Vamos con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 16.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 1 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 1 | Días desfavorables | 5 |
| Fortaleza | 1 |
El desafío de las cartas

Los tréboles de hoy los voy a asociar a caminos, oportunidades inesperadas y obstáculos en la travesía.
Como el valor es 5, el desafío es medio – bajo.
Desarrollo
El alba llegó con un resplandor tenue filtrándose entre las hojas de los árboles. El aire aún guardaba la frescura de la noche y la humedad del rocío cubría la hierba con un brillo perlado. Saria despertó sintiendo el peso del cansancio en cada músculo, su cuerpo un mapa de fatiga acumulada. No había dormido bien. El enfrentamiento en el pueblo, la tensión de la huida y la emoción de cabalgar junto a su bestia la habían dejado en un estado de agotamiento absoluto.
Intentó incorporarse, pero el mero hecho de mover los brazos la hizo jadear. Veyne la observó desde el otro lado de la fogata, con la expresión seria.
—No puedes seguir así —dijo él, con una mezcla de preocupación y firmeza—. Si no descansas, no llegarás lejos.

Saria suspiró y se llevó una mano a la frente. Lo sabía. Pero no podían quedarse en un solo sitio por mucho tiempo. No después de lo que había pasado en el pueblo.
—Tenemos que avanzar —susurró, obligándose a ponerse de pie.
La bestia, que hasta ahora había permanecido en silencio, la miró con aquellos ojos insondables, como si midiera su estado.
Veyne chasqueó la lengua.
—Si vas a caer de cara al suelo en la mitad del camino, mejor dime ahora.
Saria le lanzó una mirada irónica, pero sabía que él tenía razón.
Hoy iba a ser un día difícil.
Voy a hacer una tirada de fortaleza para ver si Saria decide o no continuar la travesía a pesar del agotamiento.
Tirada de dados: 1.
Fracaso total.
La bestia se sentó con tranquilidad bajo un árbol cercano, como si entendiera la decisión antes de que siquiera fuera pronunciada.
—Nos quedaremos aquí por ahora —dijo Saria finalmente—. Tenemos comida, tenemos agua y el tiempo está a nuestro favor. Es mejor recuperar fuerzas antes de enfrentarnos a lo que nos espera en el camino.
Veyne la miró por un momento, evaluando sus palabras, y finalmente asintió.
—De acuerdo. Pero solo hasta que tu cuerpo deje de parecer el de un cadáver ambulante.
El sonido del viento meciendo las hojas, el aroma a hierba fresca y el crujido de las ramas bajo el peso de la bestia crearon un ambiente de calma que hacía tiempo no experimentaban. Por primera vez en muchos días, Saria sintió que podía relajarse.
El sueño la había tomado por sorpresa. No recordaba en qué momento exacto su cuerpo había cedido al sueño, pero cuando abrió los ojos, el sol había cambiado de posición en el cielo y una sensación de calma extraña la envolvía.
Por un instante, no supo dónde estaba. Luego, el murmullo del arroyo cercano y el sonido de hojas mecidas por el viento la ubicaron en la realidad.
Lo que no esperaba era la voz.
Saria se incorporó con lentitud, parpadeando para aclarar su mente, escuchando a alguien cantar.
La melodía era suave, con un tono melancólico y profundo, pero la voz era sorprendentemente afinada.
Veyne.
Curiosa, se levantó con sigilo y se deslizó entre los árboles, siguiendo el sonido hasta que la vista se le llenó con la imagen del arroyo.
Allí estaba él, sumergido hasta la cintura en las aguas cristalinas, con la cabeza inclinada hacia atrás mientras el agua le caía sobre el rostro. Cantaba sin preocuparse por ser escuchado, como si en ese momento el mundo no existiera más allá de aquel arroyo y su voz.
Saria se quedó quieta, en el anonimato de su escondite entre los árboles.
Por primera vez, lo miró realmente.
No era guapo de la manera en que lo había sido su antiguo amor en Azul Profundo, aquel rostro esculpido por la brisa marina y la luz de los amaneceres costeros. Pero Veyne tenía algo más.
Su piel, marcada por cicatrices que contaban historias que él nunca relataba. Su cabello, ahora suelto y cayendo sobre su espalda, más largo de lo que había imaginado. Sus ojos, llenos de un peso que no pertenecía a su edad.
Porque no era viejo. No podía serlo.

Si la cueva de la montaña alteraba el tiempo, entonces cuántos años realmente llevaba en este mundo…?
La idea la dejó helada por un momento.
Decidió no pensar en ello por ahora.
Regresó con pasos silenciosos al campamento, dejándolo con su canción y su baño, sin que él supiera que había tenido una espectadora en la orilla del arroyo.
Se sentó junto a la fogata apagada, esperando su regreso.
Kaelthar la observaba con ojos llenos de desaprobación.
Saria intentó ignorarlo, centrando su atención en la fogata, en sus propias manos, en cualquier cosa menos en el animal que parecía estar juzgándola con una mirada demasiado penetrante para su gusto.
No estaba pensando en nada inapropiado.
No estaba interesada en Veyne.
No estaba—
Bufó con frustración y levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué miras? —soltó, cruzando los brazos y enfrentando a la bestia con el ceño fruncido—. No he hecho nada malo.
Kaelthar inclinó la cabeza ligeramente, como si no creyera ni una palabra.
Antes de que Saria pudiera seguir discutiendo con una criatura que ni siquiera hablaba, el sonido de pasos entre la maleza la sacó de su dilema interno.
Veyne emergió del follaje, con el cabello aún goteando agua, la piel bronceada brillando bajo la luz del sol y una sonrisa relajada en el rostro. Sin camisa.
Saria parpadeó y sacudió la cabeza rápidamente.
No. No iba a pensar en eso.
No era bueno mezclar negocios con amor.
Se aclaró la garganta y desvió la mirada, centrándose en reacomodar los troncos de la fogata, aunque esta ya estuviera apagada. Se sentía ridícula, pero por alguna razón no podía mirarlo directamente sin que una molesta sensación de incomodidad la invadiera.
Afortunadamente, el hambre pronto se hizo presente y se concentraron en preparar el almuerzo. Cuando la comida estuvo lista, Saria decidió que era un buen momento para saber más sobre el hombre que la acompañaba.
—Veyne —comenzó, con la mirada fija en su plato—, dime algo… ¿de dónde eres?
Él alzó una ceja y se encogió de hombros.
—De ningún sitio en particular. Nací en una aldea pequeña cerca de un río. No tenía nombre, al menos no uno que recuerde.
Saria ladeó la cabeza con interés.
—¿Hace cuánto?
Veyne esbozó una sonrisa ambigua.
—Hace mucho. Más de lo que parece.
Esa respuesta no le agradó del todo, pero decidió no insistir.
—¿Y a qué te dedicabas antes de… todo esto?
Él tomó un pedazo de carne seca y lo masticó con calma antes de responder.
—A sobrevivir.
—Eso no es una profesión.
—Para algunos, lo es —dijo con una sonrisa ladeada—. No tuve una vida fácil. Cuando era niño, la aldea donde vivía fue atacada. Perdí a mi familia, y a partir de ahí aprendí a valerme por mí mismo.
Saria lo miró en silencio.
—¿Alguien te ayudó?
—Un viejo mercenario me encontró robando en su campamento. En vez de matarme, me enseñó cómo defenderme. Aprendí a pelear, a rastrear… y a mentir cuando era necesario.
Saria frunció el ceño.
—¿A mentir?
—En este mundo, la verdad no siempre es bienvenida. Aprender a disfrazarla puede salvarte la vida.
Saria suspiró.
—¿Y en todo ese tiempo… nunca dejaste a alguien atrás?
Veyne se quedó en silencio por un instante.
—Dejé a muchas personas atrás —respondió finalmente—. Algunas porque quise. Otras porque no tuve opción.
El tono en su voz la hizo entender que no debía insistir más.
Entonces, Veyne sonrió y le dirigió una mirada inquisitiva.
—¿Y tú? Me has preguntado mucho sobre mi pasado… ¿qué hay del tuyo?
Saria sostuvo su plato con ambas manos, sintiendo el calor de la comida aún tibia entre sus dedos.
—Vengo de un lugar costero. Azul Profundo —respondió con un tono neutro—. Crecí allí, conociendo el mar y su furia.
Veyne la observó con interés.
—¿Familia?
Saria esbozó una pequeña sonrisa, pero era una sonrisa de alguien que se negaba a profundizar en ciertos recuerdos.
—Algunas personas importantes, sí.
—¿Alguien esperándote?
—No —respondió rápidamente. Demasiado rápido.
Veyne la miró con sospecha, pero no insistió.
El silencio se alargó entre ellos, aunque no era incómodo. Solo cargado de cosas no dichas, de verdades a medias y recuerdos que aún dolían demasiado para ser compartidos.
Kaelthar los observaba en silencio, como si entendiera más de lo que cualquiera de ellos quería admitir.
El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosados que se reflejaban sobre las hojas de los árboles. La tarde avanzaba tranquila, envuelta en el sonido del viento meciendo las ramas y el murmullo del arroyo cercano.
Saria y Veyne habían pasado un buen rato bromeando sobre la «incursión legendaria» de Saria en el pueblo, dramatizando cada detalle para darle un aire de aventura épica.
—Imagínalo —decía Veyne, con una sonrisa burlona—. En cada taberna de la región se hablará de la misteriosa forastera que llegó al pueblo y domó a una bestia monstruosa con solo una mirada.
—Oh, por supuesto —respondió Saria, riendo mientras se cruzaba de brazos—. Ya me veo convertida en una fábula: La Señora de las Bestias, Emperatriz de las Sombras y el Terror.
—»Cuidado, aldeanos, no la hagáis enfadar, o su criatura vendrá a devoraros en la noche» —añadió Veyne con dramatismo, imitando la voz temerosa de un anciano.
Saria estalló en carcajadas, apoyándose en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
—Vaya reputación me estoy ganando —murmuró con ironía—. ¿Y tú? ¿Dónde quedas en esta historia?
Veyne adoptó una expresión pensativa.

—Supongo que seré el fiel acompañante, el cronista de las hazañas de la Señora de las Bestias…
—¿»Fiel acompañante»? —repitió Saria, arqueando una ceja—. No estoy segura de que ese papel te haga justicia.
Veyne sonrió con picardía, pero no respondió.
A medida que la tarde avanzaba y la luz dorada del sol se disipaba, Saria sintió que el cansancio volvía a reclamar su cuerpo. Se recostó cerca del fuego, con la brisa fresca acariciando su rostro.
Veyne, al notar su agotamiento, se levantó sin decir nada y comenzó a recoger algunas hojas y hierba seca de la zona. Cuando terminó, le preparó un lecho improvisado, lo suficientemente mullido como para que el frío del suelo no se filtrara a través de las mantas.
—Aquí, duerme tranquila —dijo en voz baja, ayudándola a acomodarse.
Saria apenas tuvo fuerzas para asentir. La calidez de la manta, combinada con la suavidad de su improvisado colchón, la envolvió en un sopor reconfortante.
Antes de que cerrara los ojos por completo, sintió un roce suave en su frente. Un beso ligero, apenas un susurro contra su piel.
—Buenas noches, Saria —murmuró Veyne.
Ella, entre la consciencia y el sueño, sonrió levemente.
Fue un día agradable. Un día en el que se sintió segura, en compañía. Querida.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 1. Puntuación Omén: 5. Día desfavorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 2 | Días desfavorables | 6 |
| Fortaleza | 1 |
No te líes, Saria, que nos conocemos…
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Partida 1. Día 15. Rindell.
El sol asomaba tímido tras las montañas cuando Saria abrió los ojos. La bruma matinal flotaba entre las rocas como…
Her Odyssey. Partida 1. Día 17. Caminos desconocidos.
La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El descanso en la arboleda había sido necesario, pero el viaje…