Vamos con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 17.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 6 |
| Fortaleza | 1 |
El desafío de las cartas

Los diamantes sugieren pueblos, ciudades.
Como el valor es 5, el desafío es medio.
Desarrollo
La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El descanso en la arboleda había sido necesario, pero el viaje debía continuar.
Saria se desperezó lentamente, sintiendo los músculos aún algo pesados por la caminata del día anterior. Puerto Garlond aún estaba lejos, y no podían permitirse más retrasos. Kaelthar observaba el horizonte con su habitual calma, como si estuviera atento a algo que ellos no podían ver, y Veyne ya estaba despierto, terminando de acomodar sus cosas cuando la vio levantarse.
—Buenos días, dormilona —dijo con una sonrisa burlona.
—¿Vas a empezar todas las mañanas llamándome así? —replicó Saria, poniendo los ojos en blanco mientras tomaba un poco de agua de su odre.
—No me culpes si siempre eres la última en despertar.— le respondió Veyne encogiéndose de hombros.
Saria resopló, pero no pudo evitar sonreír. Era agradable ver cómo, después de todo lo que habían pasado, las bromas comenzaban a fluir entre ellos de manera natural.
Sin más demoras, recogieron el campamento y reanudaron la marcha.
Vamos a hacer una tirada de vitalidad, a ver como se les da el viaje por el valle.
Tirada de dados: 3 y 3.
Éxito parcial.
El camino fue más difícil de lo que habían previsto, no por la dificultad de terreno en sí, sino porque apenas había lugares en los que quitarse de la vista con Kaelthar. Aunque también es cierto que no había rastro de caminos marcados ni señales claras de dirección, por lo que tampoco sabía si estaban en el paso de viajeros o no. La caminata se hizo monótona y agotadora.
Desde lo alto de una colina, Saria divisó un pequeño asentamiento en la lejanía.

— No es demasiado tarde. Podemos entrar a pregutar, a ver si estamos en el camino correcto. — sugirió Saria.
Saria y Veyne cruzaron el umbral de la aldea con cautela. A simple vista, el lugar no tenía nada de especial: casas de piedra, calles de tierra apisonada y aldeanos ocupados en sus tareas diarias. Mientras caminaban, se dieron cuenta de que apenas había niños en las calles. Las puertas de muchas casas estaban cerradas y la algarabía y ruido de un pueblo normal a esas horas de la mañana brillaba por su ausencia.
Se acercaron a un puesto de verduras donde una mujer de rostro arrugado organizaba sus productos con aire distraído.
—Buenos días —dijo Saria con voz relajada.
—¿Forasteros? —murmuró con tono neutro, sin lanzar apenas una mirada antes de seguir con su tarea.
Saria intercambió una mirada con Veyne antes de responder.
—Estamos de paso. Buscamos información.
—¿Qué clase de información?— la mujer no se detuvo en su tarea, aunque sus movimientos se hicieron más lentos.
Veyne habló en un tono casual.
—Sobre un hombre llamado Eryon Taldare. Un cartógrafo. Sabemos que pasó por esta región hace algunos años.
Esta vez, la mujer sí dejó de moverse. Por primera vez se paró a observarlos. Luego, con la misma rapidez, volvió a su faena como si no hubiese escuchado nada.
—Aquí no conocemos a nadie con ese nombre.
Saria frunció el ceño. Iba a insistirle a la mujer, porque estaba claro que mentía, pero antes de poder hacerlo, una voz interrumpió la conversación.
—Si sois listos, dejareis de hacer preguntas.
La voz provenía de un hombre de barba corta y ropas desgastadas que estaba apoyado en el umbral de una taberna cercana. Saria giró la cabeza lentamente.
—¿Quién eres tú para decirnos eso?
El hombre no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos y escupió al suelo antes de hablar.
—Todos los que preguntan por cosas viejas… desaparecen.
Veyne, con una calma estudiada, inclinó la cabeza.
—¿Qué quieres decir con eso?
El hombre los observó con una mirada dura.
—Dejad de hacer preguntas y salid del pueblo. Será lo mejor para todos.— el hombre frunció el ceño, pero no respondió. La vendedora del puesto carraspeó, nerviosa.—Forasteros —murmuró otra vez el hombre—. No se metan en lo que no les concierne.
—Solo estamos preguntando por alguien a quien conocemos, no estamos haciendo nada malo. No sé por qué nos tratáis de esa forma. No hemos amenazado a nadie ni somos peligrosos.
—Mira, chica…— comenzó a decir el hombre apretando la mandíbula.
Pero ella no le dejó continuar.
—Si alguien más ha pasado por aquí haciendo preguntas sobre el cartógrafo, si alguien más ha desaparecido después de hacerlas, lo desconocemos totalmente, ya que es la primera vez que posamos estas tierras.
Esta vez, la mujer del puesto de verduras reaccionó antes que el hombre. Alzó la vista con algo parecido a la resignación.
—Hace mucho tiempo —murmuró, como si las palabras pesaran—. Un viajero. Preguntó lo mismo que ustedes. Por mapas. Por caminos perdidos.
—¿Cómo era?— preguntó Veyne, acercándose a la señora.
—No lo recuerdo. Solo sé que estaba solo y que cuando fue a buscar algo que creía haber encontrado, no regresó. Sus cosas se quedaron durante algún tiempo en la posada, pero nunca volvió a recogerlas. Nunca.— la mujer negaba con pesadumbre con la cabeza.
—No sigan con esto. Si son listos, se irán antes de que anochezca.— resopló el hombre de la taberna.
Saria lo ignoró por completo.
—¿Dónde fue visto por última vez?
La mujer dudó. Luego, con un susurro apenas audible, respondió.
—En la posada del otro lado del pueblo.
Saria sintió que su corazón latía más rápido. La posada era el siguiente paso. Veyne la miró de reojo, comprendiendo la dirección de sus pensamientos.
—Espero que sepas lo que estás haciendo —murmuró.
—Nunca lo sé —admitió con media sonrisa.
Y con eso, se encaminó hacia la posada.

La posada del otro lado del pueblo no parecía diferente de las demás casas, salvo por un cartel de madera envejecida con el dibujo borroso de una jarra. Dentro, la atmósfera era espesa, cargada del humo de una chimenea y del murmullo apagado de los pocos clientes. Un hombre de barba rala y ojos hundidos limpiaba un vaso tras la barra, pero al verlos entrar, dejó el vaso a un lado y los observó con una ceja arqueada.
—No reciben muchos forasteros por aquí, ¿verdad? —comentó Veyne en voz baja.
El posadero carraspeó.
—Depende de quién pregunte y qué busque.
Saria se apoyó en la barra, sin apartar la mirada del hombre.
—Hace años, un viajero pasó por aquí. Preguntaba por rutas antiguas, por mapas. Su nombre era Eryon Taldare.
El posadero dejó el paño sobre la mesa.
—Nunca escuché ese nombre.— sus ojos se endurecieron.
Mentira. Lo vio en la forma en que desvió la mirada, en la tensión de su mandíbula. Saria suspiró y deslizó una moneda sobre la barra. El posadero la observó con escepticismo, pero no la tocó.
—No quiero tu dinero, viajera. Solo quiero que te largues.
Antes de que Saria pudiera insistir, una voz sonó desde una mesa cercana.
—Eryon…
Un anciano, con la piel curtida y la espalda encorvada, los observaba con curiosidad.
—Sí… recuerdo ese nombre.
El posadero lo fulminó con la mirada.
—Cállate, viejo.
Pero el anciano ignoró la advertencia.
—Se hospedó aquí —continuó—. Preguntó por rutas perdidas, por caminos que ya no aparecen en los mapas modernos.
—¿Qué más recuerdas?— le preguntó Saria acercándose a su mesa.
El anciano entrecerró los ojos.
—Dijo que había encontrado algo… una pista sobre la ciudad hundida.—El anciano suspiró y bajó la voz. —Pero al día siguiente salió en busca de algo, y nunca volvió… . Si buscan lo mismo que él… tengan cuidado.— dijo el anciano clavando la vista en los dos.
Saria asintió lentamente.
La taberna estaba en silencio ahora, salvo por el crepitar de la chimenea y la respiración tensa de Saria. El anciano había hablado de Eryon con un deje de temor, como si mencionar su destino pudiera atraer la misma desgracia sobre ellos.
Saria se sentó a la mesa del anciano y lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué más puedes decirnos? ¿Eryon dejó algo atrás?
El anciano tamborileó los dedos en la mesa, su mirada perdida en el fuego.
—Quizás… pero hay cosas que es mejor dejar enterradas.
— Por favor…
El anciano exhaló pesadamente y negó con la cabeza.
—Eryon mencionó un sitio… una cueva. Decía que allí encontraría la respuesta que buscaba. Pero nunca regresó.
El posadero golpeó la barra con la palma abierta.
—¡Basta! No los metas en esto.
Pero el anciano lo ignoró.
—La cueva está al oeste del pueblo, cerca del bosque.
Veyne frunció el ceño.
—¿Y qué tiene esa cueva?
—Eso nadie lo sabe… porque todo aquel que entra, no vuelve. — afirmó el anciano con solemnidad.
Saria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El anciano la miró fijamente.
—Si quieren respuestas, búsquenlas allí.
El posadero maldijo por lo bajo y salió de detrás de la barra.
—¡He tenido suficiente! Ustedes dos… lárguense de mi posada antes de que metan en más problemas.
Saria y Veyne intercambiaron una mirada.
Un murmullo inquietante se propagó por la taberna. El sonido de botas golpeando el suelo de piedra resonó desde el exterior. La puerta de la taberna se abrió de golpe. Un grupo de guardias del pueblo entró con paso firme, sus manos apoyadas en las empuñaduras de sus armas.
—Hemos escuchado suficiente —dijo el que iba al frente, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla. Su voz era grave y autoritaria—. Forasteros causando problemas, haciendo preguntas que no deberían.
Veyne se levantó inmediatamente de la mesa.
—No estamos causando problemas. Solo buscamos información.
El guardia escupió al suelo y entrecerró los ojos.
—No queremos extraños metiendo las narices donde no deben. Así que será mejor que recojan sus cosas y salgan de nuestro pueblo… ahora.
—Si fueran inteligentes, les harían caso. — corroboró el posadero con algo de aflicción en su tono.
Saria apretó los dientes. Discutir con ellos no serviría de anda, así es que alzó las manos en señal de paz mientras se levantaba lentamente de la mesa.
—Está bien, nos vamos.
Veyne dudó un instante, pero terminó asintiendo.
Ambos salieron de la taberna bajo la mirada vigilante de los guardias. En cuanto pusieron un pie fuera, el jefe de la guardia escupió una última advertencia:
—No queremos verlos aquí mañana. Si siguen metiéndose donde no deben, no seremos tan amables.
Saria y Veyne intercambiaron una mirada.
La cueva los esperaba.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 6. Puntuación Omén: 5. Día desfavorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 1 | Días favorables | 11 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 6 |
| Fortaleza | 1 |
Bueno, al menos hemos encontrado una cueva….
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Partida 1. Día 16. Un descanso necesario.
El alba llegó con un resplandor tenue filtrándose entre las hojas de los árboles. El aire aún guardaba la frescura…
Her Odyssey. Partida 1. Día 18. Miradas y secretos.
La mañana llegó envuelta en una brisa suave, cargada con el aroma de la hierba húmeda y la madera. Saria…