Vamos con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 14.
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Estadísticas iniciales

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 2 | Días favorables | 9 |
| Rapidez | 0 | Días desfavorables | 4 |
| Fortaleza | 0 |
El desafío de las cartas

Los diamantes sugieren pueblos, así es que vamos a acercarnos a un pueblo esta jornada.
Como el valor es 4, el desafío es bajo..
Desarrollo
El sol pálido asomaba entre las nubes dispersas cuando Saria, Veyne y la bestia emprendieron el descenso de la montaña. A pesar de la mejoría en el clima, la humedad aún impregnaba la tierra y las rocas, volviendo el sendero resbaladizo y traicionero. El viento soplaba con menos intensidad que la noche anterior, pero aún conservaba el filo helado de la altura. La montaña despertaba lentamente, y la niebla comenzaba a disiparse en jirones pálidos que se aferraban a las laderas rocosas. Saria ajustó la correa de su morral mientras Veyne sacudía el letargo de su cuerpo y la bestia se incorporaba con un movimiento fluido, como si nunca hubiera dormido.
Puerto Garlond aún estaba lejos.
Si querían llegar hasta allí, necesitaban provisiones.
Saria sabía que moverse con rapidez significaba tomar riesgos, pero quedarse sin suministros era aún más peligroso. No podían depender solo de la caza o de las bayas del camino, no cuando el invierno se acercaba y los recursos escaseaban. Un pueblo cercano era su mejor opción antes de emprender el trayecto más arduo hasta el puerto.
El valle era la ruta más rápida.
También la más expuesta.
—Si la Orden nos está buscando, podríamos encontrarnos con problemas —comentó Veyne, poniéndose de pie con una mueca.
—Lo sé —admitió Saria—. Pero no tenemos elección. No podemos cruzar un desierto sin agua.
Veyne suspiró, mirando la inmensidad del valle que se extendía al pie de la montaña. Un camino abierto, sin demasiados lugares donde ocultarse. A lo lejos, se distinguían colinas suaves y campos que alguna vez fueron cultivados, ahora cubiertos por la hierba seca de la temporada. Más allá, en la distancia, pequeñas columnas de humo indicaban la presencia de aldeas dispersas.

—Nos seguirás, ¿verdad?— dijo Saria mirando a la bestia.
La criatura inclinó la cabeza en un gesto silencioso, sus ojos azules fijos en ella. La guardiana había hablado. Y la bestia obedecería.
El trayecto cuesta abajo fue más difícil de lo esperado. El camino era empinado, cubierto de musgo y pequeños fragmentos de piedra que se desprendían bajo sus pies. Saria avanzaba con pasos cuidadosos, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en sus piernas con cada paso descendente. Veyne, aún recuperándose, mantenía el ritmo con esfuerzo. La bestia caminaba silenciosa y vigilante, adelantándose a veces unos metros para observar el camino antes de volver junto a ellos. Saria no sabía si su comportamiento respondía a una simple naturaleza territorial o si realmente comprendía su deber de protegerlos.
—Podemos alcanzar el primer pueblo antes del anochecer si seguimos así —dijo Veyne tras varias horas de caminata.
Voy a hacer una tirada de vitalidad (que es la única estadística que nos queda con algo) para ver si conseguimos llegar al pueblo sin contratiempos.
Tirada de dados: 2 y 3.
Éxito parcial.
Saria asintió. Aún no sabían el nombre del pueblo, ni qué tipo de gente encontrarían allí, pero algo era seguro: necesitaban provisiones, descanso y, si tenían suerte, información sobre Eryon Taldare.
El sol había desaparecido tras el horizonte cuando finalmente alcanzaron el final del descenso. La caminata por la ladera había sido larga y agotadora, y ahora, bajo el cielo oscurecido, el pueblo más cercano brillaba en la distancia con destellos dorados, como un puñado de luciérnagas atrapadas en la niebla baja. Desde donde estaban, podían distinguir las formas borrosas de algunas casas y los pequeños senderos iluminados por faroles de aceite. No estaban tan lejos, pero tampoco lo suficientemente cerca como para continuar avanzando sin descanso. Y aunque el refugio de una posada caliente y un plato de comida los tentaba, la bestia no podía entrar al pueblo sin levantar sospechas.
Saria miró de reojo a la bestia. Su oscura silueta apenas se distinguía entre las sombras, pero los ojos azulados brillaban con una intensidad inquietante. Era imposible llevarla al pueblo sin que causara pánico.
Veyne tampoco se mostraba entusiasta con la idea de interactuar con desconocidos.
—Demasiadas preguntas —murmuró cuando Saria le lanzó una mirada inquisitiva.
No hacía falta que explicara más. Su estado no era el mejor y, después de todo lo que había ocurrido en los últimos días, el último lugar donde quería estar era en medio de una multitud desconocida.
La decisión era sencilla.
—Pasaremos la noche aquí —dijo Saria, dejando caer su morral en la hierba, en una pequeña arboleda en la ladera baja de la montaña.—. Mañana iré sola al pueblo y conseguiré lo que necesitamos.
Veyne asintió con alivio. La bestia, como si entendiera la conversación, se sentó en silencio a unos pasos de distancia, observando el paisaje con la misma paciencia de un guardián nocturno.
Eligieron un pequeño claro en las faldas de la montaña, lo suficientemente oculto como para evitar miradas indiscretas, pero con una vista clara del valle y las luces del pueblo. Saria encendió un pequeño fuego, asegurándose de que no llamara demasiado la atención.
El cansancio del día se hizo evidente cuando Veyne se dejó caer contra el tronco de un árbol, cerrando los ojos con un suspiro.
—No recordaba lo agotador que es caminar tanto… —gruñó.
—No recordabas muchas cosas —respondió Saria con una sonrisa cansada, mientras se frotaba las piernas doloridas.

Veyne soltó una risa seca.
—Supongo que tienes razón.
La bestia permanecía en la oscuridad, sus ojos fosforescentes visibles entre la maleza. No se había movido ni un solo centímetro desde que hicieron el campamento. Un guardián silencioso.
El crepitar de las llamas fue la única música que los acompañó en la primera parte de la noche. La luz danzaba sobre sus rostros cansados, proyectando sombras alargadas sobre el suelo.
—¿Crees que encontraremos algo en este pueblo? —preguntó Veyne después de un largo rato de silencio.
Saria contempló las llamas, su mente pesando las posibilidades.
—Al menos provisiones —respondió—. Pero si hay marineros o mercaderes, quizás también información sobre el cartógrafo.
Veyne pareció reflexionar sobre ello.
—Eryon Taldare… —murmuró—. Si realmente estuvo buscando la ciudad hundida, dejó un rastro en alguna parte.
—Esperemos que ese rastro aún no se haya borrado —dijo Saria en voz baja.
La noche cayó con rapidez, envolviéndolos en un manto de estrellas parpadeantes y una brisa fresca que descendía desde la montaña. El plan estaba claro: al amanecer, Saria iría al pueblo por provisiones mientras Veyne y la bestia la esperaban en las afueras.
El fuego del campamento crepitó suavemente, arrojando sombras largas en la hierba. Por primera vez en días, la noche transcurrió sin amenazas, sin visiones inquietantes, sin el peso de un destino incierto asfixiando su descanso.

Estadísticas finales
Tiradas de dados: 5. Puntuación Omén: 4. Día favorable.

| Estadísticas | Contadores | ||
|---|---|---|---|
| Vitalidad | 1 | Días favorables | 10 |
| Rapidez | 0 | Días desfavorables | 4 |
| Fortaleza | 0 |
Saria está exhausta, pero tiene que ir al pueblo por provisiones para el camino. Son demasiados para dejar esas cosas en manos del destino y Veyne está además, muy desmejorado por el tiempo que pasó en la cueva.
Hasta luego, gente!
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