¡Hola, gente! Ya he jugado mi primera partida a El Guardían del Claro y os la voy a poner por aquí. Como he jugado unas 15 rondas, las voy a ir dividiendo en los tres momentos del día: mañana, mediodía y tarde, porque sino puede hacerse demasiado largo. Vamos con la tarde.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va, o aquí para ver la entrada del juego en itch.io.
¡Allá vamos!
Los pequeños díscolos


Evento del día (d20 → 5). Un cuidador de árboles angustiado ha perdido a su pequeño grupo de retoños.
Atributo: Carisma.
Dificultad: 8
Resolución: Tirada: 2d6 + Carisma (+2).
Resultado: 6 + 2 = 8 → 8 + 2 = 10
Resultado final: Éxtio.
Consecuencia: Paz en el claro +1
Lo encontré antes de que me encontrara él. Su voz viajaba por el claro, demasiado alta, demasiado estridente. Las palabras no seguían un hilo; salían a trompicones, interrumpidas por silencios bruscos y respiraciones agitadas. Era el sonido de alguien que había perdido algo y todavía no sabía cómo aceptar que pudiera no volver.
Me detuve para escucharlo mejor.
— No… no pueden haber desaparecido… — decía —. Estaban justo ahí…
Era un cuidador de árboles, de los que no pertenecen del todo al bosque pero lo entienden mejor que la mayoría. Su ropa estaba manchada de tierra fresca, y llevaba las manos llenas de marcas de savia reciente que aún no se había secado. Caminaba en círculos, mirando el suelo, los arbustos, los troncos jóvenes, como si cada uno pudiera devolverle lo que había perdido.
Me acerqué despacio.
— Respira — dije con suavidad, dejando que el claro sostuviera la palabra —. El bosque no se los traga. Siempre hay un rastro.
Se giró sobresaltado. Sus ojos estaban enrojecidos, no solo por el llanto, sino por el esfuerzo constante de no rendirse. Me miró como si no supiera si debía aferrarse a mí o salir corriendo.
— Eran cinco — dijo —. Cinco retoños. Los dejé un momento para ir a por agua… ¡solo un momento!
No respondió a mis gestos calmados. Necesitaba tiempo. Me senté sobre una raíz cercana, bajando mi altura. El claro se adaptó al gesto, amortiguando el aire, bajando la presión invisible que a veces se acumula cuando alguien entra en pánico.
— Los retoños se mueven más de lo que crees — continué —. No con ganas de huída, sino por curiosidad.
Parpadeó.
— ¿Se… se mueven solos?
Asentí. Aquello pareció dejarlo totalmente descolocado, con los ojos muy abiertos y sin saber qué decir. Le pedí que me mostrara el lugar donde los había dejado. Caminó delante de mí, más despacio ahora, con pasos torpes.
Entonces, algo más allá del camino, los vi. Cinco retoños jóvenes, agrupados cerca de un arroyo estrecho, inclinados hacia la luz que se filtraba entre las ramas. Sus raíces estaban apenas ancladas. No se habían perdido, habían salido a ivestigar el sonido del agua.
Cuando le pedí que observase con atención la orilla del arroyo, el cuidador cayó de rodillas. No lloró. No gritó. Simplemente apoyó la frente contra la tierra y dejó escapar un suspiro largo, quebrado, como si todo el aire retenido desde hacía horas por fin encontrara salida.
— Pensé… —murmuró—. Pensé que los habían robado.
Me acerqué y me arrodillé a su lado.
— No — respondí —. Solo salieron a explorar, y parece que han encontrado un nuevo sito en el que vivir.
Se acercó a ellos con suavidad, y se quedó allí un buen rato, hablando en voz baja a los retoños, prometiéndoles cuidados, contándoles historias que solo quienes plantan árboles conocen. Yo observé en silencio, asegurándome de que el momento no se volviera demasiado intenso, de que la emoción no rompiera el equilibrio del claro. Cuando finalmente se levantó, lo hizo con los ojos aún húmedos, pero la postura más firme.
— Gracias — dijo —. No sabía que necesitaba que alguien me explicara esto.
Asentí.
Se marchó con cuidado, llevando consigo herramientas, agua y una comprensión nueva. Los retoños permanecieron donde estaban, tranquilos, aceptados por el lugar.
Al regresar al corazón del claro, comprobé a mi mentor. Seguía dormido, quizás incluso, más profundamente que antes.
Lecciones de vida


Evento del día (d20 → 17). Un lirón anciano te visita y te cuenta una historia.
Consecuencia: Carisma + 1 .
Dificultad: No tiene prueba de dificultad.
Resultado: Mossling tiene ahora un +3 en carisma.
El lirón llegó sin aviso.
No lo vi aparecer. Simplemente estaba allí, sentado sobre una raíz ancha cerca del corazón del claro, con la cola cuidadosamente enrollada alrededor del cuerpo y los ojos entrecerrados, como si llevara horas observando antes de decidirse a hablar. Su pelaje era gris y ralo, salpicado de semillas secas y restos de hojas viejas. Cada movimiento suyo era deliberado, medido. Cuando respiraba, lo hacía profundo, y ese simple acto parecía marcar el ritmo del lugar.
Me acerqué con respeto.
— Llegas tarde — dijo sin abrir del todo los ojos —. O temprano. Depende de cómo se mire.
No respondí. Me senté frente a él. El claro reconoció la escena y se acomodó. Los sonidos se amortiguaron un poco más, y el aire adquirió esa densidad suave que solo aparece cuando algo importante va a ser dicho, aunque todavía no sepamos qué.
— He oído que el día ha sido largo — continuó —. Siempre lo es, cuando uno cuida del bienestar de los otros.
Abrió los ojos entonces, y en ellos había algo que no pertenece al presente. No magia brillante ni poder antiguo, sino tiempo acumulado, capas y capas de experiencias superpuestas, ninguna completamente olvidada.
— ¿Sabes por qué los lirones dormimos tanto? — preguntó.
Negué despacio.
— Porque soñar es otra forma de vigilar — respondió —. Mientras dormimos, recordamos. Y mientras recordamos, el mundo sigue siendo él mismo.
Se inclinó un poco hacia delante, apoyando las patas sobre la raíz.
— Déjame contarte algo — dijo —. Para que no lo olvides cuando ya no esté.
La historia no empezó con héroes. Empezó con un claro más pequeño que este, hace mucho tiempo, cuando los guardianes todavía se equivocaban más de lo que acertaban. Un espíritu joven, no tan distinto a mí, había intentado protegerlo todo a la vez. Cada ruido, conflicto y criatura perdida.
— Creía que si se movía lo bastante rápido, nada se descolocaría — dijo el lirón —. Pero el mundo no funciona así.
En la historia, el espíritu terminó exhausto. Cometió errores. Despertó a quien no debía despertar. Y cuando creyó haberlo arruinado todo, cuando se dio por vencido y dejó de intervenir en cada pequeño acontecimiento que sucedía, fue el propio claro el que respondió. Las plantas volvieron a crecer, los animales regresaron y el lugar sobrevivió.
— Ese fue el día que aprendió — añadió — que proteger no es impedir que las cosas cambien, sino asegurarse de que puedan volver a su sitio si el cambio no es positivo.
Guardó silencio, invitando a que las palabras encontraran su lugar dentro de mí. Sentí el cansancio del día asentarse mejor, como si la historia hubiera redistribuido el peso que llevaba encima.
— Tu mentor sabe esto — dijo al fin —. Por eso duerme, y por eso te ha hecho responsable de lo que suceda en el claro, para que te des cuenta por ti mismo de esto.
Miré hacia donde mi mentor descansaba, integrado en la tierra, respirando al ritmo del claro. Por primera vez, no sentí el miedo constante a despertarlo, sino la responsabilidad tranquila de merecer su descanso.
— Aún te equivocarás — continuó el lirón, levantándose con esfuerzo —. Y está bien. El claro no necesita perfección, sino constancia.
Se alejó despacio, internándose entre las raíces, hasta que su figura se confundió con las sombras largas de la tarde.
Me quedé solo.
Al regresar a mi puesto, el claro estaba más silencioso que antes. Mi mentor seguía dormido, ajeno a la historia que acababa de ser contada y, sin embargo, profundamente conectado a ella.
Consecuencias, consecuencias, consecuencias…


Evento del día (d20 → 13). Un enredo invasivo de malas hierbas se está volviendo demasiado difícil de mantener.
Atributo: Magia.
Dificultad: 9
Resolución: Tirada: 2d6 + Magia (+3)
Resultado: 4 + 2 = 6 → 6 + 3 = 9
Resultado final: Éxito
Consecuencia: Paz en el claro +1
Las malas hierbas no aparecen de golpe.
No irrumpen ni reclaman atención inmediata, sino que llegan despacio, probando huecos pequeños, aprovechando descuidos mínimos. Cuando alguien se da cuenta de que están ahí, ya no son un problema nuevo, sino uno que lleva tiempo esperando a ser reconocido.
El claro lo sabía. Lo sentí al recorrer la zona oriental, donde el suelo empieza a perder la regularidad y la luz cae de forma irregular, filtrada por ramas jóvenes. Allí, entre arbustos y troncos bajos, algo se había vuelto demasiado voraz.
Las enredaderas.
No eran agresivas, ni venenosas, pero crecían con demasiada intensidad, ocupando espacios que no les correspondían, trepando por encima de plantas más lentas, cubriendo brotes jóvenes antes de que tuvieran oportunidad de afirmarse. El equilibrio aun no estaba roto, pero estaba a punto de romperse.
Me arrodillé junto al primer nudo espeso y pasé la mano por las hojas. Respondieron al contacto con una vitalidad excesiva. Aquello no era casual… puede que alguna de mis intervenciones anteriores hubiesen dejado un rastro fértil de más. Magia bienintencionada… mal redistribuida.
Suspiré.
Este era el tipo de problema que nadie ve como urgente, pero que acumula consecuencias. Si no se corregía, las plantas más frágiles desaparecerían. Si se forzaba demasiado, el claro perdería diversidad. No había una solución rápida. Paciencia…
Comencé retirando una sola hebra. No arrancándola, sino desviándola. Reduje el impulso de crecimiento en ese punto concreto, guiando la energía hacia zonas más pobres del claro. Ajusté el flujo como quien reparte agua en un terreno irregular, asegurándome de que nada quedara seco… ni saturado.
El trabajo fue arduo. Cada tramo exigía atención distinta. Algunas enredaderas aceptaban el cambio con facilidad; otras se resistían, aferradas a su éxito reciente. En esos casos, no luché contra ellas, dejándolas crecer un poco más… pero hacia lugares donde no causaran daño.
El claro observaba curioso. Ajustar el crecimiento es una conversación constante con la tierra, y la tierra responde mejor cuando se la escucha. Poco a poco, el nudo espeso perdió tensión. Las plantas cubiertas volvieron a recibir luz. El aire circuló mejor.
Cuando terminé, me quedé allí un rato más, revisando mentalmente mis pasos anteriores, aceptando que incluso las soluciones bien aplicadas dejan residuos que alguien debe atender después. A lo lejos, mi mentor seguía durmiendo, sostenido por ese mismo equilibrio que ahora yo intentaba comprender mejor.
El obstáculo


Evento del día (d20 → 11). Una rama caída ha bloqueado el camino principal que atraviesa el claro.
Atributo: Fuerza.
Dificultad: 10
Resolución: Tirada: 2d6 + Fuerza (−1)
Resultado: 6 + 4 = 10 → 10 − 1 = 9
Resultado final: Fracaso.
Consecuencia: Despertar del mentor +1.
No cayó con estruendo, y eso fue lo primero que me inquietó.
Las ramas grandes suelen anunciar su caída con un crujido largo, con una advertencia suficiente para que el bosque se prepare. Esta no. Esta ya estaba abajo cuando el claro empezó a sentirla como un problema. La encontré atravesando el camino principal, justo en el tramo donde el sendero se estrecha entre dos robles antiguos. Una rama enorme, desgajada desde muy arriba, cubierta de líquenes y nudos viejos, apoyada de tal manera que obligaba a desviarse o a detenerse.
No era peligrosa, pero era un obstáculo y los obstáculos, en los caminos humanos, atraen decisiones ruidosas.
Me acerqué despacio, rodeándola primero, observando cómo descansaba sobre el suelo. Había sido una caída reciente. El corte era limpio. Pasé la mano por la madera. Pesaba más de lo que parecía. Era una rama enorme. Había sostenido hojas durante décadas. Había servido de refugio a aves, de apoyo a enredaderas, de sombra constante. Ahora estaba en el suelo, y moverla no era simplemente una cuestión de fuerza. Pero el camino no podía quedar así.
Un carro desviándose haría ruido, un grupo de personas discutiendo qué hacer, aún más.
Así que me coloqué junto al tronco y empujé. Al principio, apenas se movió. Compacté el musgo de mis brazos, anclé los pies en la tierra y volví a intentarlo, esta vez con más decisión. La rama respondió con un arrastre seco, un sonido áspero que se propagó más de lo que me habría gustado.
Me detuve. Demasiado ruido.
Respiré hondo y cambié de ángulo, intentando hacerla rodar en lugar de arrastrarla. La madera giró apenas unos centímetros… luego se atascó, clavándose contra una raíz expuesta.
El sonido fue breve, pero se expandiò por el claro. Empujé una vez más, con cuidado ahora, pero la rama se resistió, inflexible, reclamando su lugar en el suelo.
Entonces ocurrió lo inevitable tras tanto sonido… Mi mentor se movió. No despertó ni abrió los ojos. Pero su respiración se volvió irregular durante unos segundos, menos profunda, menos segura.
Me quedé inmóvil.
La rama seguía atravesando el camino. El problema no estaba resuelto. Pero no podía continuar sin arriesgarme a hacer más ruido, y ya estaba atardeciendo… Así que hice lo único responsable: marqué el obstáculo. Desvié ligeramente el sendero, usando piedras y ramas más pequeñas para guiar a cualquiera que pasara por allí, asegurándome de que no tendrían que decidir en el último momento. No era una solución definitiva, pero serviría por ahora.
Luego me alejé, volví junto a mi mentor y me quedé allí, escuchando hasta que su respiración recuperó un poco de profundidad.
El brillo irresistible


Evento del día (d20 → 15). Un grupo de niños entusiasmados te enseña un tesoro brillante que han encontrado.
Atributo: Carisma
Dificultad: 5
Resolución: Tirada: 2d6 + Carisma (+3).
Resultado: 6 + 3 = 9 → 5 + 3 = 12
Resultado final: Éxito.
Consecuencia: Paz del claro + 2 (diferencia mayor de 5 unidades entre la dificultad y la tirada).
Los oí antes de verlos.
No eran pasos torpes ni voces altas… todavía. Era ese murmullo vibrante que precede a la emoción contenida, como un enjambre de palabras a punto de escapar. El sonido avanzaba por el sendero secundario, rebotando entre los arbustos, creciendo en intensidad a cada metro.
Niños.
Los reconocí antes de que aparecieran del todo. No por sus voces, sino por la forma en que no se detenían al llegar al límite del claro. Dudaron, sí, pero no retrocedieron. Ya habían aprendido —en otra ocasión, quizá sin darse cuenta— que aquel lugar no era peligroso y podían encontrar historias curiosas. Me adelanté para interceptarlos antes de que alcanzaran el corazón del claro. Cuando aparecieron entre los árboles, eran cuatro, cubiertos de polvo y hojas, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes de expectación. Al verme, no se detuvieron de golpe. Me reconocieron.
—¡Es él! —susurró uno, con emoción.
Uno de ellos llevaba algo envuelto en un trozo de tela sucia, apretándolo contra el pecho como si temiera que pudiera escaparse.
— ¡Mira! — dijo el primero al verme, olvidando por completo cualquier prudencia —. ¡Lo encontramos ahí atrás!
— ¡Brilla! — añadió otro —. Incluso cuando no le da el sol.
Eso era lo peligroso, no lo que habían encontrado, sino cómo lo estaban sosteniendo: como un triunfo. Si no intervenía bien, aquello terminaría en gritos, carreras… y ecos viajando demasiado lejos.
Me agaché para quedar a su altura.
— Antes de nada — dije con calma —, respirad.
Se miraron entre ellos, confundidos, pero el tono fue suficiente. Inhalaron, exhalaron. El murmullo bajó apenas un grado.
— Ahora sí — continué —. ¿Qué es?
El niño de la tela la abrió despacio. Dentro había algo ovalado, liso, del tamaño de una nuez grande. Su superficie no era exactamente piedra ni exactamente cristal: parecía mineral vivo, atravesado por vetas cálidas que captaban la luz y la devolvían con un brillo suave, persistente. No latía. No se movía. Pero desprendía calor. No era un objeto mágico activo, pero pertenecía a algo que lo sería.
— La tocamos y estaba caliente — dijo uno —. Pero no quemaba.
— Y no se apagaba — añadió otro —. Aunque la tapáramos.
Asentí despacio, con cuidado de no alterar el aire a mi alrededor.
— Eso no es un tesoro — dije —. Es un huevo.
Parpadearon.
— ¿De qué? — preguntó uno, en un susurro que no sabía si era miedo o emoción.
— De algo que no quiere nacer aquí — respondí —. Y que tampoco debería viajar.
Fruncieron el ceño, procesándolo.
— Las cosas así — continué — no deben ser movidas. Buscan quedarse donde el mundo las puso, y si se mueven demasiado… puede aparecer algo a lo que nos gustaría conocer…
Hubo un silencio incómodo, el tipo de silencio que precede a una protesta infantil. Pero no llegó. En lugar de eso, uno de ellos preguntó:
— ¿Entonces… hicimos mal al traértela?
Negué.
—No. Pero ahora toca arreglarlo.
Les pedí que me siguieran. Caminamos despacio, con pasos pequeños, evitando ramas secas. El grupo imitó mis movimientos casi sin darse cuenta, como si ya hubieran aprendido algo en visitas anteriores al claro. Llegamos al lugar donde lo habían encontrado: una pequeña depresión en el suelo, protegida por una raíz antigua y cubierta de hojas viejas. Allí, la luz volvía a encajar de forma natural, filtrada, discreta.
— Aquí — dije —. Con cuidado.
El niño dejó el huevo en su sitio.
El brillo se suavizó al instante. No desapareció, pero se hizo más tenue, como si al fin hubiera dejado de sentirse fuera de lugar. El aire se estabilizó.
— ¿Podemos contar esto? — preguntó uno —. ¿A los demás?
Pensé un momento.
— Podéis decir que encontrasteis algo bonito — respondí —. Pero no que estaba caliente, ni que brillaba. Las cosas así atraen a las multitudes, que comienzan a buscarlas.
Asintieron, sorprendentemente serios.
Se marcharon poco después, esta vez sin correr, sin gritar, discutiendo en susurros qué parte de la historia podían contar y cuál no. Los observé hasta que desaparecieron entre los árboles.
Cuando regresé junto a mi mentor, su respiración era profunda otra vez. El día había estado a punto de torcerse, y no lo había hecho.
Estado final del claro tras la tarde

El despertar no fue repentino.
No hubo sobresalto, ni respiración entrecortada, ni ese momento incómodo en el que el sueño se rompe a medias y tarda en decidir si volver o marcharse.
Primero, la respiración de tu mentor se volvió distinta. El suelo bajo su cuerpo respondió, ajustándose apenas, liberando la presión acumulada de horas de descanso profundo.
Tú estabas cerca, como habías estado todo el día, pero ahora sin la tensión constante de medir cada sonido. El musgo de tu cuerpo se había relajado por completo, extendiéndose en patrones suaves, naturales, ya que no necesitaba mantenerse firme para sostener nada.
Tu mentor abrió los ojos. No te miró de inmediato. Primero observó el cielo fragmentado entre las copas. Luego apoyó una mano en la tierra y sonrió, una sonrisa pequeña, cansada y sincera.
— Ha sido un buen descanso — dijo al fin.
Se incorporó despacio, estirándose sin prisa, y solo entonces te miró. Sus ojos recorrieron tu forma.
— Estás distinto — añadió.
No hizo falta responder. El claro respondió por ti: Respondió en el sendero despejado sin ruido, en las enredaderas que crecían donde debían, en los dragones florales ocultos, a salvo, en el retoño que resistía, esperando el momento adecuado, en el huevo devuelto a su lugar… En las historias compartidas y en los silencios respetados.
Tu mentor cerró los ojos un instante más para escuchar. Cuando los abrió, había en su expresión algo que solo aparece cuando alguien confía de verdad.
— No me necesitaste — dijo, sin reproche alguno —. Y eso es bueno.
Se levantó por completo y caminó unos pasos por el claro, tocando aquí y allá: un tronco, una hoja, el agua del arroyo. Cada contacto era una comprobación suave, una conversación muda con el lugar que ambos protegían.
— El claro está en paz — concluyó —. No porque nada haya ocurrido, sino porque lo que ocurrió fue atendido.
Se volvió hacia ti.
— Eso es ser guardián — continuó —. No evitar el cambio, sino acompañarlo hasta que deja de hacer daño.
El día siguió avanzando, dando paso a la noche.
Las personas que cruzaron el sendero lo hicieron sin detenerse. Los animales retomaron sus rutas habituales. El claro volvió a ser ese lugar que casi nadie recuerda… y que, precisamente por eso, sigue existiendo.
Tú permaneciste allí un rato más, ahora sin deberes urgentes, sin la presión constante de vigilar cada eco. Sentiste el cansancio asentarse de forma amable, como una prueba de todo el día acumulado.
Y así, mientras el mundo continuaba con su ruido habitual lejos de allí, el claro permaneció en silencio, el tipo de silencio que solo existe cuando alguien ha hecho su trabajo y puede, por fin, descansar.
Y hasta aquí este relato sobre el guardián del claro. Ha sido muy tierno, y el final me ha emocionado mucho, la verdad. Como os comenté, este juego puede llevar un rato corto o todo lo largo que lo queráis alargar. Yo he tardado tres sesiones en jugarlo, pero si no hubiese descrito nada, en un ratito lo tenía jugado.
Espero que os animéis a probarlo cuando tegáis un ratito.
Hasta luego, gente!
El Guardián del Claro. Para un ratillo de diversión.
Eres un espíritu del bosque y un joven guardián en entrenamiento, cuyo mentor confía en ti lo suficiente como para que puedas llevar a cabo tus tareas solo mientras él se prepara para una buena siesta. Tu objetivo es simple: no despertar a tu mentor.
El Guardián del Claro. Mediodía movidito
El claro había entrado en una de esas fases engañosas de calma chicha, en la que todo parece resuelto justo antes de la tempestad.