Vamos con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 15.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 1 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 0 | Días desfavorables | 4 |
| Fortaleza | 0 |
El desafío de las cartas

Los diamantes están relacionados con figuras influyentes en un pueblo o comunidad, rumores y conocimientos ocultos. Hoy, el enfoque estará en la llegada de Saria al pueblo, la búsqueda de provisiones y cualquier información que pueda obtener sobre el cartógrafo Eryon Taldare o Puerto Garlond.
Como el valor es 11, el desafío es importante.
Desarrollo
El sol asomaba tímido tras las montañas cuando Saria abrió los ojos. La bruma matinal flotaba entre las rocas como un velo espectral, disipándose lentamente con la calidez del amanecer. El aire era fresco y limpio, aún cargado con los aromas de la tierra húmeda y la hierba seca.
Se incorporó con cuidado, procurando no hacer ruido. Veyne aún dormía, su respiración tranquila pero profunda. Aún no se había recuperado del todo de la extenuante travesía por la montaña, y necesitaba descansar más.
Saria cogió su morral, asegurándose de que la perla seguía bien guardada, y echó un vistazo a su alrededor. La bestia estaba cerca, observándola con sus grandes ojos centelleantes, como si ya supiera que ella se disponía a marcharse.
Cuando dio el primer paso, la criatura se movió, siguiéndola con una determinación inquebrantable.
—No —susurró Saria, deteniéndose y volviéndose hacia ella.
La bestia ladeó la cabeza, expectante.
—Tienes que quedarte aquí —dijo con suavidad—. Debes proteger a Veyne mientras yo voy al pueblo.
La criatura parpadeó, aparentemente sin comprender. Dio otro paso hacia adelante, insistente.
Saria suspiró y se arrodilló frente a la bestia, colocando una mano sobre su oscuro y espeso pelaje.
—No tardaré. Volveré esta tarde con provisiones, pero necesito que te quedes aquí y lo vigiles.
La bestia permaneció inmóvil, pero su respiración se volvió más profunda. Por un momento, Saria pensó que no la obedecería, que seguiría sus pasos sin importar lo que dijera.
Pero, finalmente, la criatura inclinó la cabeza y retrocedió un paso, su postura relajándose.
—Bien —susurró Saria—. Confío en ti.
Le dedicó una última mirada a Veyne antes de girarse y encaminarse hacia el pueblo.
Saria caminó con paso firme entre las calles adoquinadas, dejando atrás la bruma matinal que aún abrazaba las faldas de la montaña. Frente a ella, el pueblo se alzaba más grande de lo que había imaginado, con sus casas de piedra y tejados de madera oscura entrelazándose en calles estrechas que serpenteaban hasta el centro.
El murmullo de la gente la guió como un río invisible, llevándola hacia una plaza central donde un mercado se desplegaba en toda su actividad matinal. Los puestos de madera estaban alineados en filas, exhibiendo frutas frescas, telas de colores apagados y utensilios de metal que reflejaban la escasa luz del sol naciente.
Aunque era temprano, la plaza ya estaba llena de personas yendo y viniendo, cargando cestas, conversando en voz baja, cerrando tratos con los mercaderes. La vida del pueblo latía en aquel lugar, marcado por el ruido de pasos apresurados y el golpeteo ocasional de martillos en la herrería cercana.
Saria avanzó con naturalidad, sumergiéndose en el mercado con la intención de conseguir lo que necesitaba. Pero algo en la atmósfera cambió en cuanto puso un pie entre los puestos.
A su paso, las conversaciones disminuyeron hasta volverse apenas murmullos. Los rostros de los aldeanos se giraban sutilmente hacia ella, observándola con una mezcla de recelo y temor contenido. Algunos se apartaban con disimulo, otros susurraban a sus compañeros antes de apartar la mirada, como si su presencia fuera una sombra incómoda entre ellos. Apretó los labios y continuó caminando, fingiendo que no había notado nada. Pero su mente no dejaba de preguntarse qué estaba ocurriendo. Esta gente no la conocía. Nunca antes había puesto un pie en este pueblo. Entonces, ¿por qué la miraban con miedo?
Decidió que lo mejor sería alejarse del mercado por un momento y buscar un lugar donde pudiera relajarse y observar la situación con más calma. Una taberna en la esquina de la plaza llamó su atención: una construcción de madera robusta con un letrero de metal balanceándose suavemente al compás del viento.
Saria se encaminó hacia la puerta y la empujó con decisión.
El interior estaba iluminado por la tenue luz de las lámparas de aceite, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. El aroma a madera vieja y a cerveza fermentada impregnaba el ambiente. Aunque no estaba lleno, varios aldeanos ocupaban mesas dispersas, inclinados sobre sus jarras, intercambiando palabras en voz baja.
En la barra, un hombre robusto, de rostro curtido y barba entrecana, limpiaba un vaso con un trapo que hacía tiempo había dejado de estar limpio. Sus movimientos eran metódicos, casi automáticos.
Saria se acercó con tranquilidad, apoyando las manos en la madera pulida del mostrador.
—Me gustaría algo caliente para beber —pidió con voz serena.
El tabernero levantó la mirada, fijando sus ojos oscuros en ella con una dureza que no dejaba lugar a dudas. Sus dedos se detuvieron en el cristal del vaso, y su voz, cuando habló, sonó firme y fría.
—Aquí no servimos a forasteros.
Las palabras fueron como una losa cayendo sobre ella. No hubo hostilidad en su tono, pero tampoco amabilidad. Solo una declaración tajante, carente de cualquier margen para la negociación.
Saria sostuvo su mirada durante un instante, pero no encontró desafío en aquellos ojos, solo una advertencia silenciosa. Sabía que insistir solo traería problemas, así que simplemente asintió, retrocedió sin decir nada y salió por donde había entrado. Al cruzar la puerta de nuevo, el murmullo de la plaza continuaba su curso, como si nada hubiera pasado.
Saria no tenía ánimos para seguir explorando aquel pueblo hostil. No después de las miradas desconfiadas y el recibimiento frío en la taberna. Decidió que lo mejor sería hacer sus compras rápidamente y salir de allí antes de que la situación se volviera más incómoda.
Se adentró de nuevo en el mercado, recorriendo los puestos con la mirada, eligiendo con rapidez lo que necesitaba. Compró un par de bolsas de carne seca y algunas botellas de bebida, suficientes para aguantar el camino a Puerto Garlond sin demasiadas complicaciones. Luego, seleccionó algunas verduras frescas para preparar un guiso más tarde.
En el último puesto que visitó, una anciana de rostro arrugado y ojos sagaces le entregó un pequeño saco de patatas mientras le dedicaba una mirada inquisitiva. La vendedora se tomó su tiempo para pesar la mercancía, y justo cuando Saria extendía las monedas para pagar, la mujer suspiró profundamente y murmuró:
—Son tiempos difíciles, muchacha. No es buen momento para andar por los caminos.
Saria, agotada, sintió una punzada de cansancio emocional. No tenía ganas de conversación, pero la manera en que la mujer la observaba la obligó a prestar atención.
—¿Por qué lo dice? —preguntó con cortesía, guardando las monedas en su bolsa.
La anciana bajó un poco la voz y miró a su alrededor, como si temiera que alguien más estuviera escuchando.
—Dicen que hay asesinos en los caminos. Gente peligrosa que ataca a los viajeros sin piedad… pero eso no es lo peor. —La mujer hizo una pausa, como saboreando el impacto de sus propias palabras antes de continuar—. También entran en los templos. Se dice que han matado y robado a monjes en sus propios santuarios.
Saria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ese rumor… ya lo había escuchado antes.
Las palabras de los aldeanos en el pueblo que visitó hace tiempo volvieron a su memoria con una nitidez escalofriante. No era solo una historia aislada. Era el mismo relato, la misma advertencia velada. Algo estaba ocurriendo en los caminos, algo que estaba esparciendo el miedo como la peste. Saria apretó los labios y tomó sus compras con un leve asentimiento.
Ahora entendía por qué la gente la miraba con tanta desconfianza.
No tenía ánimos para intentar desmentir los rumores ni para discutir con nadie. Sabía que la gente del pueblo ya había tomado su propia decisión sobre los forasteros, y cualquier intento de cambiar su percepción solo haría que la miraran con más recelo. Así que simplemente asintió con cortesía a la anciana, le dio las gracias y tomó sus provisiones con la intención de marcharse sin llamar más la atención.
Pero justo cuando se giraba para abandonar la plaza del mercado, una voz clara y firme resonó en el aire, atrayendo la atención de varios de los presentes:
—¡Esta gente no sabe lo que es la hospitalidad!
Saria se detuvo en seco.
El que había hablado era un joven de porte distinguido, con una confianza natural que resaltaba sobre la actitud reservada de los demás aldeanos. Sus ojos, de un azul penetrante, se posaron directamente sobre ella con una mezcla de simpatía y atrevimiento. Vestía ropas de viaje de buena calidad, pero sin ostentaciones, y su cabello castaño caía con descuido calculado sobre su frente.
—Me llamo Edric Vannor —se presentó con una sonrisa franca—. Sé bienvenida a nuestro pueblo, Rindell.
Saria lo miró con curiosidad, evaluándolo en silencio. No había detectado en su tono la frialdad o la cautela que sí había visto en los otros habitantes del pueblo.
—Soy Saria —respondió finalmente, con una leve inclinación de cabeza.
Edric le dedicó una sonrisa aún más amplia.
—Si te interesa, puedo llevarte a un lugar donde venden el mejor vino de todo el valle. Algo me dice que después de recorrer este mercado, te vendría bien un poco de hospitalidad de verdad.

Saria arqueó una ceja. El ofrecimiento le parecía inesperado, pero tras la hostilidad con la que había sido recibida en la taberna, un gesto de amabilidad no le venía mal. Además, si Edric era más abierto a conversar, quizás podría aprovechar la oportunidad para preguntarle sobre los rumores que habían puesto al pueblo en alerta. Así que asintió con una sonrisa ligera.
—Me encantaría.
Saria y Edric caminaron juntos fuera del bullicio del mercado, mientras él mantenía una conversación animada, aunque sin profundidad. Hablaba con entusiasmo sobre Rindell, su hogar, describiendo con orgullo su prosperidad reciente gracias a la fertilidad de las tierras y la abundancia de ganado.
—Es un buen pueblo para vivir —decía con naturalidad—. Todos nos conocemos, nos ayudamos cuando hace falta. No es una vida complicada. Yo mismo nací aquí y nunca he sentido la necesidad de ir a otra parte.
Saria lo escuchaba en silencio, observando cómo la calidez con la que hablaba de su hogar contrastaba con la fría hostilidad con la que la habían recibido.
Finalmente, Edric le devolvió la pregunta.
—¿Y tú? ¿De dónde vienes?
Saria mantuvo su expresión serena mientras respondía con un tono neutro:
—De un lugar costero… muy lejano.
El joven arqueó una ceja, claramente intrigado, pero no presionó. Sin embargo, antes de que pudiera continuar su charla, Saria vio la oportunidad de dirigir la conversación hacia donde realmente le interesaba.
—Escuché rumores extraños en el mercado —dijo, midiendo sus palabras con cuidado—. Parecían… inquietos. ¿Qué ha pasado exactamente?
Edric dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza con cierto desdén.
—Ah, eso… —dijo, con el tono de alguien que ya ha escuchado la historia demasiadas veces—. Hace poco pasaron por aquí unos jinetes. Se detuvieron en la taberna y contaron una historia que puso a todos nerviosos.
Saria se tensó.
—¿Qué historia?
Edric le lanzó una mirada fugaz antes de continuar.
—Dijeron que una joven vagabunda llegó a un monasterio y asesinó cruelmente a los monjes para robarles algo de gran valor que custodiaban. Según ellos, era peligrosa y podía estar en cualquier parte, así que advirtieron a los habitantes para que estuvieran atentos. Edric sonrió con ironía.
—Pero, vamos, ¿quién se cree esas cosas? —añadió con un encogimiento de hombros—. ¿Cómo podría una chica sola hacer algo así? Es un cuento para asustar a la gente.
Saria forzó una sonrisa, pero en su interior la inquietud crecía. Esos jinetes… la Orden del Mar debía estar detrás de esos rumores. Estaban extendiendo su historia antes de ella, sembrando miedo y sospecha para asegurarse de que nadie la ayudara. Si no tenía cuidado, pronto no habría ningún lugar seguro para ella.
Edric se movía con soltura, con una seguridad que parecía innata, una picardía encantadora y una confianza que rozaba la arrogancia. Había algo en su actitud, en la forma en que hablaba, que despertaba la curiosidad de Saria. Quizás era la manera despreocupada en la que desafiaba el ambiente hostil del pueblo, o tal vez la chispa de rebeldía en su mirada que la hacía sentir que, por primera vez en días, alguien no la veía como una amenaza.
Se dejó llevar por su presencia con una extraña sensación de comodidad. Sus palabras eran fluidas, su sonrisa casi lasciva, y casi sin darse cuenta, Saria se encontró de pie frente a la entrada de una casa. Edric se detuvo con un gesto casual y señaló la puerta.
—Aquí es —dijo con una sonrisa confiada—. Tienen el mejor vino del valle. Voy a entrar por una botella, así puedes probarlo y decidir si quieres más.
Antes de que Saria pudiera decir algo, él ya había desaparecido en el interior. Y entonces, de entre las sombras, una figura menuda emergió apresurada. Era una anciana de rostro curtido por el tiempo, con arrugas profundas enmarcando unos ojos pequeños pero agudos. Su postura encorvada no le restaba intensidad a su expresión urgente cuando tomó a Saria del brazo con firmeza.

—Escúchame bien, niña —susurró con una voz rasposa pero vehemente—. Ese muchacho no es lo que parece. Es un buscavidas, un miserable que solo piensa en su propio beneficio.
Saria frunció el ceño, desconcertada.
—¿Qué quiere decir?
La anciana echó un vistazo rápido a su alrededor antes de acercarse aún más, como si el mismo aire pudiera traicionarlas.
—Quiere venderte —dijo sin rodeos—. Quiere entregarte a los guardianes.
Un escalofrío recorrió la espalda de Saria.
—¿Los guardianes?
—Aún están en el pueblo —continuó la anciana con urgencia—. Han puesto precio a tu cabeza. Te buscan.
El corazón de Saria se aceleró.
—¿Cómo sabe que hablan de mí?
La anciana la miró con intensidad.
—Porque no tienes los ojos de una asesina —dijo con firmeza—. Porque he vivido lo suficiente para saber cuándo alguien es un peligro y cuándo alguien solo está huyendo.— El rostro de la mujer se torció con amargura antes de añadir en un tono aún más bajo —Esos malditos guardianes… hicieron cosas terribles cuando pasaron por aquí. Vejaron a mi nieta. Y ahora vienen con su falsa justicia, con sus mentiras, persiguiendo a los inocentes como si fueran criminales.
Saria sintió que su estómago se encogía.
—Tienes que irte —susurró la anciana—. Ahora. Antes de que sea tarde.
El sonido de la puerta al abrirse la hizo sobresaltarse.
Edric volvía.
El tiempo se acababa.
La anciana desapareció entre la multitud con la misma rapidez con la que había llegado, deslizándose entre los transeúntes con la naturalidad de alguien acostumbrado a moverse sin ser notado. A los ojos de los demás, parecía una más, una vieja campesina cualquiera que seguía con su día. Pero Saria sentía aún la presión de sus dedos en su brazo, la urgencia en su voz resonando en su mente.
Edric salía por la puerta con paso despreocupado, sosteniendo una botella en una mano y dos pequeños vasos en la otra. Sonreía con su encanto habitual, una expresión que antes había parecido traviesa y fascinante, pero que ahora, bajo la nueva luz de la advertencia de la anciana, le resultaba peligrosa.
No podía quedarse. No podía permitir que la engañara con palabras dulces y promesas vacías. Decidió creer a la anciana. Tomó una rápida bocanada de aire y, sin dudarlo más, giró sobre sus talones y se adentró en la multitud.
Cada paso era medido. No corrió. Sabía que si lo hacía, llamaría demasiado la atención. En su lugar, caminó con determinación, con el pulso acelerado y los sentidos alerta, buscando una salida del pueblo. Pero escapar no era tan fácil.
La plaza estaba abarrotada de gente, los puestos de mercado formando un laberinto de madera y tela. A su alrededor, las voces de los vendedores, el murmullo de los compradores y el sonido del metal contra la piedra de los herreros creaban un ruido constante que envolvía el pueblo como una manta de distracción.
Voy a usar la vitalidad que le queda a Saria para intentar escapar del pueblo.
Tirada de dados: 3.
Éxito parcial.
Desde la distancia, escuchó la voz de Edric elevándose sobre el bullicio.
—¡Saria!
Su cuerpo se tensó. No se detuvo. Siguió avanzando, apretando los dientes, sintiendo la tensión en sus músculos mientras se acercaba cada vez más a la salida del pueblo. Pero ahora, sabía que la habían visto.
Dejó atrás la multitud del mercado, adentrándose en calles más estrechas y solitarias a medida que avanzaba hacia las afueras del pueblo. La sensación de peligro la envolvía como una sombra pegajosa, un peso creciente en su pecho que le impedía respirar con normalidad.
Apretó los puños y apresuró el paso. Luego, impulsada por la urgencia, echó a correr.
Las casas a su alrededor eran simples estructuras de piedra y madera, algunas con huertos pequeños en la parte trasera, otras con puertas entreabiertas que dejaban escapar el aroma a pan recién horneado y leña ardiendo en las chimeneas. Pero Saria no prestaba atención a esos detalles; su mente estaba enfocada en una única idea: salir del pueblo.
Tomó una última esquina y frenó en seco. Edric la esperaba al final de la calle. Estaba apoyado contra una pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa torcida en los labios. Su mirada la recorrió con una mezcla de diversión y victoria, como un cazador que observa a su presa sabiendo que no tiene escapatoria.
Saria sintió una oleada de ira y frustración encenderse en su pecho.
—Lo sé todo —espetó, sin molestarse en ocultar su desprecio—. Sé que querías venderme a los guardianes.
Edric soltó una carcajada, una risa grave y burlona que resonó entre los muros de piedra.
—Vaya, vaya… —dijo con falsa sorpresa—. Tarde. La forastera es más lista de lo que pensaba. Pero qué pena, ¿no? Saberlo no cambiará lo que va a pasar.
Antes de que Saria pudiera reaccionar, él se movió con rapidez. Sintió el puño de Edric hundirse en su estómago con una fuerza brutal. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado, y su cuerpo se dobló sobre sí mismo. La punzada de dolor la paralizó momentáneamente, dejándola vulnerable.
Antes de que pudiera enderezarse, él la sujetó por la espalda, atrapándola con un agarre firme. Saria luchó por liberarse, pero su cuerpo aún estaba débil por el golpe. Sintió el aliento caliente de Edric contra su oído, su voz impregnada de un tono repugnante y burlón.
—No te preocupes, bonita. Pronto estarás en buenas manos…
Antes de que pudiera responder, escuchó pasos acercándose. Eran pasos pesados, resonando en la calle adoquinada con un ritmo casi ceremonioso. Saria alzó la vista con esfuerzo, y su sangre se heló. Apenas a unos metros, caminando entre las sombras de los edificios, los jinetes de la Orden del Mar se acercaban.
El sonido de las botas resonó contra el suelo adoquinado cuando los guardianes de la Orden del Mar se detuvieron frente a Edric. El líder del grupo, un hombre de rostro afilado y mirada gélida, cruzó los brazos sobre el pecho y observó a Saria con detenimiento, como si estuviera evaluando una mercancía defectuosa.
—Está desmejorada —comentó con desdén, sin molestarse en dirigirle la palabra directamente a ella.
Edric arrugó el ceño, su actitud relajada y engreída desmoronándose por un instante.
—Eso no era parte del trato —gruñó, mirando con desconfianza al hombre de la Orden.
—Nosotros fijamos el precio, Edric —respondió el guardián con una sonrisa cínica—. Y el precio ha cambiado.
Saria sintió la cólera bullendo dentro de su pecho, pero no dijo nada. Su mente estaba enfocada en otra cosa. En su bolsillo, la perla latía. Su vibración era un murmullo bajo, constante, como un tambor resonando en las profundidades del océano. No era un aviso de peligro. No era una llamada de advertencia. Era otra cosa… y ahora Saria sabía reconocerla.
Sin previo aviso, Saria comenzó a reir. No fue una risa histérica ni rota por la desesperación. Fue lenta, crepitante, como un fuego que se aviva con cada latido. Una carcajada creciente que hizo que los guardianes la miraran con una mezcla de confusión y burla.
—Parece que la presión ha sido demasiada para ella —se mofó uno de los guardianes, intercambiando una mirada con sus compañeros.
Edric, por su parte, se removió con incomodidad, observándola con una mezcla de recelo y molestia.
—¿De qué demonios te ríes?
Saria no respondió. Su risa se apagó en una sonrisa enigmática, pero la chispa de desafío en sus ojos habló por sí misma.
Entonces, el rugido resonó en el aire. Un estruendo, un sonido tan profundo y poderoso que la tierra tembló bajo sus pies. Las paredes de las casas crujieron y los vidrios vibraron en sus marcos.

Los guardianes enmudecieron.
Edric palideció al instante y soltó a Saria, retrocediendo sin pensar.
El estruendo reverberó una vez más, un aviso, una proclamación de que algo más grande que ellos se acercaba. Y, como si emergiera directamente de la bruma, la forma colosal de la bestia apareció detrás de los guardianes.
Los hombres de la Orden se giraron con brusquedad, llevándose las manos a sus armas, pegándose a los muros de los edificios como si eso pudiera protegerlos del monstruo que los observaba con ojos fríos y resplandecientes.
Saria, en cambio, se mantuvo serena. Con la misma tranquilidad con la que había comenzado a reír, avanzó lentamente hacia su guardián.
Y la bestia avanzó hacia ella.
El brillo del acero brilló en la calle cuando los guardianes desenfundaron sus espadas en un último intento desesperado por defenderse. Sus rostros estaban tensos, sus cuerpos rígidos por el instinto de lucha… pero la bestia no les prestó atención. Su mirada estaba enfocada en Saria, evaluándola, viendo si estaba bien, esperando su orden. Cuando Saria llegó hasta la bestia, tocó con cariño su hocico alzando la mano, como un gesto traquilizador. Entrecerró los ojos y dejó que el silencio se extendiera un instante más, hasta que el eco de la respiración gutural de la bestia fuera lo único que pudiera escucharse.
Entonces, con voz firme, sin necesidad de elevarla, les habló.
—Guardad las armas.— Los hombres titubearon. Uno de ellos, el que parecía estar al mando, apretó los dientes, con la mirada encendida de ira y humillación. —No quiero haceros daño —continuó Saria—, pero tampoco voy a permitir que sigáis persiguiéndome.
Se movió lentamente, su postura firme, dominante, con la seguridad de quien ya no teme a sus enemigos.
—No sigáis mis pasos. No esparzáis más rumores sobre mí. Y os dejaré vivir. — El líder de los guardianes se estremeció. Dudó por un instante, midiendo la situación, calibrando el peligro. —Y si no —añadió Saria, dando un paso adelante—, dejaré que mi guardián se alimente de vosotros.
No estaba segura de si la bestia lo haría o no. Pero el efecto de sus palabras fue inmediato. Los rostros de los guardianes palideciereon.
Uno de los guardianes tragó saliva y, en vez de envainar su espada, simplemente la dejó caer al suelo. El repiqueteo del metal contra la piedra resonó en toda la calle, amplificado por el eco del silencio opresivo que reinaba en el ambiente. Un segundo después, otro hombre hizo lo mismo. Luego otro.
Saria los observó un momento más, asegurándose de que su punto había quedado claro. Luego, lentamente, giró su mirada hacia Edric.
El buscavidas aún estaba allí, inmóvil, su postura erguida pero tensa, con una mezcla de rabia e incredulidad en el rostro. Saria avanzó hacia él con pasos pausados, sin apartar la mirada de la suya.
—Y en cuanto a ti…— Edric tragó saliva. —No quiero volver a verte. No quiero volver a escuchar que has timado a nadie, ni que has vendido a ningún inocente. Vas a encargarte de desmentir todos los rumores que tú y los tuyos habéis esparcido sobre mí.—El joven apretó los puños con fuerza, su mandíbula tensándose. Pero no dijo nada.—Como ves —prosiguió Saria—, aunque merezcas la muerte, no voy a matarte. Porque no soy una asesina.
Edric abrió la boca, quizás para defenderse, quizás para lanzar una última burla… pero no encontró palabras.
—Pero escúchame bien —continuó Saria, su voz helada como la brisa de la montaña—. Si no cambias tu forma de actuar, volveré.—Se inclinó ligeramente hacia él, sus ojos resplandeciendo con un desafío que le heló la sangre.—Y no tendré tanta piedad.
Por un instante, nadie se movió.
Luego, sin añadir nada más, Saria se giró y caminó hacia la bestia.
La criatura, sin necesidad de ninguna orden, se inclinó ante ella, ofreciéndole su lomo con una elegancia que contrastaba con su tamaño colosal. Saria montó con la misma naturalidad con la que lo haría sobre un caballo, sintiendo el calor de su guardián envolviéndola como un escudo vivo.
La bestia emitió un gruñido bajo, una última advertencia para todos los presentes.
Y entonces, sin más, se marchó.
Las sombras de la noche la envolvieron a lomos del monstruo, desapareciendo entre la neblina del camino que la llevaría de vuelta a la montaña.
El viento frío de la montaña golpeaba el rostro de Saria mientras se acercaba al campamento, pero ni siquiera lo sentía. Su corazón aún latía con fuerza, lleno de una euforia que pocas veces había experimentado. La adrenalina recorría su cuerpo como fuego líquido. Apenas podía contener la emoción cuando vio a Veyne sentado junto a la fogata, avivando las llamas con un trozo de leña seca.
—¡Veyne! —exclamó, desmontando ágilmente de su guardián antes de que este se detuviera del todo.
El hombre levantó la vista con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Saria —murmuró, poniéndose de pie de inmediato—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
Ella apenas esperó a que terminara la pregunta antes de lanzarse a relatar todo lo ocurrido en el pueblo. Sus palabras brotaban atropelladas, llenas de entusiasmo y fervor. Le contó cómo la habían mirado con desconfianza, cómo había descubierto los rumores esparcidos por los guardianes, cómo Edric había intentado traicionarla y, finalmente, cómo su guardián había aparecido en el momento exacto para salvarla.
Veyne la observaba con los ojos muy abiertos, dejando que las palabras de Saria lo envolvieran, tratando de procesar cada detalle.
—Así que… llegaste montada en él, dejando atrás un pueblo entero aterrorizado —murmuró, con un atisbo de incredulidad en su tono.
Saria sonrió, inclinándose ligeramente hacia adelante con una mirada traviesa.
—Más o menos.
Fue entonces cuando se giró hacia la criatura que, hasta ahora, había permanecido inmóvil junto a ella, observándolos con su paciencia inhumana. Su guardián. Su protector. El monstruo no parecía preocupado por su propio papel en la historia, simplemente estaba allí, sereno, como si nada de lo sucedido en el pueblo hubiese sido digno de mención. Y entonces, Saria se dio cuenta de algo.
—No tienes nombre —susurró, más para sí misma que para la bestia.
Veyne arqueó una ceja.
—¿Vas a ponerle un nombre como a una mascota?
Saria ignoró la pregunta. Una idea cruzó su mente con la velocidad de un relámpago. Un nombre que se sintió… correcto. Se giró hacia la criatura, que la observaba en silencio.
—Te llamaré Kaelthar —dijo finalmente, dejando que el nombre tomara forma en su boca con una certeza absoluta.
La bestia parpadeó lentamente, como si estuviera reflexionando sobre la palabra que acababa de escuchar. Luego inclinó ligeramente la cabeza en un gesto casi solemne, un reconocimiento mudo que a Saria le pareció un asentimiento.
—Kaelthar… —repitió Veyne en voz baja, probando el nombre—. Suena imponente.
—Lo es —dijo Saria, con una sonrisa satisfecha.
La tensión que había sostenido su cuerpo durante días comenzó a desvanecerse poco a poco. Estaban juntos, tenían provisiones y, por primera vez en mucho tiempo, un aliado poderoso.
Esa noche, junto a la fogata, cenaron un estofado de verduras caliente que Saria había traído del pueblo. No era un festín, pero era más de lo que habían tenido en mucho tiempo.
Cuando finalmente se acostaron, con el estómago lleno y el fuego aún crepitando débilmente, Saria sintió que, a pesar de todo lo que había pasado, estaba un poco más cerca de su destino.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 3. Puntuación Omén: 11. Día desfavorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 1 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 1 | Días desfavorables | 5 |
| Fortaleza | 1 |
¡Menudo pedazo de bestia que tiene Saria!
Hasta luego, gente!
Her Odyssey. Partida 1. Día 14. A través del valle.
El sol pálido asomaba entre las nubes dispersas cuando Saria, Veyne y la bestia emprendieron el descenso de la montaña….
Her Odyssey. Partida 1. Día 16. Un descanso necesario.
El alba llegó con un resplandor tenue filtrándose entre las hojas de los árboles. El aire aún guardaba la frescura…