¡Hola, gente! Ya he jugado mi primera partida a El Guardían del Claro y os la voy a poner por aquí. Como he jugado unas 15 rondas, las voy a ir dividiendo en los tres momentos del día: mañana, mediodía y tarde, porque sino puede hacerse demasiado largo.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va, o aquí para ver la entrada del juego en itch.io.
¡Allá vamos!
Mi Guardián

Mossling no llegó al claro: creció con él.
Su cuerpo parece formado por capas de musgo antiguo, suaves a la vista pero firmes cuando hace falta. Allí donde pisa, la tierra no cruje; donde se apoya, el peso se reparte. No destaca por tamaño ni por presencia imponente, y sin embargo el claro nota cuando está.
Es un espíritu joven, aún en formación, pero no ingenuo. Mossling sabe que proteger no significa imponerse, y que la fuerza rara vez es la primera respuesta correcta. Su vínculo con la magia natural es profundo y silencioso: no lanza hechizos visibles ni convoca grandes prodigios, sino que redistribuye, desvía, amortigua. Donde otros empujan, Mossling ofrece alternativas.
Físicamente, Mossling no destaca por fuerza bruta. Empujar, arrastrar o forzar le cuesta más que a otros espíritus. Pero compensa esa limitación con resistencia tranquila y una comprensión profunda del terreno. Sabe cuándo insistir y, más importante aún, cuándo no hacerlo.
Comienzo del día. El claro en calma.

El claro destilaba tranquilidad.
La niebla baja aún se aferraba a las raíces y a los bordes del arroyo, como si no quisiera irse del todo cuando el día comenzó a clarear. Entre los robles viejos, la luz de la mañana se filtraba en hebras finas, verdes y doradas, que apenas rozaban el suelo cubierto de musgo. Allí, en el corazón del claro, el Mentor había encontrado por fin una posición cómoda.
Un suspiro profundo. Luego otro. Y después, el silencio atento del sueño que empieza.
Tú permanecías cerca, casi inmóvil, con el cuerpo cubierto de musgo fresco y pequeñas hojas aún húmedas por el rocío. Tú, Mossling, sentías el pulso del claro en cada fibra: el temblor lejano de un insecto al despegar, el crujido de una rama acomodándose, el agua moviéndose con cuidado para no alborotar a nadie.
Hoy era tu turno.
No había instrucciones nuevas, ni advertencias solemnes. Solo una confianza tranquila: cuida de este lugar mientras duermo. El claro no siempre necesitaba grandes gestos; a veces bastaba con estar atento, con intervenir lo justo, con mantener el equilibrio sin dejar huella.
El aire se asentó. Los pájaros retomaron su canto, uno a uno, con sutileza. El claro estaba en paz… por ahora.
Primera hora. El carro volcado.


Evento del día (d20 → 1). Una de las ruedas de un carro se ha roto, haciendo que paquetes y barriles salten y rueden por todas partes.
Atributo: Fuerza.
Dificultad: 6
Resolución: Tirada: 2d6 + Fuerza (−2).
Resultado: 3 + 2 = 5 → 5 − 2 = 3.
Resultado final: Fracaso.
Consecuencia: Despertar del Mentor +1
El primer sonido no fue fuerte, pero no deparaba lo mejor. Un chasquido seco, fuera de lugar, como cuando una raíz cede bajo demasiado peso. El claro lo sintió antes que yo, y yo antes que los hombres. Durante un latido breve, todo quedó suspendido en esa fracción de tiempo en la que aún es posible que nada ocurra.
Pero ocurrió: la rueda se partió. La madera crujió con un lamento largo y áspero, y el carro se inclinó de golpe hacia un lado. Escuché el tintineo del metal, el golpe hueco de los barriles soltándose, el arrastre torpe de los paquetes al perder el equilibrio. El sendero, que hasta ese momento había sido solo un trazo tranquilo entre árboles, se llenó de movimientos violentos.
—¡Maldita sea!
—¡La rueda, se ha roto la rueda!
Las voces humanas irrumpieron sin cuidado, alzándose demasiado alto. Uno de los carreteros saltó del pescante, resbalando en el barro húmedo. Otro tiró de las riendas por puro reflejo, como si el animal pudiera arreglar lo que ya estaba roto.
Los barriles empezaron a rodar. No lo hacían especialmente deprisa, pero pesaban mucho, y cada vuelta contra las piedras del sendero producía un golpe redondo que viajaba por el suelo como una sacudida. Un paquete se abrió al caer, y su contenido que era grano seco se esparció con un sonido áspero, como lluvia mal nacida.
Sentí el impacto en el cuerpo antes de moverme.
Endurecí el musgo de mis brazos, apretándolo contra mí hasta volverlo compacto, casi pétreo. Clavé los pies en la tierra y avancé hacia el sendero, interponiéndome entre el carro y el corazón del claro. Un barril chocó contra mí y me obligó a retroceder medio paso; redirigí su trayectoria como pude, empujándolo hacia un tronco caído donde quedó atrapado con un golpe sordo.
—¡Cuidado ahí!
—¡Sujeta ese, que se va!
Las voces se superponían, nerviosas, teñidas de miedo y frustración. Los hombres se movían rápido, sin pensar, recogiendo sacos solo para dejarlos caer de nuevo, arrastrándolos por el suelo con un ruido que me hacía tensar cada fibra del cuerpo.
Intenté amortiguar el sonido lo máximo posible. Extendí el musgo bajo sus pies, volviendo la tierra más blanda, más dispuesta a absorber los impactos. Sus pasos se hundieron un poco, pero no lo suficiente. Cada vez que algo golpeaba el suelo, el sonido se escapaba de mis manos y corría libre entre las raíces. Un segundo barril pasó rozándome y chocó contra una piedra con un clonc seco que me heló por dentro.
Demasiado fuerte, demasiado cerca.
—¡Por todas las raíces, esto es un desastre!
—¡Ayúdame con esa caja!
No gritaban por maldad. Gritaban porque el mundo se les había roto un poco entre las manos, y los humanos no son propensos al silencio cuando eso ocurre.
El carro terminó ladeado, inmóvil al fin, con el eje roto torcido como un hueso mal curado. Los hombres respiraban agitadamente, sudorosos, murmurando imprecaciones mientras recolocaban la carga con más cuidado, aunque el daño ya estaba hecho. Cada objeto que apoyaban en el suelo parecía resonar más de lo que debía, retumbando por todo el claro.
Yo escuchaba aterrorizado. A lo lejos, sentí el cambio en el aire. El pulso del claro se alteró, apenas un temblor, pero suficiente para saber que el ruido había viajado demasiado lejos, donde no debía. Contuve el aliento y volví la atención hacia el lugar donde mi mentor dormía.
Se movió. Solo un poco. Un cambio de postura, un suspiro más largo de lo habitual. El sueño no se rompió, pero se volvió frágil.
Me quedé inmóvil. Esperé.
Los carreteros, ajenos a todo aquello, terminaron de recoger lo que pudieron. Sus voces bajaron por fin, cansadas, y el sendero quedó marcado por huellas recientes, por rastros de prisa y torpeza. Cuando se marcharon, empujando el carro averiado con cuidado forzado, el silencio regresó poco a poco.
Tardé un rato en reaccionar.
Relajé el musgo despacio, sintiendo el cansancio asentarse en el cuerpo. Había contenido parte del estrépito, pero no todo. Había llegado tarde a algunos golpes. Tendría que estar pendiente de todo para reaccionar más rápido…
El sueño de mi mentor se estabilizó al fin, aunque menos profundo que antes.
Me quedé un instante más, escuchando cómo el último eco terminaba de morir entre los árboles, y acepté la verdad de la tarea que se me había impuesto: La guardia había comenzado, y el claro no iba a ponérmelo fácil.
El chico curioso


Evento del día (d20 → 2). Un joven curioso ha empezado a seguirte e imitarte.
Consecuencia: Carisma + 1 .
Dificultad: No tiene prueba de dificultad.
Resultado: Mossling tiene ahora un +2 en carisma.
No me di cuenta de inmediato. Durante un tiempo pensé que era solo el eco de mis propios pasos, el retraso natural entre el movimiento y el sonido cuando el suelo aún está húmedo por la mañana. El claro estaba tranquilo después del caos del carro, y yo recorría sus bordes con atención renovada, repasando mentalmente cada rincón, cada posible fuente de ruido.
Entonces me detuve, y el sonido se detuvo conmigo.
No fue un silencio total, en el que sonaba una respiración retenida al otro lado de un tronco. Giré despacio, sin brusquedad, dejando que el musgo de mis hombros se deslizara con naturalidad, y fue entonces cuando lo vi. Un niño, no muy pequeño. Demasiado joven para tener responsabilidades, demasiado mayor para no saber cuándo debería quedarse quieto. Estaba medio oculto tras un roble joven, uno de esos árboles que aún no ha decidido si crecer recto o torcerse siguiendo la luz. Sus dedos se aferraban a la corteza, y su cuerpo estaba inclinado hacia delante, traicionando el deseo de acercarse más. Sus ojos brillaban, llenos de expectativas.
Avancé un paso, con cuidado. El niño dio otro, copiando exactamente la distancia. Levanté un brazo para apartar una rama baja; él levantó el suyo, golpeándose ligeramente en el intento y ahogando una risa. Me incliné para examinar el suelo; él se agachó también, exagerando el gesto, como si así pudiera entender mejor lo que yo veía. Durante varios minutos probé diferentes posturas y movimientos, y él me imitó durante todo ese tiempo.
Sabía que el chico no quería molestar, pero era ruidoso. Me preocupaba el lugar donde dormía mi mentor, tan cercano al corazón del claro. Un tropiezo, una risa mal contenida, una pregunta dicha en voz demasiado alta… todo podía romper el frágil equilibrio que tanto me había costado recuperar tras el incidente del carromato.
Espantarlo no era una opción, ya que no quería que se pensase que había espíritus malvados en este bosque, pero tampoco podía dejarlo seguir con sus travesuras tan cerca de mi mentor, así es que decidí cambiar el ritmo del mundo. Reduje mis pasos hasta volverlos casi ceremoniales. Cada movimiento se volvió lento, exageradamente consciente. Dejé que el musgo se expandiera a mi alrededor, amortiguando el suelo, absorbiendo sonidos. Me senté con cuidado sobre una raíz ancha, cruzando las piernas como lo había visto hacer a mi mentor cientos de veces.
El niño dudó. Se balanceó sobre los pies, mirando a un lado y a otro, como si temiera romper algo invisible. Al final, se acercó y se sentó frente a mí, imitando la postura con torpeza. Su respiración era rápida, agitada por la emoción de estar tan cerca.
Durante un largo rato, no ocurrió nada, y eso fue lo más difícil. El niño se removía, rascaba el suelo con una ramita, abría la boca como si fuera a hablar y la cerraba de nuevo. Yo permanecí inmóvil, atento. Poco a poco, su respiración se calmó y sus hombros bajaron. El silencio dejó de ser incómodo.
—¿Siempre te mueves así? —susurró al fin.
Negué despacio. Apoyé una mano en el suelo, dejando que el musgo se extendiera, mostrando cómo la tierra podía escuchar. El niño observó el gesto y lo repitió, apoyando la palma con cuidado, como si temiera hacer daño al claro.
—Está… ¿vivo? —murmuró.
Asentí.
Durante unos instantes, cerró los ojos. No sabía qué estaba buscando, pero cuando los abrió, su expresión era distinta. Más tranquila. Como si hubiera entendido algo sin palabras.
Se levantó con cuidado, esta vez sin prisas, sin ruidos innecesarios. Me miró una última vez, sonrió ampliamente y salió corriendo, pero no hacia el interior del claro, sino de vuelta al sendero, alejándose del lugar donde no debía estar.
Lo observé hasta que desapareció.
El claro permaneció en calma. El sueño de mi mentor no se alteró.
El fiel amigo.


Evento del día (d20 → 14). Un amigo se pasa a charlar y comparte contigo chismes locales y un trozo de pastel.
Consecuencia: Fuerza + 1 .
Dificultad: No tiene prueba de dificultad.
Resultado: Mossling tiene ahora un -1 en Fuerza.
El claro estaba tranquilo cuando llegó.
El caracol había sido desviado, la tierra aún conservaba la frescura de la magia reciente, y mi mentor dormía con una respiración profunda y regular.
Fue entonces cuando percibí el olor.
Harina tostada.
Fruta cocida lentamente.
Azúcar quemándose lo justo.
Giré la cabeza antes de escuchar los pasos.
— Sabía que estarías por aquí — dijo una voz conocida, demasiado alta para mi gusto, pero cargada de afecto —. Me han dicho que esta vez te toca vigilar mientras el mentor descansa, y he decidido venir a hacerte una visita para hacerte la espera más liviana.
Rellan apareció entre los árboles, con su andar despreocupado y un paño doblado bajo el brazo. No era del bosque, no del todo, pero lo conocía lo suficiente como para moverse en él con soltura. Donde pisaba, lo hacía con intención, aunque no con silencio.
Me observó de arriba abajo, ladeando la cabeza.
— Te ves… más compacto — añadió —. ¿Todo en orden?
No respondí de inmediato. Miré hacia donde dormía mi mentor, comprobando que el sonido de la voz no había alterado nada. El sueño seguía firme. Con un gesto lento, indiqué una raíz ancha, algo apartada, donde el suelo absorbía bien las vibraciones. Rellan entendió y se sentó con cuidado.
Desenvolvió el paño y dejó al descubierto un trozo de pastel, irregular, con los bordes algo quemados y el centro todavía húmedo. Lo partió con las manos, sin cuchillo, y me ofreció la mitad.
— No es gran cosa — susurró —, pero pensé que te vendría bien algo sólido. Dicen por el pueblo que hoy es un día movido.
Alcé una ceja.
— Nada grave —continuó, bajando la voz—. Solo rumores. Que si la señora Wellora anda furiosa por sus flores, que si alguien vio luces raras cerca del círculo rúnico anoche… ya sabes cómo es esto. Cuando todo está en calma, la gente se inventa el ruido.
Acepté el pastel.
Pesaba más de lo que esperaba. Era un gesto encantador por su parte. Comer implicaba detenerse, usar el cuerpo, dedicar tiempo a algo que no era vigilar ni preocuparse. Di un bocado pequeño, masticando despacio. El sabor era sencillo, pero reconfortante, y sentí cómo el cansancio acumulado se acomodaba mejor dentro de mí.
Rellan dudó un momento antes de continuar. No fue una pausa larga, pero sí lo bastante extraña como para que levantara la vista del pastel. Estaba mirando el suelo, trazando círculos lentos con la punta del pie, como si estuviera decidiendo cuánto decir y cómo decirlo.
— Hay otra cosa — añadió al fin, bajando aún más la voz —. No es nada seguro. Ya sabes cómo corren estas historias.
No respondí. Esperé. Eso pareció tranquilizarlo y darle ánimos para continuar.
— Anoche, cuando ya estaba oscuro, alguien juró haber visto luces cerca del círculo de piedras — continuó —. Estaba sugurísimo de que no eran antorchas ni luciérnagas. Dice que era algo… distinto. Como si el aire se plegara sobre sí mismo.
Alcé lentamente la cabeza. El círculo rúnico no era un lugar peligroso en sí, pero sí antiguo, y sobre todo sensible. Un sitio donde las cosas tienden a resonar más de la cuenta cuando no se las deja tranquilas.
— Dice que no duraron mucho — prosiguió —. Un parpadeo. Un cambio en el color de la sombra…
Se rió, intentando restarle importancia, pero la risa murió rápido.
— Aun así, la señora Wellora anda convencida de que algo anda mal. Y cuando ella se convence de algo, suele terminar con alguien pisoteando flores o buscando culpables donde no los hay.
Miré hacia el interior del claro, hacia la línea de árboles que ocultaba el círculo a la vista directa. No sentía ninguna alteración ahora, ningún pulso extraño… pero eso no significaba que no hubiera pasado nada. Rellan siguió hablando, ya con más soltura, como si una vez abierta la compuerta, las palabras tuvieran que salir:
— También dicen que esta mañana un chiquillo volvió tarde a casa porque se quedó mirando «algo verde» moverse entre los troncos. No te preocupes — añadió rápido —, no dijo que fuera peligroso.
No pude evitar una leve contracción del musgo en los hombros.
—En fin — concluyó, encogiéndose de hombros —. Chismes. Historias para llenar bocas cuando el día ha sido demasiado normal.
Pero no lo eran. No del todo. Los chismes son semillas. La mayoría no germina. Pero algunas, si caen en el suelo adecuado, echan raíces y causan problemas.
Terminé el pastel en silencio, dejando que el sabor dulce anclara el momento, y asentí con calma.
— Gracias por decírmelo — dije al fin.
Rellan sonrió, aliviado.
— Para eso están los amigos — respondió —. Para avisar antes de que el ruido empiece de verdad.
Cuando terminó el pastel, Rellan sacudió las manos con suavidad para quitarse las migas y se levantó.
— No puedo quedarme más — dijo —. Solo quería que supieras lo que pasa por ahí fuera, por si algo te puede llegar a traer problemas.
Asentí.
Se marchó por el sendero, tarareando en voz muy muy baja una dulce canción de cuna.
Me quedé un rato más en la raíz, sintiendo el peso del cuerpo, la solidez en los brazos, la fuerza tranquila que deja una comida compartida y una charla sin prisas.
Cuando me levanté, lo hice con más firmeza. La guardia continuaba.
El animal atrapado.


Evento del día (d20 → 7). La mascota de alguien se ha quedado atrapada en un lugar bastante complicado.
Atributo: Magia.
Dificultad: 7
Resolución: Tirada: 2d6 + Magia (+3).
Resultado: 4 + 2 = 6 → 5 + 3 = 9.
Resultado final: Éxito.
Consecuencia: Paz del claro +1.
No fue el sonido lo que me alertó primero, fue la interrupción.
El claro tiene una cadencia propia, una sucesión de ruidos pequeños que no llaman la atención porque encajan entre sí: hojas que se acomodan, insectos que se responden, ramas que crujen con paciencia. Cuando algo no pertenece a ese patrón, no destaca por volumen, sino por estar fuera de sitio.
Un gemido breve, luego otro. Demasiado seguidos. Era un sonido pequeño, casi insignificante, pero cargado de tensión, como si cada repetición viniera acompañada de un temblor invisible. Me detuve, conteniendo incluso mi propia respiración, y dejé que el musgo de mis pies se aflojara para sentir mejor el suelo.
El miedo deja huella.
Seguí la vibración alejándome del corazón del claro, con sumo cuidado de no perturbar el lugar donde dormía mi mentor. Cada paso lo daba eligiendo dónde apoyar el peso, esquivando raíces secas, dejando que la tierra absorbiera el contacto antes de soltarlo. El sonido me condujo hasta un árbol antiguo, uno de esos que no crecen rectos porque no lo necesitan. Sus raíces se extendían por la superficie, gruesas, retorcidas, formando huecos traicioneros entre ellas. Allí, encajado entre ellas, encontré al origen del problema.
Era pequeño, un pequeño animal doméstico, un hurón, con el pelaje enmarañado de hojas secas y los ojos desorbitados por el pánico. Sus patas traseras estaban atrapadas entre dos raíces, y cada vez que forcejeaba, el hueco parecía cerrarse un poco más.
Cuando me vio, lanzó un gemido más agudo.
Ese fue el momento más peligroso.
Me quedé inmóvil, permitiendo que el musgo de mis hombros se deslizara hacia abajo, suavizando mi silueta. No debía parecer grande. No debía parecer nervioso, ya que los animales pequeños no entienden que los estés rescatando, sino que te ven como una amenaza más de la que ya tienen encima.
Me agaché despacio.
El animal seguía moviéndose, respirando demasiado rápido, golpeando sin querer las raíces con las patas. Cada choque producía un sonido seco que me hacía tensar el cuerpo entero. No podía permitir que aquello continuara mucho más, pero tampoco podía tirar de él. Un crujido de raíces habría llegado lejos, un chillido, aún más.
Cerré los ojos.
La magia acudió como lo hace siempre, llenándome de vida. No la dirigí hacia el animal, ni siquiera hacia las raíces, sino hacia el espacio entre ambos. Aflojé la tensión del suelo, volviéndolo más dispuesto a ceder. Humedecí la tierra lo justo para que se deslizara sin ruido. Permití que las raíces se separaran una fracción mínima, no lo bastante para romperse, solo para dejar de retenerlo.
El cambio fue casi imperceptible, pero el animal lo sintió. Dejó de forcejear. Su respiración se volvió irregular, confundida.
Aproveché ese instante. Deslicé la mano con cuidado, no para agarrarlo, sino para marcar una dirección, una invitación silenciosa. El animal retrocedió un poco, torpe, luego otro poco más. Sus patas quedaron libres con un leve roce, sin ruido, sin sobresalto. Con un último movimiento rápido, se liberó del todo. Durante unos segundos se quedó quieto, mirándome. Luego, sin previo aviso, salió disparado entre la maleza, desapareciendo con una rapidez que desmentía el miedo de momentos antes.
El silencio regresó.
Me quedé allí un rato más, observando cómo las raíces volvían a tensarse, cómo la tierra recuperaba su firmeza habitual. Pasé la mano por el suelo una última vez, asegurándome de que no quedaba ningún desequilibrio latente.
A lo lejos, escuché una voz humana llamando al animal, primero con urgencia, luego con alivio. Los sonidos se alejaron del claro sin alterarlo.
Regresé despacio.
El sueño de mi mentor seguía profundo, intacto, como si nada hubiera ocurrido. Sentí cómo la calma se asentaba un poco más en el claro… y también en mí.
La valla de la disputa.


Evento del día (d20 → 12). Un par de vecinos discuten a gritos por una valla rota.
Atributo: Carisma.
Dificultad: 6
Resolución: Tirada: 2d6 + Carisma (+2).
Resultado: 3 + 2 = 5 → 5 + 2 = 7
Resultado final: Éxito.
Consecuencia: Paz del claro +1.
Las voces llegaron antes que las palabras tuvieran sentido. No eran gritos todavía, pero sí ese tono elevado que empuja al aire, que lo tensa como una cuerda a punto de romperse. El sonido viajaba mal, rebotando entre los troncos jóvenes del límite sur del claro, donde el bosque empieza a ceder terreno a lo trabajado por manos humanas.
Me puse de pie y escuché con atención. Dos voces adultas, cercanas, demasiado cerca del sendero que bordea el lugar donde dormía mi mentor. Cada frase terminaba un poco más alta que la anterior, como si ninguna quisiera ser la última en ceder.
— ¡Te digo que fue tu cabra!
— ¡Mi cabra no salta vallas bien hechas!
Avancé despacio, amortiguando mis pasos, dejando que el musgo absorbiera cualquier sonido innecesario. A medida que me acercaba, las palabras se volvían más claras… y más torpes. Ya no hablaban solo de la valla rota, sino de inviernos pasados, de favores no devueltos, de cosas pequeñas que habían ido acumulándose hasta encontrar una excusa para salir todas juntas. La valla era solo el detonante.
Los vi desde detrás de un seto bajo: dos vecinos del claro exterior, con las mejillas enrojecidas y los gestos amplios, señalándose mutuamente como si se necesitase aclaración para entender a quién culpaban. Entre ellos, una sección de valla de madera torcida, claramente dañada por algo más pesado que una cabra…
Cada golpe de voz era un martillazo. Sentí el claro tensarse, agotarse. El bosque no entiende de disputas prolongadas; el ruido sostenido lo desgasta más que un estrépito breve. No podía imponer silencio, añadiendo una voz más a las ya existentes, así que hice lo único que podía hacer: convertirme en parte del entorno. Dejé que mi presencia se filtrara poco a poco, sin aparecer de golpe. Primero, el musgo a mis pies se expandió ligeramente, suavizando el suelo entre ellos. Luego, una ráfaga leve de aire movió las hojas cercanas, desviando su atención apenas un segundo.
Ese segundo fue suficiente.
— ¿Has oído eso? — dijo uno, bajando la voz sin darse cuenta.
Di un pequeño paso al frente.
—La valla está rota —dije con calma—. Pero el día no lo está.
Ambos se giraron hacia mí. Sus expresiones pasaron del enfado a la confusión, y de ahí a una cautela incómoda. No sabían muy bien qué era yo, pero sabían que no era alguien a quien gritar sin consecuencias.
—Esto es asunto nuestro —gruñó uno, aunque ya sin la fuerza de antes.
Asentí.
—Lo es. Y seguirá siéndolo mañana —respondí—. Pero ahora mismo, lo único que estáis rompiendo es el silencio.
Se miraron entre ellos. El otro suspiró, largo y cansado.
— No fue la cabra — admitió, posando su mirada en el suelo —. Creo que fue el carro de esta mañana. Se desvió del sendero.
El primero apretó la mandíbula, luego negó con la cabeza.
— ¿Eso no lo sabías cuando empezaste a gritar? — dijo.
El silencio cayó entre ellos, incómodo al principio. Aproveché ese hueco.
— La valla puede arreglarse — continué—. No ahora. No hoy. Pero puede.
Uno de ellos recogió una estaca caída y la apoyó contra el suelo, no para usarla, sino para apoyarse en ella. El otro se pasó la mano por la cara, dejando caer los hombros.
— Mañana — dijo al fin —. La arreglamos mañana.
Asintieron ambos, sin mirarse demasiado. Se separaron despacio, recogiendo herramientas, alejándose en direcciones opuestas sin añadir una sola palabra más. Sus pasos eran más pesados que antes, pero se iban alejando. Me quedé junto a la valla un rato.
Cuando regresé al corazón del bosque, mi mentor seguía durmiendo, ajeno a la tormenta verbal que nunca llegó a tocarlo.
Estado final del claro tras la mañana

Pues con estas cinco historias pasó la primera mañana Mossling la mar de entretenido (y yo también, todo sea dicho). Solo ha tenido un sustillo con el mentor, y ha mejorado dos de sus estadísticas, así es que ni tan mal.
En el próximo veremos qué nos depara el medio día.
Hasta luego, gente!
El Guardián del Claro. Para un ratillo de diversión.
Eres un espíritu del bosque y un joven guardián en entrenamiento, cuyo mentor confía en ti lo suficiente como para que puedas llevar a cabo tus tareas solo mientras él se prepara para una buena siesta. Tu objetivo es simple: no despertar a tu mentor.
El Guardián del Claro. Mediodía movidito
El claro había entrado en una de esas fases engañosas de calma chicha, en la que todo parece resuelto justo antes de la tempestad.