Pues el otoño ya está aquí con fuerza. ¿Hace frío? Pues no, al menos donde yo vivo hace más bien calor, pero para el juego vamos a simular que estamos en la costa norte española, donde las temperaturas sí van más acordes con las estaciones… Esta vez nos toca jugar el mes de octubre en el modo campaña del juego Conservas en el intento 1.
Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va. Y si quieres ir a la página oficial del juego, aquí tienes su enlace.
Y ahora, veamos de qué va este escenario antes de comenzar.
El escenario Octubre en Conservas
Tema
Este mes estás bajo la presión de las redes sociales. Un podcast muy popular destaca diferentes estilos de pescado enlatado cada semana, y sus efectos en el mercado son evidentes. Tu línea de enlatado cambiará constantemente a diferentes productos para mantenerse al día con la demanda cambiante.
Preparación
Capital inicial: 12 monedas
Contenido para la bolsa: 6 sardinas, 6 mejillones, 4 pulpos y 7 fichas de agua.
Barco inicial (al azar entre 2): El Peztidigitador
Objetivos financieros y de sostenibilidad
Estándar: 60 monedas, 10 mejillones, 3 barcos y 3 mejoras.
Difícil: 60 monedas, 4 pulpos, 10 mejillones, 3 barcos y 3 mejoras.

Desarrollo del escenario
Día 1
Con la incertidumbre del mercado golpeando como un viento cambiante, comprendí que este mes no bastaría con pescar bien, sino que habría que pescar con inteligencia. Las modas del momento dictarían el rumbo de nuestras redes, y los caprichos de un podcast, allá lejos, tendrían peso en el precio de cada lata que saliera de nuestra fábrica.
Decidí, pues, comenzar con una jornada de reconocimiento. No se trataba de llenar bodegas, sino de observar el mar con mirada de estratega: saber dónde abunda cada especie, qué zonas se mantienen fértiles y cuáles conviene dejar descansar. Mandé al Pezdigitador a inspeccionar los caladeros más próximos, centrándose en sardinas, mejillones y pulpos, los tres pilares sobre los que girarían las próximas semanas.
Mientras los informes llegaban, tomé una decisión importante para el futuro de la conservera: ampliar la flota invirtiendo una suma considerable en un nuevo pesquero. Aunque su precio era algo elevado, estaba libre de mantenimiento pesado, con una bodega modesta pero suficiente para nuestras necesidades. Así, El Dorado se unió oficialmente a nuestras filas.
Su casco dorado brillaba bajo el sol de la tarde cuando lo vi atracar por primera vez junto al muelle.

Día 2
El segundo día amaneció con un cielo encapotado. Continuamos con la búsqueda de zonas de pesca óptimas, analizando corrientes, temperaturas y mareas. Octubre se presentaba como un mes duro, y quería asegurarme de que cada decisión tuviera un fundamento más firme que la simple intuición.
El Pezdigitador fue el único que se detuvo a faenar. Su tripulación capturó un único lote, modesto pero valioso, que no destinaríamos a la fábrica. En su lugar, lo empleé en encargar un informe meteorológico exhaustivo. Quería saber qué vientos soplarían, qué corrientes podrían beneficiarnos o ponernos en riesgo. En un mes donde el mercado sería tan inestable, lo último que necesitábamos era que también el mar nos tomara por sorpresa.
Mientras firmaba el encargo, pensé en lo paradójico de nuestra situación: dependíamos tanto de los caprichos de la naturaleza como de los de la opinión pública.

Día 3
El tercer día marcó un nuevo comienzo. Tras días de reconocimiento y cautela, decidimos finalmente elegir caladero y lanzarnos a faenar. Las cartas estaban echadas: el mercado clamaba por mejillones, y las corrientes parecían favorables.
Los barcos zarparon antes del amanecer, deslizándose sobre un mar manso y silencioso. Las gaviotas los acompañaban un trecho, como si también ellas quisieran asegurarse de que el viaje merecería la pena… ¡Y lo hizo! Nuestros esfuerzos de sondeo se vieron recompensados: cuando las embarcaciones regresaron a puerto, sus bodegas estaban prácticamente repletas, con tres lotes de mejillones firmes y brillantes.
Sin dudarlo, ordené que todos los lotes fuesen enviados a la fábrica. El olor a vapor y sal llenó el aire mientras las máquinas despertaban de su letargo.
Cuando los números comenzaron a cuadrar y los beneficios se sumaron al remanente de meses anteriores, supe que era momento de dar otro paso. Así llegó a nuestras filas una nueva embarcación: pequeña, casi diminuta, barata como ella sola, pero con un mantenimiento que exigirá ciertos cuidados. La bautizamos Cuqui Shark.
Al verla amarrada entre colosos, no pude evitar sonreír.

Día 4
El cuarto día amaneció con un cielo pálido, el tipo de claridad que anuncia una jornada tranquila en el mar. Nuestra flota, aunque todavía compuesta por barcos de bodega modesta, salió con entusiasmo y regresó con las cubiertas salpicadas de vida marina.
En total, cuatro lotes llegaron a puerto: tres de pulpos y uno de mejillones. Ordené que dos de los lotes de pulpos fuesen directamente a fábrica. El olor a especias y aceite se mezcló con el vapor del metal caliente, y pronto las primeras latas del día comenzaron a enfriarse bajo la brisa otoñal.
Los otros dos lotes los dediqué a cerrar un contrato con un mayorista. Era un trato que podía abrirnos puertas, un salvavidas comercial para cuando las tendencias del mercado nos dieran la espalda. En un mes donde las modas mandan, tener un aliado estable era una jugada sensata.
Con el ánimo alto y las cuentas en buen equilibrio, decidí seguir creciendo. La conservera ya contaba con varias embarcaciones fieles, pero necesitábamos un barco de verdadera envergadura, capaz de sostener las faenas más ambiciosas. Así llegó a nuestro puerto el Bogavanti, caro como él solo, pero sin exigencias de mantenimiento y con una bodega amplia y poderosa, lista para tragarse el mar.

Día 5
En el quinto día, el Bogavanti zarpó por primera vez junto al resto de la flota, y desde el muelle pude sentir cómo su sola presencia imponía respeto: una sombra grande y segura sobre el agua. Su llegada marcó un antes y un después.
Cuando las embarcaciones regresaron, el puerto entero se llenó de actividad. Nueve magníficos lotes fueron descargados sobre las húmedas tablas del muelle. Por fin, el volumen de nuestras capturas comenzaba a reflejar el tamaño de nuestros esfuerzos. El Bogavanti había cumplido trayendo la mayor parte de esa abundancia.
De esos nueve lotes, ocho fueron enviados directamente a la fábrica. El lote restante, en cambio, lo reservé para algo distinto. Lo invertí en el desarrollo de una nueva línea de conservas, un experimento pensado para captar la atención del voluble mercado: algo que sorprendiera, que rompiera la rutina, que recordara que en nuestras latas no solo había mar.
Esa noche, mientras revisaba los registros, con el eco de las olas golpeando el muelle sonreí al pensar que Octubre avanzaba con fuerza, y la conservera avanzaba con él.

Día 6
La previsión de capturas para este día era optimista. El recuerdo de la jornada anterior, con las bodegas rebosantes y el puerto en plena efervescencia, aún flotaba en el ambiente. Sin embargo, el mar decidió templar nuestro entusiasmo.
El Bogavanti, que había debutado con gloria, no consiguió repetir su hazaña. Su bodega, que días atrás se había colmado de abundancia, apenas alcanzó la mitad de su capacidad. Y aunque el resto de la flota trabajó con diligencia, las cifras finales no engañaban: siete lotes en total fueron los que conseguimos robar al océano.
De ellos, cinco fueron enviados a fábrica, donde el ritmo se mantuvo firme y los obreros, acostumbrados ya a los vaivenes del mar, siguieron sellando latas con la misma constancia de siempre. Los otros dos lotes, en cambio, los destiné a algo más duradero: la creación de una nave de mantenimiento propia. Con ella, podríamos reparar, limpiar y cuidar nuestras embarcaciones sin depender de talleres externos.
Al revisar las cifras de la jornada, me encontré meditando sobre la fragilidad de confiar demasiado en un solo navío. Por majestuoso que fuese, ningún barco puede sostener por sí solo el peso de toda una empresa. Así que tomé una decisión: reforzar nuestra capacidad con una segunda embarcación de gran tamaño. Fue una compra costosa, lo admito, pero necesaria. Y así, cuando el sol se hundía tras las grúas del puerto, una silueta nueva apareció entre las sombras del embarcadero: el Camarón de la Isla. Brillante, sólido, poderoso. Lo vi atracar suavemente junto a sus nuevos compañeros. El mar se calmó esa noche.

Día 7
El amanecer trajo un aire vibrante. La adquisición del Camarón de la Isla había insuflado nueva energía a todos los marineros; se respiraba entusiasmo en los muelles, y las risas resonaban entre los cascos de los barcos mientras las redes se revisaban una vez más.
Las embarcaciones partieron con el sol bajo, y cuando regresaron, ya avanzada la tarde, el puerto se convirtió en un hervidero de actividad. Uno tras otro, los barcos fueron descargando trece lotes de producto fresco, reluciente bajo la luz dorada del ocaso. Todos habían hecho pleno, y los rostros curtidos de los marineros se iluminaban de orgullo.
No hubo tiempo que perder: los trece lotes fueron enviados directamente a fábrica. Las chimeneas comenzaron a humear enseguida, el aire se llenó del olor a aceite, metal y mar, y el sonido acompasado de las máquinas marcó el compás del atardecer. Era una de esas jornadas en las que todo parecía funcionar como un engranaje perfecto.
Pero mientras la empresa celebraba, en mi interior se mezclaban sentimientos encontrados. Mi primogénita había decidido emanciparse. No se iba lejos, solo al otro lado del muelle, a un pequeño apartamento frente a las oficinas, pero su partida dejó un hueco inesperado. La veía lista para caminar su propio rumbo, y al mismo tiempo me costaba aceptar que ya no sería mi sombra constante entre los pasillos de la conservera.
Quise apoyarla, y también mantenerla cerca de alguna forma. Así que le compré una pequeña embarcación, ligera, casi recreativa, pero con capacidad suficiente para participar en las capturas diarias. Un gesto simbólico, una manera de recordarle que seguiría formando parte de nosotros.
La llamó ¿Te parece bonito?, y el nombre, pintado en letras curvas sobre la madera recién barnizada, me arrancó una sonrisa melancólica. Cuando atracó junto a los demás barcos al anochecer, me di cuenta de que el negocio seguía creciendo, pero también mis pequeños lo hacían.

Día 8
El último día de pesca del mes amaneció antes que el sol. Todavía el cielo era una franja azul oscura sobre el horizonte cuando las luces de nuestros barcos comenzaron a moverse en el muelle. Verlos partir juntos, seis embarcaciones navegando en paralelo hacia el mar abierto, fue un espectáculo que me dejó sin aliento. El rumor de los motores, el crujir de las cuerdas, el destello de los cascos reflejando las primeras luces del alba… parecía una danza perfectamente ensayada.
El mar se mostró benévolo y las capturas fueron rápidas y generosas. Habían recibido orden de no sobrecargar las bodegas, de detenerse al alcanzar los diez lotes, pero el entusiasmo pudo más: regresaron con once. La jornada fue, en todos los sentidos, un cierre de temporada digno de celebrarse.
Entre los barcos que regresaron triunfantes estaba también el más joven de la flota, ¿Te parece bonito?, al mando de mi hija. Fue su primera jornada de pesca, y verla maniobrar el timón, con esa mezcla de prudencia y orgullo, me llenó de emoción. Sus redes volvieron repletas, convirtiendo su debut en una victoria.
Todo el cargamento fue enviado a fábrica. El vapor se elevó como una cortina plateada sobre el puerto, y el aroma familiar del aceite y el metal llenó el aire. No tardamos en vender toda la producción: las latas apenas tocaron los estantes antes de desaparecer rumbo a los consumidores.
Esa noche, mientras el cielo se teñía de cobre y las luces del muelle se reflejaban sobre el agua, celebramos. Habíamos cerrado octubre con abundancia y estabilidad. Además, una nueva capitana se había unido a la flota, y lo había hecho con una gracia de la que me sentía orgullosa.

Cumplimiento de objetivos
Y octubre terminó, entre la brisa fría del otoño y el rumor constante de las olas golpeando suavemente el muelle. El mes había comenzado con incertidumbre, con las mareas del mercado dictadas por voces lejanas y modas pasajeras, pero lo cerrábamos con el pulso firme de quien ha sabido adaptarse sin perder el rumbo.
Nuestra flota, ahora más numerosa que nunca, se extendía orgullosa a lo largo del embarcadero.
Seis embarcaciones, cada una con su historia, sus luces y sus sombras, pero unidas bajo el mismo propósito: llevar el fruto del mar a quienes lo esperan tierra adentro.
Ver a mi hija gobernar su propio barco fue una mezcla de orgullo y nostalgia. En su mirada vi reflejado todo lo que el mar nos ha dado y lo que aún puede quitarnos. La empresa ya no era solo mía: pertenecía también a quienes la harían navegar cuando yo ya no estuviera al timón.
Octubre se marchó con el olor del metal, del humo y de las primeras lluvias, dejando tras de sí la certeza de que, por ahora, todo estaba en equilibrio.
Estos han sido los resultados obtenidos:
Capital final: 92 monedas
Contenido de la bolsa: 12 sardinas, 9 pulpos, 13 mejillones y 7 fichas de agua.
Barcos finales 6: El Pezdigitador, El Dorado, Cuqui Shark, Bogavanti, Camarón de la Isla y el ¿Te parece bonito?
Número total de mejoras adquiridas: 4

Hemos superado el nivel en dificultad Difícil.
¡Y estamos llegando ya al final de la campaña y me está quedando preciosa! Me gusta mucho la historia cómo me está saliendo.
Hasta luego, gente!
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