¡Hola, gente! Ya he jugado mi primera partida a El Guardían del Claro y os la voy a poner por aquí. Como he jugado unas 15 rondas, las voy a ir dividiendo en los tres momentos del día: mañana, mediodía y tarde, porque sino puede hacerse demasiado largo. Vamos con el mediodía.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va, o aquí para ver la entrada del juego en itch.io.
¡Allá vamos!
El informe de la mariposa.


Evento del día (d20 → 16). Una mariposa exploradora informa de un avistamiento de actividad peculiar en el círculo de piedras rúnicas.
Atributo: Magia.
Dificultad: 10
Resolución: Tirada: 2d6 + Magia (+3).
Resultado: 5 + 4 = 9 → 9 + 3 = 12.
Resultado final: Éxtio.
Consecuencia: Paz en el claro +1
El claro había entrado en una de esas fases engañosas de calma chicha, en la que todo parece resuelto justo antes de la tempestad. Después de la discusión de la valla, el aire se había asentado suavidad. Los pájaros retomaron sus cantos habituales, los insectos recuperaron sus trayectorias erráticas, y el suelo dejó de vibrar con tensiones ajenas. Mi mentor dormía profundamente, con el cuerpo hundido en la tierra como si formara parte de ella, respirando con ese ritmo antiguo que solo adquieren quienes han aprendido a confiar del todo en el lugar que habitan.
Fue entonces cuando la luz falló. Una sombra cruzó el claro en una dirección que no correspondía con el sol. Alcé la vista instintivamente, preparado para detectar una rama caída o un ave de gran tamaño, pero lo que vi fue mucho más pequeño: una mariposa, descendiendo en espiral irregular, como si el aire no terminara de sostenerla. Se posó en una hoja baja, temblando. Sus alas no tenían el patrón limpio de las mariposas jóvenes. Estaban marcadas por líneas rúnicas torcidas. Al desplegarlas y plegarlas de nuevo, el aire a su alrededor pareció ondularse un instante.
No emitió sonido alguno, pero me habló mostrando imágenes y sensaciones en mi mente: el frío de la piedra antigua, el peso de un silencio demasiado profundo, una luz pálida filtrándose entre formas que no se habían movido en generaciones. Y, sobre todo, una sensación clara y persistente de desajuste. El círculo rúnico.
Sentí cómo el musgo de mi cuerpo se contraía levemente. No por miedo. Bueno, en parte sí, pero sobretodo por respeto. Las piedras del círculo no son peligrosas por sí mismas, pero están ancladas a algo que no necesita atención constante, y cuando se las despierta sin cuidado, pueden poner recuerdos en tu mente que sí pueden llegar a desestabilizar la psique del que los recibe.
Me moví con lentitud deliberada. No quería que el claro interpretara aquello como una urgencia, ni que mi mentor percibiera un cambio brusco en el pulso del entorno. Elegí los senderos menos transitados, rodeé los arbustos donde las hojas secas delatarían mis pasos, y dejé que el musgo absorbiera el contacto antes de avanzar. A medida que me acercaba, la sensación se intensificó. El aire no estaba quieto, era opresivo, como si se resistiese a que lo atravesase. Finalmente, las piedras aparecieron entre los árboles como siempre: grandes, irregulares, cubiertas de líquenes y musgo espeso, dispuestas en un círculo imperfecto que no necesita simetría para ser correcto. Todo estaba en su sitio, y sin embargo, algo había sido tocado.
Me detuve en el borde del círculo. No entré. Nunca entraría sin necesidad. Apoyé una mano en la tierra y dejé que la magia fluyera hacia dentro. No buscaba imponer orden, sino escuchar lo que había ocurrido. Las piedras respondieron lentamente. Alguien había estado allí. Un humano, curioso e ignorante, había tocado una runa con la yema de los dedos, quizá haciendo caso a alguna leyenda mal recordada. No había intención de invocar ni de romper nada, pero en su mente estaba formulando una pregunta sin palabras: ¿qué eres?
El círculo había respondido abriendo un recuerdo. No una visión completa, no un portal, sino un pliegue breve del tiempo, una resonancia suficiente para que la mariposa lo percibiera… y para que el claro lo notara como una molestia persistente.
Me arrodillé. Apoyé ambas manos en el suelo del círculo y comencé a cerrar la resonancia, no sellándola, sino guiándola de vuelta a su estado latente. Ajusté el flujo de magia con cuidado extremo, evitando despertar otros recuerdos, suavizando las aristas del tiempo hasta que dejaron de engancharse al presente.
El aire cedió. Las sombras volvieron a obedecer al sol, y la presión invisible se disipó como niebla tibia.
La mariposa revoloteó una última vez, describiendo un círculo perfecto antes de elevarse y perderse entre las copas. Las piedras quedaron en silencio, agradecidas de poder volver a dormir.
Me quedé allí algún tiempo después de terminar. Sentí cómo el claro recuperaba su respiración profunda, cómo el pulso del mundo volvía a sincronizarse.
Cuando regresé, mi mentor seguía dormido, ajeno a lo cerca que había estado el pasado de rozar el presente.
El traicionero suelo del pantano


Evento del día (d20 → 19). Un retoño solitario se ha adentrado en una zona pantanosa y necesita ayuda para salir.
Atributo: Fuerza.
Dificultad: 8
Resolución: Tirada: 2d6 + Fuerza (−1)*
Resultado: 4 + 3 = 7 → 7 − 1 = 6
Resultado final: Fracaso
Consecuencia: Despertar del mentor +1
El pantano no anuncia su presencia. No hay un límite claro entre tierra firme y terreno traicionero, solo una transición lenta, casi amable, donde el suelo empieza a ceder lo justo para que uno crea que todavía puede confiar en él. La gente que habita cerca del claro lo sabe, y por eso rara vez se acercan demasiado a esa zona. Hoy, sin embargo, algo había cruzado esa frontera sin entenderla.
Lo sentí antes de verlo. Una tensión vertical, distinta a la de los animales atrapados o a la de la magia mal colocada. Esto era crecimiento detenido, una voluntad joven tirando hacia arriba mientras el suelo tiraba hacia abajo. Un retoño.
Avancé despacio, dejando atrás la zona segura del bosque. El aire se volvió más pesado, más húmedo, cargado de aromas espesos que se aferran a la respiración. Cada paso requería atención: probar primero con el peso justo, retirar el pie con cuidado, avanzar solo cuando el terreno aceptaba la presión.
Entonces lo vi.
Un árbol joven, apenas más alto que yo, inclinado en un ángulo imposible, con las raíces medio expuestas y cubiertas de barro oscuro. Sus hojas temblaban sin viento, y el tronco crujía con un sonido agudo y nervioso cada vez que intentaba enderezarse. No estaba muriendo, pero estaba cansándose.
— Tranquilo — murmuré, más para el pantano que para el árbol.
El pantano respondió con un burbujeo lento, profundo, como si se riera sin malicia. No quería soltarlo. No porque fuera cruel, sino porque está en su naturaleza absorver los elementos del entorno que lo rodean. Me acerqué todo lo que pude sin hundirme demasiado. Hundí las manos en el barro frío, buscando las raíces principales del retoño. Estaban ahí, tensas, luchando por agarrarse a algo que no cediera bajo ellas.
Tiré. Muy poco. Lo justo para probar sin hacerle daño.
El suelo respondió de inmediato, absorbiendo más del tronco, reclamando lo que había conseguido. El crujido del árbol se volvió más agudo, y sentí una punzada de alarma recorrer el claro. Me detuve inmediatamente. No podía forzarlo.
Así que hice lo que pude con la fuerza que tenía: redistribuir el peso. Compacté el musgo de mis piernas, clavándolas en una zona algo más firme, y volví a tirar, esta vez de forma constante, sin sacudidas, manteniendo la tensión para que el retoño no se hundiera más. El barro me llegó hasta las rodillas. Cada movimiento producía un sonido húmedo, desagradable, imposible de amortiguar del todo. El pantano gorgoteaba, protestando. El retoño crujía, respondiendo con miedo.
Y entonces, ocurrió lo inevitable. Mi pie izquierdo cedió. No caí del todo, pero el desequilibrio fue suficiente para que el tronco se inclinara más de lo que debía. El sonido que produjo fue breve pero intenso. Un crujido seco, distinto a los demás. Me quedé inmóvil, con el barro subiéndome por las piernas, escuchando el eco viajar a través del suelo. A lo lejos, sentí el cambio inmediato en el ritmo del claro.
Mi mentor se movió. No despertó, pero su respiración cambió, haciéndose más superficial, menos profunda. El sueño seguía ahí, pero a menor distancia del mundo.
Volví la atención al retoño. Había logrado estabilizarlo. No estaba libre, pero tampoco se hundía más. Sus hojas dejaron de temblar con tanta violencia, y el tronco encontró un equilibrio precario. No era una victoria, pero al menos era una tregua, que era todo lo que podía alcanzar con mis conocimientos actuales. Con cuidado extremo, me retiré poco a poco, asegurando el terreno a su alrededor, prometiéndole que volvería junto con mi mentor cuando el pantano estuviera más dispuesto a negociar.
Cuando regresé al claro, me detuve cerca de mi mentor, sin tocarlo, escuchando su respiración hasta que volvió a profundizar un poco más.
Las mágicas criaturas del claro


Evento del día (d20 → 8). Un nido de pequeños dragones florales ha sido descubierto y necesita ser reubicado en un lugar seguro.
Atributo: Carisma.
Dificultad: 10
Resolución: Tirada: 2d6 + Carisma (+1)
Resultado: 6 + 5 = 11 → 11 + 1 = 12
Resultado final: Éxito
Consecuencia: Paz en el claro +1
Los dragones florales pasan casi desapercibidos. No hay un sonido previo, ni una vibración clara en el suelo. Su presencia se manifiesta de otra forma: el aire cambia de olor, la luz adquiere un matiz irreal, y las plantas cercanas comienzan a crecer de maneras que no terminan de obedecer a la estación.
Lo supe antes de verlo.
Una fragancia dulce, demasiado intensa para ser natural, flotaba en el borde occidental del claro. No era desagradable, pero sí insistente. Me acerqué con cautela, atento a no rozar tallos ni hojas que pudieran reaccionar mal al contacto, y entonces los vi.
Un pequeño nido, oculto entre flores de pétalos anchos y colores imposibles, donde tres dragones florales jóvenes dormían enroscados unos con otros. Sus cuerpos eran pequeños, apenas más grandes que una mano, y sus escamas parecían pétalos endurecidos, translúcidos a contraluz. Cada respiración liberaba una nube tenue de polen brillante que se asentaba lentamente sobre el suelo.
Eran hermosos… y completamente vulnerables.
El problema no era el claro, sino quienes los había descubierto antes que yo. Las flores cercanas mostraban signos de haber sido apartadas con cuidado torpe, y el suelo estaba marcado por huellas humanas recientes. Alguien había mirado llegado demasiado cerca, había sentido la tentación de quedarse… o de volver.
Me senté despacio, manteniendo distancia. No debía sobresaltarlos. Un dragón floral asustado no ataca, sino que huye, y en su huida puede quemar, marchitar o atraer atención no deseada. El claro no necesitaba eso ahora, no con mi mentor durmiendo tan cerca del despertar.
Respiré hondo. Este no era un problema de fuerza ni de magia directa. Era un problema de confianza. Dejé que el musgo de mi cuerpo se relajara, suavizando mi silueta, y hablé en voz baja, con susurros suaves y cantarines. Permití que el claro se expresara a través de mí: la promesa de sombra fresca, de flores seguras, de un lugar donde crecer sin ser vistos.
Uno de los dragones abrió los ojos. No del todo. Solo lo suficiente para observar. Sus alas, parecidas a pétalos cerrados, se estremecieron ligeramente. Los otros dos reaccionaron al instante, despertando en cadena, tensos, preparados para huir. El polen en el aire vibró, volviéndose más denso.
No me moví. Esperé. Extendí una mano hacia el suelo, no hacia ellos, y seguí susurrando cantarinamente, describiéndoles un rincón profundo del claro, donde las flores crecen más bajas, donde la luz se filtra con cuidado y los humanos rara vez llegan. Un lugar olvidable, que es la mejor protección posible.
Los dragones intercambiaron miradas breves, rápidas, como destellos. El primero dio un pequeño salto, aterrizando sobre una flor cercana. El segundo lo imitó. El tercero dudó un instante más, y luego también se movió.
El nido quedó vacío.
Me levanté despacio y avancé, guiándolos sin tocarlos, sin acercarme demasiado a ellos, ajustando el entorno a cada pequeño desplazamiento. Las flores se inclinaban lo justo para facilitar el paso. El aire se volvía más fresco allí donde iban a posarse.
El traslado fue lento. Cada pausa era una decisión para estos pequeños seres, cada aleteo, un riesgo de que se lanzasen en otra dirección completamente asustados. Pero los dragones finalmente confiaron en mí, y se adentraron en el corazón más oculto del claro, donde las raíces forman refugios naturales y el suelo absorbe el brillo del polen sin delatarlo.
Me quedé allí un rato más, asegurándome de que el entorno aceptaba a sus nuevos habitantes, de que no quedaban rastros visibles del antiguo nido. Al regresar, comprobé que mi mentor seguía durmiendo, ajeno a la belleza peligrosa que había pasado tan cerca.
Perdido en el claro


Evento del día (d20 → 10). Un abejorro cansado necesita ayuda para volver a su colmena.
Atributo: Fuerza.
Dificultad: 7
Resolución: Tirada: 2d6 + Fuerza (−1)
Resultado: 5 + 3 = 8 → 8 − 1 = 7
Resultado final: Éxito.
Consecuencia: Paz del claro +1.
El abejorro cayó del cielo como una hoja. No fue una caída brusca, ni acompañada de ruido, sino un descenso torpe, zigzagueante, que terminó en la base de un arbusto de bayas silvestres. Sus alas siguieron vibrando unos segundos más, como si no se resignaran del todo, hasta que finalmente se plegaron contra su cuerpo redondeado.
El claro lo notó, y mandó una vibración hacia donde yo estaba. Me acerqué con cuidado. Después de los dragones florales, cualquier criatura alada me parecía tranquila y poco amenazante. Era solo un abejorro grande, cubierto de polen, con el cuerpo tan pesado que parecía arrastrar el día entero consigo.
Intentó despegar cuando me vio. Sus alas batieron una vez, luego otra, y después se detuvieron.
El sonido era distinto al habitual: un zumbido irregular, roto, como una cuerda mal tensada. El abejorro se movió unos centímetros, chocó contra una raíz baja y quedó inmóvil, respirando rápido. No parecía estar herido, sino agotado.
Miré alrededor buscando su colmena, pero ésta no parecía estar cerca. La sentía al otro lado del claro, más allá de una franja de terreno húmedo y una pendiente suave que, para un insecto descansado, no supondría ningún problema, pero que ahora era una distancia imposible.
Me senté despacio junto a él. No debía tocarlo aún. Los abejorros cansados pueden reaccionar mal al contacto directo, y un aguijón no solo sería doloroso, sino ruidoso. Dejé que el musgo de mis manos se relajara, absorbiendo el calor del suelo, y esperé a que el zumbido se calmara un poco.
Extendí una mano abierta en el suelo, creando una superficie firme, estable, ligeramente elevada. Ajusté el musgo para que no se deslizara, para que ofreciera agarre. El abejorro dudó… y finalmente avanzó, torpe, hasta subirse a ella.
Su peso me sorprendió, ya que siendo un cuerpo tan pequeño, estaba cargado del polen de muchas flores visitadas, de trabajo acumulado.
Me incorporé con cuidado. Cada paso lo di probando primero el terreno, evitando desniveles, esquivando ramas secas. El claro parecía contener la respiración conmigo, como si entendiera que aquel traslado no admitía errores bruscos.
El abejorro no se movió. Sus alas vibraban de vez en cuando, como comprobando que seguían ahí, pero no intentó despegar. Confiaba, o más bien no tenía energía para otra cosa.
El trayecto fue largo, más de lo que había calculado. El cansancio del día empezaba a notarse en mis piernas, todavía tensas por el pantano, y tuve que detenerme varias veces para asegurar el equilibrio. Cada pausa era un riesgo: si tardaba demasiado, el abejorro podría decidir volar antes de tiempo.
Cuando por fin sentí la colmena, lo hice con todo el cuerpo como un murmullo constante, un calor compartido.
Me acerqué hasta una zona protegida por raíces altas y me agaché despacio. Retiré la mano poco a poco, dejando que el abejorro sintiera el suelo firme bajo sus patas. Permaneció quieto unos segundos… y despegó.
Voló lo suficiente para entrar en la colmena, donde fue recibido por el zumbido reconfortante de los suyos.
Me quedé allí un rato más, asegurándome de que todo volvía a su ritmo habitual y de paso, descansar un poco mis fatigadas piernas. El sonido colectivo se estabilizó.
Al regresar, comprobé a mi mentor. Seguía dormido.
La insólita carrera


Evento del día (d20 → 20). Una cosecha de verduras ha mutado repentinamente y ahora corre causando travesuras.
Atributo: Magia
Dificultad: 8
Resolución: Tirada: 2d6 + Magia (+3).
Resultado: 3 + 2 = 5 → 5 + 3 = 8
Resultado final: Éxito.
Consecuencia: Paz del claro +1.
El primer indicio fue una zanahoria, aunque no debería haberlo sido. Las zanahorias no son criaturas especialmente llamativas cuando todo funciona como debe. Crecen donde se las planta, esperan a ser recogidas y aceptan su destino con una pasividad vegetal admirable.
Esta no.
La vi cruzar el claro disparada, con las hojas agitándose como un penacho desordenado, rodando sobre sí misma hasta chocar contra una piedra y cambiar de dirección. Detrás de ella, una remolacha rodaba como loca en pos de ella, seguida de lo que solo podía describirse como una persecución organizada de nabos.
Me quedé quieto, incapaz de creer lo que estaban viendo mis ojos. Por la dirección de la que procedía tan peculiar carrera, supuse que las verduras provenían de un huerto perteneciente a unos humanos que yo conocía, una familia discreta, cuidadosa, que no solía experimentar con nada extraño. Las verduras no mutan sin motivo, y cuando lo hacen, casi siempre hay magia residual de por medio.
Avancé con cuidado. Tal como sospechaba, las verduras habían vuelto a las inmediaciones de su huerto. No gritaban, pero rodaban, chocaban entre ellas, caían contra cercas bajas y volvían a levantarse con una obstinación inquebrantable. Un repollo intentó escalar una valla. Falló y volvió a intentarlo… Si aquello continuaba, no tardaría en atraer atención humana. Risas primero, gritos después, y finalmente, persecuciones torpes y golpes innecesarios.
Demasiado ruido. Demasiada imprevisibilidad.
Me arrodillé junto al borde del huerto y posé mi mano sobre su tierra, cerrando los ojos. La magia estaba ahí, espesa y mal distribuida. No era maligna, era el residuo de algo antiguo, quizá una semilla rara plantada demasiado cerca.
Extendí las manos. No intenté detenerlas una por una. Eso habría sido inútil. En lugar de eso, cambié el contexto, ajustando el pulso del suelo, devolviéndole su cualidad de reposo. Disolví la energía sobrante con paciencia, dejando que la tierra recordara su función original: sostener, no impulsar.
Una calabaza chocó contra mi pierna y rebotó sin fuerza. Se quedó quieta. Luego otra verdura frenó. Y otra más. Las zanahorias dejaron de rodar y comenzaron a hundirse lentamente en la tierra, como si de pronto recordaran que pertenecían allí. Las hojas se marchitaron apenas un poco, lo justo para perder rigidez. Los nabos dejaron de saltar y se acomodaron en el suelo con un suspiro casi audible.
El huerto se calmó.
Pero el peligro aún no había pasado. Una risa infantil sonó a lo lejos. Me giré justo a tiempo para ver a dos niños asomarse por el sendero, señalando el campo con entusiasmo contenido. Habían visto algo. No todo… pero suficiente.
Reaccioné rápido. Desplacé el aire lo justo para desviar su atención, dejé que una ráfaga levantara polvo en otra dirección, y cuando miraron de nuevo, el huerto era solo eso: tierra removida y verduras medio enterradas, nada digno de perseguir.
— ¡Las he visto moverse! — dijo uno.
— Seguro que era un topo — respondió el otro.
Se marcharon, decepcionados.
Me quedé de nuevo solo con el huerto. Pasé la mano por la tierra una última vez, sellando la magia sobrante, asegurándome de que nada volvería a brotar con intenciones propias. El claro aceptó el arreglo con alivio, como si hubiera contenido la risa demasiado tiempo.
Cuando regresé al corazón del bosque, mi mentor seguía dormido.
No pude evitar sonreír. Había sido un problema extraño, casi divertido, y sin embargo, había estado peligrosamente cerca de romperlo todo.
Estado final del claro tras el mediodía

¡Qué bonitos los dragones florales! ¡Y que bien me lo he pasado con las verduras mutantes corredoras! Ha sido un tramo de día muy muy divertido de jugar, la verdad.
En el próximo por fin terminará nuestro turno de guardián, y por lo que parece, nuestro mentor conseguirá descansar del tirón.
Hasta luego, gente!
El Guardián del Claro. Una mañana ajetreada
La niebla baja aún se aferraba a las raíces y a los bordes del arroyo, como si no quisiera irse del todo cuando el día comenzó a clarear. Entre los robles viejos, la luz de la mañana se filtraba en hebras finas, verdes y doradas, que apenas rozaban el suelo cubierto de musgo. Allí, en el corazón del claro, el Mentor había encontrado por fin una posición cómoda.