Colonos del Imperio. Civilización Bárbara. Partida 9

Comenzamos la Partida 9 a la campaña que estoy haciendo con el Rise Of Empires del Colonos del Imperio. Seguimos con los nuestros Hijos del Viento Frío.

Antes de nada, si acabas de aterrizar y quieres hacerte una idea de qué va este juego, haz clic aquí para ir a la página donde más o menos explico de qué va. Y si quieres ir a la página oficial del juego, aquí tienes su enlace.

Voy a seguir narrando la partida como un todo. ¡Allá vamos!

Los objetivos

Objetivos militares:

Tremendo como Pachacuti: tener 8 construcciones negras.

Iluminada como Juana de Arco: tener al menos 3 edificaciones negras en la mano.

Objetivos económicos:

Devoto como Hugo de Payns: tener al menos 5 piedras en la reserva.

Objetivos culturales:

Casi tan genial como Leonardo Da Vinci: tener exactamente 4 construcciones comunes y otras 4 construcciones de facción.

Los Hijos del Viento Frío. Novena sesión.

Hay estaciones que se recuerdan por una victoria. La novena estación no. Tampoco por sus derrotas. Fue recordada porque rompió el ritmo de las anteriores estaciones. Desde el primer amanecer, el imperio de los Hijos del Viento Frío se movía con una inercia distinta, como si algo enorme estuviera acumulando tensión bajo la superficie del mundo.

La producción inicial fue excesiva: cinco personas, espada y escudo como dictaba la tradición, pero también siete maderas, cuatro piedras, tres bárbaros adicionales y otro escudo.

Shivanian de la Tormenta no lo celebró, ya que reconoció el peligro en obtener el éxito de forma demasiado sencilla…

La población creció sin freno. Cada ronda traía más cuerpos y más manos, hasta que al final, quince personas se presentaron al cuerno del amanecer. Nunca antes el imperio había manejado una masa humana semejante.

Las espadas acompañaron ese crecimiento: cuatro por ronda. La madera fluía como un río controlado, y las construcciones de facción comenzaron a alzarse una tras otra, sin pausa, de manera inevitable.

Cuando terminó la estación, el número parecía una exageración escrita por un cronista borracho: veintisiete construcciones de facción.

El rival, incapaz de seguir el ritmo, terminó con cinco edificaciones. Cinco. No era una mala cifra, pero no había forma de competir con el Imperio de los Hijos del Viento. Solo quedaba sobrevivir, intentando no ser arroyado por el devenir de la historia.

Los acuerdos fueron pocos pero precisos: uno de personas, otro de cartas. No hacían falta más.

Y los objetivos comenzaron a caer uno tras otro. Solo Leonardo quedó fuera de alcance. El equilibrio exacto no era posible en un imperio que se había desbordado.

Cuando llegó el recuento final, los contadores revisaron las tablillas hasta tres veces, en un silencio casi sepulcral. Luego una cuarta. Luego alzaron la vista, pálidos.

151 puntos.

Nunca antes los Hijos del Viento Frío habían alcanzado algo parecido. No se podía tildar como un simple avance, sino como un salto. Un cambio brusco… Los sabios no necesitaron deliberar mucho. Las marcas económicas, tecnológicas y estructurales eran claras.

— Entramos en la Era Industrial — proclamaron.

El mundo, literalmente, cambió.

Con el cambio de era, todas las antiguas localizaciones se desvanecieron. Bosques, colinas, pantanos, valles sagrados… todo quedó atrás, como restos arqueológicos de un imperio primitivo.

Shivanian no miró atrás. Sabía que ningún imperio se construye con nostalgia.

El primer gran avance fue inmediato y brutal: los Castillos, símbolo de la era anterior, fueron desmontados piedra a piedra. En su lugar, nació algo nuevo, peligroso, casi mágico: la Electricidad. El progreso, exponencial. Ochenta puntos de conocimiento bastaron para pagar el precio. Una miseria comparada con lo que estaba por venir.

Shivanian observó cómo las primeras luces eléctricas iluminaban la noche. Su luz no tililaba como la de las hogueras, ni dejaban aroma a madera quemada o humo en el ambiente. Ni tan siquiera hacían ruido… Y eso la inquietó.

— Hemos domado el rayo — dijo —. Ahora veremos a quién se quema primero.

La primera localización industrial llegó desde el noroeste: el Huerto de Manzanas. Una extensión verde llena de árboles cargados de fruta roja y dorada. Por cada edificio rojo del imperio, hasta un máximo de tres, el huerto entregaría una manzana diaria. Un ogro custodiaba la zona, una criatura antigua, demasiado grande para ser ignorada y demasiado inteligente para ser subestimada. La construcción exigía dos maderas por partida.

La novena estación terminó sin celebraciones multitudinarias. Ni cantos, ni bailes llenaron la noche. Solo silencio, interrumpido por el leve zumbido ocasional de la electricidad. Todos se refugiaron en sus hogares, iluminados y calientes gracias a la magia de la electricidad.

Los Hijos del Viento Frío ya no eran un imperio bárbaro medieval. Habían cruzado una frontera invisible. Estaban en la Era Industrial.

Y como era lógico, acabamos de entrar en la Era Industrial. La última era de la campaña… ¡Qué poquito nos queda!

Hasta luego, gente!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *