Comenzamos la Partida 2 a la campaña que estoy haciendo con el Rise Of Empires del Colonos del Imperio. Seguimos con los Bárbaros y ya tengo una provincia y un invento.
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Y ahora, vamos con la preparación de la partida.
Los Hijos del Viento Frío
Durante semanas, la nieve cayó sin descanso sobre las colinas de Armadura Brillante, la primera provincia conquistada por los Hijos del Viento Frío. Las hogueras ardían día y noche, y desde lo alto de la Fortaleza erigida, Shivanian de la Tormenta observaba cómo su pueblo se adaptaba a su recién adquirido destino imperial.
La provincia recién adquirida exigía el mantenimiento de dos personas cada estación, guardianes que debían permanecer allí, garantizando que la tierra no se rebelara contra su nuevo amo. Eran sacrificios silenciosos, pero necesarios.
Shivanian sabía que el invierno no era un enemigo, sino una especie de prueba. Una forja que haría, a los supervivientes, más fuertes que cualquier ejército del sur.
La líder pasaba las noches revisando sus pergaminos, anotando técnicas antiguas y dibujando planes de expansión. Sabía que la campaña era larga, y que no todos los enigmas tenían que resolverse de inmediato.
Mientras tanto, el rival del sur también crecía. Sus exploradores fueron vistos varias veces cerca de los límites de Armadura Brillante, siempre observando, siempre midiendo fuerzas. La siguiente estación no sería tan tranquila.
Llegada la primera mañana de la segunda temporada, Shivanian se colocó la capa de piel de uro y bajó las escaleras de la Fortaleza. Los guerreros se alinearon. Los artesanos dejaron sus herramientas. Los vigías bajaron la cabeza en señal de respeto.
Era el inicio de una nueva campaña.
«El invierno no nos ha quebrado» proclamó. «Ahora dejaremos nuestra marca en la segunda estación de conquistas.»
Y así comenzó la Segunda Partida.

Los objetivos

Objetivos militares:
Iluminado como el Príncipe Shokotu. Tener al menos cuatro espadas en tu reserva general.
Dominador como Cnut el Grande. Arrasar al menos tres casas enemigas.
Objetivos culturales:
Genio casi como Leonardo Da Vinci. Tener exactamente 4 casas comunes y 4 casas de facción en tu imperio.
Objetivos económicos:
Ambicioso como Justiniano I. Tener al menos 10 cartas en tu mano.
Primera ronda
El amanecer de la nueva estación llegó sin fanfarria. No hubo coros de victoria, ni estallidos de actividad frenética, sólo un silencio frío, espeso, que parecía observarlo todo desde los montes del sur. Era el tipo de silencio que anuncia que algo está a punto de comenzar de manera inevitable.
Shivanian de la Tormenta salió de la Fortaleza envuelta en su capa de piel. El campamento respiraba con calma. Hombres y mujeres surgían de sus hogares con el vapor del amanecer escapando de sus bocas. Las primeras personas disponibles para la jornada, el escudo que colgaba de la empalizada y la espada recién afilada formaban una escena casi ritual.

Los Buscadores de Oro fueron los primeros en regresar de su pequeña mina improvisada, sacudiéndose la nieve del cabello y dejando caer en las manos de Shivanian una moneda brillante.
Parecía poca cosa, pero el metal, tan escaso en aquellas tierras, tenía la cualidad de generar esperanza.
Pero el verdadero centro de la actividad del día no estaba en los bosques ni en las canteras, sino en una colina cercana donde, tras días de trabajo silencioso, finalmente se alzaba un nuevo edificio: un Castillo. Aunque su nombre evocaba torres y almenas, era en realidad una construcción sobria, de piedra gris y madera oscura, más alta que ancha, con un torreón que apuntaba hacia el cielo como un dedo inquisidor. Su propósito no era proteger, sino vigilar. Era un lugar donde enviar a los más astutos del clan para buscar respuestas en pergaminos, rumores, planes y mapas. Cada visita a aquel Castillo podía arrancar una carta nueva al destino.
Shivanian se detuvo en la entrada, observando cómo dos jóvenes corrían a ocupar sus puestos. El viento levantaba pequeños remolinos de nieve que chocaban contra las piedras recién colocadas.
El rival del sur no se mostró aquel día. No hubo saqueos, ni amenazas, ni movimientos evidentes, sólo ese mismo silencio extraño que parecía observarlo todo desde la distancia, como si midiera cada paso del imperio.
El sol desapareció temprano, ocultándose tras nubes cargadas de nieve. Cuando los últimos trabajadores volvieron a casa, el Castillo ya tenía luz en sus ventanas, y los Buscadores de Oro descansaban junto al fuego, bromeando sobre lo que harían con la siguiente moneda que encontraran.
No había sido un comienzo explosivo ni glorioso. Pero Shivanian sabía que no todas las etapas del imperio debían empezar con un rugido. Algunas, como esta, debían empezar con un susurro, la calma que precede la tempestad…
Y mientras el viento frío recorría el valle, la líder sonrió.

Segunda Ronda
La mañana no trajo el murmullo habitual de los trabajadores ni el repique seco del metal en el Armero, sino olor a humo. Pero no a humo cálido de hogar, sino a humo amargo, del que muerde la nariz y deja un rastro oscuro en el cielo.
Cuando Shivanian llegó a la colina donde se alzaba el Castillo, apenas pudo reconocerlo. Las piedras estaban partidas por el golpe de arietes nocturnos, las vigas aún humeaban, y una capa negra de ceniza cubría el suelo como un luto recién extendido.

El enemigo había entrado sigiloso, como sombras, y destruido la torre donde el clan guardaba sus ideas más jóvenes. No habían dejado cadáveres ni señales de saqueo. Habían venido solo a derribar aquello que permitía mirar más lejos.
Shivanian no dijo nada, pero Borek supo, por la forma en que sus dedos se crispaban alrededor del mango de su hacha, que aquel silencio era una promesa de guerra.
Apenas unas horas después del amanecer, mientras aún había humo subiendo desde las ruinas, comenzaron a levantar una torre nueva, más humilde pero más veloz: una atalaya ligera, estrecha, casi improvisada, donde un par de vigías treparon sin que la madera hubiera terminado de asentarse. Desde allí, cada mañana, el clan podría arrancar una nueva visión del horizonte. No era el Castillo, pero era un ojo, un ojo que el enemigo no lograría cegar.
Muy cerca de la torre, unos herreros trabajaban sin descanso en un cobertizo helado, moviéndose entre yunques y brasas como si el frío no les afectara. De allí surgió el Armero, pequeño, oscuro, pero con una llama interna que no se apagaba: una espada nueva al día, cada día.
Mientras las nuevas defensas crecían, el corazón del clan latía más fuerte en el valle. Las familias, en lugar de esconderse, comenzaron a construir más aldeas, una tras otra, extendiendo sus hogares. En cada una de ellas, la vida se encendía con rapidez: niños corriendo por la nieve, voces en las puertas, humo saliendo de las chimeneas nuevas. Dos aldeas adicionales se levantaron, y con ellas el campamento dejó de parecer una guerra ambulante: era una ciudad naciente.
También volvió a manifestarse un fragmento del bosque antiguo. Los trabajadores escogieron una zona de árboles gruesos y silenciosos, y pronto un nuevo Bosque Primitivo se integró al territorio. Era un trozo de naturaleza domesticada, de madera poderosa que se entregaba al clan sin necesidad de violencia.
Pero la construcción más simbólica del día llegó al final, cuando ya el sol empezaba a caer. Varios miembros del clan colocaron piedras negras, talladas con runas de conquista, marcando una línea irregular a las afueras del valle. Había nacido una Frontera. Mientras los trabajadores se retiraban, Shivanian caminó sola hasta la marca recién grabada. El viento soplaba fuerte, descubriendo parte de la nieve y dejando ver la roca negra brillando al crepúsculo.
Detrás de ella, las nuevas aldeas ardían con luz. La atalaya, recién levantada, ya tenía ojos vigilantes, el Armero dejaba salir chispas como estrellas, y el bosque sagrado respiraba.
El humo del Castillo aún se elevaba en el cielo estrellado.

Tercera ronda
La tercera ronda comenzó con un amanecer extraño. Los Hijos del Viento Frío se reunieron para la producción del día, y aunque sus manos estaban llenas, la atmósfera era pesada, densa, como antes de un derrumbe.
Shivanian lo sintió apenas salió de la Aldea: el aire no olía a escarcha, sino a humo. No tardaron en escucharse gritos desde el sur del valle.
La incursión del adversario había sido tan rápida que apenas dejó huellas en la nieve. No hubo choque de acero ni alaridos de batalla, solo silencio y, después, fuego.

Lo que ocurrió entre ese amanecer y el ocaso no quedó grabado en tablillas, ni en pergaminos, ni siquiera en los relatos de los ancianos. Las estructuras que se levantaron, si es que alguna llegó a estar completa, ardieron con una violencia desmesurada. El incendio cruzó el campamento como una sombra roja, reduciendo a brasas cualquier intento de reconstrucción, cualquier carta, cualquier esfuerzo, cualquier amanecer imaginado.
Cuando los guerreros lograron apagar las últimas llamas, ya no quedaba nada. Todo era ceniza, ceniza negra, suave, casi fina, como si la noche misma se hubiera molido sobre el suelo.
Los Hijos del Viento Frío caminaron entre los restos con expresiones que no eran de derrota, sino de desconcierto. No era una pérdida material, era un vacío, un hueco en la memoria del imperio.
Borek Rompehielos encontró una piedra ennegrecida, única superviviente del desastre. La levantó, sopló el hollín, y descubrió en ella una runa incompleta. Quizá un comienzo de edificio, o de ritual, o de algo más. Nunca lo sabrían.
Nadie, ni siquiera los más ancianos, pudo decir qué se había intentado construir ese día.
Pero Shivanian, de pie frente al campo de cenizas, sólo dijo una frase, con una calma que heló a todos los presentes:
—Si intentan borrar nuestra historia, escribiremos otra más grande.
La nieve comenzó a caer entonces, lenta, suave, cubriendo el negro del suelo con un manto blanco, haciendo desaparecer la ceniza bajo la luz helada, y, con ella, todo rastro de aquella pérdida.

Cuarta Ronda
La cuarta ronda amaneció con una claridad casi cruel. La nieve había cubierto parte de las cenizas, pero no podía ocultarlo todo: aquí y allá seguían emergiendo restos carbonizados, como huesos de una criatura extinguida.
Los Hijos del Viento Frío produjeron aquel día más que nunca. Once personas se reunieron junto al cuerno ritual, listas para reconstruir el mundo si hacía falta. El oro relucía en las bolsas, las espadas eran más que suficientes para una incursión, la madera crujía en los carros, y el escudo mayor resistía cada golpe de inspección.

El primer edificio que surgió aquel día fue el Cuartel, un lugar de entrenamiento simple pero eficaz, donde bastaba enviar a un voluntario para que emergiera con una espada nueva y los ojos llenos de determinación. No quedaba en pie ninguna otra estructura común, salvo la Atalaya, delgada y firme, que había sobrevivido al incendio como un dedo levantado hacia los dioses. Todo lo demás había sido sacrificado para alimentar algo mayor.
Al mediodía una Torre de Vigilancia se alzó no lejos de la Frontera. Una estructura negra, de líneas rectas y con un claro propósito: vigilar, producir espadas, atraer voluntarios. Desde lo alto, los vigías gritaban reportes que el viento dispersaba en ecos de guerra.
Casi al mismo tiempo, en un claro del valle, un grupo de veteranos se organizó para realizar Incursiones, realizando pequeños saqueos al maldito clan del sur.
La tarde avanzó, y sobre una elevación de piedra se levantó la Fortaleza. Una construcción solemne que parecía absorber la luz del sol para devolverla convertida en autoridad.
En la zona de comercio, los artesanos levantaron un Puesto de Trueque, donde los recursos cambiaban manos.
No lejos de allí, los Asaltantes prepararon su terreno de incursión silenciosa, moviéndose como sombras entre los arbustos helados. Bastaba enviar a una persona para que regresara con un recurso arrancado del valor de saqueo de las estructuras enemigas.
En el Ruedo de combate, los jóvenes chocaban huesos y acero entre risas salvajes. Enviar dos personas allí era garantía de que volverían convertidas en espadas vivas.
Y al caer la tarde, se formó un grupo de siluetas encapuchadas: los Saboteadores. Uno de ellos podía infiltrarse en los almacenes del sur, robar un recurso, y desaparecer como si nunca hubiera existido. Un arma limpia, precisa, deliciosa.
Antes de que el sol cayera del todo, dos Capillas se encendieron en el corazón del asentamiento. Eran pequeñas, humildes, hechas de madera pálida y piedra vieja, pero los cánticos que surgían de ellas otorgaban puntos de gloria a cambio del esfuerzo espiritual de un voluntario.
Y como cierre del día, los exploradores activaron la Expedición:una espada ofrecida al camino,una moneda y un punto de victoria regresando a casa. El ciclo perfecto.
Cuando llegó la noche, el valle entero ardía en antorchas. La nieve reflejaba la luz, dando a todo el asentamiento una apariencia casi irreal, como si fuera un cuadro pintado en oro y sombra.
Shivanian recorrió las estructuras. Era un imperio de guerra, despierto, que había sobrevivido al fuego para volverse más fuerte.

Evaluación del fin de la partida
Cuando la última hoguera de la ronda final se extinguió, los Hijos del Viento Frío comprendieron que algo había cambiado. La segunda estación de conquistas no había sido sencilla. Habían sufrido incendios, saqueos silenciosos, desapariciones de estructuras… pero aun así, el campamento se alzaba orgulloso sobre la nieve.
De las construcciones del rival, solo tres seguían en pie. Tres. Una sombra de territorio. Mientras que el imperio bárbaro brillaba con catorce edificaciones activas,vivas, cantando al unísono bajo el viento helado.
Por primera vez en la campaña, los Hijos del Viento Frío habían logrado lo que Shivanian llevaba persiguiendo desde la aparición del cometa azul: cumplir todos los objetivos marcados por los augurios. Los cuatro.
Uno a uno, los ancianos los leyeron frente al Fuego Sagrado de la Fortaleza, y uno a uno, el clan los celebró. Aquella noche, la nieve se cubrió de huellas de baile. Los lobos aullaron con voces que parecían himnos, y hasta los vigías, normalmente silenciosos, rieron bajo sus capuchas. La contadora de gloria recorrió el campamento con una tablilla en mano, recogiendo cada punto logrado en incursiones, construcciones negras, trueques, oraciones y esfuerzos. Cuando terminó el cálculo, alzó la mirada hacia Shivanian:
— Sesenta.
Pero este triunfo venía acompañado de un error tan humano como revelador. Entre las celebraciones, alguien trajo a Shivanian un pergamino viejo, marcado con sellos que ninguno de los artesanos reconocía. Había sido adquirido por cincuenta puntos de gloria, una inversión inmensa. Se llamaba “Albañilería”, una técnica admirable: levantamiento avanzado de edificios, estabilidad, maestría en piedra.
Todos celebraron la adquisición, hasta que la anciana Ylsa Ojo de Escarcha, con la voz más temblorosa que nunca, señaló la runa del margen:
— Es de la era posterior — susurró.
Demasiado pronto. Demasiado adelantada. Demasiado tentadora.
Pero, a diferencia del error de la primera partida, esta invención sí alteraría el curso del futuro.
Shivanian apretó los labios. No había manera de deshacerlo. La técnica estaba allí, ya escrita en la memoria del clan.
—Que así sea — dijo por fin —. Si el destino quiso que aprendiéramos antes de tiempo, nos adaptaremos antes de tiempo.
Y todos asintieron.
Al amanecer del día siguiente, Shivanian encabezó al clan hacia una nueva región conquistada: la provincia llamada Colina Mojada. Un territorio rocoso, cubierto de musgos azulados y pequeños manantiales que no se congelaban ni en pleno invierno. La tierra resbalaba bajo los pies, y el aire estaba siempre cargado de humedad, pero los sabios aseguraban que en sus piedras se escondía una energía antigua. Esa provincia exigía un mantenimiento pesado: dos piedras cada ronda debían dedicarse exclusivamente a sostenerla.
La nieve volvió a caer, suave al principio, luego más fuerte. Pero esa noche, al contrario que en la primera partida, no cayó en silencio. Cayó celebrando.

Segunda partida y vamos en ascenso. Eso es bueno.
Me he dado cuenta tarde de lo de las inveciones, y la de esta partida sí que nos va a beneficiar antes de tiempo… pero ya tengo la campaña muy avanzada como para volverla a comenzar. Digamos que nuestros bárbaros son unos adelantados a su tiempo…
Hasta luego, gente!
Colonos del Imperio. Civilización Bárbara. Partida 1
En las tierras donde los inviernos nunca acaban y el sol apenas roza el horizonte, existe un clan que desafía a las tormentas desde tiempos anteriores a la memoria. Los llaman Los Hijos del Viento Frío, no sólo por el lugar donde nacieron, sino por la forma en que viven: rápidos, implacables y siempre en movimiento, como ráfagas que desgarran el silencio de la tundra.
Colonos del Imperio. Civilización Bárbara. Partida 3
El invierno había empezado a retirarse, o al menos eso decían los vigías. El sol ya no era un disco blanco escondido entre nubes, sino una presencia tenue que a veces lograba atravesar el velo del frío.






