Pizca llevaba una vida tranquila en Elvandar, quizás demasiado tranquila. Entre los muros seguros de la ciudad, sus días transcurrían entre pergaminos, polvo de libros y el ocasional regateo en el mercado, donde su instinto felino y su sonrisa traviesa le permitían vender cualquier baratija al doble de su valor. Era una existencia cómoda, sin grandes riesgos, y precisamente por eso, asfixiante.