Cuando la bruma aún lamía las laderas de las Cumbres de Thur-Gar, los Valarka se multiplicaban como el fuego que no cesa. Nacidos del bosque, endurecidos por roca y arena, tejieron sus primeros pasos entre los claros de Erun, los riscos de Karn-Azul y las tierras fértiles de Karneth.