un lazo tan fuerte une a un Guardián y a su bestia.
¿Kaelthar existía porque la perla lo había llamado? Aren, que había permanecido en silencio, finalmente habló.
—¿Sabéis algo sobre la Orden del Mar?
Los rostros de los ancianos se endurecieron. Maeve frunció los labios con una mueca de disgusto, y Thorian resopló, mostrando una mueca de enfado en el rostro.
—Sabemos que son unos fanáticos. Y sabemos que su sed de poder los ha llevado demasiado lejos. —Teníamos un hijo — continuó Maeve —. Se unió a la Orden… y nunca volvimos a saber de él.
El silencio cayó sobre la habitación como una losa.
—Lo siento. murmuró Aren, trangando saliva y mirando al suelo.
—Todos perdimos algo a manos de la Orden. No eres el único.
Thorian los observó en silencio un momento y luego golpeó la mesa con suavidad.
—Si realmente queréis derrotarlos, vais a necesitar algo más que una bestia.— Maeve sonrió con sorna. — Una gran cantidad de locura y un buen plan! Y suerte. Mucha suerte.
El grupo compartió una risa amarga.
La conversación siguió por derroteros menos amargos, y todos compartieron un agradable y divertido rato de charla. El fuego seguía ardiendo, iluminando los rostros cansados pero atentos de Saria, Veyne y Aren.
Al cabo de un rato, Maeve se levantó de su asiento y comenzó a revolver entre una vieja estantería repleta de libros y pergaminos cubiertos de polvo. Sus dedos pasaban con cuidado por las portadas gastadas, seleccionando con precisión uno de los volúmenes más antiguos. Thorian la observó atentamente, con los brazos cruzados.
—Si vais a enfrentaros a la Orden, debéis entender con quién os estáis metiendo. La Orden del Mar no siempre fue así… pero su corrupción ha avanzado demasiado. —Aren asintió lentamente. —Nos han convertido en ciegos seguidores. Nos hacen creer que protegemos al mundo, cuando en realidad… solo seguimos órdenes sin cuestionarlas.— Maeve colocó el libro sobre la mesa y lo abrió con cuidado. —No sabemos dónde está la ciudad hundida. Pero sí sabemos algo sobre su historia. —Saria se inclinó hacia adelante, atenta. —Aquí se menciona un enclave perdido. Un punto de conexión entre los guardianes de antaño y la ciudad sumergida.
—¿Dónde está ese enclave? — Preguntó Veyne con el ceño fruncido.
—A medio camino entre aquí y Puerto Goldra, en un acantilado que los viejos pescadores evitan. Dicen que está maldito, que quienes se acercan sienten que el aire se vuelve pesado. Si hay algo que pueda llevaros a la ciudad hundida, está allí. Pero también es probable que la Orden lo sepa.
—Parece que ese es nuestro próximo destino. — dijo Saria mirando a Veyne.
—Si la Orden ya sabe de ese lugar… podríamos encontrarnos con más problemas.—Aren tensó la mandíbula.
Kaelthar, que había permanecido en silencio hasta entonces, levantó la cabeza y emitió un sonido gutural.
—Eso es seguro, muchacho. Pero si queréis respuestas… tendréis que arriesgaros. — dijo Thorian sonriendo con amargura.
Maeve, viendo la expresión del grupo, intentó suavizar la situación.
—No vais a salir de aquí con las manos vacías. Tenemos provisiones. Os daremos todo lo que podamos.
—Y quizás tengamos algo más que pueda seros útil. — exclamó Thorian. Se levantó y se dirigió hacia un viejo baúl de madera, con una media sonrisa en la cara.
Cuando abrió el baúl, el crujido de la madera resonó en la cabaña. Apartó algunas telas que envolvían un objeto, y al hacerlo, el fuego refleó destellos azulados sobre un objeto metálico. Cuando lo acercó a la mesa, todos pudieron verlo: una daga.
—Esta… no es un arma común. — relató Thorian con la mirada perdida en otro lugar y otro tiempo —Forjada con acero de mareas. Solo los herreros de Azul Profundo sabían trabajarlo hace muchos muchos años. El acero de mareas no es solo metal… es un legado. Se dice que solo aquellos que llevan la sangre de los guardianes pueden blandirlo con su verdadero poder.
—¿Y cómo llegó hasta aquí? — preguntó Saria con curiosidad. En esta ocasión, fue Maeve la que respondió.
—Hace mucho, mucho tiempo, un viajero la dejó en nuestras manos. Dijo que algún día la última guardiana vendría a reclamarla.
Viendo la expresión que Veyne tenía, Thorian sonrió con melancolía.
—El destino es extraño, muchacho. Pero si esto ha llegado hasta ti, Saria… quizás haya una razón.
Saria extendió la mano, tomando la empuñadura con delicadeza. El metal estaba frío al tacto… pero parecía que encajaba en su puño a la perfeción, como si la hubiesen forjado tomando la medida de su mano.
—Ahora sí pareces peligrosa. — Bromeó Veyne.
—Ya era hora.— respondió Saria con una carcajada.
El aroma de la cena recién hecha flotaba en la cabaña, y el sonido del crepitar del fuego llenaba el aire con una calidez reconfortante. Saria observó a Veyne y Aren, intercambiando bromas y comentarios sobre la hospitalidad de los ancianos.
Maeve se quedó mirando fijamente a Saria, con una intensidad que hizo que a la joven se le secase la boca. La anciana inclinó levemente la cabeza, con una sonrisa apenas perceptible.
—Tienes curiosidad por lo que viene, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?—Saria ladeó la cabeza, intrigada.
Maeve dio unos pasos lentos hacia una mesa en un rincón de la cabaña.
—Ven aquí y siéntate, muchacha. Déjame leerte el destino.
—¿Lees el futuro?
Maeve sonrió con cierta ironía.

—El destino no está escrito en piedra, pero hay hilos que se entrelazan, caminos que se cruzan y señales que se dejan ver… si sabes dónde mirar.
—Saria nunca había creído demasiado en las pitonisas, pero desde que tenía la perla, su escepticismo se había tambaleado más de una vez. Así que, por pura curiosidad, tomó asiento frente a Maeve.
La anciana sacó un mazo de cartas viejas, gastadas por el tiempo, con símbolos extraños grabados en ellas. Las barajó con dedos hábiles las extendió sobre la mesa. Lugo le pidio a Saria que eligiese tres cartas.
Maeve volteó la primera carta.
—El Viajero Perdido. —La anciana miró muy seria a Saria. —Estás buscando algo que fue perdido hace mucho… y para encontrarlo, tendrás que perderte primero. — un escalofrío recorrió la espalda de Saria.
Maeve giró la segunda carta.
—El Corazón Dividido.—Maeve dejó escapar un suspiro lento.—Un lazo de tu pasado se entrelazará con tu futuro. Pero no como esperas. —El rostro de Dagon cruzó la mente de Saria como un fantasma que no podía olvidar.
Maeve giró la última carta… y su expresión se tornó sombría.
—La Traición de la Sombra. — ambas mujeres se quedaron en silencio, mirándose intensamente la una a la otra. El fuego crujió en la chimenea. —Alguien en quien confías te romperá el alma.
—¿Quién?
—El destino rara vez nos muestra los rostros con claridad. Pero… la traición vendrá cuando menos lo esperes.
Saria sintió su piel erizarse.
La cena transcurrió entre risas y conversaciones despreocupadas. Veyne, Aren y los ancianos contaban anécdotas, mientras Kaelthar permanecía junto al fuego, su enorme figura recostada en el suelo de piedra, observando en silencio. Había un aire de calidez en aquella casa perdida en las montañas, una sensación de hogar que Saria no había experimentado desde que dejó Azul Profundo.
Cuando terminaron de cenar, los ancianos les ofrecieron un lugar junto al fuego para dormir. Retirarno algunos muebles y dejaron un espacio diáfano delante de la chimenea. El pequeño espacio en la estancia principal era cálido, acogedor, iluminado solo por las brasas que aún ardían.
Saria se acomodó sobre una gruesa manta, observando el parpadeo de las llamas mientras sus pensamientos se enredaban con la advertencia de Maeve. “Alguien en quien confías te romperá el alma.”
El sueño la atrapó lentamente, pero su descanso fue inquieto. Las sombras danzaban en su mente, susurrando palabras sin voz, formando figuras difusas que se desvanecían antes de que pudiera reconocerlas. Soñó con un camino cubierto de bruma. Soñó con una silueta conocida, acercándose con la mano extendida… solo para convertirse en una sombra sin rostro. Y cuando despertó, con el fuego consumido hasta las últimas brasas, su corazón latía con angustia.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 8. Puntuación Omén: 4. Día favorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 13 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 9 |
| Fortaleza | 1 |
Pues vaya zasca que se acaba de llevar Saria, ahora que estaba empezando a confiar en la gente…
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Partida 1. Día 21. El desertor.
Saria fue la primera en despertar a la mañana siguiente. A su lado, Veyne todavía dormía, el cansancio de los…
Her Odyssey. Partida 1. Día 23. La Verdad Revelada.
Al amanecer, Saria despertó con una sensación extraña en el pecho. El fuego en la chimenea aún ardía en brasas,…