Continuemos la historia con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 20.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 11 |
| Rapidez | 3 | Días desfavorables | 8 |
| Fortaleza | 1 |
El desafío de las cartas

Los tréboles sugieren tierras baldías, montañas, mar. Una maldición. Un cambio repentino de terreno. Un crimen. Un umbral. Codicia. Un extraño necesitado. Un idioma desconocido. Un desastre natural.
Como el valor es 1, el desafío es lo menos que nos podemos encontrar. Vamos, un día favorable sí o sí.
Desarrollo
La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El aroma de la humedad del bosque se mezclaba con la tierra removida de la noche anterior. Saria caminaba de vuelta al campamento con el pensamiento aún rondándole la cabeza.
Cuando atravesó la arboleda y vio a Veyne sentado junto a la fogata, notó al instante que algo había cambiado. No veía a Lysandre por ningún lado.
—¿Dónde está? —preguntó Saria, intentando que su voz sonara indiferente.
Veyne levantó la vista con una leve sonrisa, un gesto tranquilo y despreocupado.
—Se fue —respondió, sacudiendo una ramita en el fuego.
—¿Por qué? — preguntó Saria con el ceño fruncido.
Veyne se encogió de hombros, sin parecer demasiado afectado.
—Hablé con ella anoche. Le dije que nuestro viaje era peligroso y que no podíamos garantizar su seguridad. Le recomendé que siguiera su propio camino.

Saria lo observó detenidamente, buscando algún rastro de duda en sus palabras.
—¿Y se fue sin más?
Veyne soltó una risa corta.
—No sin intentar convencerme de que me la acompañara a ella en su viaje en lugar de a ti. Pero al final entendió que no iba a funcionar.
Saria sintió un peso que no sabía que cargaba aligerarse en su pecho.
—Bien —dijo simplemente, y se sentó junto a la fogata.
Veyne le lanzó una mirada de soslayo.
—¿Bien?
—Sí. Bien.
El silencio se extendió entre ambos por unos instantes. Luego, Saria tomó aire y cambió de tema.
—Deberíamos aprovechar el día. Ayer nos hablaron de una cueva al sur del camino, donde han desaparecido viajeros. Quizás podamos averiguar algo sobre Eryon ahí.
—Vale. Vamos a echar un vistazo.— respondió Veyne, dejando la ramita en el fuego.
Saria, Veyne y Kaelthar avanzaron por el bosque siguiendo la dirección que les habían dado en el pueblo. El aire estaba en calma, y la mañana avanzaba sin incidentes.
Por fin alcanzaron la entrada de la cueva. La boca de la cueva era una abertura oscura y húmeda en la ladera de la colina, con enredaderas colgando de las rocas y musgo cubriendo los bordes de piedra. Un ligero eco resonaba desde su interior, como si la cueva respirara.
Kaelthar gruñó bajo.
Saria intercambió una mirada con Veyne.
—¿Preparado? —preguntó él.
—Vamos a ver qué encontramos.
Vamos a usar la rapidez, a ver si encontramos algo en la cueva
Tirada de dados: 1, 2 y 3.
Éxito parcial.
La oscuridad dentro de la cueva era densa, casi sofocante. Saria avanzaba con cautela, sintiendo la humedad pegajosa en su piel. Veyne iba detrás, con la antorcha en alto, proyectando sombras largas y temblorosas en las paredes irregulares.
—Espero que esto valga la pena —murmuró él, mientras apartaba telarañas del camino.
La cueva parecía interminable, pero entonces Saria notó algo en el suelo. Se agachó y apartó unas piedras sueltas con cuidado. Algo estaba enterrado debajo.
—Aquí hay algo —susurró.
Veyne se arrodilló junto a ella y, juntos, comenzaron a retirar los escombros. Al cabo de unos minutos, revelaron lo que parecía un viejo pergamino envuelto en cuero.
Saria lo desenrolló con delicadeza. La tinta estaba desvaída, pero aún era legible.
—Es un mapa… —murmuró, recorriendo con los ojos las líneas trazadas a mano.
Veyne observó por encima de su hombro.
—Parece una ruta náutica… y hay un punto marcado en medio del océano.
Saria sintió un escalofrío.
—Si esto es lo que creo que es… podría ser la ubicación de la ciudad hundida.
Entonces, un crujido resonó en la cueva. Saria y Veyne se quedaron quietos. Algo en las profundidades de la cueva se había movido.
Kaelthar, gruñó con inquietud.
—No estamos solos —susurró Veyne.
Saria guardó el pergamino en su bolsa y se puso en guardia. No sabían qué acechaba en la oscuridad, pero no iban a esperar para averiguarlo.
—Salgamos de aquí. Ahora.
Saria, Veyne y Kaelthar avanzaban deprisa, con el pergamino firmemente guardado en la bolsa de la joven. El eco de sus pisadas resonaba en la oscuridad, acompañados solo por el sonido de su respiración entrecortada y el roce de las garras de Kaelthar contra la piedra.
—No me gusta esto —susurró Veyne.
Saria tampoco tenía buen presentimiento, pero lo que encontraron en la salida confirmó sus peores sospechas. La boca de la cueva estaba bloqueada. Montones de rocas y piedras habían sido apilados, formando una barrera gruesa e infranqueable. Del otro lado, se oían murmullos y el entrechocar de armaduras.
—Han bloqueado la salida —dijo Veyne con voz tensa.
La Orden del Mar estaba afuera.

Saria sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevaban siguiéndolos? ¿Desde que abandonaron el último pueblo? Kaelthar gruñó bajo, con las orejas pegadas al cráneo y los músculos tensos. No necesitaba palabras para saber que el peligro estaba cerca.
No había tiempo para preguntas.
—Kaelthar —susurró Saria, colocando una mano sobre su lomo para calmarlo—, tenemos que encontrar otra salida.
Del otro lado de la barrera, una voz familiar habló:
—Saria.
El mundo se detuvo.
Saria sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Aquella voz… No podía ser. Era imposible. Su corazón martilleó en su pecho. Se estaba volviendo loca. Pero la voz volvió a sonar, fuerte y clara.
—Sé que estás ahí.
Saria miró a Veyne y a Kaelthar alternativamente, para confirmar que ellos también lo habían oido. Veyne se encogió de hombros, no Sabía por qué Saria estaba tan nerviosa.
—¿Quién es? —preguntó en un murmullo.
Saria le daba vueltas y vueltas a la voz en su cabeza. Era él. Estaba segura. Pero era imposible. Era su antiguo amor en Azul Profundo. Su primer amor. Aquel que había perdido cuando huyó. Y ahora estaba fuera, con la Orden del Mar. Saria no podía responder, casi no podía respirar.
—Saria —la voz volvió a llamarla. Esta vez sonaba más cerca—. Hablemos.
Su mente giraba en un torbellino de recuerdos y miedo. ¿Cómo? ¿Por qué estaba él aquí? ¿Cómo se había unido a la Orden? ¿La había estado persiguiendo todo este tiempo?
Veyne la miró de reojo, entendiendo que algo no estaba bien.
—¿Lo conoces?
Saria apretó los labios con fuerza, sin poder mirarlo.
Con fortaleza intentaremos mantener la compostura.
Tirada de dados: 3.
Éxito parcial.
Saria logra contener su reacción, pero el impacto emocional es devastador.
—No podrás salir de ahí sin hacerte daño, Saria, Lo mejor es que hablemos. —La voz sonó calmada, pero firme.
Lo mismo estaban engañándola. Eso tenía que ser, no podía ser de otra forma. No podía estar al otro lado de la entrada. No tenía sentido. Pero esa voz era su voz… Saria cerró los ojos y respiró hondo. Se giró hacia Veyne, con la mandíbula apretada.
—Tenemos que encontrar otra salida. Ahora.
Veyne asintió, entendiendo que no podían quedarse ahí. Kaelthar gruñó nuevamente, pero esta vez levantó la cabeza y olfateó el aire con intensidad.
—Kaelthar… —susurró Saria, con el pulso acelerado—. Encuentra un camino.
El enorme ser giró la cabeza bruscamente y comenzó a avanzar hacia la oscuridad, con el hocico pegado al suelo. Dieron media vuelta y se adentraron en la oscuridad, siguiendo el instinto de Kaelthar.
Sus pasos resonaban en la cueva con una cadencia errática. El aire se volvía cada vez más denso, pesado con la humedad de la piedra y la cercanía del peligro. Su mente aún estaba atrapada en aquella voz. La voz de él. Aquel a quien había amado en Azul Profundo. Aquel a quien había dejado atrás. Aquel que ahora estaba con la Orden del Mar. No, no podía permitirse pensar en eso ahora. Primero debían salir de la cueva.
Kaelthar lideraba el camino con movimientos fluidos y seguros, su hocico pegado al suelo mientras rastreaba.
—¿Saria? —susurró Veyne a su lado.
—Ahora no —respondió ella con la voz tensa.
Veyne cerró la boca. Sabía que no era momento de preguntas.
Detrás de ellos, la voz seguía llamándola.
—No hagas esto, por favor, Saria. Es peligroso para ti. No tienes que huir.
Algo en su tono la impulsaba a ir hacia la entrada, hacia él. No le estaba ordenando nada, no la estaba amenazando, se lo estaba suplicando. Pero eso no cambiaba nada. No podía confiar en él. No podía ser él. Era una ilusión, quizás la mejor que le habían presentado… ¿verdad?
Kaelthar se detuvo de repente. El gran animal levantó la cabeza, sus orejas tensas, y miró hacia la oscuridad con intensidad.
—¿Ha encontrado algo? —susurró Veyne.
Cuando se ponen a inspeccionar la pequeña bóveda en la que se encuentra, detectan un pequeño túnel que se abre entre las rocas a su derecha, lo suficientemente ancho como para que puedan pasar. Pero Kaelthar está tenso.
—Algo no está bien —susurró Veyne, con una mano en la empuñadura de su daga.
No había opciones, ni tiempo para dudas.
—Vamos.— dijo Saria con seguridad.
Kaelthar entró primero. El pasadizo era estrecho, húmedo, y el eco de las gotas de agua cayendo sobre la piedra les recordaba que estaban muy por debajo del suelo.
Un rugido de frustración resonó detrás de ellos. La Orden se había dado cuenta de que no iban a salir, que habían ido en busca de otra salida. Tenían que darse prisa. Quizás la orden conociese la otra salida y fuese hasta allí para esperarlos, pero era la única opción que actualmente tenían. El túnel los conduciría a la libertad… o a otra trampa.
El pasadizo era más estrecho de lo que parecía al principio. Saria sintió la roca rozarle los hombros mientras avanzaba a paso rápido, sintiendo cómo su respiración se volvía más errática. Kaelthar iba delante, moviéndose con agilidad a pesar de lo reducido del espacio. Detrás de ella, Veyne maldecía por lo bajo cada vez que su espalda chocaba contra la fría piedra. El túnel es más largo de lo que imaginaban. Y lo peor… es que la voz volvió a hablar. Esta vez parecía provenir de delante de ellos. Era para volverse locos.
—No corras más, Saria. No tienes que hacerlo.— El aire se negó a entrar en sus pulmones y un ataque de tos llenó el silencio de la cueva.
—¿Quién es? —preguntó en un susurro urgente.
Saria tragó saliva.
—Alguien que creí que había perdido.
Kaelthar se detuvo abruptamente. Habían llegado a una bifurcación. Uno de los caminos llevaba hacia la luz… tenue, lejana, pero real. El otro… descendía aún más en la oscuridad.
—¿Izquierda o derecha? —preguntó Veyne con urgencia.
Pero antes de que pudiera responder, la voz de Dagon se escuchó nuevamente.
—¿Realmente crees que puedes huir de mí?
Saria cerró los ojos por un instante. El eco de la voz de Dagon resonaba en su cabeza, pero no podía dejarse llevar por el miedo. No ahora. Tomó aire, sintiendo la vibración de la perla en su bolsillo. Izquierda llevaba a la luz… Pero de la luz provenía la voz de Dagon. Posiblemente la Orden los estaba esperando en esa salida. Derecha llevaba a la oscuridad… Pero la oscuridad era incierta.
Y en medio de su duda, Kaelthar se movió primero. El protector de Saria no dudó. Se lanzó a la derecha.
—No me gusta esto, pero… ¡vamos! — susurró Veyne chasqueando la lengua.
No lo pensaron más, corrierron tras Kaelthar.
De repente, el suelo desapareció bajo sus pies. Con la carrera alocada que llevaban y la escasez de luz, no se dieron cuenta de que había un agujero justo en mitad del camino, y los tres, cayeron sin remedio por él. El mundo giró.
— ¡Nooooo! — el eco de la voz de Dagon los siguió hasta el abismo.
La caída no fue larga, pero el impacto fue brutal. Saria golpeó el suelo con fuerza, sintiendo el aire escapar de sus pulmones. Veyne cayó a su lado, con un quejido ahogado. Kaelthar, más ágil, aterrizó con gracia, sacudiéndose el polvo y gruñendo con impaciencia.
Saria se incorporó con dificultad. Palpó su cuerpo, asegurándose de que no tenía huesos rotos, solo magulladuras, y miró a su alredeor. Estaban en una sala subterránea. Las paredes estaban talladas con símbolos antiguos que parecían brillar con luz propia e inundaban la estancia con una pálida luz azul.
Veyne gimió, tocándose la cabeza.
—¿Dónde… demonios estamos?
Saria ni lo escuchó. Al otro lado de la sala había un altar, y sobre él, una inscripción grabada en piedra que parecía refulgir más que el resto de las inscripciones de la sala. Se acercó, con el corazón latiéndole con fuerza. A medida que se acercaba, la perla comenzó a latir en su bolsillo, señal de que aquello no era un lugar cualquiera, sino un sitio importante, importante para la perla y para su búsqueda.
Veyne se puso de pie con dificultad, acercándose a Saria.
—No me gusta esto —susurró.
Kaelthar gruñó, mirando en todas direcciones, como si no supiese de dónde podía venir el peligro, o como si el peligro fuese la sala misma.
Saria logró descifrar parte de la inscripción.
«Aquí duerme lo que no debe despertar.»
Y justo entonces, un sonido reverberó desde las profundidades, haciendo que toda la sala temblase. Saria necesitaba descifrar más inscripciones, seguro que encontraba algo más en aquel altar…
«Aquí duerme lo que no debe despertar.»
No había nada más escrito por ninguna parte. Y entonces cayó en la cuenta. Algo estaba despertando.
Kaelthar gruñó, sus músculos tensos como un resorte listo para saltar. Veyne dio un paso atrás, llevando la mano al cuchillo que llevaba al cinturón.
La perla en el bolsillo de Saria siguió latiendo con más fuerza.
La sala estaba cerrada, no tenía caminos de entrada ni de salida. Nada podría llegar hasta allí a no ser que entrase por el techo… Un crujido.
La pared detrás del altar se resquebrajó. Grietas se extendieron por la roca como venas de sombra y un viento helado emanó del interior.
—»Vosotros no sois dignos.»— una voz profunda, cargada de antigüedad, surgió del hueco que se había abierto.
Las luces de las paredes de la cueva comenzaron a subir y bajar de intensidad, acompasándose al latir de la perla.
—»La llave ha vuelto… pero el sello no debe romperse.»
Saria tragó saliva. La voz se refería a la perla, la reconocía. Llevaba siglos esperando ese momento…
—»¿Eres guardiana… o verdugo?»
La pregunta resonó en toda la sala, mucho más cercana que antes, acompañándola un estremecimiento en la tierra. Algo estaba a punto de emerger de la oscuridad. Kaelthar gruñó, su pelaje erizado, sus garras clavándose en la piedra. Veyne apretó su cuchillo, su respiración acelerada.
—»¿Eres guardiana o verdugo?»— exigió saber la voz, cada vez más atronadora.

El altar emitió un resplandor tenue. Las grietas en la pared se extendieron, dejando ver algo… algo enterrado. Una estructura antigua, cubierta de inscripciones brillantes, en un tono azul profundo que reflejaban la luz del resto de las inscripciones de la sala.
Pero antes de que pudiera responder… algo en la oscuridad comenzó a moverse. Un crujido profundo resonó en la cueva, como si algo antiguo despertara de un largo letargo. Kaelthar gruñó con más fuerza, su postura rígida y alerta, posicionándose al lado de Saria, como intentando protegerla con su cuerpo. Veyne se movió instintivamente hasta quedar al otro lado de Saria, cuchillo en mano.
Saria sintió la perla latir contra su piel, pulsando con energía. Y entonces… lo vio. Una sombra se deslizó entre las piedras, lenta y silenciosa. No tenía forma definida. Era como un reflejo en el agua, una silueta espectral que titilaba entre la luz y la oscuridad.
—»No respondes. No sabes de que te hablo. Has llegado tarde.»
Era la voz de alguien que había esperado demasiado tiempo. Saria tragó saliva, sus dedos cerrándose con más fuerza alrededor de la perla. Intentó buscar con la mirada a Veyne, pero él también estaba paralizado, su rostro pálido como la piedra. Kaelthar se encogió levemente, las orejas bajas, un gruñido grave saliendo de su garganta.
—¿Quién eres? —preguntó Saria, con la voz más firme de lo que se sentía.
La sombra se detuvo, pero no respondió de inmediato.
—»Soy el eco de los guardianes caídos. Soy la voz de los que fueron olvidados.»
El brillo azul del altar titiló como una llama a punto de extinguirse.
—Yo soy la última guardiana – dijo Saria con toda la firmeza que pudo -. He sido elegida por la perla, y el protector me sigue por voluntad propia. La perla ha hablado.
El silencio en la cueva se volvió tan denso que Saria sintió el peso de cada palabra que había pronunciado. La sombra titiló por un instante, como si las llamas invisibles que la sostenían se tambalearan ante su declaración.
—»La última… guardiana.»
Saria sabía que la perla la había elegido. Que Kaelthar la seguía no por obligación, sino por un vínculo más antiguo que su propia existencia.Y, sobre todo, sabía que no podía permitirse dudar.
—»La perla ha hablado.»
La sombra permaneció inmóvil por un largo instante, oscilando como si su propia forma no estuviera definida del todo.
—»Entonces… el ciclo continúa.»
—¿Qué ciclo? — preguntó Saria desde el más absoluto desconocimiento.
—»El de los guardianes y los sellos. El de la llave y la prisión. El de la traición y la verdad.»
Un escalofrío recorrió la espalda de Saria. Traición…
Veyne dio un paso adelante, rompiendo su propio mutismo.
—¿Qué significa eso? ¿Qué traición?
La sombra se movió levemente, su silueta vibrando como si la cueva misma le dificultara permanecer allí.
—»Los guardianes no protegían solo la llave… también protegían lo que está encerrado. Pero alguien… hace mucho tiempo… rompió ese juramento.»
Saria sintió su estómago hundirse. Recordó las palabras de la bestia, la forma en que la Orden del Mar había cambiado con el tiempo. Y de repente, lo entendió. Si la Orden ya no protegía la perla… Si ahora la perseguían… La Orden había traicionado su juramento.
— Dime quién traicionó el juramento — pidió a la voz Saria.
La sombra se agitó de nuevo, y la cueva entera pareció temblar con su respuesta.
—»Fue uno de los nuestros. Un guardián.» — La cueva tembló levemente con aquellas palabras. — «Fue un guardián… que se convirtió en traidor.»
Saria tragó saliva, su mente trabajando rápidamente. Si la traición provenía de dentro… ¿significaba que la Orden del Mar se había corrompido desde su propia raíz?
— ¿Quién? —exigió Saria con voz firme.
La sombra no respondió de inmediato.
—»No puedo decir su nombre.»
Saria apretó los dientes.
—No puedes… ¿o no quieres?
—»No puedo.»
La voz sonaba hueca, cargada de algo parecido a la pena… o al miedo.
—»Los nombres tienen poder.»— Saria sintió un escalofrío.—»Si pronuncio su nombre aquí, en este lugar, podría escucharme.»
Eso significaba que aquel guardián traidor… aún estaba vivo. O peor aún, que su influencia seguía extendiéndose. Veyne llegó a la misma conclusión que ella, y le lanzó una mirada de confirmación. La Orden del Mar no solo había cambiado, sino que había sido manipulada desde dentro. Y si aquel traidor aún ejercía su poder… significaba que lo peor podía estar por venir.
—Si no puedes decir su nombre, al menos dime cómo encontrarlo.
La sombra titiló una vez más.
—»El Corazón Sumergido.Allí está la verdad.»
La ciudad hundida. Todo lo que descubrían los llevaba hacia el mismo sitio, al lugar en el que estaban todas las respuestas a sus preguntas. Y quizás, la clave para acabar con la amenaza antes de que fuera demasiado tarde. La sombra comenzó a desvanecerse.
—»No puedo ayudaros más. Si seguís este camino, estaréis solos.»
—¿Sabes algo de Eryon Taldare?— preguntó con urgencia Saria.
El silencio se prolongó unos instantes. La sombra pareció fluctuar, como si las palabras hubiesen removido algo en su interior. Cuando volvió a hablar, su voz fue más grave, casi susurrante, como si arrastrara ecos de un tiempo lejano.
—»El buscador… aquel que persiguió los susurros del abismo…» —la sombra pareció estremecerse—. «Él vio lo que no debía ver. Él trazó un mapa que no debía existir.»
Un mapa. Eryon había encontrado algo.
—¿Dónde está? ¿Sigue vivo? —insistió, su mente trabajando rápidamente.
La sombra titubeó por un momento, como si las respuestas estuvieran enredadas en algo más profundo.
—»El océano lo tomó. Pero su legado… aún persiste.»
—¿Su legado? ¿Qué significa eso?— Saria no conseguía obtener el significado de lo que la sombra quería transmitirle.
La sombra se agitó, como si una emoción distante se filtrara en su esencia.
—»Buscó el Corazón Sumergido. Trazó su camino. Lo escribió en un lugar donde las olas no pueden borrar la verdad.»
—¿Dónde? —preguntó con urgencia.
La sombra pareció volverse más inestable, como si cada respuesta le costara mantenerse en esa forma.
—»Busca donde los marineros dejan su historia… Donde la piedra cuenta lo que la marea se lleva…»
Una inscripción. Un grabado en algún lugar. Un registro físico de su hallazgo.
—Los archivos… en Puerto Garlond… —murmuró.
La sombra guardó silencio, como si su función allí hubiese terminado. Pero antes de desvanecerse por completo, una última frase quedó flotando en el aire, helándole la sangre:
—»Pero cuidado, guardiana… no eres la única que sigue su rastro.»
— ¿Por qué nadie volvió a saber de él el en pueblo? — preguntó Saria
La sombra pareció estremecerse de nuevo ante la pregunta. Su silueta onduló como humo atrapado en un viento invisible, y cuando volvió a hablar, su voz sonó más distante, más cargada de un peso antiguo.
—»Porque aquellos que descubren demasiado… desaparecen.»
—¿Qué le hicieron? —preguntó, su voz apenas un susurro.
La sombra permaneció en silencio por un instante,reuniendo los restos de un recuerdo que apenas lograba sostener. Luego, su tono se volvió grave, casi un lamento.
—»No lo sé con certeza. No pude verlo. Pero sé esto: no fue el mar quien se lo llevó. No fue la ciudad hundida quien lo reclamó.»
—Entonces, ¿quién?
—»La Orden.»
El nombre resonó en la cueva como un eco maldito.
—¿Lo mataron?
La sombra no respondió de inmediato.
—»Tal vez. O tal vez fue peor.»
Había algo en la forma en que la sombra lo decía, en la forma en que las palabras caían con un vacío helado. Algo que sugería que Eryon Taldare no había tenido una muerte simple.
—»Él sabía demasiado.» —continuó la sombra—. «Demasiado para que lo dejaran vivir, pero quizá demasiado valioso para que lo mataran de inmediato. La Orden del Mar no solo destruye lo que teme… también lo usa.»
Saria sintió que su mente trabajaba frenéticamente. Si la Orden había capturado a Eryon en lugar de matarlo…
—¿Podría estar vivo?
La sombra titubeó.
—»Si lo está… no será el hombre que una vez fue.»
—¿Dónde lo llevaron?
—»Donde la luz no llega.»
—¿El Corazón Sumergido?
La sombra pareció sacudirse con violencia, como si aquella idea despertara algo profundo en su esencia.
—»No. Más arriba. Más cerca de los que gobiernan desde las sombras.»
—¿La Orden lo tiene en su poder?
La sombra no respondió. Solo comenzó a desvanecerse, su presencia disipándose como ceniza al viento. Antes de desaparecer por completo, dejó una última advertencia.
—»Si sigues este camino, Guardiana… prepárate para descubrir cosas que nadie debería saber.»
—¿Cómo salimos de aquí? — preguntó ansiosamente Saria pensando que la sombra se iba a desvanecer del todo y los iba a dejar allí encerrados
La sombra titubeó un instante más, su silueta palpitando en la penumbra como una llama a punto de extinguirse.
—»Hay una salida oculta.»
—¿Dónde? ¿Cómo la encontramos?
La voz de la sombra se hizo un susurro distante, una reverberación en la piedra húmeda de la cueva. Estaba a punto de desaparecer.
—»Sigue el eco.»
—¿El eco?
—»El eco del agua. El sonido del mar siempre busca un camino.»
Saria frunció el ceño, tratando de descifrar el enigma.
—¿Debemos buscar agua?
Pero la sombra no respondió. Su forma se disipó lentamente en la oscuridad. El silencio en la cueva se hizo doloroso. Veyne se movió incómodo a su lado.
—¿Y ahora qué?
Saria cerró los ojos un momento, obligándose a calmar su respiración. Levantó una mano hacia Veyne, pidiéndole silencio. Luego, agudizó el oído. Por un instante, solo escuchó el latido de su propio corazón, la respiración de Veyne y el sonido sordo del viento atrapado entre las rocas. Pero luego… algo más. Un goteo. Un leve y constante goteo en la distancia, como si el agua estuviera filtrándose por algún rincón oculto. Abrió los ojos con determinación.
—¿Escuchas el sonido del agua? — Veyne asintió lentamente. — Debemos seguir ese sonido. Vamos —ordenó Saria, y con paso firme, se adentraron aún más en la cueva, siguiendo el murmullo del agua que, según la sombra, los llevaría a la libertad… o a algo aún más desconocido.
Avanzaron por el pasillo de la cueva, guiándose únicamente por el sonido del agua. Cada gota que caía resonaba con claridad en la piedra húmeda, marcando un ritmo constante en la penumbra. Kaelthar caminaba a su lado, su respiración tranquila pero alerta. Veyne, aunque aún escéptico, la seguía sin hacer preguntas. Un olor salado comenzó a filtrarse entre las corrientes de aire. El mar.
—Está cerca —susurró Saria.
Veyne asintió en silencio, tensando la mandíbula. Sabía que, si el agua estaba cerca, entonces también podía significar un camino oculto… u otra trampa.
De repente, el pasillo se estrechó y desembocó en una gran cámara subterránea. Un lago oscuro se extendía ante ellos, sus aguas reflejando la tenue luz de la lámpara que Saria había sacado de su morral. Sobre la superficie, una corriente sutil formaba remolinos apenas perceptibles.
—Debe haber una salida bajo el agua —dijo Veyne en voz baja.
—Pero no sabemos qué tan profundo es… —murmuró Saria, observando la negrura líquida con una mezcla de esperanza y temor.— Si hay una corriente, entonces hay un túnel —razonó en voz alta—. Si nadamos con la corriente, tal vez nos lleve fuera.
—¿Tal vez? —Veyne cruzó los brazos—. No suena exactamente alentador.
—No tenemos otra opción. Si la Orden está afuera, esperándonos, no podemos usar la entrada principal.
—Muy bien —aceptó—. Pero iremos juntos.— Veyne suspiró, sabiendo que Saria tenía razón.
Kaelthar gruñó suavemente, avanzando con paso firme hasta el borde del agua. Sin dudarlo, se sumergió, su enorme cuerpo desapareciendo en las profundidades con un movimiento elegante. Apenas un segundo después, su cabeza emergió de nuevo, sus ojos centelleando con una clara determinación.
—Nos guiará —susurró Saria.
Veyne tragó saliva, observando el agua con nerviosismo.
—¿Seguro que esto es una buena idea?
—¿Tienes otra? —respondió ella, tomando aire profundamente antes de sumergirse.
Kaelthar nadó con facilidad, su cuerpo poderoso deslizándose a través de la corriente con la agilidad de una criatura nacida para el agua. Saria se aferró a su grueso pelaje, sintiendo cómo la bestia la impulsaba hacia adelante. Veyne, con un resoplido resignado, hizo lo mismo.
El agua estaba helada. La presión aumentaba a medida que descendían, y la oscuridad era casi total. Solo la tenue luz de la perla, brillando desde el cuello de Saria, les permitía distinguir las formas borrosas de las paredes de la cueva. La corriente los arrastraba con fuerza, y Saria tuvo que confiar completamente en Kaelthar para llevarlos en la dirección correcta. La bestia nadaba con seguridad, siguiendo un camino que solo él parecía comprender.
Los segundos parecieron eternos. El aire en sus pulmones comenzaba a agotarse. El instinto de pánico se aferró al pecho de Saria, pero se obligó a mantener la calma. Kaelthar seguía avanzando.
Entonces, de repente, la corriente cambió.Un tirón repentino los impulsó hacia arriba, y la oscuridad comenzó a desvanecerse. Un segundo después, emergieron con fuerza en una caverna abierta, donde el agua caía en suaves cascadas desde las rocas. La luz del exterior se filtraba desde una grieta en lo alto, iluminando el espacio con un brillo tenue.
Saria jadeó, respirando hondo mientras se sujetaba de Kaelthar. Veyne emergió a su lado, tosiendo y sacudiendo la cabeza.
—¡Por los mares, casi muero ahí abajo! —se quejó, pero había un rastro de alivio en su voz.
Kaelthar nadó con calma hasta una orilla rocosa y se sacudió con fuerza al salir del agua, empapando a ambos en el proceso.
Saria se dejó caer sobre la roca, sintiendo la calidez de la luz en su piel húmeda.
—Lo logramos… —susurró, aún recuperando el aliento.
El sonido del agua resonaba en la cueva, creando un eco suave y constante que envolvía el lugar con una sensación de tranquilidad inesperada. Saria y Veyne inspeccionaron cada rincón de la caverna, buscando cualquier señal de peligro, pero parecía segura. No había rastros de la Orden del Mar, ni signos de que alguien más hubiera estado allí recientemente.
Kaelthar, aún goteando, sacudió su espeso pelaje una vez más antes de tumbarse pesadamente sobre la roca más seca que encontró. Sus ojos seguían alerta, pero su postura era relajada. Estaba claro que no veía ninguna amenaza inminente.
Saria suspiró, dejándose caer sobre una piedra plana junto a Veyne. Su cuerpo dolía del esfuerzo, el frío seguía aferrado a su piel y sus pensamientos giraban en torno a todo lo que había ocurrido en las últimas horas.
—Podemos quedarnos aquí hasta que amanezca —dijo finalmente—. Si la Orden nos está buscando, probablemente piensen que nos ahogamos.
Veyne asintió, frotándose los brazos para entrar en calor.
—Si nos movemos ahora, podríamos dar con ellos sin querer. Mejor esperar.
Saria sacó de su bolsa un trozo de tela seca y comenzó a secar su cabello y parte de su ropa. Kaelthar alzó la cabeza y la observó fijamente, como si le pidiera confirmación de que realmente se detendrían allí.
—Está bien, amigo —le dijo, dándole unas palmaditas en el costado—. Descansa.
El protector dejó escapar un bufido grave antes de apoyar la cabeza sobre sus patas delanteras.
Veyne se acomodó cerca del fuego improvisado que lograron encender con las pocas cosas secas que quedaban en sus mochilas. El calor era débil, pero suficiente para disipar un poco la humedad de la cueva. El silencio se instaló entre ellos. Saria observó la luz parpadeante del fuego y, por un momento, sintió el peso de la perla en su pecho como si le recordara su misión.
—¿Crees que lo que dijo esa sombra era cierto? —preguntó en voz baja.
Veyne levantó la mirada, el reflejo del fuego bailando en sus ojos.
—No sé qué pensar —admitió.
Pero esa era una preocupación para el día siguiente. Esta noche estaban a salvo.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 9. Puntuación Omén: 1. Día favorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 12 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 8 |
| Fortaleza | 0 |
Cuánta información en un solo día. Y menos mal que la sombra la ha reconocido, porque era realmente temible.
Hasta luego, gente!
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