El Guardián del Claro. Una mañana ajetreada

La niebla baja aún se aferraba a las raíces y a los bordes del arroyo, como si no quisiera irse del todo cuando el día comenzó a clarear. Entre los robles viejos, la luz de la mañana se filtraba en hebras finas, verdes y doradas, que apenas rozaban el suelo cubierto de musgo. Allí, en el corazón del claro, el Mentor había encontrado por fin una posición cómoda.