Her Odyssey. Partida 1. Día 21. El desertor.

Continuemos la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 21.

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Estadísticas iniciales

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad2Días favorables12
Rapidez2Días desfavorables8
Fortaleza0

El desafío de las cartas

9 de Tréboles

Los tréboles sugieren tierras baldías, montañas, mar. Una maldición. Un cambio repentino de terreno. Un crimen. Un umbral. Codicia. Un extraño necesitado. Un idioma desconocido. Un desastre natural.

Como el valor es 9, el desafío es alto.

Desarrollo

Saria fue la primera en despertar a la mañana siguiente. A su lado, Veyne todavía dormía, el cansancio de los últimos días reflejado en su rostro. Kaelthar, por su parte, estaba inquieto, sus orejas erguidas y sus ojos fijos en la salida de la cueva. Se incorporó lentamente, tratando de no hacer ruido, y entrecerró los ojos en la penumbra. Algo se movía entre las sombras, algo que respiraba. No estaba solos.

Con un gesto rápido, despertó a Veyne. Él reaccionó al instante, siguiendo la dirección de su mirada.

Entre los restos de piedra y musgo, un hombre yacía apoyado contra la pared de la cueva. Vestía un uniforme sucio y deshilachado, pero el emblema en su pecho seguía siendo reconocible. Era un soldado de la Orden del Mar. Kaelthar gruñó bajo, pero no atacó. Simplemente observaba.

—Tú… —murmuró Saria, entrecerrando los ojos.

—No estoy aquí para pelear.— dijo levantando las manos en señal de rendición.

Su voz era firme, pero no hostil. Estaba nervioso, eso era evidente, pero no tenía miedo.

—Conocías esta salida. ¿Quién más está contigo? —intervino Veyne, su tono tenso.

—Estoy solo, totalmente solo. — El soldado suspiró y se apoyó contra la pared, cansado, como si estuviera cargando con un peso invisible. —Nos conocimos antes, ¿lo recuerdas? Yo estaba en el pueblo cuando apareciste montada en esa criatura.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Saria lo miró con atención. No se acordaba exactamente del hombre, pero supuso que era alguno de los que la habían acorralado. Había algo distinto en él, en su porte, en su mirada.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella, sin bajar la guardia.

—Porque quiero saber la verdad.

Saria y Veyne intercambiaron una mirada rápida.

—La verdad —repitió Saria con cautela—. ¿Qué te hace pensar que te la diremos?

—Porque no creo lo que la Orden dice de vosotros. Después de lo que escuché, después de lo que vi… Si lo que sospecho es cierto… estoy dispuesto a luchar contra la Orden.

Saria sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—¿Qué escuchaste?

—Mentiras. — Guardó un momento de silencio y luego continuó — Nos dijeron que eras un monstruo, que mataste a los monjes de un templo para robar la perla. Que tu bestia era una abominación enviada para destruir el equilibrio. Pero en el pueblo, cuando vi cómo escapabas… no vi a una asesina. Vi a alguien que huía de algo mucho más peligroso.— Su mirada se endureció. —Y luego… escuché algo que no debía. La Orden no quiere proteger el sello. Quieren romperlo.

Saria sintió la sangre helarse en sus venas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo escuché con mis propios oídos. Dos altos oficiales lo discutían cuando creían que nadie los oía. Hablaban de liberar lo que se oculta tras el sello. Decían que el poder encerrado allí no debía pertenecer a los antiguos guardianes, sino a la Orden. Y si eso es cierto… entonces lo que nos enseñaron siempre fue una mentira.

—Déjame adivinar… intentaste escapar y te persiguieron.— dijo Veyne en un pesado suspiro.

—Exacto. La Orden no deja que los suyos abandonen su propósito. Y menos aún cuando han escuchado sus secretos.

Saria sintió una mezcla de furia y tristeza. La Orden, que siempre había velado por el bien de todos, que había sido venerada en todos los lugares, ahora era la mayor amenaza para el equilibrio.

—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente.

—Aren.

—Bueno, Aren… —repitió Saria, midiendo sus palabras—. ¿Y qué piensas hacer ahora?

—Si lo que dicen de ti es mentira… si realmente eres la Guardiana… Quiero ayudarte.— la miró directamente a los ojos —Yo ayudé a perseguirte una vez. Quiero corregir mi error.

Tirada de dados

Hubo un largo silencio entre los tres. Finalmente, Saria habló:

—Está bien. Puedes venir con nosotros. No me fío del todo de ti, pero creo que eres sincero. — y añadió apuntándolo con un dedo acusador — Pero si nos traicionas, Kaelthar será el primero en asegurarse de que lo lamentes.

Kaelthar gruñó suavemente, como si comprendiera. Aren sonrió con ironía.

—Si os traiciono, mereceré mi destino.

La cueva se había convertido en un refugio temporal. Tras la tensión de la escapada, y la haber un nuevo miembro en el grupo, había que hacer revisión de provisiones y ver qué había sobrevivido a su escapada.

Kaelthar se acomodó tumbándose cerca de la entrada, atento a cualquier señal de peligro. Saria y Veyne, por su parte, comenzaron a revisar las provisiones, separando lo que se había echado a perder en la travesía.

—Bueno… no estamos tan mal —dijo Veyne, sacando un trozo de carne seca que aún se podía comer.

El resto de la comida no había corrido con la misma suerte. El pan estaba húmedo y mohoso, la mayoría de las verduras estaban arruinadas y solo quedaba una pequeña ración de grano seco que se podría aprovechar si encontraban la manera de secarlo. No morirían de hambre, pero tendrían que racionar bien lo que les quedaba, o encontrar pronto un lugar en el que comprar más provisiones.

Aren los observaba en silencio, sentado con la espalda apoyada contra la roca, como si aún no se sintiera completamente parte del grupo.

Saria lo miró de reojo y, tras suspirar, se sentó frente a él.

—Hablemos.

Aren levantó la mirada, asintiendo con lentitud.

—Dime qué necesitas saber.

—Todo. Lo que sabes de la Orden, de Eryon Taldare y de la ciudad hundida.

Aren se humedeció los labios, cruzando los brazos sobre su pecho.

—No sé tanto como quisieras. Era solo un soldado raso, no un alto mando ni un estratega. La mayoría de las órdenes nos llegaban sin explicaciones.

—Cuéntanos lo que puedas.

—La Orden del Mar no siempre fue como es ahora —comenzó—. Cuando yo entré, nos enseñaban que nuestro deber era proteger los secretos antiguos, que nuestra misión era custodiar el equilibrio del mundo. Pero con el tiempo, las cosas cambiaron. Los altos mandos comenzaron a hablar de recuperar el poder del Artefacto de las Mareas. De que el sello no debía permanecer intacto, sino ser controlado. La doctrina cambió. Lo que antes debíamos custodiar, ahora debíamos poseer.

Saria sintió una punzada en el estómago.

—¿Cómo convencieron a todos de algo así?

—Nos decían que los antiguos guardianes fallaron en su deber. Que sellar el artefacto fue un error. Que ellos lo hicieron porque temían su poder, pero que nosotros teníamos el conocimiento para manejarlo. Nos hicieron creer que el mundo necesitaba un nuevo orden… y que la Orden del Mar debía liderarlo.

Veyne dejó escapar una risa sarcástica.

—Siempre la misma historia… alguien encuentra un poder antiguo y cree que puede controlarlo.

—¿Eryon Taldare? —preguntó Saria después de un momento de silencio.

Aren frunció el ceño.

—No sé mucho sobre él. Solo que su nombre se mencionaba en los registros viejos que algunos oficiales estudiaban. Al parecer, fue uno de los pocos que estuvo cerca de encontrar la ciudad hundida… pero desapareció antes de lograrlo. Hay rumores de que la Orden lo silenció para que no revelara lo que sabía.

Saria tragó saliva.

—¿Crees que lo mataron?

Aren se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero si la Orden tenía algo que ver con su desaparición, no fue para dejarlo vivir.

Eryon había seguido el mismo camino que ella… y si había descubierto algo, la Orden se encargó de que ese conocimiento se perdiera con él.

—Y la ciudad hundida… —dijo Saria finalmente.

—Eso sí que no lo sé —admitió Aren—. Se habla de ella en susurros. Es como un mito dentro de la Orden. Dicen que solo los elegidos pueden encontrarla. Que está más allá del alcance de cualquiera que no tenga la bendición de los antiguos guardianes.

Saria apretó la perla en su bolsillo. Si la perla era la brújula… entonces tal vez ella sí podría encontrarla.

Tras compartir lo que sabía sobre la Orden del Mar, Aren permaneció en silencio, con la mirada baja, como si luchara con pensamientos que no podía expresar. Veyne estiró las piernas con un suspiro, mientras Saria observaba a Aren con atención. Algo en la forma en la que hablaba de la Orden le resultaba extraño.

—No nos has dicho todo —dijo Saria finalmente, con voz firme.

Aren levantó la vista, sus ojos reflejaban un conflicto interno.

—No sé si servirá de algo, pero sí… hay algo más. Algo que hizo que todo cambiara.

—Habla —lo instó Veyne, cruzándose de brazos.

—No fue un cambio repentino —empezó Aren, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. La Orden siempre fue estricta. Siempre tuvo sus secretos. Pero hubo un momento en que todo se torció.

—¿Cuándo?

—Hace unos años, un hombre apareció de la nada. No sé de dónde vino ni quién lo trajo… pero en menos de un año, ascendió hasta convertirse en la mano derecha del Gran General de la Orden.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

—¿Un forastero llegó y lo aceptaron sin más?— dijo Saria con escepticismo.

—No exactamente —dijo Aren, con expresión tensa—. Se ganó la confianza de todos muy rápido. Era carismático, convincente… incluso los oficiales más antiguos empezaron a seguirlo sin cuestionarlo. Lo llamaban Lord Iskander. Ese hombre… —continuó Aren— convenció a la Orden de que la perla no debía permanecer sellada. Que el poder del Artefacto de las Mareas era algo que debía ser reclamado y usado para establecer un nuevo orden en el mundo. Y lo peor de todo… es que todos lo escucharon.

—¿Por qué? —preguntó Saria—. ¿Cómo pudo convencerlos tan rápido?

Aren se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—No lo sé… pero nadie se atrevía a enfrentarlo. Los que lo intentaron… desaparecieron.

—Siempre es lo mismo… poder y miedo, la fórmula perfecta.— apuntilló Veyne

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Aren bajó la mirada, con los puños apretados. Había algo más, algo personal que Aren no sabía si contar o no.

—Ahora cuéntanos sobre ti — pidió Saria.

Aren parpadeó.

—¿Yo?

—Sí. Ya nos has hablado de la Orden, pero aún no sabemos quién eres realmente.

—No hay mucho que contar…

—Haz el intento —dijo Veyne con una sonrisa socarrona.

—Mi vida no era nada especial antes de la Orden — respopló Aren —. Crecí en un pueblo costero… nada como Azul Profundo, pero tenía su encanto.

—¿Familia? —preguntó Saria.

—Sí. Tenía una hermana. Era menor que yo… siempre se metía en problemas, pero tenía un buen corazón.

—¿Qué le pasó?

—Enfermó. Y yo no tenía dinero para ayudarla. Me enlisté en la Orden porque prometieron que cuidarían de ella. Que le darían tratamiento… y lo hicieron. Pero cuando cambiaron las reglas, cuando Iskander tomó el poder, ya no pude salir.

—¿Y tu hermana? —preguntó Saria, sintiendo un nudo en el estómago.

—Murió antes de que pudieran hacer nada.

—¿Y tú te quedaste con la Orden? —preguntó Veyne con dureza.

Aren asintió lentamente.

—No tenía otra opción. Y al principio creí en lo que hacíamos. Pero después de un tiempo… —Se frotó el rostro con frustración.— Después de un tiempo, me di cuenta de que no éramos protectores. Éramos carceleros. Y cuando escuché lo que los altos mandos querían hacer… supe que tenía que salir.

—¿Por eso huiste?

—Sí.

—Y por eso quieren matarte.

—Exacto.

Aren levantó la vista hacia Saria y Veyne.

—Sé que no tenéis razones para confiar en mí. Pero no tengo a dónde ir, y no quiero que la Orden consiga lo que busca.

Saria pudo ver la verdad en sus ojos, a la luz de la hoguera. Además, la perla no latía como normalmente hacía cuando había peligro, y Khaeltar también estaba tranquilo…

—No sé si confío en ti aún, pero has sido sincero. Eso es más de lo que puedo decir de muchos.— le dijo Saria.

—Gracias… supongo.

Kaelthar se acercó a Saria y se dejó caer pesadamente a su lado, descansando la cabeza sobre su regazo. Aren se apartó rápidamente, reculando, pero al ver que la bestia no lo atacaba, se relajó.

—Nunca había visto una criatura así…

—Es única. Como yo —respondió Saria con una sonrisa ladeada.

Veyne dejó escapar una risa.

—No exageres.

—Me permito hacerlo.

Saria se dio cuenta de que quizás no estaban tan solo en esto. Todavía había gente noble y con principios.

—Mañana partimos temprano —dijo finalmente. —Hacia Puerto Goldra.

Todos asintieron.

Estadísticas finales

Tiradas de dados: 6. Puntuación Omén: 9. Día desfavorable.

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad3Días favorables12
Rapidez2Días desfavorables9
Fortaleza1

Y la troupe sigue creciendo…

Hasta luego, gente!

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