La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El aroma de la humedad del bosque se mezclaba con la tierra removida de la noche anterior. Saria caminaba de vuelta al campamento con el pensamiento aún rondándole la cabeza.
Jugando en solitario, y mis gatos
La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El aroma de la humedad del bosque se mezclaba con la tierra removida de la noche anterior. Saria caminaba de vuelta al campamento con el pensamiento aún rondándole la cabeza.
El sol estaba en su punto más alto cuando Saria despertó de un sueño inquieto. El cuerpo le pesaba, y aunque cada músculo le rogaba que siguiera descansando, su mente no encontraba paz. Sentía que se estaban retrasando, que cada día que pasaban quietos era un día más para que la Orden del Mar pudiera acercarse a ellos.
La mañana llegó envuelta en una brisa suave, cargada con el aroma de la hierba húmeda y la madera. Saria se desperezó bajo el dosel de los árboles, sintiendo el calor del sol filtrarse entre las hojas. No se había dado cuenta de lo cansada que estaba hasta ahora, cuando el cansancio parecía haber aflojado su agarre sobre su cuerpo.
La mañana trajo consigo un aire fresco y renovador. El descanso en la arboleda había sido necesario, pero el viaje debía continuar. Saria se desperezó lentamente, sintiendo los músculos aún algo pesados por la caminata del día anterior.
El alba llegó con un resplandor tenue filtrándose entre las hojas de los árboles. El aire aún guardaba la frescura de la noche y la humedad del rocío cubría la hierba con un brillo perlado. Saria despertó sintiendo el peso del cansancio en cada músculo, su cuerpo un mapa de fatiga acumulada.
El sol asomaba tímido tras las montañas cuando Saria abrió los ojos. La bruma matinal flotaba entre las rocas como un velo espectral, disipándose lentamente con la calidez del amanecer. El aire era fresco y limpio, aún cargado con los aromas de la tierra húmeda y la hierba seca.
El sol pálido asomaba entre las nubes dispersas cuando Saria, Veyne y la bestia emprendieron el descenso de la montaña. A pesar de la mejoría en el clima, la humedad aún impregnaba la tierra y las rocas, volviendo el sendero resbaladizo y traicionero.
No hubo amanecer que anunciar aquel día. El alba apareció tímida y cansada tras la furia de la tormenta, ocultándose entre nubes pesadas y oscuras que abrazaban la montaña como un manto viejo y desgastado. Las nubes descendían lentamente por las laderas, convirtiéndose en jirones de niebla que reptaban silenciosamente sobre las rocas húmedas, dejando una estela fría tras su paso.
Saria avanzó más profundamente en la cueva, sosteniendo firmemente la lámpara de aceite cuya débil luz proyectaba sombras inquietantes sobre las paredes esculpidas en roca. Sentía la humedad impregnando cada aliento, haciendo que respirar resultase más pesado.
Saria sigue avanzando por las montañas, con la mirada fija en el sendero, pero con la mente perdida en el eco de las palabras del anciano y en la visión que tuvo en el bosque.
Saria intenta salir del bosque lo antes posible para evitar más ilusiones. Su cuerpo está cansado, pero su mente sigue alerta. Cada sombra, cada sonido de las hojas al moverse con el viento, le recuerdan lo fácil que es caer en una trampa en este lugar. Sin embargo, tras una larga caminata, el espesor de los árboles comienza a abrirse, y la tierra oscura del bosque da paso a un sendero de piedra y polvo.
Saria sigue caminando por el bosque cuando ve un pueblo. Casas de madera con tejados de paja, pequeños jardines llenos de flores de colores y un riachuelo que serpentea a través de las calles empedradas. Hay gente en las calles, niños jugando, comerciantes ofreciendo su mercancía.