Her Odyssey. Partida 1. Día 12. En la oscuridad.

Vamos con la crónica de la Partida 1 del juego Her Odyssey, día 12.

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Estadísticas iniciales

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad3Días favorables7
Rapidez2Días desfavorables4
Fortaleza3

El desafío de las cartas

7 de Picas

Como son picas, el desafio va a ser dudas, un abanico de dudas sobre la misión.

Como el valor es 7, el desafío es medio.

Desarrollo

Saria avanzó más profundamente en la cueva, sosteniendo firmemente la lámpara de aceite cuya débil luz proyectaba sombras inquietantes sobre las paredes esculpidas en roca. Sentía la humedad impregnando cada aliento, haciendo que respirar resultase más pesado. El eco lejano de sus pisadas se mezclaba con el latido tenue, pero constante, de la perla en su bolsillo, una presencia viva que aumentaba su inquietud tras las visiones recientes.

A medida que descendía, las inscripciones antiguas se desdibujaban, erosionadas por el tiempo y la humedad. Pero algunas aún se distinguían claramente: figuras humanas huyendo, mares turbulentos grabados con esmero, y en el centro un gran círculo, conteniendo algo que la erosión había borrado parcialmente.

El pasadizo pronto se dividió en dos caminos. A la derecha, la cueva descendía en una pendiente suave, donde la oscuridad era más espesa. A la izquierda, el camino parecía más estable, pero el aire olía a humedad estancada, como si nunca hubiera sido perturbado en siglos.

De pronto, un susurro rompió el silencio. No era el eco de su propia respiración ni el sonido de la roca crujiente bajo sus pies. Era algo más. Algo en la oscuridad.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Saria se tensó al instante. Alzó rápidamente la lámpara y escudriñó la oscuridad.

Tirada de dados

Saria agudizó sus sentidos y giró sobre sí misma con rapidez, sosteniendo la lámpara en alto.

Y entonces lo vio. Un reflejo en la pared de la cueva. No era el suyo. Alguien—o algo—estaba en el túnel con ella. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero en lugar de huir o esconderse, apretó los dientes y dio un paso al frente.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz firme, levantando la lámpara para iluminar mejor el túnel.

El reflejo en la pared se movió.

Su corazón martilleaba en su pecho. Y entonces lo vio con claridad.

Ambientación de la partida 1 del juego Her Odyssey

Allí, contra la pared, a pocos metros de ella, había una silueta apenas perceptible envuelta en sombras. Con cautela pero decisión, avanzó hasta reconocer una figura humana: un hombre demacrado y consumido, con la piel pálida y ojos hundidos en sombras profundas. Su ropa era harapienta, pero alguna vez debió pertenecer a un viajero o estudioso. Sus manos estaban cubiertas de polvo y sangre seca.

Lo más perturbador, sin embargo, eran sus ojos. No había vida en ellos, solo un vacío reflejando la luz de la lámpara de Saria.

—¿Sigues aquí…? —susurró la figura, su voz áspera y apagada.

Saria mantuvo la calma, pero su pulso se aceleró. El hombre no parecía agresivo… al menos no todavía.

—¿Quién eres? —dijo ella con cautela.

El hombre alzó la cabeza lentamente, como si responderle requiriera un esfuerzo descomunal. Sus labios se separaron, pero tardó en formar palabras.

—No… lo sé.

La respuesta la dejó helada.

Tirada de dados

Saria no se deja llevar por el miedo. Dio un paso más, asegurándose de no parecer amenazante.

—Debes recordar algo —insistió, su voz más suave, pero firme—. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

El hombre parpadeó lentamente, como si sus pensamientos estuvieran atrapados en una red de niebla espesa. Miró su propia mano con confusión, como si la viera por primera vez.

—… Buscaba respuestas.

—¿Sobre qué?

Él se quedó en silencio. Entonces, con un esfuerzo visible, levantó el brazo y señaló las inscripciones en la pared.

—Lo mismo que tú.

Un escalofrío recorrió a Saria.

—La perla… —murmuró ella.

Los ojos del hombre se enfocaron por primera vez en ella… o más bien en su bolsillo. En la perla.

Saria notó cómo los ojos del hombre se fijaban en su bolsillo, en el lugar exacto donde guardaba la perla. No le gustó la intensidad de su mirada. Debía actuar con cautela. Dio un paso atrás, manteniendo la lámpara en alto para no perder detalle de la expresión del hombre.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó con firmeza.

El hombre parpadeó varias veces, como si la pregunta lo desconcertara. Movió la boca, pero tardó en encontrar las palabras adecuadas.

—Porque no encontré la salida.

Un nuevo escalofrío recorrió la espalda de Saria. El tono en su voz no era el de alguien que había decidido quedarse. Era el de alguien atrapado.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

El hombre inclinó la cabeza, confundido. Luego, con un tono que parecía cargado de tristeza, susurró:

—No lo sé.

El silencio entre ambos se volvió pesado.

—¿Viniste buscando algo? —insistió Saria, con la esperanza de que pudiera darle alguna pista.

El hombre asintió lentamente. Su mirada volvió a posarse en los grabados de la pared.

—Buscaba… la verdad —su voz sonó frágil, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme—. Pero la verdad me encontró a mí.

Un trueno retumbó en la distancia. Saria no supo si era la tormenta allá afuera… o si el eco provenía de algún lugar más profundo en la cueva.

—¿Qué verdad encontraste?

El hombre volvió a mirarla. Sus ojos, vacíos y opacos, parecían reflejar el peso de algo terrible.

—Que la historia que nos contaron… no es toda la historia.

Saria sintió su estómago encogerse. Las mismas palabras que había escuchado en su visión con su padre.

—¿A qué te refieres?

El hombre respiró hondo. Su pecho subió y bajó con dificultad.

—Cuando llegué aquí… creía que sabía lo que la perla significaba. Que entendía lo que protegía. Pero… —su voz se quebró—. Me equivoqué.

Saria comenzó a sentir un nudo en la garganta.

—¿Qué viste?

Los ojos del hombre la miraron directamente, y por primera vez su expresión cambió. Ya no había solo confusión. Había miedo.

—Vi… el otro lado de la historia.

—¿Qué quieres decir?

El hombre tembló. Su cuerpo parecía tan débil que apenas podía mantenerse en pie. Abrió la boca, pero no pudo hablar.

Y entonces, Saria lo vio. Un pequeño hilo de sangre resbaló de su nariz. Los ojos del hombre se abrieron de golpe. Su cuerpo entero se arqueó como si una fuerza invisible lo estuviera comprimiendo. Algo estaba pasando. Algo lo estaba silenciando.

Saria actuó por instinto.

—¡Aguanta! —grita, avanzando rápidamente y sujetándolo antes de que colapse.

Su cuerpo es más ligero de lo que esperaba, casi como si llevara mucho tiempo sin comer. El hombre tiembla violentamente. Su respiración es superficial, sus labios se entreabren como si quisiera hablar… pero no puede. Algo está drenando su fuerza.

Saria lo sostiene con firmeza y, con un movimiento rápido, pasa uno de sus brazos por encima de sus hombros y empieza a arrastrarlo hacia la salida.

Tirada de dados

Saria avanza con rapidez. Sus botas resbalan sobre el suelo húmedo de la cueva, pero no detiene su paso. El peso del hombre no la frena, más bien porque es casi inexistente.

Cada vez que da un paso, siente que algo invisible la retiene. Una presión en el aire, como si la cueva misma no quisiera que se llevara a su huésped. Pero Saria no se deja intimidar.

El hombre sigue temblando entre sus brazos. Su cabeza cae contra su hombro, y por un momento, Saria teme que ya sea tarde.

—¡No te atrevas a rendirte ahora! —gruñe, sujetándolo con más fuerza.

Y entonces, ve la luz. La entrada de la cueva aparece frente a ella, aún envuelta en la tormenta, pero iluminada por un resplandor grisáceo.

¡Un último esfuerzo!

Saria aprieta los dientes y da un paso final, cruzando el umbral de la cueva. El aire cambia al instante. La presión en su pecho desaparece. La extraña sensación de estar atrapada dentro de la montaña se disuelve. Y el cuerpo del hombre deja de temblar.

Saria cae de rodillas sobre la roca mojada del exterior, jadeando, con el hombre desplomado a su lado. Durante unos segundos, el único sonido es el de la lluvia golpeando la piedra.

Y entonces, el hombre gime débilmente. Saria gira hacia él con el corazón acelerado. Su piel sigue pálida, su cuerpo sigue débil… pero respira.

Lo logró. Saria respira hondo. Aún siente la tensión en su cuerpo, la adrenalina corriendo por sus venas. Pero lo ha logrado.

El hombre sigue inconsciente durante varios minutos. Su rostro es un reflejo de agotamiento absoluto. Entonces, se mueve. Saria lo ve fruncir el ceño. Sus párpados tiemblan antes de entreabrirse lentamente. Parpadea varias veces, como si su mente tardara en ubicarse. Luego, fija la mirada en el cielo nublado sobre ellos… y su rostro cambia.

—Estoy… —su voz es áspera, apenas un susurro.

El hombre pestañea. Sus ojos se posan en Saria, reconociéndola.

—¿Me… sacaste?

Saria asiente con calma.

El hombre cierra los ojos un instante y respira hondo. Su cuerpo tiembla ligeramente, como si todavía no pudiera creérselo. Y entonces, una lágrima solitaria rueda por su mejilla. Está conmocionado. Después de unos segundos, vuelve a abrir los ojos y la mira directamente.

—Gracias —murmura, su voz temblorosa pero llena de una gratitud sincera.

Saria lo observa con seriedad. No responde de inmediato. Finalmente, su voz es suave pero firme.

—Dime quién eres.

El hombre suspira. Se endereza un poco, apoyándose con dificultad en una de las rocas cercanas. Parece pensativo, como si intentara recordar algo que lleva demasiado tiempo olvidado. Y entonces, con un susurro apenas audible, dice su nombre.

—Me llamo Veyne.

A Saria el nombre del hombre—Veyne—le resulta completamente desconocido. No lo ha escuchado antes, pero eso no significa que no sea importante.

Lo observa con atención. Sigue débil, pero poco a poco recupera algo de color en la piel. Aún tiembla por el frío y el agotamiento.

—Veyne… —su voz es calmada—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí dentro?

Él parpadea, confundido. Sus ojos vagan por la tormenta, por la roca mojada del suelo… como si la pregunta lo desorientara más que cualquier otra cosa.

—Yo… —su voz se apaga.

Saria ve cómo sus labios se mueven, como si buscara una respuesta en su memoria.

—No lo sé —susurra.

—Inténtalo.

El hombre aprieta los ojos con fuerza, intentando concentrarse.

—Entré en la cueva… buscando respuestas —dice con esfuerzo—. Vi los grabados en la piedra. Traté de entenderlos.

Hace una pausa. Su ceño se frunce. Algo en su propia historia no encaja para él.

—Pero no recuerdo… —se lleva una mano a la cabeza, como si le doliera—. No recuerdo salir.

—¿Recuerdas el día en que entraste?

Veyne niega lentamente.

—Los primeros días, lo contaba —dice con un susurro—. Intentaba no perder la noción del tiempo. Pero luego…—su mirada se oscurece.—No sé cuántos días pasaron. Meses.

Y luego, con un tono que hace que Saria se estremezca, susurra:

—No sé cuántos años.

Saria observa a Veyne con seriedad. Si él había entrado buscando respuestas, tal vez ella también estaba en peligro de haber quedado atrapada de no haber salido a tiempo.

—Dijiste que entraste a la cueva buscando respuestas. —Saria lo observa fijamente—. ¿Qué viste en los grabados?

Veyne parpadea lentamente. Algo en su expresión cambia. Sus ojos vagan por el suelo mojado, la lluvia, el horizonte lejano… como si tratara de sujetar un hilo de pensamiento que se le escapa.

—Los grabados… —susurra.—Las inscripciones hablaban de Azul Profundo… —murmura, con esfuerzo—. De lo que la gente olvidó.

—¿Qué olvidó la gente? — pregunta Saria inclinándose hacia él.

Veyne cierra los ojos, con el ceño fruncido. Su memoria parece llena de vacíos. Pero entonces… algo regresa.

—La perla… no era solo un sello.— aprieta los dientes, como si su cabeza doliera con cada palabra.—Los que huyeron del horror no solo querían protegerse… —su voz tiembla—. Querían olvidarlo.

—¿Qué querían olvidar?

Veyne abre la boca… pero se detiene. Su rostro palidece y sus s pupilas se dilatan, como si hubiera recordado algo que nodebia, como si pudiera rompero. Algo dentro de el lucha contra sus propias palabras. Su respiración se ha vuelto errática, su piel palida y su mirada perdida. Está al borde del colapso, así es que decide no presionarlo más.

Saria apoya una mano en su hombro y aprieta con firmeza, pero con dulzura.

—Veyne.— no reacciona —Respira —insiste Saria, con voz calma, aunque dentro de ella el miedo sigue creciendo—. Estás a salvo ahora.

Veyne cierra los ojos con fuerza, intentando seguir su orden. Inhala. Su pecho sube con dificultad. Exhala. Su cuerpo tiembla menos.Tras unos segundos, abre los ojos nuevamente. Su mirada está más clara, pero también llena de algo más… miedo.

—Gracias… —murmura con voz áspera.

—No tienes que agradecerme —dice Saria asintiendo—. Pero sí necesito que me digas la verdad.

Veyne aprieta los labios, y Saria ve en su rostro el conflicto. Hay algo que aún no está listo para decir. Algo que teme.

Él traga saliva y la mira directamente a los ojos.

—La perla… no solo encierra algo.

El corazón de Saria late con fuerza.

—Entonces, ¿qué más hace?

Veyne se queda en silencio un momento. Cuando habla, su voz es un susurro casi inaudible.

—Nos hace olvidar.

—¿Olvidar qué?

—Todo. A lo que realmente tememos. A lo que encerramos.

Saria se queda sin palabras. Siente que su propia mente se sacude.

Si la perla borra la verdad, si lo que encierra fue deliberadamente olvidado… ¿Cómo podría saber jamás si lo que busca es el camino correcto? ¿Y si ha olvidado algo que no debería haber olvidado? Si la perla puede hacer olvidar… entonces Veyne podría perder este recuerdo en cualquier momento. Debe obtener toda la información posible antes de que se desvanezca. Se inclina hacia él, con la urgencia reflejada en su mirada.

—Dime todo lo que puedas recordar —su voz es firme, pero no brusca—. Antes de que sea tarde.

Veyne la mira con sorpresa, pero asiente. Cierra los ojos por un momento, respirando profundamente, intentando unir los fragmentos de su memoria antes de que desaparezcan totalmente en la niebla del olvido. Cuando abre los ojos uevamente, comienza su historia.

—Hubo una guerra —susurra—. Pero no como las que conocemos.—Veyne traga saliva, luchando contra sus propios pensamientos.—Antes de que Azul Profundo fuera fundada… nuestros ancestros no huyeron solo por seguridad. No fue solo el océano lo que nos llamó. Huimos… —su voz se corta un momento—. Porque la tierra ya no nos pertenecía.

Saria bucea entre sus recuerdos sobre la historia de Azul Profundo. Es cierto que las historias cuentan que nació como un refugio, eso es cierto, pero nunca explican de qué se refugiaban… Veyne continúa con esfuerzo.

—El sello… —se lleva una mano a la cabeza—. No era un castigo. — Su mirada se clava en Saria. —Era nuestra única opción.

—¿Contra qué?

Veyne la mira, y su rostro se llena de angustia.

—No… no lo sé —su voz es apenas un susurro—. No puedo recordarlo.

El horror que refleja su expresión es real. Quiere recordar. Quiere ayudar. Pero algo en su mente se lo impide.

—Veyne —su tono es serio, pero no exigente—. La perla no es solo un sello, ¿verdad?

Él parpadea.

—No —susurra—. Es la llave.

—Entonces dime… ¿es la única?

Veyne se congela. Sus pupilas se dilatan por un momento.

—No lo sé… —su voz es entrecortada, como si estuviera al borde de algo importante—. Pero…— Veyne respira profundamente. —Hubo otro objeto.— Saria se inclina hacia él, expectante. —Algo que no sellaba… sino que revelaba.

—¿Qué era?

Veyne niega con la cabeza.

—No lo sé… —su voz es un hilo—. Pero lo buscaron.

Saria no deja de darle vueltas a lo que acaba de escuchar. Hay un objeto que puede restaurar los recuerdos. Quizás si encontrase ese objeto… Tiene la sensación de que tiene todas las piezas del puzle, pero no logra encjarlas. Hay un objeto que no sella, sino que revela… Entonces se le ocurre algo.. ¿Podría ser el Artefacto de las Mareas?

—¿Recuerdas el Artefacto de las Mareas?

Veyne reacciona con recelo. Su espalda se tensa. Sus pupilas se dilatan. No responde de inmediato. Finalmente murmura, con voz áspera:

—Ese nombre…

Saria se inclina más cerca.

—¿Qué recuerdas?— le pregunta Saria inclinándose hacia él.

Veyne aprieta los labios.

—No… no lo sé. Pero lo he escuchado antes.

—¿Dónde?

Veyne sacude la cabeza, como si su propia mente le doliera.

—No lo sé.

—Veyne. —Su voz es más suave ahora—. ¿Crees que el Artefacto de las Mareas y la perla están relacionados?

Veyne se queda en silencio. Pensando. Recordando. Finalmente, responde con voz baja.

—Sí. Lo están.— Tras un momento de silencio, continúa. —El Artefacto de las Mareas… no es solo una leyenda.

—¿Qué es?

—No lo sé exactamente — dice con el ceño fruncido —. Pero… era parte del sello.

—Veyne. — dice inclinándose aún más hacia él, con voz baja, controlada, pero urgente—. ¿Sabes dónde está el Artefacto de las Mareas?

—No lo sé —susurra.

Saria lo mira, pero él rehuye su mirada. Saria no se lo cree del todo. Hay algo en la forma en que lo dice… es miedo. Tal vez Veyne no sabe exactamente dónde está el artefacto… Pero sabe algo sobre su paradero. Algo que teme decir.

Lo observa con detenimiento. Él sabe algo más. Pero no puede forzarlo ahora. Está agotado. Su mente ha luchado contra el olvido, contra el miedo… Si lo sigue presionando en este estado, puede perderlo todo. Y Saria necesita respuestas. Debe quedarse con él, y él con ella.

Se gira y observa el cielo. Las nubes oscuras comienzan a disiparse, dejando ver las estrellas y la pálida luna que brilla sobre la montaña. La lluvia ha cesado, aunque el frio sigue presente. Es hora de establecer un campamento … y asegurarse de que Veyne no se escape.

No quiere atarlo, ni amenazarlo. No quiere convertir esto en una confrontación. Si Veyne siente que quedarse es lo más lógico, entonces lo hará por su cuenta.

Observa el cielo despejado y luego mira la cueva.

—Pasaremos la noche aquí.

Veyne parpadea, como si apenas estuviera procesando sus palabras.

—¿Aquí…?

Saria asiente.

—Es mejor que seguir vagando en la oscuridad. —Se encoge de hombros—. Además, aún no me has dicho todo lo que sabes.

Veyne la observa, pero no se inmuta.

—¿Y si no quiero quedarme? —murmura.

Saria no cambia su expresión.

—Haz lo que quieras. —Se sienta sobre una roca cerca de la cueva y empieza a sacar algunas cosas de su morral—. Pero si sales ahora, sin descanso, sin provisiones, y sin saber a dónde ir… acabarás muerto.

Saria no lo presiona, no lo obliga. Simplemente deja que la realidad hable por sí misma.

Finalmente, Veyne suelta un suspiro pesado.

—Supongo que un poco de descanso no me matará… —Se deja caer junto a la entrada de la cueva, con las piernas estiradas y los brazos cruzados.

Saria asiente con calma. No discute más. Simplemente sigue con su trabajo. Saca una pequeña fogata portátil, la enciende y prepara algo caliente para ambos. Veyne la observa de reojo, pero no habla. Cuando el olor de la comida llena el aire frío, él parece más relajado.

No confían el uno en el otro todavía. Pero por esta noche, al menos, compartirán el mismo refugio. Saria no baja la guardia. No está completamente segura de Veyne. No sabe si alguien más podría estar siguiéndolos.

Por ahora… todo parece en calma. Pero ha aprendido a no confiar en las noches demasiado tranquilas. Se mantiene atenta.

Veyne parece dormido, aunque su respiración es irregular. Quizá sus propios recuerdos lo inquietan incluso en sueños.

Saria se recuesta contra una roca, sin cerrar completamente los ojos. Solo descansará un poco. Solo lo suficiente para no estar indefensa si algo sucede. Y con la última brasa de la fogata brillando, su mente finalmente se deja llevar por la niebla del sueño.

El fuego se reduce a brasas.

El viento sigue soplando entre las montañas.

Y en la fría penumbra de la noche, el destino de la perla sigue siendo un misterio.

Estadísticas finales

Tiradas de dados: 34. Puntuación Omén: 7. Día favorable.

Partida 1 al juego Her Odyssey. Saria.
EstadísticasContadores
Vitalidad2Días favorables8
Rapidez1Días desfavorables4
Fortaleza2

¡Qué pedazo de dia! ¡Qué me está gustando todo esto!

Hasta luego, gente!

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